Capítulo 17
«¿Jamás habéis lamentado lo que pudo ser y no fue?».
El último judío, Noah Gordon
Alicia se preguntaba cómo podría encontrar a alguien con quien asistir a la boda de Nieves y su hermana. La fecha se acercaba peligrosamente, ya no le quedaba mucho tiempo.
Había barajado varias opciones, pero ninguna de ellas la convencía.
La primera era pedírselo a alguno de sus amigos, pero no le apetecía ni tampoco le acababa de parecer honesto. Todos tenían pareja, ya fuera oficial o extraoficialmente, y se le antojaba una falta de respeto hacia ellas (y ellos).
La segunda era registrarse en una página de citas.
Abundaban en la red y, según decían, la oferta era amplia y variada, pero no tenía tiempo de quedar con nadie y, encima, proponerle que la acompañara a una boda desde la primera cita; huirían todos despavoridos.
No, realmente no creía que pudiese perder el tiempo en eso.
La tercera, aunque le había parecido descabellada unos meses atrás, iba tomando consistencia a medida que pasaba el tiempo: llamar a una empresa de acompañantes profesionales y contratar a alguien.
Esta última opción, además, era tentadora por el hecho de que podría contratar a alguien atractivo; pasearse de la mano de un tío bueno no le parecía mala idea, al contrario, era una idea excelente.
Lo único que la frenaba de realizar la dichosa llamada era que se moría de vergüenza.
Solo con pensar que la tenía que acompañar un in profesional , se ponía roja como un tomate.
Era verdad que no quería aparecer sola en la boda, y más sabiendo que Pablo acudiría con una chica —una chica de la que estaba enamorado, una chica que significaba algo para él, no como ella, que solo había sido la diversión de un fin de semana—, pero también era verdad que hubiese preferido aparecer con alguien que la encontrase mínimamente deseable, que fuera con ella por gusto y no por contrato.
Al final se decidió por lo menos peliagudo. Llamó a una amiga suya, que estaba empeñada en presentarle a uno de sus hermanos (tenía cuatro y parecía que se había puesto como meta en la vida emparejarlos a todos).
La telefoneó y estuvo un rato charlando de cosas intrascendentes con ella hasta que no pudo obviar por más tiempo la razón real de la llamada y, suspirando con fuerza, entró a saco:
—Vero, ¿alguno de tus hermanos está libre por casualidad y querría acompañarme a la boda de mi hermana?
—¡Ay, chica! Dicho así suena fatal. ¿No te parece que antes de pedirle a alguien que te acompañe a una boda, y más si es la de una hermana, deberías conocerlo un poco?
Piensa que quien vaya contigo aparecerá en todas las fotos.
¿De verdad quieres conservar ese recuerdo con alguien a quien ni siquiera conoces?
—Oye, maja —contestó Alicia picada—, que eres tú la que pasa todo el día buscándoles citas a ciegas. Si te lo he preguntado ha sido solo por eso.
—Bueno, vale, no te enfades. Yo solo te sugería que, antes de ir con alguno de ellos a la boda, fuerais a cenar o algo. Más que nada, para ver cómo os lleváis y eso; además, no te preocupes: si uno no te gusta, tengo tres más.
Alicia se estaba arrepintiendo por momentos de haberla llamado.
¿Le parecía mal que se llevara a uno sin conocerlo, pero no que los catara a todos?
No creía que pudiera mantener una conversación más surrealista en lo que le quedaba de vida.
Sin embargo, no iba a discutir con Vero.
Como mínimo, sabía que ninguno de sus hermanos era un psicópata, aunque no tenía muy claro por qué cuatro chicos tan guapos —según palabras textuales de Vero— estaban sin pareja.
—Ahora mismo llamaré a Carlos. Creo que es con el que podrías hacer mejor pareja. Sabes cuál es, ¿no?
—Pues la verdad es que ahora no caigo. —Siempre que Vero le hablaba de sus hermanos, lo hacía en plural, y la mente de Alicia no acababa de diferenciarlos del todo.
—¡Que sí, mujer! El que te conté que es más o menos de tu edad, enfermero, que trabaja en un hospital.
—Puede que sí me lo dijeras, pero ahora mismo no me acuerdo —insistió Alicia.
—Bueno, da igual. Tú no te preocupes, que yo lo arreglo todo.
Mira tú que tengo el pálpito de que al final seremos cuñadas.
