Capítulo 13
«El recuerdo todo lo literaturiza; la nostalgia embellece lo perdido
y crea símbolos donde no los hay».
Lo que me queda por vivir, Elvira Lindo
El lunes por la mañana, Alicia se despertó en su cama, en su piso de Madrid, sola.
Al ir a levantarse, se dio cuenta de que le dolían hasta las pestañas por el ejercicio, del todo inusual, que había estado practicando durante el fin de semana. Pero lo que más le dolía era el corazón.
Lo tenía roto en mil pedazos, aplastado, machacado como nunca pensó que pudiera estarlo.
La tarde anterior, al abandonar el piso de Pablo, se había jurado que no lloraría, pero durante todo el trayecto en tren había estado derramando lágrimas silenciosas.
La señora que iba sentada a su lado le había ofrecido un pañuelo de papel.
La cara que puso demostraba cuánto la compadecía.
Alicia lo había aceptado con una inclinación de cabeza.
No se atrevió a pronunciar palabra. Apretó los dientes para ver si de esa manera podía dejar de compadecerse ella también, pero no lo logró.
Lo peor había sido llegar al piso vacío y frío. Se dio más cuenta que nunca de lo sola que estaba. Eso era lo que había deseado hasta ese día, pero en esos momentos le parecía que le estaban dando doble ración de su medicina.
Con Pablo no había llegado a discutir, pero cuando la dejó en la estación, tampoco se habían despedido de forma cariñosa.
Lo que ella había creído intuir durante los dos días que estuvieron juntos se parecía a la ternura, si no al amor, pero en el momento de la separación, él se limitó a darle un beso rápido en la mejilla y miró hacia delante.
—Espero que tengas buen viaje —se había despedido con una voz sin inflexiones.
—Muchas gracias, ya nos veremos —contestó ella de la misma manera, al tiempo que la puerta se cerraba.
Pablo se había girado hacia ella, como si tuviera ganas de decir alguna cosa, aunque debió de pensarlo mejor, porque no llegó a abrir la boca.
Alicia miró el despertador; eran las cinco de la mañana.
Le sobraba el tiempo; no tenía que llegar al trabajo hasta dentro de tres horas.
Debería ponerse a estudiar los malditos informes que la esperaban en el despacho, pero no tenía ganas.
En cambio, le apetecía quedarse en la cama todo el día, llamar al trabajo y decir que se encontraba mal —lo cual no sería ninguna excusa, porque no recordaba haberse encontrado peor en toda su vida— y pasar el resto del día pensando en lo que había ocurrido durante el fin de semana.
—Lo que no puede ser, no puede ser —expresó en voz alta—. Y esto estaba cantado que no podía ser. Estaba cantado desde hace más de diez años, y tú ¡vas y te metes! ―siguió reprendiéndose mientras se ponía en pie y se daba cuenta de la extensión real de sus agujetas.
Después de confirmar que caminar era un suplicio, decidió silenciar su conciencia, mandar los informes a tomar viento y meterse en la bañera con agua caliente y un kilo de sal, tal como se la preparaba su madre cuando volvía de una excursión al monte y se sentía tan hecha polvo como ahora.
No bien se hubo metido en el agua, empezó a evocar los acontecimientos del sábado y el domingo.
Como habían decidido no salir del piso en todo el fin de semana, no fuesen a encontrarse a Sara por la calle y montara un número, habían pedido pizzas para cenar.
Se las habían comido delante de la televisión viendo una serie, The Big Bang Theory, que, como habían descubierto entusiasmados, les gustaba mucho a ambos.
En cuanto terminaron de cenar, se habían acurrucado en el sofá, ella entre las piernas de él, como si fueran una pareja veterana y muy bien avenida. En ese momento fue cuando Alicia se dio cuenta de que todavía estaba loca por él y de que la despedida sería, cuando menos, cruel.
