Maldito veintiuno de marzo (Colección Mediterráneo 2) Capítulo 16
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Capítulo 16

«¿Cómo podía la gente hacer esto, tragarse todos sus miedos

y confiar en otra persona sin reservas?».

Amanecer, Stephenie Meyer

El viernes, Alicia se quedó en la oficina hasta las diez.

Desde que la noche anterior la había llamado Sara avisándola de que Pablo y ella pasarían el fin de semana en su piso de Madrid, se le había acelerado el corazón y no había manera de que disminuyera el ritmo.

Pero no se le había acelerado por la emoción, sino más bien por el miedo; si no podía pensar en Pablo sin que se le llenaran los ojos de lágrimas, ¿cómo iba a reaccionar al tenerlo frente a ella? Ya se veía sufriendo un infarto.

Si salió del trabajo y no se quedó a dormir en un sofá de la oficina fue porque pensó que, tras instalarse, Sara y Pablo habrían ido por ahí a tomar algo y se encontraría el piso vacío.

Pensaba meterse en la cama y levantarse antes que ellos, para evitarlos.

Así que, cuando abrió la puerta del piso y oyó voces, se le cayó el alma al suelo.

Respiró hondo, cuadró los hombros y se repitió varias veces que, si podía lidiar con situaciones trascendentales a diario, también podía lidiar con aquella.

Cuando entró en la cocina, se encontró a Sara hablando por teléfono:

—No te preocupes, no pasa nada, no es como si estuviera sola. Mi hermana seguro que tendrá un momento para acompañarme, y también estoy segura de que lo disfrutará más que tú.

Después se rio suavemente:

—Sí, de acuerdo, buenas noches. Hasta el lunes.

Sara colgó el teléfono y miró a Alicia. Cuando sus ojos de hermana mayor se posaron en los de su querida hermana pequeña, casi le da un telele. Alicia estaba demacrada, como si llevara meses sin pegar ojo. ¡Si incluso tenía un tono de piel verdoso!

Se levantó de un salto de la silla y corrió a su lado. Le puso una mano en el codo, queriendo sostenerla, y Alicia le devolvió la mirada, extrañada.

—¿Qué haces, loca? —La abrazó.

—Alicia, tienes un aspecto horrible, ahora mismo nos vamos al hospital.

—¿Qué nos vamos a ir al hospital ni qué tres cuartos? Estoy cansada, nada más. ¡Suéltame, ni que fuera una inválida!

—Alicia, a ti te pasa algo y no tiene que ver solo con el trabajo.

Alicia, que hasta ese momento había estado echando miradas subrepticias a la puerta, esperando que de un momento a otro Pablo entrara por ella y la dejara aún en peor estado, miró a Sara fijamente.

—Creía que Pablo y tú habríais salido; ¿no estaréis esperándome? No puedo ir a cenar, mañana tengo que levantarme temprano… — Entre frase y frase no cogía aire, parecía al borde de un ataque de ansiedad.

Sara levantó una mano para hacerla callar. Ayudándose con los dedos, enumeró:

—Primero: Pablo no ha podido venir, estoy aquí sola; segundo: claro que te esperaba para ir a cenar, y tercero: por supuesto que mañana, que, por cierto, es sábado, no irás a trabajar, porque si hace falta, ¡te ato a la cama!

Alicia abrió la boca para protestar, pero Sara se lo impidió.

—Ahora, en lugar de ir a cenar, pediremos algo, y mientras nos lo traen, te meterás en la bañera y te relajarás, porque estás más tensa que la cuerda de una guitarra. Después hablaremos, y si hay que pegar a alguien, no te preocupes, soy la persona indicada.

Esbozó una sonrisa, y Alicia, que, ante la sola mención de la ausencia de Pablo había perdido la mitad del nerviosismo, le correspondió.

Le dio un beso y se dirigió al baño, mucho más ligera de espíritu.

Iba a pasar el fin de semana a solas con Sara, y se alegró al instante, porque hacía muchísimo tiempo desde la última vez que habían estado juntas y solas.

