Capítulo 18
«No os diré no lloréis, pues no todas las lágrimas son amargas».
El Señor de los Anillos, J.R.R. Tolkien
Alicia despertó porque una luz intensa le molestaba en los ojos. Los fue abriendo despacio; parecía que le estuvieran clavando alfileres en las pupilas. Se dio cuenta de que el sol que se filtraba entre las cortinas, y le daba de lleno en la cara, era lo que la estaba jorobando.
Intentó levantarse, pero el mazazo que recibió en la cabeza la hizo desistir de inmediato.
Su cerebro embotado le indicó que la noche anterior se había pasado con el alcohol. «¡No bebí tanto! ¿O sí?». Con el dolor de cabeza que tenía, no podía pensar con claridad.
Hizo un segundo intento por sentarse en la cama y lo consiguió, pero el esfuerzo le valió unas intensas ganas de vomitar.
Pero ¿cuánto había bebido? No se acordaba de haber llegado a su casa, y mucho menos, a su cama.
¿Quién la había acostado? Miró hacia abajo, con movimientos muy lentos, y descubrió horrorizada que iba en ropa interior.
No se acordaba de nada. Qué desastre, qué manera de perder el control; ¿qué habría pensado de ella el pobre Carlos?
—Buenos días, ya pensaba que no despertarías nunca. —La voz de Carlos provenía del sillón que Alicia tenía en la habitación y que usualmente utilizaba para leer.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó casi chillando, de lo que se arrepintió al instante, y corrió a taparse con la sábana.
—Estaba esperando a que despertaras, más que nada para cerciorarme de que lo hacías.
—¡Dios mío! ¿Qué pasó? Nunca en la vida me había emborrachado como para no recordar nada al día siguiente. ¡Qué vergüenza! —Estaba a punto de estallarle la cara, como si no le bastara con la cabeza.
Carlos rio por lo bajo. Se levantó de la silla con intención de echarle una mano, pero ella se lo impidió alzando un dedo amenazador.
No quería que se le acercara más; olía fatal y, además, no estaba segura de poder retener en el estómago lo que fuera que tuviera en él, y que desafiaba con salir a la primera de cambio.
—Si comieras algo y te dieras una ducha, te sentirías mucho mejor. —Él pareció leerle el pensamiento.
—¿Tiene que ser obligatoriamente en ese orden? —preguntó Alicia con voz lastimera.
—Si quieres que las náuseas se te pasen, será mejor que sí.
¿Tienes galletas saladas o algo por el estilo? Eso probablemente te asentará el estómago.
—Creo que tengo algo en la cocina.
Trató de ponerse en pie, y tuvo que volver a tumbarse acto seguido debido al mareo.
—¡Madre mía! stilettos me voy a morir! —gimió. Carlos se rio de nuevo.
—Si me dices dónde están, iré a buscártelas. También te conviene beber mucha agua, para rehidratarte; entre lo que vomitaste y lo que has dormido, lo vas a necesitar.
Ella se tapó la cara con ambas manos y gimió por segunda vez.
—¿Vomité?
—Bastante —respondió él con suavidad.
—Menudo espectáculo debí de dar. Dios mío, me quiero morir…
—No, aún no. Querrás morirte todavía más dentro de un rato.
—¿Más? ¿Por qué?
—Porque según avancen las horas, no te sentirás mejor y encima irás recordando cosas, con lo cual te sentirás más ridícula.
Alicia lo miró por entre los dedos.
—Tú lo que quieres es vengarte de que yo te haya hecho pasar una noche tan mala, ¿no?
Se veía que Carlos se estaba divirtiendo, pero a Alicia no le hacía ni pizca de gracia que fuera a su costa.
Cuando volvió de la cocina con las galletas y el agua, ella había conseguido sentarse en la cama.
—Dime la verdad —empezó Alicia, enrojeciendo—. Tú y yo… esto… tú y yo… —balbuceó de forma incoherente.
—¿Quieres decir si hicimos algo? No, ¿por quién me tomas?
Alicia intentó fundirse con la cama para que Carlos no la viera. Se había comido una galleta, pero su estómago no había aceptado más. El agua, sin embargo, le sentó mejor.
—Es que, como estás aquí, y yo… yo… yo ¡estoy en ropa interior!, y no me acuerdo de nada. ¡Yo qué sé!, ¡no sé qué pensar! Esta no es una situación en la que me hubiese encontrado con anterioridad.