El domingo, y pese a haber descansado poco, ya que habían dedicado su tiempo a tareas mucho más placenteras, Pablo decidió que prepararía la comida, y aunque ella se ofreció a ayudarlo, él se lo impidió poniéndole un libro en las manos y mandándola de nuevo al sofá.
«¡Mmm, el sofá!». Solo con recordarlo volvía a excitarse.
—¡No sigas por ahí! —se recriminó de nuevo en voz alta.
Para cuando la comida había estado lista, ella hacía rato que dormía con el libro abierto y sin haber leído nada.
Pablo la había despertado con mimo infinito y la había conducido, medio adormilada todavía, a la mesa.
Alicia se había espabilado de golpe al ver cuánto se había esmerado él en todos y cada uno de los detalles.
Casi le había molestado no tener nada elegante que ponerse, dadas las molestias que él se había tomado para que todo estuviera perfecto.
La mesa estaba cubierta por un mantel de color tostado y que ella hubiera jurado que era de hilo.
Los platos, colocados encima de bajoplatos de color marengo, no estaban enfrentados, sino situados uno al lado del otro.
Las copas, altas, cuadradas y muy modernas, habían tomado el lugar de las clásicas y redondeadas.
El despliegue de cubiertos la hizo sentir como Julia Roberts en Pretty Woman , y eso que ella estaba acostumbrada a comer en restaurantes de calidad; había descubierto, aliviada, que Pablo no había incluido pinza para caracoles, ¡qué poco le gustaban esos bichos!
Una botella de vino blanco descansaba en una cubitera enorme, justo detrás de un jarrón en el que reposaba un ramo de narcisos amarillos que dejaba sin aliento.
—Pablo —había dicho emocionada—, todo está precioso.
¿Cuándo has salido a comprar las flores? No me he dado ni cuenta.
—Estabas dormida y no he querido despertarte; he pensado que te llevarías una sorpresa cuando las vieras —había explicado él con aquella sonrisa tan suya.
—Me encanta. —Ella había tomado asiento con los ojos centelleantes por la emoción.
—¡Me alegro de que así sea! Para eso me he esforzado tanto. Había preparado conchiegli rigate al pesto. La pasta, que era fresca, estaba deliciosa; la habían degustado casi sin hablar, mirándose y sonriendo, disfrutando de la compañía mutua y de la intimidad.
Después de comer, había sido ella quien no lo dejó que la ayudara, y lo mandó a la cama mientras recogía.
No tardó mucho en dejarlo todo más o menos colocado, a pesar de que se había dado cuenta tarde de que no sabía dónde iban los utensilios una vez limpios.
Después, en la habitación, había dedicado un buen rato a observar a Pablo mientras dormía, como había hecho él con ella la mañana anterior.
¡Qué hermoso era! Se había quitado toda la ropa y estaba tendido lánguidamente sobre su abdomen.
Los músculos, largos y definidos, se veían relajados.
Los hombros anchos, la cintura estrecha y el culito respingón, que pedía un mordisco a gritos, la habían excitado muchísimo, así que se había quitado la camiseta y tumbado a su lado.
Con las yemas de los dedos, rozándolo apenas, resiguió los contornos del bíceps, del hombro, del omóplato, siempre lentamente; dirigió los dedos hacia la columna y la acarició en dirección a las nalgas.
La mano se había guiado sola, porque los ojos estaban fijos en la cara de él, que, de repente, había esbozado una sonrisa perezosa pero complacida y había abierto los suyos.
A tan poca distancia, parecía una pintura de Miró.
Los ojos, en lugar de estar uno al lado del otro, parecían flotar uno por encima y el otro algo más abajo.
Se besaron de nuevo, muy despacio. Esa vez todo lo hicieron despacio, como dos viejos amantes que no tienen prisa porque saben que se tienen para toda la eternidad.
Después de hacer el amor, sin haberse separado del todo, ambos habían caído rendidos, en un sueño que duró toda la tarde.
Al despertar, había empezado la pesadilla de Alicia.
