Maldito veintiuno de marzo (Colección Mediterráneo 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

«Cerrar los ojos y pretender que algo no sucede

no hace que deje de ser verdad».

Cazadores de sombras: Ciudad de hueso, Cassandra Clarke

Alicia estaba sola en el piso de Pablo. Él había ido a casa de Sara y Nieves a recoger las bolsas que ella había dejado allí la tarde anterior.

Se puso a rememorar las últimas veinticuatro horas; le habían sucedido más cosas en un día que en un año entero.

Cuando le había confesado a Pablo que no podía tener orgasmos si no era provocándoselos ella misma, casi se había muerto de la vergüenza, pero la verdad es que, tras esa confidencia y el primer sonrojo, se había atrevido a hacerle sugerencias que de otra forma no hubiese sido capaz.

Quizás para un hombre como él, que había tenido innumerables amantes, no sonaban tan atrevidas como le parecían a ella, y seguramente por eso había accedido a probar todo lo que le proponía.

Ahora se daba cuenta de que antes de ese día, había albergado muchas fantasías que no había podido realizar.

Después de la cama, habían pasado a la ducha y, después de eso, al mármol de la cocina. Cuando Pablo había salido por la puerta, un rato antes, Alicia le había pedido que al volver parase a comprar nata montada.

¡Uf! No podía pensar en ello porque, si no, volvía a entrarle calor.

Lo único que le chirriaba de la situación era pensar que podía volver a enamorarse de él.

Si bien era verdad que ella creía mucho más en el amor que en la atracción física, en su vida, tal y como la tenía planteada en esos momentos, no había cabida para una relación amorosa.

Lo de conciliar la vida familiar y laboral, para la mujer, seguía siendo una falacia.

Las que pretendían llegar alto en su carrera en este país no podían tener ataduras, porque si las tenían, uno de los dos planos — ya fuera el laboral o el familiar— se resentía.

Las que no acumulaban un estrés desbordante al querer compaginar marido, hijos y trabajo de alto nivel, acababan sufriendo por no dedicar el tiempo suficiente a su familia, o a su trabajo, y se sentían malas madres, malas esposas, malas empresarias.

Sin duda, en todo ello influía mucho, todavía, la cultura mediterránea, porque en otros países, aunque no funcionaran mucho mejor, existían mayores tasas de conciliación y, sobre todo, una mayor aceptación de la figura de la mujer triunfadora por parte de la sociedad.

No, ella no podía tener ataduras, ni ahora ni, seguramente, más adelante; aparte de que hacía tiempo que había decidido que no las quería, no encajaban en su proyecto de vida tal y como lo había organizado desde que empezó a trabajar.

Se preguntaba cómo podía tener la mente tan fría al enfrentarse a la toma de decisiones trascendentales en el trabajo y, sin embargo, temblar ante la sola idea de salir a ligar, como por ejemplo le había ocurrido la tarde anterior.

Sin duda debía de ser porque en el ámbito laboral irradiaba una seguridad de la que siempre había carecido en el plano personal.

He ahí otra de las cualidades que, en el reparto, se había quedado su hermana: la autoestima.

Cuando terminara el fin de semana, le diría a Pablo que no había sido más que una aventura y que no podían seguir. Suponía que él pensaba exactamente lo mismo; aunque por razones distintas a las suyas, él también había decidido no enamorarse.

Lo único que esperaba era que la dejara ser la primera en decirlo.

Cuando Pablo salió de casa de sus mejores amigas, estaba bastante preocupado. Se había aliado con Nieves para mentir a Sara, y eso no podía salir bien, lo mirase por donde lo mirase.

La mentira que habían pergeñado entre los dos no se sostenía, pero en tan poco tiempo era lo único que se les había ocurrido.

Esperaba que Sara no se diera cuenta del engaño, porque si llegaba a enterarse de que Alicia había pasado el fin de semana metida en su casa y en su cama, lo mataba.