La sonrisa de Carlos ya no era alegre.
—Me quedé porque estabas fatal y me preocupaba que sufrieras una broncoaspiración.
—¿Una qué?
—Cuando la gente se pone a vomitar y no está consciente, a veces puede pasar que se traguen su propio vómito.
—Alicia puso cara de asco—. Si este se dirige solamente hacia el estómago, no pasa nada, pero si va a los pulmones, estos se pueden encharcar y no funcionar como es debido, lo cual causa la muerte en algunas ocasiones.
—¿Y has pasado la noche en el sillón?
—Sí, te estaba vigilando, pero cuando te dormiste, yo también aproveché para descansar un ratito.
—En serio que no entiendo que haya gente que se emborrache todas las semanas. No pienso beber nunca más. ¡Si no me bastaba con que se me soltase la lengua cuando bebo, ahora esto!
—Sí, hablar, también hablaste mucho ―dijo Carlos con picardía—. Si incluso te despediste del pulpo en la taza del váter cuando ya había salido de tu estómago —añadió socarrón.
—¡Por Dios! ¡Vaya manera de hacer el ridículo! ¡Agh! —
Intentando no sonar muy patética, le preguntó—: ¿Qué te conté?
—Casi todo. Desde los quince años hasta ayer, creo que te dejaste poco en el tintero. Pero de lo que más hablaste fue de Pablo y vuestro fin de semana «secreto y apasionado», por definirlo con tus propias palabras.
Alicia se tumbó y se tapó con la sábana.
—Debes de ser la mejor persona del mundo si todavía estás aquí. En nuestra primera cita, me emborracho, vomito delante de ti y no paro de hablar de otro. Si llego a ser yo, te hubiese abandonado en menos de una hora. —Su voz sonaba amortiguada por la tela de las sábanas.
—¿Me hubieses dejado tirado vomitando en la calle?
—No lo dudes. Yo no soy tan buena persona como tú.
—No, si no es que yo sea especialmente buena persona. Seguro que han influido la deformación profesional y la curiosidad por saber cómo acabará todo el lío que os traéis Pablo y tú.
Alicia asomó la cabeza, lo miró extrañada y, a pesar de que le costó, consiguió articular:
—¿Qué lío entre Pablo y yo? Y ¿qué quieres decir con «saber cómo acaba»?
—Pues lo que he dicho. Que me gustaría saber si el tal Pablo es tan cabrón como cuentas y, bueno, si lo es, estar cerca de ti y dejarte mi hombro para llorar cuando lo necesites.
Alicia lo miró con gesto interrogante.
—No creas que soy del todo desinteresado —añadió él.
Ahora había llegado su turno de enrojecer y ponerse nervioso.
Apoyando los brazos sobre las piernas, se inclinó hacia Alicia y la miró fijamente—.
Me gustas, me divertí muchísimo anoche contigo, y si cuando pases de él yo estoy cerca, quizás tenga una mínima oportunidad.
Alicia se dio cuenta de que Carlos había necesitado mucha valentía para decirle lo que le había dicho y se sintió conmovida. No obstante, o precisamente por eso, pensó que debía ser del todo sincera.
—No entiendo cómo puedes decir que te gusto si ayer me comporté de una manera tan poco civilizada, por decirlo de forma suave. Por otra parte, estoy muy colgada por Pablo; no será fácil que se me pase.
—Bueno, no te comportaste de forma tan incivilizada toda la noche, solo la parte final.
El resto fue muy divertido. Yo… ayer no fui por completo sincero contigo, sobre todo porque no quería asustarte —señaló en un tono más bajo y desviando la vista.
Después, se rehízo y continuó—: Mi hermana llevaba siglos hablándome de ti.
La verdad es que le dije que sí, que iría a cenar contigo, porque estaba muerto de ganas de conocerte en persona.
—¡Oh, Dios mío! ¿Y a mí no podía ocurrírseme peor día para perder el control?
Carlos lanzó una risa suave que a Alicia se le antojó un poco triste.
—En serio que no fue para tanto. No te martirices más. Además, ahora ya lo sé y, la próxima vez, después de la cerveza, no te dejaré beber combinados.
—¿En serio quieres que haya una próxima vez?
—Muy en serio. —Carlos se levantó y se sentó en la cama junto a Alicia.