Alicia no pensaba lo mismo, en absoluto, y si bien había descartado por el momento la opción de contratar a un profesional, empezaba a arrepentirse de haberlo hecho.
Vero lo compuso todo como había prometido que haría y, al día siguiente, viernes, a las nueve de la noche, Alicia se encontraba de camino a un restaurante que no conocía ni de oídas. Se ubicaba en la calle del Príncipe, cerca de la Puerta del Sol, y se llamaba La Cuchara.
Había estado a punto de ponerse la ropa que se había comprado en Salamanca y que había llevado el maldito veintiuno de marzo.
«¡Mira, ahora ya tenemos algo en común Pablo y yo!
Odiamos el primer día de la primavera», pensó con ironía cuando desechó la idea de ponerse aquel vestido rojo que le sentaba tan bien.
No le apetecía nada volver a utilizarlo, y no estaba de humor para tratar de impresionar a nadie.
Lo único que pretendía era convencer al hermano de Vero para que fuera con ella a hacer el paripé a la boda, pero para nada quería empezar una relación con él.
Cada vez estaba más convencida de que aquella cita a ciegas no era más que otra equivocación y que debería haber contratado a alguien.
¡Joder! ¿Sería demasiado tarde para echarse atrás?
Al entrar en el restaurante, la recibió el maître justo detrás de un atril y le preguntó su nombre. «¡Vaya!, ahora resulta que sí debería haberme puesto el vestido y no estos vaqueros y la blusa, por muy elegantes que me parezcan a mí», pensó.
Tras comprobar el nombre en una lista, el maître la acompañó a través del restaurante a una mesa para dos, que estaba vacía.
—Su acompañante todavía no ha llegado. ¿Desea la señora tomar algún aperitivo mientras espera?
Estuvo tentada de contestarle que «la señora lo que va a hacer es ir yéndose pa’ su casa », porque le molestó un poco ser la primera en llegar y porque el maldito maître le pareció un estirado. Pero en su lugar dijo:
—Sí, por favor, tráigame un vermut blanco, si es tan amable.
«Porque soy una mujer de mundo y sofisticada», se dijo, no sin cierto retintín.
Mientras esperaba a que le sirvieran la bebida, se dedicó a observar a la gente de las mesas cercanas.
Eran todo parejas de cierta edad; las señoras iban vestidas de forma elegante, y los señores, con traje y corbata.
Aunque había alguna pareja sola, la mayoría iban en grupos de cuatro o seis personas que hablaban educadamente en voz baja.
De fondo se oía una música tenue, interpretada por un cuarteto de cuerda o algo así; no es que ella fuera experta, ni mucho menos, pero no sabía por qué, intuía que al restaurante le pegaba ese tipo de música.
Al mismo tiempo que un camarero, elegantemente vestido — mucho más que ella, por cierto—, le ponía la copa de vermut delante, el estirado maître llegaba también a la mesa acompañado de un chico bastante guapo y bastante cohibido.
Era alto y rubio; no se parecía mucho a la amiga de Alicia, aunque tenían cierto aire familiar. Le recordaba a alguien a quien no podía terminar de ubicar.
El pelo, corto, lo llevaba ligeramente engominado; tenía unos ojazos azules enmarcados por unas tupidas pestañas, y barbita de dos días.
Como ella, llevaba vaqueros, lo que la hizo pensar que no era Carlos el que había elegido el restaurante, sino Vero.
Darse cuenta de eso la hizo suspirar aliviada.
Desde el momento en que lo vio, estuvo convencida de que en el hospital en el que trabajaba tanto sus compañeras como las pacientes debían de suspirar por él. «Fijo, pero fijo», pensó.
Alicia se levantó para saludarlo y él le dio dos besos.
—Siento haber llegado tarde —empezó a decir.
—¿Tomará algo el caballero o quieren los señores que les traiga ya la carta? ―preguntó el camarero.
—Puede traer la carta —respondió él, mirándolo con cara de fastidio.
Cuando el maître se fue, ambos rieron por lo bajo.
—Me parece que esta vez mi hermana se ha pasado tres pueblos
—dijo Carlos.
—Bueno, la verdad es que el sitio le pega un montón a Vero, aunque a mí me gustan las cosas más sencillas.
Volvieron a reír y, desde las mesas vecinas, algunos comensales les dirigieron miradas envenenadas.
—Si quieres, podemos ir a otro sitio. Aquí cerca hay uno que me gusta especialmente y donde sirven unas tapas buenísimas ―propuso Carlos.
