Capítulo 14
«La vida es circular, los hechos se repiten;
en otras circunstancias, sí, pero básicamente semejantes».
Palmeras en la nieve, Luz Gabás
El lunes por la mañana, cuando Sara entró en el coche de Pablo, notó enseguida que pasaba algo. El siempre sonriente Pablo estaba ceñudo y concentrado. «Y ya hemos pasado el veintiuno de marzo», pensó Sara entre sarcástica y preocupada.
—Buenos días, ¿no ha dormido bien hoy el señor?
—Buenos días. No, no he dormido bien y no tengo el cuerpo para tonterías, así que preferiría que te las ahorraras, gracias.
—Pero, bueno, ¿qué te pasa, hijo? No me tienes acostumbrada a este mal humor.
—Pues hoy vas a tener que aguantarme, ¡mira tú por dónde! No tengo ganas de bromas.
Sara hizo el gesto de cerrarse la boca con una cremallera y tirar la llave por encima de su hombro, un gesto idéntico al que había hecho Alicia el sábado de madrugada, y a Pablo se le vino, todavía más si cabe, el mundo encima.
Si su intención había sido no enamorarse nunca más, se había lucido, la verdad. En un solo fin de semana, se había cargado no solo
su escala de prioridades, sino también su tranquilidad.
Se preguntaba por qué había sido tan incauto, por qué había pensado que sería buena idea meter una mujer en su casa; la mujer más inconveniente de todas, por cierto.
Había pasado, probablemente, el mejor fin de semana de su vida y, sin embargo, para ella no había sido más que un divertimento, en vista de lo sucedido a la hora de separarse.
Maldito veintiuno de marzo. ¿Tenía que ser precisamente ese fin de semana? Como si no le sobrasen razones para odiar el inicio de la primavera.
El sábado por la mañana, al volver del piso de Sara y Nieves, en el coche, había tenido las cosas claras. Pero todos sus propósitos se habían esfumado al entrar en su propia casa.
Eso había sido al mediodía; después de pasar toda la tarde y la noche con ella, si alguna vez había tenido propósitos, ni se acordaba de en qué lugar del camino habían quedado.
El domingo ya tenía claro que estaba colgado por ella.
Cuando, después de comer, Alicia lo había despertado acariciándole la espalda suavemente, creyó que tenían una conexión difícil de romper.
Habían hecho el amor con lentitud; los besos tiernos y las caricias suaves lo habían enloquecido.
A pesar de haber estado con muchas mujeres, él sentía que nunca había hecho el amor. Todo lo anterior había sido solo sexo.
Aunque ella se había dormido enseguida, a él le había costado más, pero no le importó. La estuvo contemplando extasiado, preguntándose cómo, habiéndola tenido siempre tan cerca, no se había dado cuenta hasta ese preciso instante de que estaban hechos el uno para el otro.
Pero, al dormirse, se había sumido en una especie de pesadilla, en la que buscaba algo, no sabía qué, y era incapaz de encontrarlo.
Un fuerte ruido lo había despertado y lo alarmó de veras; tras comprobar que Alicia estaba bien, se había sentado al borde de la cama, con tensión acumulada por el sueño y el ruido. Estaba tan nervioso que casi le faltaba la respiración.
Entonces, había empezado la pesadilla de verdad.
—¿Qué hora es? —había preguntado con el susto aún en el cuerpo.
—No sé, pero creo que nos hemos quedado dormidos. —En la voz de Alicia había un matiz de reproche.
—¿A qué hora tienes que marcharte? —Él había esperado que se quedara a pasar la noche, sintiéndose tonto por ello.
—Sale un tren a las seis y media y otro a las ocho, creo —había contestado ella, como si ya quisiera haberse marchado.
—Al de las seis y media no llegas, son y veinte. —«¡No te vayas!», dejó en el tintero.
—Pues como no me dé prisa, también perderé el de las ocho. —
De nuevo la urgencia en su voz.
