Capítulo 15
«Le dolía que los hechos pasasen con esta facilidad a ser recuerdos;
notar la sensación de que nada, nada de lo pasado,
podría reproducirse».
El camino, Miguel Delibes
El jueves, Nieves y Sara fueron a cenar a casa de los padres de esta y se llevaron con ellas a Pablo, que seguía hecho polvo.
La madre de Sara lo besó, lo abrazó y lo riñó, todo al mismo tiempo.
—Pablo, cariño, ¿cuánto tiempo hace que no venías? Si creo que has crecido y todo.
Pablo se echó a reír ante la ocurrencia de la mujer.
—Mamá, no seas pesada, deja al pobre chico. ¿Cómo va a haber crecido?
—¡Ay, maja, qué quisquillosa te estás volviendo!
Con lo contenta que estoy de teneros a todos aquí.
Solo me falta mi Alicia. —Pablo se envaró, pero como todos miraban a la madre de Sara, la única que se dio cuenta fue Nieves, que le había echado un vistazo de refilón—.
Es que desde el sábado la añoro muchísimo.
Esta hermana tuya me va a matar a disgustos. Quiere más a su trabajo que a su madre.
—Mamá —volvió a interrumpirla Sara—, en serio, no seas pesada. Nos tiene a todos un poco prof , pero no la vamos a estar criticando siempre a la pobre.
Nieves miró disimuladamente a Pablo de nuevo. Cuando, la noche anterior, Sara le había contado lo triste que estaba por culpa de una chica, no había albergado la menor duda de quién era esa chica.
El lunes por la mañana, había llamado a Alicia toda ilusionada para que le contase cómo había transcurrido el fin de semana.
Desde que su cuñada la había telefoneado el sábado por la mañana para avisarla de que Pablo iría a recoger sus cosas, estaba intrigadísima, pero como había prometido no decir nada a Sara, se había tenido que comer la intriga ella sola.
No podía imaginar, cuando marcó su número, que Alicia estaría tan mal.
Le contó lo que había sucedido casi llorando, pero, recuperándose rápidamente, acabó diciendo:
—No te preocupes, ni me hagas caso. Que esto no se alargaría más allá del fin de semana era evidente desde el minuto uno.
La que se olvidó fui yo. Pero ahora ya lo tengo claro, cristalino.
No se me volverá a olvidar y no me haré más ilusiones con él.
Somos adultos y no hemos hecho nada que no sea capaz de olvidar.
Alicia soltaba todo ese discurso como si intentara autoconvencerse, porque lo que era a Nieves, no la estaba convenciendo en absoluto.
Se arrepentía, aunque no en exceso, por haberlos lanzado uno en los brazos del otro y por haber hecho lo posible para unirlos.
La apenaba mucho ver así a su cuñada, pero suponía que, como ella misma decía, se repondría.
En cuanto Sara le contó que Pablo estaba tan mal como Alicia, se había sentido tentada de hacer dos cosas: la primera, coger a esos dos tontos y confrontarlos, para ver cómo habían sido capaces de llegar a semejante malentendido; la segunda, confesarle a Sara quién era la chica que le había roto el corazón a Pablo y pedirle que la ayudara a arreglar las cosas.
Si no hizo ninguna de las dos fue por miedo: miedo de meterse de nuevo donde no la llamaban.
Si, intentando hacer que esos dos vivieran una noche loca, había conseguido liar tanto la situación, ¿qué pasaría si se metía más?
Y después estaba el miedo de que Sara se enfadara tanto que volvieran a discutir.
En resumen: esperaba que, dejando pasar tiempo, se aclarara el embrollo, y quería pensar que un poco de mal de amores no haría daño a ninguno de esos dos tontainas.
Su suegra, Carmen, la sacó de sus pensamientos.
—Nieves, cielo, ¿habéis encontrado vestido Alicia y tú?
—Bueno, yo sí. —Miró a Sara, que estaba preparada para atacar a su madre, como de costumbre, y la hizo callar con un leve movimiento de cabeza—. La que todavía no lo tiene es Sara. —Se le acababa de ocurrir una idea que quizás funcionara…
—¿Qué piensas ponerte tú, Sara? —preguntó Carmen.
—Todavía no lo sé, mamá, pero te digo desde ya que no será un vestido blanco ni largo.
—¿Por qué no vais Pablo y tú a Madrid a pasar el fin de semana a ver si encuentras algo que te guste? Podríais quedar con Alicia y así os ayuda. ―Nieves no perdió la ocasión de poner en marcha su plan.
Pablo la miró con cara de fastidio. Nieves debía de saber que las cosas entre Alicia y él no habían salido bien.
¿Cómo se le ocurría sugerir que fuera con su amiga a Madrid?
Se arrepentía cada vez más de haber aceptado la invitación a cenar.
Desde que había llegado, el tema recurrente había sido Alicia, y estaba seguro de que era lo que menos le convenía en aquel momento; ya tenía bastante con que ella solita acudiera a su mente, no necesitaba que nadie se la recordara cada dos por tres.
—¡Podría ser una buena idea! —aprobó Carmen, ilusionada—. Incluso os podríais quedar en casa de Alicia; al fin ha amueblado la habitación que tenía vacía.
