Capítulo 19
«Lo esencial es, a menudo, invisible; el ojo no lo capta, solo el corazón».
El principito, Antoine de Saint-Exupéry
Pablo estaba hundido. Su malestar y su malhumor no habían mejorado nada en los últimos meses.
Aunque Sara había intentado por todos los medios averiguar qué había sucedido entre él y la chica misteriosa a la que había conocido el fin de semana del veintiuno de marzo, no lograba que su amigo soltara prenda.
—No quiere verme, ya te lo dije, ¡no quiero hablar más de ella!—le había respondido él las pocas veces en que Sara había preguntado.
—Pero yo creía que el fin de semana siguiente no habías venido a Madrid para poder quedar con ella y arreglar las cosas —había insistido Sara, inflexible.
—¡No quiso quedar! También te lo dije —respondió él, sin dejar de sentirse mal por mentirle.
—Pero ¿tú insististe?
—No, no lo hice. Si alguien no quiere verte y te lo deja claro, tú no insistes porque, de lo contrario, te puede denunciar por acoso.
—¡Anda que no te pones trágico a veces! ¿Tú crees que solo por llamarla ya te va a caer una orden de alejamiento?
—No sé si me va a caer o no, pero como no la pienso llamar, no tendrá posibilidad de hacerlo.
—¿Y te vas a arriesgar a perderla si, como dices, estás tan colgado por ella?
—Yo, la verdad, Sara, no te entiendo. Te has pasado la vida despotricando contra las chicas que te han hecho precisamente eso, insistir cuando tú ya les habías dejado claro que no querías una relación, y ahora eres una iluminada del amor y el «sí, para siempre».
—Porque Nieves me ha hecho entender que el «sí, para siempre» existe.
—Pero Nieves lo tuvo claro desde el primer día. No tuviste que correr tras ella. Eso es lo que siempre hemos criticado, y no quiero hacerlo. No pienso hacerlo ―concluyó Pablo.
Sara, que lo comprendía en parte, no podía aceptar que Pablo se rindiera tan fácilmente.
Si al menos no estuviera tan hecho polvo, podría pensar que era un enamoramiento pasajero, como los que había sufrido en grandes cantidades cuando iban al instituto, e incluso en la universidad.
Pero lo veía arrastrarse del trabajo a su casa y de su casa al trabajo como si fuera un fantasma, un despojo de su queridísimo amigo.
Y no podía consentir verlo de esa manera.
Una tarde en que acabaron pronto de trabajar, lo obligó a subir a su casa.
—Venga, nos tomaremos algo y luego te quedas a cenar. De todas formas, ¿qué pretendes hacer toda la tarde solo en tu casa?
—Pues jugar a la Play y tomarme esas mismas copas que nos tomaremos aquí, pero sin una pesada que me dé la vara —dijo él con algo muy parecido a una sonrisa bailándole en los labios.
—¡Hombre! Todavía sabes sonreír. —Sara se alegró de forma sincera—. Anda, sube. Nieves se va a poner muy contenta cuando te vea. El otro día me decía que hace tanto que no sabe de ti que ya se le había olvidado hasta tu cara.
—Y después te atreves a insinuar que yo dramatizo —bufó Pablo.
En cuanto cruzaron la puerta y Nieves vio a Pablo, le echó los brazos al cuello y le dio un abrazo de oso.
—¡Ya era hora, majo! El otro día le decía a Sara que recordaba tus rasgos gracias a las fotos. ¿Dónde te has metido? Como dice Carmen, creo que has crecido y todo desde la última vez que te vi.
—Pues ahora precisamente estábamos hablando de gente exagerada Pablo y yo. Creo que si os llevara a un concurso, la cosa estaría muy reñida —se burló Sara.
Nieves le sacó la lengua; después la agarró por la cintura y le dio un beso largo y cariñoso.
—Te he echado de menos —dijo en voz baja y ronca.
—Y yo a ti —contestó Sara, mirándola a los ojos.
Aunque era un ritual al que ya lo tenían acostumbrado, Pablo se sintió, por primera vez, incómodo al verlas. A él no le había sonreído la suerte; si hubiera sido así, en esos momentos podría encontrarse haciendo lo mismo con Alicia.
—¿Qué queréis hacer? —preguntó Nieves en cuanto Sara la soltó—. ¿Salimos a tomar algo o preferís quedaros aquí?
—Tomamos algo aquí —dijeron los dos al unísono.
—¡Vaya! Ya habéis vuelto a matar un diablo, como dicen en Colombia.
Sara y Pablo pusieron los ojos en blanco también a la vez, lo que hizo que Nieves riera con ganas.