Mientras le recorría el antebrazo y la mano con las yemas de los dedos, siguió hablando—: Espero que cuando recuerdes cosas de anoche, te des cuenta de que lo pasamos muy bien, y también espero poder conseguir que mis besos te gusten tanto como a mí me gustaron los tuyos.
Alicia pensó que no se merecía que un chico tan maravilloso como Carlos la mirase siquiera a la cara, y mucho menos que se interesara por ella.
—No puedo prometerte nada, Carlos. No me parece bien aprovecharme de ti, sabiendo que… —balbuceando, se sonrojó de nuevo— que… te gusto y que yo no te puedo corresponder.
—Bueno, lo de quién se aprovecha de quién es discutible. Dejémoslo en que los dos sabemos dónde nos metemos. Tú sabes que me gustas y que voy a intentar que olvides a Pablo y pienses en mí. Yo sé que lo tengo difícil y que me tengo que esforzar al máximo.
Alicia no lo dejó terminar de hablar.
—No lo veo nada claro, y si tú actúas en plan acoso y derribo, solo lograrás que me ponga más nerviosa y no me apetezca verte.
—De acuerdo, nada de acoso y derribo, pero me gustaría que nos viésemos. Si no quieres que te atosigue, no lo haré.
—La verdad es que no te entiendo.
—¿Qué es lo que no entiendes?
—Bueno, más que nada, que solo hemos salido una noche, y no es que te enseñara la mejor de mis caras. Te lo he dicho: nunca bebo. La Alicia a la que conociste ayer era una Alicia distorsionada, por decirlo en palabras amables.
—Y yo te he dicho que incluso antes de conocerte en persona ya estaba medio colgado por ti.
Mi hermana se encargó de eso. La Alicia a la que conocí anoche, como tú dices, no hizo más que corroborar todo lo que Vero me había contado.
Me pareces guapísima ―aseguró, mirándola de soslayo—, y aunque pienses que lo de ayer fue una mala experiencia para mí, no fue así.
Nos reímos un montón juntos, y hasta que yo te obligué a empezar con los gin-tonics, te mostraste muy coherente.
—Mirándola de nuevo a la cara, le guiñó un ojo—.
En serio, no hiciste nada de lo que tengas que arrepentirte. Lo juro.
Alicia no sabía qué contestar; no quería portarse mal con Carlos, que cada vez le parecía más amable y mejor persona. Pero no sentía nada por él, y no sabía cómo hacérselo entender.
Carlos, al ver que ella no contestaba, supuso lo que estaba pensando. Le había dicho que no la agobiaría, y no tenía intención de hacerlo, pero tampoco pensaba rendirse tan fácilmente. Alicia le gustaba incluso desde antes de que se vieran la noche anterior.
Su hermana le había hablado tanto y tan bien de ella que había acrecentado su interés, y aun cuando tenía muchas ganas de conocerla, creyó que al hacerlo se desvanecería la ilusión que Vero le había creado.
Le sorprendió que no fuera así. Alicia no solo cumplía las expectativas, sino que las superaba con creces.
—¡Venga, ve a darte una ducha y después comeremos algo!
Tómatelo como una prescripción facultativa y ni se te ocurra protestar —le dijo, dirigiéndose a la puerta.
Cuando ya estaba a punto de salir, se volvió y añadió muy serio—: Y si necesitas ayuda, no me importa echarte una mano; recuerda que soy enfermero.
Alicia puso los ojos en blanco y le indicó con el dedo que saliera. Después, se encaminó al baño con movimientos lentísimos, por si acaso. Una vez en la ducha, volvió a reflexionar acerca de toda la situación.
¿Por qué no podría gustarle Carlos? Era un encanto y, además, guapísimo; ella le gustaba a él y le había dicho que intentaría conquistarla. ¿Por qué no debería dejar que lo intentase? Pues porque era tonta, ¡pero que muy tonta!
«Un chico que está buenísimo, y que pasa la noche en vela cuidándote mientras tú duermes una mona del quince, te dice que hará lo posible por gustarte, que no se rendirá, aunque tú le hayas dicho que estás colgada por otro. ¡Tonta, no!, ¡lo que eres es gilipollas!».
En ese mismo instante resolvió que ya estaba bien de hacer el imbécil. Decidió que si Carlos quería que se vieran, ¡se verían! Y si Pablo pasaba de ella, no pensaba quedarse sentada esperando a que cambiara de opinión.