Cuando ya estaba en la bañera, su hermana entró con dos copas de vino en las manos. Le ofreció una y se sentó en el váter.

—Veo que no me has necesitado para encontrar lo que te gusta —le dijo Alicia sonriente.

—Llevo aquí desde las ocho, he tenido tiempo de curiosear por toda la casa. Por cierto, ¡vaya arsenal de «juguetes» guardas en el segundo cajón de la cómoda de tu habitación, maja!

Alicia enrojeció hasta la raíz del pelo y Sara se echó a reír a carcajadas.

—¡¿Pero a ti quién te manda buscar nada en mi cómoda?!

—Es que me aburría como una ostra y he pensado que podría ser divertido. Vamos, ya somos mayorcitas, no tienes por qué avergonzarte de nada. ¡Te has puesto como un tomate! —Sara casi no podía hablar por los espasmos de la risa y se sujetaba el vientre con la mano que tenía libre.

Alicia la salpicó con brío, dejándola empapada, pero no consiguió cortarle las carcajadas, ni que se arrepintiera de haber rebuscado en sus cajones.

Cenaron sentadas en el suelo, apoyadas en el sofá. Sara había pedido comida china y las dos intentaban pescar trocitos de carne y verduras con los palillos.

—En serio, Alicia, ¿es por un hombre o es, realmente, por el trabajo? Porque si es por un hombre, todavía tendría un pase. No digo que me parezca bien verte tan afectada, pero creo que podría entenderlo. Ahora que, si es por el trabajo, de verdad que no lo entiendo.

—Sara, ¿qué es lo que no entiendes? ¿Que prefiera trabajar?

El trabajo por lo menos, la mayoría de las veces, me da satisfacciones.

No puedo decir lo mismo de los hombres. Los hombres, de momento, no me han dado más que disgustos.

En el trabajo, al menos, sé qué terreno piso; en cambio, con ellos, la inseguridad me mata.

—O sea que tu aspecto de hoy era por un hombre —terció Sara, todavía dudando.

—Puede que sí o puede que no —contestó, cautelosa. Por si acaso, no iba a beber ni una gota más de vino; bastaba mirar a dónde la había conducido la semana anterior el consumo de alcohol.

—¿Te lo voy a tener que sacar con pinzas?

—¡Ay, Sara, no hay nada que contar! Yo no soy como tú —Sara levantó una ceja—, como tú antes de conocer a Nieves, quiero decir. Si salgo por ahí y me enrollo con alguien, no lo disfruto. Necesito enamorarme.

—¿Y?

—Y que el príncipe azul no existe; todos los hombres con los que topo tienen taras.

―«Y el único que alguna vez me pareció un príncipe azul se me ha vuelto de color morado», añadió para sí misma.

No tenía intención de seguir por aquellos derroteros.

Volvería a hablar demasiado y no quería hacerlo.

Cambiando de tema, preguntó―: ¿Qué has pensado comprarte?

Sara, que notó enseguida que su hermana se estaba escaqueando, decidió que, por el momento, no la presionaría, pero no se iría de Madrid sin saber la causa de tanta tristeza.

—No tengo ni idea, dímelo tú.

Sobre la una de la madrugada, se metieron en la cama. Una vez a oscuras, Alicia, intentando que no la traicionara la voz y amparada por la oscuridad, preguntó:

—¿Por qué no ha venido Pablo? —Estaba segura de que era por no verla a ella, pero quería saber qué excusa le había encasquetado a su hermana.

—Creo que ha quedado con una chica —contestó una Sara soñolienta, que no pareció percatarse del temblor en la voz de Alicia—. Por lo visto, ha encontrado a una a la que podría traer a la boda.

Alicia se tensó al instante. ¿Pablo había encontrado a alguien que lo acompañaría a la boda? ¿No había dicho que no creía en el amor y que prefería estar solo?

—¿Es que, acaso, es obligatorio ir a la boda acompañado? Porque yo, de momento, no tengo con quién ir. —«¿Cómo ha encontrado una chica para que lo acompañe a la boda en menos de una semana?». Algo no le cuadraba.