Al cabo de un rato, una Alicia muy distante le había preguntado:
—¿Te importa si me doy una ducha? —No parecía que lo estuviera invitando a ir con ella, precisamente. Estuvo a punto de meterse en el baño y suplicarle más de media docena de veces que se quedara, pero no se atrevió.
Cuando al fin Alicia salió, a él le había parecido que no era la misma. Ya estaba vestida. Al ocultarse en el baño, ella le había dado a entender que hasta ahí llegaba la intimidad entre ambos.
Bajo la ducha, Pablo se había devanado los sesos en busca de una excusa que no sonara muy patética para que volvieran a verse, pero fue en vano. No se le había ocurrido nada, estaba totalmente bloqueado.
Pensó que, a lo mejor, teniéndola de nuevo cara a cara, se le encendería la bombilla. ¡Sí! Se relajaría con la ducha y, al salir, más calmado, seguro que daba con la clave.
Pero no había sido así.
—Creo que no me equivoco si digo que este fin de semana ha sido muy… —había expuesto ella, no bien él hubo salido— agradable.
¿Agradable? Pero ¿de qué estaba hablando? ¿Dónde estaba Alicia y quién era aquella tía estirada que le hablaba en su lugar?
En un intento de no traslucir demasiado su desolación, Pablo la había mirado sin inmutarse, las cejas ligeramente enarcadas, como invitándola a proseguir.
—Creo que tampoco me equivoco si digo que las ataduras que supondría mantener una relación no nos interesan a ninguno de los dos. —Ni siquiera lo miraba, se quitaba una pelusa del pantalón, que, al parecer, merecía más atención que él.
—Es cierto, no te equivocas. —Había intentado imprimirle a su voz el tono más duro que pudo.
—Pues entonces creo que queda claro que esto no debe repetirse.
—Ahí le había asestado el golpe de gracia.
—Ni es adecuado que se repita ni puede repetirse —había replicado Pablo con extrema frialdad. Él también podía jugar a eso, y por nada del mundo permitiría que ella averiguara lo hundido que estaba.
—Me alegro de haber podido dejar claro este punto.
Si para ella aquellos dos días se podían reducir a un punto que tratar fríamente, no sería él quien se pusiese a suplicar.
No obstante, no había admitido discusión a la hora de acompañarla a la estación.
Allí le había dado un beso en la mejilla, por pura inercia, del cual se arrepintió de inmediato.
Las transacciones comerciales no se cerraban con besos, y ella le había dejado claro que lo suyo solamente había sido una transacción.
Tres días más tarde, al llegar al trabajo, y tras haber hecho, de nuevo, todo el trayecto sin cruzar palabra, Sara, que, como siempre, iba sentada en el asiento del copiloto, lo observó con gesto serio.
—Hacía años que no te veía así. Estás destrozado. ¿Me lo vas a contar?
—¿Qué quieres que te cuente?
—No me vas a negar que pasó algo el fin de semana que todavía no te has atrevido a contarme. Debió de ser de órdago.
—No hay mucho que contar; cometí varias estupideces. ―Elevó los hombros, pretendiendo una indiferencia que estaba lejos de experimentar.
—Siento mucho haberte dejado tirado el viernes, pero yo creía que ya podías ir solo por el mundo. —Intentó hacerse la graciosa para quitarle hierro al asunto.
Pablo sonrió levemente, pero la sonrisa no le llegó a los ojos.
¿Cómo le iba a contar a Sara que le habían roto de nuevo el corazón, y que quien lo había hecho era, precisamente, su hermana?
—Entonces… —lo instó ella, tras un nuevo silencio.
—He hecho lo que prometí no hacer nunca.
—Bueno, eso no tiene por qué ser malo —lo interrumpió—, ¡míranos a Nieves y a mí!
—No es el caso. Lo mío va a ser malo de narices.
—No puedes haberte enamorado tanto en solo dos días.