—Por mí, perfecto. —Sonrió.
Le encantó Carlos; además de guapísimo, era simpático, y en menos de cinco minutos la había hecho reír dos veces.
Al llegar el maître con la carta y oír que lo que ellos querían era la cuenta, estiró el cuello y los miró con una expresión muy parecida al asco. En cuanto se alejó, ambos volvieron a estallar en carcajadas.
—No pienso volver a pisar este restaurante en mi vida, y en cuanto a mi hermana, se va a enterar cuando la pille. —Miró a Alicia—. No por ti, ¿eh?
—Eso espero.
—¿De qué conoces a Vero? No te pareces a las amigas con las que suele salir.
—Bueno, en realidad, al que conocí primero fue a Enrique. Carlos arqueó las cejas en un gesto de sorpresa.
—Sí, el cabrón asqueroso. No es que fuéramos muy amigos; lo conocí a través de unos compañeros del trabajo. Fue él quien me presentó a Vero. Cuando cortaron, yo seguí en contacto con ella y me puse de su parte, claro.
—Claro, si te hubieses puesto de parte del cabrón asqueroso, ahora no estaríamos aquí, porque mi hermana no te habría vuelto a dirigir la palabra en su vida —afirmó con una sonrisa de oreja a oreja.
—Sospecho que no.
El local al que fueron le agradó mucho más que el restaurante que había elegido Vero. Era una tasca donde tomar raciones: bravas, croquetas, pulpo a la gallega… y al mismo tiempo, era un sitio moderno, con una terraza grande, donde se sentaron.
Como Carlos era el que conocía el lugar, y, por el poco tiempo que tardaron en que los condujeran a una mesa tan buena, Alicia supuso que allí también lo conocían a él, lo dejó escoger qué iban a comer.
—No te imaginaba para nada así —le dijo él en cuanto les pusieron delante un par de cañas muy frías.
—¿Así cómo?
—¡No sé! Tampoco sé qué esperaba exactamente.
Vero llevaba tiempo deseando arreglarme una cita con alguien y yo me negaba siempre.
Pero ayer, cuando me llamó, me pilló un poco de bajón y dije que sí.
—Sonrió al mismo tiempo que inclinaba la cabeza, ligeramente avergonzado―.
A los diez minutos la llamé de nuevo, arrepintiéndome —continuó—, pero ella se negó a «llamarte para cancelar la cita», esas fueron sus palabras. ¡Lo juro!
Alicia se rio al ver la cara de circunstancias que ponía Carlos, y él sonrió al ver que ella se lo tomaba a guasa.
—Ahora estoy muy contento de que no me dejase «cancelar».
Alicia sabía que debía decirle que ella estaba mucho más allá de un bajón.
Sabía que debía decirle que lo quería llevar a una boda para poner celoso al chico del que estaba enamorada desde los quince años.
Sabía que no estaba bien utilizarlo sin, como mínimo, hacerlo partícipe de sus intenciones.
Sabía todo eso y mucho más, pero se lo estaba pasando realmente bien y pensó que tendría tiempo más tarde para contarle todas sus angustias.
Ahora no. Ahora se reía y le parecía que a Carlos le gustaba ella, y no quería desaprovechar la ocasión de sentirse atractiva, sobre todo con un chico tan guapo.
Después de cenar, fueron a tomar unas copas a un pub de estilo irlandés en el que Carlos también conocía a todo el mundo.
La lengua de Alicia empezó a soltarse, como siempre que bebía de más.
—No entiendo que un chico tan guapo como tú, y tan majísimo, no tenga pareja y se vea obligado a aceptar las citas a ciegas que le prepara su hermana.
Carlos rio.
—Bueno, supongo que, a tu primera observación, podría decir que eres muy benévola en cuanto a mi aspecto.
―Alicia quiso protestar, pero Carlos levantó la mano y continuó hablando sin dejar que ella interviniera—: A la segunda, podría decir que porque todavía no he encontrado a mi chica ideal.
Y a la tercera, como te he dicho antes: insistió tanto que no pude negarme.
—Me alegro mucho de que no lo hicieras. —Ella se acercó peligrosamente.
Lo besó en los labios. Fue un beso dulce, muy dulce, pero Alicia no sintió nada. Ni mariposas en el estómago, ni pasión desenfrenada, ni ganas de continuar.
Entonces decidió que era hora de sincerarse.