«Es una manera de hablar, porque la cama la hemos sustituido pronto por superficies mucho más excitantes», pensó mientras notaba la molestia que le ocasionaba el pantalón en la entrepierna.

Estaba seguro de que Sara lo descuartizaría vivo como se enterase de uno solo de sus pensamientos. A lo mejor se la cortaba antes o a lo mejor no, pero de lo que no dudaba era de que iba a matarlo.

Por otra parte, el tiempo que había compartido con Alicia había supuesto una sorpresa muy agradable.

No podía dejar de pensar en lo roja que se había puesto cuando intentaba explicarle que había sido anorgásmica en sus anteriores relaciones, y en cómo dejando a un lado su vergüenza había empezado a hacerle proposiciones que a ella, sin duda, le parecían muy atrevidas, sin serlo en exceso.

A él, más que las proposiciones, lo que lo había puesto a mil había sido su manera de hacerlas, entre pícara e inocente.

Cuando le había pedido, con cara de niña buena, que llevase nata al volver, había estado a punto de no salir; lo que habría querido en ese momento era volver a meterse en la cama con ella —en la cama, en la ducha o en el suelo de la cocina; el sitio no era relevante—.

Volver a ver a Alicia llegar al clímax, no una, sino varias veces, era lo que más le apetecía, casi tanto como su propio orgasmo, que había retrasado cuanto pudo con tal de sentirla estremecerse repetidas veces entre sus brazos.

Si había logrado salir fue por pura fuerza de voluntad y por temor a que Sara ya se hubiese despertado cuando él llegara a su casa. Aun

así, había tenido que reprimir la tentación de volver a los brazos de Alicia en más de una ocasión; y eso, antes de haber podido llegar hasta el coche.

Menos mal que en diez minutos volvería a estar en casa con ella.

De repente se dio cuenta de algo: desde que había decidido dedicarse en cuerpo y alma a cultivar las relaciones no estables, nunca había pasado más de una noche con la misma chica.

Ahora no solo tenía intención de pasar todo el fin de semana con una, sino que lo haría en su propia casa, en la que nunca había permitido que nadie entrara.

Se asustó de verdad al pensarlo.

—No puedo enamorarme —pronunció en voz alta, como si eso pudiera exorcizar los pensamientos que nacían en su cerebro—, no puedo, ni quiero.

Había muchas razones. La primera: que nunca consentiría que le volvieran a romper el corazón; la segunda: que la chica en la que había puesto el ojo era la hermana de su mejor amiga, y ambos habían decidido que, por su propio bien —y por el de todos en general—, lo mejor sería que Sara nunca supiera que había habido algo entre ellos; la tercera: que ella tampoco quería una relación estable…

Aunque lo cierto era que no tenía ni idea de lo que pensaba ella, ¡mierda!

¿Cómo había podido ser tan imbécil de no preguntárselo antes?

Sabía que Alicia estaba muy enfocada en su trabajo y que además su vida estaba en Madrid, y eso lo hacía suponer que pensaría lo mismo que él, ¿o no?

Y si ella le pedía algo más, ¿qué haría? Sabía que, de poder enamorarse, sería de alguien como Alicia. Le encantaba su forma de ser, sus opiniones, tan parecidas a las propias. La facilidad con la que enrojecía, las ganas de no dejar nada sin probar.

—No, ni hablar, sal de inmediato de ese jardín en el que te estás metiendo —se oyó gritar al silencio del interior del coche—. Pasaremos un fin de semana genial y después, se acabó.

No iba a enamorarse de ella. Ni ella iba a enamorarse de él. Alicia se marcharía a Madrid al día siguiente y todo quedaría en un fin de semana excitante y delicioso, pero que no se repetiría. Solo esperaba que la primera en decirlo fuera ella.

Pablo entró en su casa con la cabeza llena de los mismos pensamientos que lo habían perturbado en el coche, pero todos se borraron de su mente cuando vio a Alicia en la cocina.

