Maldito veintiuno de marzo (Colección Mediterráneo 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

«Las personas, cuando se enamoran, arden en llamas».

Te daría el sol, Jandy Nelson

Nieves y Sara habían solicitado ser atendidas en la consulta de fertilidad del Hospital Clínico de Salamanca. Habían pensado en tener hijos hacía algún tiempo; la idea de casarse les vino después.

Habían estado meses en lista de espera y suponían que desde el hospital todavía tardarían algún tiempo en llamarlas; por eso, cuando en abril las avisaron de que tenían la primera cita al cabo de dos días, se extrañaron, emocionaron y preocuparon a partes iguales.

Sara siempre había pensado que, llegado el caso, le pediría a Pablo que fuese el padre de sus hijos.

Sin embargo, en la consulta les habían explicado que no podía ser así.

La donación debía proceder de un banco de semen donde ya se habrían practicado todas las pruebas pertinentes a la muestra, evitando así cualquier coste añadido al servicio de salud de Castilla y León.

Además, el donante debía ser anónimo por ley.

Habían decidido que la primera en seguir el tratamiento sería Sara y, aunque sabían que no era fácil, se ilusionaron al imaginar que en menos de un año podían tener a su hijo en brazos.

A principios de junio se había llevado a cabo la implantación, y en julio, cuando fueron a la primera revisión, les anunciaron que, si todo iba bien, serían mamás a mediados de marzo.

Nieves no cabía en sí de la alegría. Sara estaba un poco más asustada, si bien la emoción en la voz de su novia la hacía olvidarse de las dudas que la acechaban, aunque fuera solo por un rato.

Solamente faltaban dos meses para la boda. Se iban a casar el doce de septiembre, así que decidieron anunciarlo al resto de la familia ese día, para tener todavía más razones por las que brindar.

No obstante, Sara quería contárselo a Pablo. Habían compartido todo desde los trece años, y le parecía que no contarle algo tan trascendental para ella equivalía a mentirle.

Un día en que las hormonas la tenían loca, no pudo aguantar más y, como no sabía muy bien cómo empezar, le soltó:

—Pablito, tú nunca me has ocultado nada, ¿verdad?

Pablo la miró fijamente. Estaban comiendo, así que tuvo que soltar la cuchara para que ella no notara el temblor en su mano.

—¿Puede saberse a qué viene eso?

Ella estaba tan concentrada en sus propios problemas que no notó ni el temblor ni el tono extraño en su voz, por lo que prosiguió:

—Es que hay algo que yo no te he contado, y me está matando.

Él suspiró, aliviado, al darse cuenta de que no había sido descubierto. Con un ápice de cinismo, le dijo:

—Pues ya estás soltando lo que sea, porque no quisiera por nada del mundo ser la causa de tu deceso.

—¡Serás pomposo! —le recriminó ella con una sonrisa en la boca.

Pablo la miró, invitándola a seguir, pero Sara no se decidía; titubeaba, daba un sorbo al vaso de agua, pero no arrancaba.

—¡No será tan malo! Hemos pasado muchas cosas juntos.

¿Todavía crees que puedes sorprenderme?

Sara tomó aire y, en el momento mismo en que Pablo se llevaba la copa de vino a los labios, proclamó:

—¡Estoy embarazada de casi dos meses!

—¡Pfff! —El vino salió de su boca como un géiser, mojando a su amiga.

—Oye, ¡que no puedo probar el alcohol! ¿No has oído que estoy embarazada? —Ella intentó parecer molesta, pero se rio a la vez que se limpiaba la cara con una servilleta.

—¿Cómo… cómo…? ¿Qué has hecho? ¿Nieves lo sabe? Pero ¿cómo has podido? A estas alturas… si solo faltan dos meses para la boda.

Pablo se había puesto muy nervioso. No entendía nada, y mucho menos el giro en la actitud de su amiga en relación a los hombres; no veía cómo eso podía tenerla tan feliz. Nieves iba a matarla.

Sara rompió a reír a mandíbula batiente. Todos los comensales que estaban en el restaurante los miraron entre molestos y asombrados.

Un camarero se acercó a arreglar el desastre que había ocasionado él con la lluvia de vino sobre la mesa. Les proporcionó un par de servilletas limpias y volvió a dejarlos solos.

—Claro que Nieves lo sabe —expuso cuando logró recobrarse—. No hubiese podido hacerlo sin ella. Pablo elevó las cejas, extrañado.

—No es así como yo tenía entendido que sucedía eso.

—¡No seas bobo! —lo amonestó ella.

—¿Qué? Te juro que no entiendo nada.

—Decidimos que queríamos tener hijos, así que optamos por una fecundación in vitro —explicó Sara.

Pablo la miró; todavía estaba alucinado, pero al menos ahora le encajaban las piezas.

—¿De verdad has creído que me había acostado con un tío?

¡Puaj! Ni pensarlo —afirmó, todavía muy sonriente.

—¡Eh! ¡Sin faltar! —Pablo parecía aliviado, ya empezaba a recobrar el color.

De repente, ella se puso seria.

—En teoría no debe saberlo nadie hasta el día de la boda, pero ocultártelo me parecía lo mismo que mentirte. Nunca he hecho ni una cosa ni la otra y me sentía fatal.

Sara no podía ni imaginar lo bien que Pablo la entendía; sin embargo, el secreto que él guardaba era muy delicado, y tampoco era algo que pretendiera anunciar más adelante ni que se fuera a notar en unos meses.