—No creo que sea necesario molestar a Alicia —opinó Pablo, sonando mucho más seco de lo que pretendía y haciendo así que todas las miradas se giraran hacia él, extrañadas—. Quiero decir — rectificó al darse cuenta— que si, como vosotros decís, trabaja tanto, a lo mejor la molestamos.
—¿Qué la vais a molestar? —preguntó Carmen, puntillosa.
—Sí, podría estar bien —convino Sara—. Ahora mismo la llamo. Pablo empezó a sudar; no sabía qué podía alegar para salir del brete en que lo había puesto Nieves. Cuando Sara se levantó de la mesa, él le lanzó una mirada asesina a su novia.
Aprovechando que Carmen también se había puesto en pie para ir a buscar el postre y que el padre de Sara andaba algo despistado, para no variar, Pablo se acercó a Nieves por encima de la mesa y susurró muy bajito:
—¿No sabes que Alicia y yo decidimos que no íbamos a vernos más?
—¡No! —dijo ella haciéndose la inocente—. Menuda tontería.
¡Veros, os tendréis que ver alguna vez, digo yo!
—¡Nieves! No es que nos separásemos con muchas ganas de quedar de nuevo; por mi parte, como mínimo, y menos tan pronto.
—Lo siento mucho, Pablo, no lo sabía —volvió a mentir ella—. Pero no te preocupes, los dos sois adultos; no creo que suceda nada por pasar otro fin de semana juntos.
Pablo bufó. Volvió a sentarse bien en la silla y se recolocó la servilleta sobre el regazo. Estaba ausente y triste, y a Nieves le pareció que se había comportado como una arpía, pero esos chicos necesitaban un revulsivo para dejar de hacer el tonto.
En ese momento entró Sara, traía cara de enfado; al mismo tiempo, Carmen volvía de la cocina con un flan de tamaño XXL.
—¡La señorita tiene que trabajar durante todo el fin de semana!
—explicó Sara, sarcástica—, pero dice que claro que podemos quedarnos en su casa, si queremos, aunque ella no esté.
Pablo soltó el aire que había retenido en los pulmones. Acto seguido, se sumió de nuevo en la melancolía.
«Si eso no es una excusa, que baje Dios y lo vea —pensó—. Está claro que prefiere no verme».
—Esta niña. ¡Lo que hace no me parece ni medio normal! Tendré que ir a dejarle las cosas claras, porque está empezando a portarse de forma muy maleducada…
—¡Carmen! —la recriminó su marido, por una vez, parte en la conversación―. Deja a la niña en paz. Si dice que tiene trabajo, será que lo tiene. ¿Por qué siempre buscas razones ocultas en todo?
—No sé, Emilio, pero que el fin de semana pasado viniera a Salamanca y no tuviera ni tiempo de ver a sus padres, y que el que viene no tenga un momento para ver a su hermana, por mucho que tú quieras defenderla, no tiene defensa posible.
Carmen casi gritaba. Tenía los ojos llorosos, y Pablo se sintió tremendamente culpable; parte de ese lío era culpa suya, si no toda.
El fin de semana anterior Alicia no había salido de su casa, y el próximo no quería verlo a él, de ahí la excusa del trabajo.
Se sentía fatal. Miró a Nieves de forma significativa.
Ella bajó la mirada a su regazo y tampoco comentó nada, pero se notaba que también se sentía responsable.
Si Sara y sus padres llegaban a enterarse de que ellos dos sabían muy bien por qué Alicia se mostraba tan esquiva, se iba a montar una buena.
—¿Sabes qué te digo, Pablo? —concluyó Sara con una sonrisa maliciosa—. Iremos a Madrid y nos instalaremos en casa de mi hermana. En cuanto salga del trabajo (porque digo yo que a dormir a su casa sí que debe de ir), la secuestramos y no la dejamos volver a trabajar.
En ese momento, la cara de Carmen se relajó.
—¿Y si no va a dormir a su casa? ¿Y si anda tan ocupada porque tiene a un chico? —expuso entusiasmada—. O una chica. Vamos, que a mí me da igual, y ella lo sabe. Pero ¿y si fuera eso? ¡Ay! Así la perdono de inmediato. Con lo mal que llevo que esté en Madrid sola. Pero esto sería diferente, ¿verdad?
Todos la miraron alucinados. Cuando se ponía a hablar de esa manera, casi sin coger aire, no se podía hacer otra cosa que escuchar, mirar y callar.
Nieves y Pablo volvieron a buscarse con los ojos. Nieves, sintiéndose menos culpable, y Pablo, hundiéndose cada vez más en la miseria.
«¿Podría ser que tenga a otro? ¡Pero si ella me dijo que no!, ¿verdad?». No sabía qué pensar.
Lo que sí tenía claro era que no se hospedaría en su casa.
Eso lo sabían hasta en la República Popular China.
Tendría que inventar alguna excusa plausible, pero a su casa, con Sara, no pensaba ir.
Él mismo era consciente de que se estaba comportando como un niño pequeño, pero se negaba a hacer de perrillo faldero, y mucho menos a exponerse a que Sara pudiera darse cuenta del lío que se traían Alicia y él.
Tal vez se hubiese enamorado de nuevo después de tanto tiempo, pero se negaba a hacer el ridículo.