Maldito veintiuno de marzo (Colección Mediterráneo 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

«Por eso creo que los milagros,

por inexplicables o increíbles que parezcan,

existen, y pueden contradecir el orden natural de las cosas».

El cuaderno de Noah, Nicholas Sparks

Sobre las doce de la mañana, Sara se despertó y se encontró sola en la cama.

Salió de la habitación y buscó a Nieves en el despacho; normalmente se despertaba antes que ella y solía aprovechar para trabajar un rato mientras la esperaba.

—¡Buenos días, dormilona! —le dijo después de besarla en los labios.

—Deja el trabajo, que hoy es sábado —contestó Sara con su malhumor característico de las mañanas—. ¡Vamos a desayunar!

—Eso, más que un desayuno, será un The Big Bang Theory .

—¡Humm! Estaría genial. ¿Por qué no vamos al sitio ese que han abierto nuevo junto al cine Augusta? —preguntó, pegándose al cuerpo de su novia.

—¡De acuerdo! Aunque si no te apartas un poco, no podremos movernos de aquí —contestó Nieves, con la voz ronca por la excitación, mientras la agarraba por la cintura y empezaba a besarla.

En ese preciso instante, sonó el teléfono de Sara. Ambas pusieron los ojos en blanco. El tono de llamada era el de su madre.

—Lo voy a dejar sonar —dijo con los labios unidos a los de Nieves.

—¡Ni hablar! Que después me viene a mí con el cuento de que nunca le coges el teléfono.

Sara bufó mientras salía del despacho y contestó secamente:

—¡Di, mamá!

—¡Ay, hija, ni que te acabaras de levantar! Vaya mala leche calzas por las mañanas. En eso has salido a tu padre, porque lo que es a mí…

—Mamá, ¿querías algo? ¿O solo constatar que soy clavadita a papá?

—¡Uy, mira, la próxima vez que quiera algo, mejor llamo a Nieves!, que no tiene este mal genio tuyo y me trata mucho mejor que tú.

—¡Mamá! —Sara empezaba a enfadarse.

—¡Nada! Solo quería decirte que, si no queréis venir a comer, no os preocupéis, que tu hermana se ha ido a Madrid. Que ya cenaremos juntas el jueves y así vosotras podéis disfrutar mejor el fin de semana.

—Mamá, te juro que no sé de qué me hablas.

—¡Ay, hija! ¿Ves como eres igualita que tu padre?

—Sara se sentó, dispuesta a no volver a intervenir; las conversaciones telefónicas con su madre siempre eran agotadoras, pero a veces se superaba incluso a sí misma―.

Es que no escuchas cuando te hablo. Tu hermana vino para pasar el fin de semana y yo le dije a Nieves…

—Paró de hablar un momento—. ¡Ay, que fue con Nieves con la que lo hablé y no contigo! Pásamela.

—Mamá, deja a Nieves, que está trabajando; explícamelo a mí de una vez y no te enrolles más, por favor.

—Pues lo que te decía —y volvió a empezar—: como tu hermana iba a estar por aquí, le propuse a Nieves que vinierais a comer y así os tenía a todas en casa. Pero hace un rato, Alicia me ha llamado y me ha contado que ayer le robaron el bolso.

—¿Cómo que le robaron el bolso? ¿Cuándo?

—Uy, eso no se lo he preguntado, ¡menuda es la otra también, como para interrumpirla cuando habla!

—Sigue —ordenó Sara impaciente.

—Pues a lo que iba: dijo que entre ir a poner la denuncia y tal, se le había hecho tardísimo, y que como no tenía llaves para entrar en casa, había decidido coger el primer tren a Madrid, por no molestar, la muy boba.

O sea, que se ha vuelto a Madrid sin siquiera venir a vernos.

Esta hermana tuya cada día es más desapegada. Cuando pienso…

—Vale, mamá, ¡para ya! Me ha quedado claro. —En realidad le quedaban muchos flecos que esperaba que le aclarara Nieves—. Entonces nos vemos el jueves.

—Claro, hija, como cada jueves, ¿no?