—No, no seas boba. Solo es que, por lo visto, conoció a una chica y se pelearon; ahora trata de hacer las paces con ella.

Parece que le gusta de verdad, o eso me ha dicho —resumió Sara, que, entre que tenía mucho sueño y que no le gustaba demasiado hablar con nadie que no fuera Pablo de las cosas que le pasaban a Pablo, no se prodigó más en la explicación.

Alicia se dio cuenta de inmediato de lo que había pasado. Pablo estaba enamorado de otra.

Lo que había hecho con ella durante el sábado y el domingo había sido aprovecharse de la situación, pero con la cabeza puesta en otra mujer.

Su ternura y su cariño habían sido para otra. Claro, como ella se le había metido en la cama. ¿Qué tío no aprovecharía la oportunidad de cepillarse a alguien que se ofreciera tan fácilmente?

¡Por eso estaba tan arrepentido el domingo y la sacó de su piso con tanta rapidez! Porque, una vez pasado el calentón, lo único que hacía ella en su casa era estorbar.

Seguro que, en cuanto la dejó en la estación, había corrido al lado de la otra a declararle su amor. ¡Vaya cabrón! Y mientras, le contaba a ella que no pensaba enamorarse jamás. ¡Mierda!

Pues si él se presentaba con alguien a la boda, ella no pensaba ir sola. Le demostraría que no estaba colgada por él.

Si, para Pablo, el mejor fin de semana de la vida de Alicia solamente había sido sexo, para ella no sería nada más.

¡Vaya si iría bien acompañada a la boda! ¡Pero que muy bien acompañada!

Mientras Alicia se comía la cabeza en su cama en Madrid, Pablo, en Salamanca, también daba vueltas en la suya.

Le había vuelto a mentir a Sara, vendiéndole la moto de que iba a hacer las paces con la chica con la que había pasado el fin de semana anterior. ¡Mierda!, ¿y si se lo contaba a Alicia? Se daría cuenta de que de quien se había quedado colgado era de ella. ¡Mierda, mierda y mierda!

Bueno, confiaba en que no hablasen demasiado del tema.

Sara siempre era discreta con sus asuntos, incluso con Nieves, y esperaba que no variara la costumbre y que tampoco le contara nada a Alicia.

Confiaba en que esta última no le confesara a su hermana su aventura con él. Ese había sido el trato, ¿no?

Además, al hecho de que había dormido poco toda la semana pensando en Alicia, ahora tenía que sumar los remordimientos por no acompañar a Sara a Madrid, pero le había parecido un sinsentido desde el momento en que las palabras habían salido de la boca de Nieves.

¿No habría hablado con Alicia? ¿No sabría en qué términos se habían despedido?

Seguramente era eso. Alicia le habría dado tan poca importancia al tiempo que habían compartido durante el sábado y el domingo que no le había merecido la pena ni comentarlo con Nieves.

Y aunque lo hubiese hecho, tampoco es que se hubieran peleado.

Simplemente, ella le dejó claro que lo primero era el trabajo.

Sin embargo, le había confesado que no había podido tener orgasmos en sus anteriores relaciones, y con él sí los había tenido; eso debía contar algo, ¿no? ¡Mierda! No iba a llegar a ningún lugar por ese camino; llevaba toda la semana haciéndose las mismas preguntas y

seguía obteniendo las mismas respuestas, es decir, ninguna.

Alicia le había dejado claro antes de marcharse que lo que habían tenido no había sido nada; que, en la vida de ella, no había lugar para el amor. ¡Joder! Si para él tampoco había habido lugar hasta que la encontró, sin quererlo, sin buscarlo, a ella.

Debería ser el que mejor la entendiera del mundo y, en cambio, no podía dejar de pensar en ella ni un solo instante.

Volvió a girarse inquieto en la cama. ¿Y si se había equivocado?

¿Y si Nieves había propuesto que él fuera a Madrid con Sara por alguna razón oculta?

No lo creía. Nieves se lo habría dicho directamente si creyera que tenía alguna oportunidad, ¿no?

Volvió a cambiar de postura. No tenía nada claro. Lo único que sabía era que iba a pasar otra noche en blanco.