Había debido de caerse algún objeto en el piso vecino, o quizás en la calle, porque ambos se despertaron de golpe, sobresaltados, intranquilos. Quizás sus subconscientes ya intuían lo que todavía la razón no veía.
—¿Qué hora es? —había preguntado Pablo, en un tono que a ella le pareció irritado.
—No sé, pero creo que nos hemos quedado dormidos —había contestado con la voz todavía tomada por el sueño.
—¿A qué hora tienes que marcharte?
—Sale un tren a las seis y media y otro a las ocho, creo. —A lo mejor ya no debería haber estado ahí. A lo mejor ya había pasado el plazo de gracia.
—Al de las seis y media no llegas, son y veinte. —Su voz translucía algo, pero Alicia no había identificado qué.
—Pues como no me dé prisa, también perderé el de las ocho. —
Había esperado que él la invitara a quedarse, pero no lo hizo.
Alicia se había desperezado con los ojos aún cerrados. Ahí había notado los pinchazos precursores de las agujetas; sonrió al darse cuenta de qué los había provocado y miró a Pablo.
Él no la miraba, estaba sentado en el borde de la cama, los pies ya en el suelo, los brazos apoyados en las rodillas y la cara entre las manos. No le había gustado nada la tensión que adivinó en sus hombros y, dejando de sonreír, se sentó también.
—¿Te importa si me doy una ducha? —Empezaba a sentirse cohibida.
—Claro que no. Ve; después, cuando salgas, ya iré yo —había contestado, impasible, dejándole claro que no la acompañaría.
Habían estado juntos al menos dos veces en esa ducha, entre el sábado y el domingo, pero en esa ocasión se duchó sola. Había
llegado la hora de las despedidas.
Pablo no entró hasta que ella hubo salido, vestida y casi preparada para marchar.
Durante el tiempo que él se entretuvo en el baño, ella había elaborado al menos tres discursos de despedida, pero ninguno le gustaba.
¿Dónde estaba una buena mesa de despacho cuando más la necesitaba?
Lo mejor sería abordar la situación como si se tratase de un asunto de trabajo.
Había intentado convencerse a sí misma de que aquel fin de semana no había significado nada en absoluto para ella, como, a tenor de los últimos acontecimientos, tampoco había significado para él.
En cuanto Pablo hubo puesto un pie fuera del baño, ella se había lanzado al ataque:
—Creo que no me equivoco si digo que este fin de semana ha sido muy… —buscó una palabra que no sonara sentimental— agradable.
Había puesto su mejor voz de mando en un intento de no derrumbarse. Él la había mirado sin inmutarse, enarcando ligeramente las cejas como invitándola a seguir.
—Creo que tampoco me equivoco si digo que las ataduras que supondría mantener una relación no nos interesan a ninguno de los dos. —Había mirado hacia abajo y pellizcado una pelusa inexistente de su pantalón para poder fijar la mirada lejos de los ojos de Pablo.
—Es cierto, no te equivocas. —Ella no le conocía aquel tono.
—Pues entonces creo que queda claro que esto no puede repetirse. —Esa vez no se había acobardado y lo miró directamente a la cara, alzando un poco la barbilla.
—Ni es adecuado que se repita ni puede repetirse. —La frialdad de él le había helado la sangre.
—Me alegra haber podido dejar claro este punto —había contestado con igual desapego; en cambio, se estaba clavando las uñas en la palma de la mano para que el dolor físico la hiciera olvidar el que sentía en el corazón.
Pablo no había admitido discusión en el tema de llevarla a la estación, pero habían hecho el trayecto desde su casa sin mirarse y sin hablar. Ambos rígidos y con la vista fija en la carretera.
—Eso te pasa por querer cumplir tus sueños adolescentes —le dijo al reflejo del espejo cuando salió de la bañera—.
Si te hubieses marchado de Salamanca al salir del cuartelillo, como contasteis a todos que harías, lo hubieses tenido para siempre, aunque fuese en tu imaginación. Ahora no lo tendrás nunca más.