Pensar en todas esas eventualidades, aunque no lo hizo sentir mejor, le dio la justificación que tanto necesitaba.

Sara alargó la mano por encima de la mesa intentando asir la de él. En cuanto se dio cuenta, Pablo llevó su mano al encuentro de la de ella y le dio un ligero apretón.

—Todavía no te he dado la enhorabuena. Creo que estoy siendo un pésimo amigo.

—Estoy muy asustada, Pablo —se sinceró Sara, con los ojos llenos de lágrimas.

—¡Hey, hey! —Él se levantó de su silla sin soltarle la mano y se sentó lo más cerca que pudo de ella—. ¿Qué temes? ¡Si tú nunca tienes miedo de nada!

—Pues ahora me asusta todo. Para empezar, es muy pronto para asumir que todo irá bien. Se supone que no debo tener muchos problemas, más allá de los normales, a partir de ahora. Pero, bueno, me da miedo que cualquier cosa no salga como esperamos.

—¿Te sientes mal? —preguntó él, preocupado.

—No, al contrario, creo que no me había sentido mejor en mi vida, si acaso más nerviosa que de costumbre.

Pero parece ser que es lógico, por las hormonas.

De todas formas, he oído decir que a una mujer embarazada, cuando se queja de algo, siempre se le contesta que todo es normal debido a su estado.

Pablo sonrió.

—¿Qué crees que puede salir tan mal?

—¡Yo qué sé! Se supone que la muestra de semen que compramos está exenta de alteraciones cromosómicas, y que, por supuesto, el donante no tenía ninguna enfermedad, pero ¿y si se les ha pasado algo?, ¿y si le faltan dedos o si tiene dos narices?

Esta vez el que rio de veras fue él.

—¿Cómo va a tener dos narices? No seas paranoica, anda. —Le dio un beso en la mejilla y se volvió a su sitio.

—Y después, cuando nazca, tendrá dos mamás. Será un bicho raro.

—¡Sara! —la recriminó Pablo—. No me puedo creer que precisamente tú digas esas tonterías.

Tú, que me adoptaste a mí, que sin duda era el bicho más raro que hubiese visto nunca el colegio de Nuestra Señora de los Ángeles, y eso a pesar de que tenía un padre y una madre.

Tú, que siempre has llevado tu sexualidad con la frente tan alta.

¿Ahora dudas? Además, sabes que las familias «convencionales» son más raras cada día que pasa.

Si surgiera cualquier problema, no te preocupes, que su tío Pablo se encargará de solucionarlo.

Sara sonrió apenas. Estrechándole la mano, le dijo:

—Dudo mucho que nos dejen bautizarlo o bautizarla, pero si nos lo permitieran, ¿querrías ser el padrino?

—Por supuesto que querría. De hecho, creo que me ofendería si no lo fuera. Por otra parte, hoy en día muchos niños tienen a alguien a quien llaman padrino o madrina, sin estar bautizados.

Sara sonrió de forma amplia, pero luego volvió a ponerse mortalmente seria.

—La familia de Nieves también me asusta mucho. Si ella está triste ahora, ¿cómo crees que se sentirá cuando sus padres no vengan a conocer a nuestro hijo?

—Los padres de Nieves transigirán en un momento u otro. Por muy anticuados que sean, es su hija; no creo que le den la espalda para siempre. A lo mejor un nieto es justo lo que los empuja hacia la reconciliación.

—¡Ojalá! Pero antes de que llegue el niño, ¿sabes qué he pensado?

—Ni idea, pero siendo tú, cualquier cosa es posible.

—He pensado en ir a verlos y contarles lo triste que está Nieves por no tenerlos a su lado el día de nuestra boda, por haber perdido su apoyo al elegirme a mí en lugar de a un chico, como ellos daban por hecho que haría.

—¿Crees que eso servirá de algo?

—No tengo ni idea, pero creo que vale la pena intentarlo. — Cogiendo aliento, lo miró y continuó—: Pablo, tú me conoces desde siempre, ¿habrías imaginado que alguien pudiera cambiar tanto mi vida?

—¡Ni en mil años!

—Eso es lo que me gustaría que entendieran, lo mucho que nos amamos Nieves y yo. Si hace falta, me arrastraré ante ellos, pero quiero que estén con su hija en un día tan especial para ella.

—Lo dices como si no fuera especial también para ti.

—Sí, para mí también lo es, aunque no es lo mismo.

Yo no llevo soñando desde los catorce años con una boda por la iglesia, y de blanco.

Cuando Nieves me dijo que, ya que podíamos, quería que nos casáramos, yo no lo dudé.

Pero fue por lo mismo por lo que me arrastraré ante sus padres si hace falta: porque estoy loca por ella, y si me pidiera que me cortara una pierna, creo que también lo haría.

Pablo, a pesar de que sabía cuánto quería Sara a Nieves, o precisamente porque creía saberlo, se dio cuenta de que lo que él veía no era más que la punta del iceberg. Si Sara estaba dispuesta a suplicar ante alguien era porque lo que sentía iba mucho más allá que el amor.

Todo eso lo hizo pensar si él no habría abandonado demasiado pronto, si no debería arrastrarse y suplicar a Alicia. ¿Debería invitarla a que, en lugar de ir a la boda con ese tal Carlos, al que apenas conocía, fuera con él, y lo hiciera el hombre más feliz del mundo?