—¡Como si no me conocieras! —Pablo hundió la cabeza en el pecho. Después la miró de soslayo y añadió—: Y como si tú no te hubieras enamorado de Nieves en menos tiempo.
Sara soltó una carcajada; él apenas sonrió. Luego, poniéndose muy serio otra vez, continuó:
—El fallo más gordo, sin duda, fue llevarla a casa. Se marchó el domingo por la noche, pero la veo en todos los rincones donde estuvo.
—Joder, Pablo, ¡sí que te ha dado fuerte! Pero ¿qué te hace pensar que se ha acabado? —De pronto puso cara de espanto—. ¿No estará casada? No nos metemos con mujeres casadas, ¡ya lo sabes!
—¡No! No está casada y tampoco tiene pareja estable, a no ser que quieras llamar «pareja estable» al trabajo.
—¡Uf! Otra como mi hermana. ¡Pues sí, creo que lo tienes chungo! Si es como Alicia, lo primero es el trabajo; lo segundo y lo tercero, también. El sábado por la mañana se fue sin haber visto siquiera a mis padres, ni prácticamente a mí. Bueno, tú lo sabes, si tuviste que acompañarla al tren.
Ante la mención de ese nombre, Pablo sintió un pinchazo entre las costillas. Intentó disimular su conmoción y siguió hablando:
—Sí, es lo que te había dicho. Al marchar me dejó bastante claro que no podíamos volver a vernos. Supuso que a mí tampoco me interesaba una relación, y dejó claro que ella no quería ataduras — pronunció ataduras como si fuera una palabra nociva.
—Bueno, en realidad (y no es con intención de machacar), eso es lo mismo que tú has estado haciendo durante todos estos años.
—Sí, puede que tengas razón, pero yo nunca me he quedado todo un fin de semana en casa de nadie. —Calló un momento—. Bueno, durante unos meses quedé con Ángeles algunos fines de semana, pero lo hablamos el primer día, antes de empezar, y nadie salió dolido.
—¿Estás seguro? ¿Esa Ángeles no es la misma que te acechaba después? ¿Contra la que casi tienes que pedir una orden de alejamiento?
—¡No, qué va! Esa era otra. Con Ángeles sigo teniendo muy buen rollo. La que me acechaba era una tal Mariángeles, creo. No me acuerdo muy bien.
—¿Ves? Tú también has roto más de un corazón.
—¿Y tú no? Además, se supone que, si eres mi amiga, deberías apoyarme, ¿o eso pasa solo en las películas? —Parecía bastante picado.
Sara sonrió. Aunque estaba enfadado, no perdía el sarcasmo. Eso no podía ser muy mala señal, ¿no?
—Bueno, creo que entre los dos hemos dejado la ciudad bastante tocada, pero no era eso lo que quería que vieras. Hasta ahora, habías tenido mucha suerte; no es que yo me queje de la mía. Lo más normal hubiera sido que, en su día, Nieves también me hubiese mandado a paseo.
Permanecieron un rato sin hablar. Después, mientras apoyaba la cabeza en el volante, Pablo dijo:
—¡Uf! Sentirse así, tirado como una colilla, es lo peor.
—Ya veo que debajo de toda la muralla que habías conseguido levantar, sigue el chico frágil y enamoradizo al que yo conocía. —Sara rio de nuevo.
—No sé qué voy a hacer, Sara. —Parecía desesperado.
Sara le cogió una mano y, apretándosela, le aconsejó:
—¿Por qué no la llamas? ¿Quién te dice que no es más que un malentendido?
—No es ningún malentendido, Sara. —«Como tú bien has dicho hace un rato, para tu hermana el trabajo lo es todo». Eso último no lo dijo en voz alta, aunque no le faltaban ganas.
Nunca le había escondido nada a Sara y, aunque ahora le parecía muy rastrero hacerlo, no traicionaría el trato que había hecho con Alicia, por muchas ganas que tuviera.