—Me encantaría saber de dónde sacas esas cosas —comentó Pablo.
—La mitad de las veces se las inventa, pero las dice tan seria que te las crees —explicó Sara mirando a Nieves con un brillo de adoración—. Mi hermana y yo gritábamos «chispitas» cuando hablábamos al mismo tiempo, y la que lo decía primero ganaba — añadió sonriendo.
—¿Qué ganaba? —preguntó Nieves después de sacarle la lengua otra vez.
—Bueno, en realidad, no ganaba nada. Simplemente, la última tenía que quedarse sin hablar hasta que la «ganadora» le daba permiso.
—Es que sois raritas.
—¡Oye! —la increpó Sara, aunque todavía sonreía.
Pablo había perdido las ganas de reír con solo oír mencionar a Alicia. Nieves, que lo notó enseguida, lo cogió de un brazo y lo guio hasta la isla de la cocina.
—¿Qué tomará el caballero? —le preguntó, colocándose un mechón de pelo rojizo sobre los labios e intentando sujetarlo entre estos y la nariz.
Pablo volvió a sonreír. Nieves podía llegar a ser una auténtica payasa.
—Para mí, un mojito —contestó Sara antes de que Pablo pudiera abrir la boca.
—¿Un mojito? —se extrañó Pablo.
—¡Sí, hombre!, ¿y de dónde saco yo ahora la hierbabuena? — apostilló Nieves—. ¡Te preparo un gin-tonic y vas que te matas! ¿Y tú, Pablo?
Él alzó las palmas en son de paz y respondió:
—Para mí, lo que tú consideres mejor, no vaya a ser que me toque recibir también.
En ese momento sonó el teléfono de Sara; era el tono de llamada que tenía asignado a Alicia.
Su hermana se alegró mucho de que fuera ella.
Desde que habían pasado el fin de semana juntas, hacía ya casi tres meses, apenas habían hablado.
La muy zorra no había soltado prenda sobre el chico que le estaba robando la alegría, a pesar de que ella la había interrogado con esmero.
Sara había estado segura, desde el momento en que la vio, de que el desconsuelo que consumía a Alicia era debido a un hombre, pero por más que intentó sonsacarla, no consiguió nada.
—Ahora vuelvo. Es Alicia —explicó señalando el teléfono. Se metió en la habitación para hablar con ella más cómodamente.
Nieves clavó los ojos en los de Pablo; estos entristecieron de golpe.
—¿Cómo estás? —le preguntó, segura de que Sara ya no podía oírlos.
—Estupendamente —dijo él, sarcástico.
Nieves lo miró con fijeza hasta que Pablo, agachando la cabeza, volvió a hablar:
—¿Cómo quieres que esté? Me ha destrozado. Cuando pensaba que ya estaba vacunado contra las decepciones, me da por enamorarme de la mujer más inapropiada.
—¿Por qué dices que es la más inapropiada?
—Porque ni siquiera puedo hablarlo con Sara, ¿no lo ves?
—Hombre, no. Con Sara, mientras no se aclaren las cosas entre Alicia y tú, creo que será mejor que no lo hables.
—¿Qué te hace pensar que algún día se arreglarán las cosas entre nosotros?
—No lo sé. Lo único que sé es que ninguno de los dos quiere llamar al otro. Y a veces, la única manera de aclarar las cosas es hablándolas. —Su tono era precavido, quería dar a entender más que decir.
—¿Tú has hablado con ella? —preguntó Pablo con cierta ansiedad; luego cambió y, con un tono más duro, ironizó―: ¿No te ha dicho que lo que quiere ahora es centrarse en su trabajo?
—Sí, he hablado con ella, y, sí, me ha dicho que lo primero es su trabajo, pero hay cosas que no hace falta que me las digan para entenderlas.
—El que no te entiende soy yo, Nieves. Primero me dices que las cosas se aclaran hablándolas, y luego, que tú las entiendes sin necesidad de que te las digan. ¿En qué quedamos?
—Quedamos en que creo que sois dos orgullosos que están perdiendo un tiempo maravilloso de estar juntos solo por no hablar de lo que sucedió. —Al final había dicho mucho más de lo que pretendía.
Entonces, Sara salió de la habitación con cara de felicidad.
—Alicia me acaba de decir que vendrá a la boda acompañada — anunció—. Está saliendo con un chico al que quiere presentarnos.
—¿Que está saliendo con un chico? —preguntaron al unísono Pablo y Nieves.
—¡Vaya! Creo que hoy vamos a dejar el infierno vacío.
Pablo no se reía. Miraba ceñudo a Nieves mientras veía cómo las escasas ilusiones que acababan de renacer en su corazón desaparecían de un plumazo.