—Sí, mamá, como cada jueves. Dale un beso a papá. —Y colgó antes de que su madre tuviera tiempo de iniciar otra conversación absurda.

Se dirigió de nuevo al despacho.

—¿Tú sabes por casualidad de qué estaba hablando mi madre?

—Por lo que deduzco de lo que he oído, te ha dicho que nos esperaba para comer y que ya no hace falta que vayamos.

—Sí. Y también que le han robado el bolso a Alicia.

—Sí, me ha llamado cuando todavía dormías para avisarme de que venía a recoger las cosas que dejó aquí ayer, y que se iba ya para Madrid.

Sara se cruzó de brazos y elevó las cejas, en ese gesto tan característico que compartían las dos hermanas.

—¿Qué más quieres saber? —preguntó Nieves, divertida.

—¿Por dónde empiezo, Nieves? ¿Qué hacía aquí mi hermana? Porque lo que es seguro es que no vino a pasar el fin de semana con mis padres. Mi madre ya se ha quejado de que ni la han visto. —Hizo un ademán con los brazos.

—Bueno…, yo quería que alguien me acompañara a comprar el vestido de novia y se lo pedí a Alicia.

—¿Por qué no me lo pediste a mí?

—¿A ti? A ti no te lo podía pedir. Se supone que no debes verme con el vestido hasta la boda.

—Creía que eso solamente se aplicaba a los novios convencionales.

—Es mi boda. —Sara arqueó una ceja—. Bueno, y la tuya — rectificó Nieves—. Pienso actuar de forma tradicional en todo. Creía que eso ya lo habíamos hablado ―alegó, mimosa, mientras ponía los brazos alrededor de su cuello.

—Entonces, ¿se supone que yo debo llevar pantalón?

—Si quieres, puedes. Aunque estaría bien que le pidieras a Alicia que te acompañase y así nos aseguramos de formar la más maravillosa de las parejas.

—Pero ¡qué cursi te pones a veces! —La besó suavemente—. Por cierto, ahora que mencionas a mi hermana, ¿me lo cuentas o sigo haciéndote preguntas?

—No, te lo cuento y así nos vamos antes a la cama —dijo insinuante, creyendo que así la distraería, pero Sara no cayó en la trampa y se apartó de ella.

—Pues empieza.

Nieves había temido ese momento desde que Pablo fue a recoger las cosas de Alicia.

No le gustaba nada mentirle a Sara, pero si le confesaba que Alicia estaba en casa de Pablo y que pensaba quedarse allí todo el fin de semana, le iba a dar un ataque.

Pablo y ella misma habían inventado eso de que Alicia había cogido el primer tren por no molestar, y aunque parecía que su madre se lo había tragado, no estaba segura de que pasara lo mismo con Sara.

—A tu hermana le robaron el bolso anoche a las puertas de Cámbrium.

Pablo la acompañó a poner la denuncia al cuartel de la Guardia Civil y, cuando salieron, era muy tarde.

Como en el bolso llevaba las llaves, tu hermana pensó que, si iba a casa de tus padres y tocaba el timbre, les iba a dar un susto de muerte.

Así que se fueron a tomar un desayuno temprano.

Al acabar, tu hermana decidió que lo mejor era regresar a Madrid; de todas formas, pensaba marcharse esta noche porque tenía trabajo pendiente.

—Lo que no entiendo es que tuviera sus cosas aquí.

—Eso fue culpa mía porque ayer la enredé. Después de elegir el vestido, la invité a comer y la convencí para que saliera conmigo. — Esto último lo dijo a la defensiva; no quería volver a pelear por las mismas razones de la noche anterior.

—Bueno, si ha decidido marcharse, ella sabe mejor que nadie el trabajo que tiene pendiente, aunque me hubiese gustado que pasáramos un rato juntas.

Mi madre tiene razón: casi nunca viene y, cuando lo hace, siempre es con prisas.

Negaré haber dicho esto si se lo cuentas a tu suegra. —Levantó un dedo amenazador.

Nieves suspiró para sus adentros. «¡Pues sí que se lo ha creído!». Esperaba que ahora aquellos dos no hicieran nada que la llevase a arrepentirse de haberlos encubierto.