Intentaba coger un bote de mermelada de una de las alacenas superiores.

Vestía la camiseta que él le había prestado la noche anterior.

No llevaba nada debajo, por lo que pudo distinguir con nitidez sus nalgas redondeadas y apetecibles.

Ella, estirándose todavía, lo instó:

—Échame una mano, que no alcanzo la mermelada y estaría bien que comiéramos algo.

Pablo soltó las bolsas en el suelo; en dos pasos estuvo justo detrás de ella y, sin preocuparse en absoluto por la mermelada, se pegó a su espalda.

Alicia se giró bruscamente para encontrarse con la cara de él a unos milímetros de la suya. Comenzaron a besarse mientras el calor y el deseo se incrementaban de manera exponencial.

Él le agarró los pechos y le pellizcó los pezones de una forma casi dolorosa, pero que al mismo tiempo la hacía fundirse por dentro. Alicia movió las caderas contra el bulto duro que se insinuaba tras la tela de los vaqueros. Notó en la boca, más que oyó, el gruñido bajo que salió del pecho de él.

A los pocos instantes, volvían a estar sin ropa, pegados pecho contra espalda, gimiendo y casi luchando por darse placer el uno a la otra.

Más de una hora después, yacían de nuevo en el suelo de la cocina; la respiración de ambos acelerada todavía, sin acordarse ya, ninguno de los dos, de los pensamientos que los habían asaltado solo un rato antes.

—Quizás tengas razón y vaya siendo hora de que comamos algo

—dijo él mientras le rozaba un seno, con lentitud deliberada, con la yema del dedo índice.

—Primero tengo que poder respirar con normalidad —contestó ella entrecortadamente—. Puede que tú vayas al gimnasio, pero yo no he pisado uno en mi vida.

—¿Qué te hace pensar que yo sí voy?

—Ah, ¿no es así? Pues ¿de dónde has sacado estos músculos? —

Le tocó, también lentamente, los brazos, el pecho y los abdominales.

A medida que la mano de ella iba bajando, él empezó a inspirar con los dientes apretados.

—Creo que tendrás que dejarme descansar un rato —dijo, cogiéndole la mano y besándole la punta de los dedos—.

Siempre he odiado los gimnasios. Me parece que algunos van a exhibirse más que a practicar deporte.

No es que crea que todo el mundo haga eso, solo que algunos lo hacen, y esa gente, aunque sea poca, me basta para quitarme las ganas de frecuentarlos.

—Parece que me has leído el pensamiento —replicó ella. Intentó tocarlo de nuevo, sin éxito—. Pero yo, además, tengo que añadir que soy alérgica al deporte.

Pablo se echó a reír. Era una risa que le brotaba del fondo del pecho y que a ella le encantó.

—¡Eso no existe!

—¡Vaya si existe! —contestó, con una sonrisa que le ocupaba toda la cara—. Cada vez que he tratado de practicar algún deporte, me he lesionado.

—Eso será porque eres un poco patosa, no porque seas alérgica.

—Le dedicó una mirada tierna.

—Tú puedes llamarlo como quieras; yo seguiré llamándolo alergia y así no me sentiré tan inútil.

—No te enfades, no quería ofenderte. —Pablo parecía divertirse al ver la cara de ella, tan seria.

—No me enfado, es solo que a los que os gusta el deporte no soléis admitir que haya gente, como yo, a la que no nos guste en absoluto.

Se desprendió de su abrazo y se levantó, no sin cierta dificultad; las piernas no la sostenían del todo. Al pensar en la causa, sonrió.

—Bueno, en realidad, no todo el ejercicio me desagrada —añadió, volviéndose, y se sentó a horcajadas sobre él.

—Mujer, ¿no te cansas nunca? —le preguntó con una mirada encendida de deseo, y añadió―: Ni te imaginas cuánto me gusta eso.