Capítulo 10
«El corazón tiene más cuartos que un hotel de putas».
El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez
Ya estaba amaneciendo cuando Pablo oyó que Alicia respiraba de forma acompasada; al fin había conseguido dormirse. Se dio la vuelta en la cama para observarla a la luz dorada del amanecer. Todavía no entendía cómo había sido capaz de sincerarse con ella.
¿Qué tenían esas dos hermanas que lo llevaban a hacer cosas que otra gente no podía?
Pensándolo bien, a Alicia la conocía desde que era una cría.
¿Cuántos años debía de tener cuando Sara y él se hicieron amigos? Le parecía recordar que era cinco años menor, así que serían siete, más o menos.
Había pasado mucho tiempo desde entonces. Pero si en aquel momento pensó que era una niña muy guapa, ahora se había convertido en una mujer preciosa.
Tenía el rostro en forma de corazón, con unos labios llenos y los ojos igual que su hermana, verdes y felinos, que le brillaban al hablar. Ahora que tenía los párpados cerrados, se la veía relajada, y una leve mueca parecida a una sonrisa se le dibujaba en la boca.
Recordó de nuevo a la cría que siempre quería colarse en la
habitación de Sara para estar con ellos. Sara la echaba con cajas destempladas, pero Alicia no se rendía.
Cuando habían empezado a salir de marcha, les rogaba que la llevaran a ella también, a lo que se oponían tanto Sara como los padres de ambas.
Era como su perrito faldero, hasta que sucedió lo del pasillo.
La pobre le acababa de decir que le había dado un susto de muerte.
Normal; él todavía no estaba muy seguro de qué hacer para ligar con alguien en ese entonces y le había entrado a saco.
Se rio para sus adentros al pensar en el espectáculo que debió de suponer verlos; menos mal que había sido Sara, y no su padre o su madre, la que lo pilló en el intento.
Y menuda bronca; por un momento creyó que lo echaría de su casa y que no querría volver a saber nada de él.
Pero no lo había hecho, y él se juró nunca más traicionar su confianza… hasta hoy.
Alicia se agitó en sueños y chocó con él. Abrió los ojos asustada, quizás extrañando su cama. Cuando encontró a Pablo mirándola, reculó. Intentando disimular su sorpresa, dijo:
—¿No puedes dormir?
—No ―respondió él.
―¿Quieres que hablemos un rato más? —Bostezó.
—No, tú duerme; yo continuaré haciendo lo que hacía.
—¿Qué hacías? —insistió ella sin poder mantener los ojos abiertos del todo.
—Contemplarte dormir.
Alicia abrió los párpados de golpe y lo miró con gesto interrogante.
—Eso tiene que ser muy aburrido. No entiendo cómo no te ha entrado el sueño.
—No es para nada aburrido. Nunca lo había hecho, y la verdad es que lo estaba disfrutando —murmuró con voz insinuante—. Eres preciosa, pero seguro que te lo dicen a menudo.
—¡Pues sí! Pero solamente unas quince o dieciséis veces al día —
respondió, sarcástica, al tiempo que enrojecía hasta la raíz del cabello.
Él la miró tratando de adivinar si pretendía tomarle el pelo.
—¿No es así?
—¡Pues claro que no! A ti lo que te pasa es que te ha afectado la falta de sueño ―contestó muy digna, y fue a levantarse de la cama, pero él se lo impidió.
Pablo bufó.
—No digas tonterías, eres guapísima; cuando eras una niña, ya lo eras.
Te recuerdo perfectamente con aquellas coletas que te peinaba siempre tu madre.
Y más adelante, cuando deberías haber tenido la cara llena de granos, la conservabas lisa y preciosa.
—Un brillo travieso despuntó en sus ojos—.
¡Anda que no rabiaba Sara por eso! Decía que a ella le habían tocado los suyos y los tuyos.
—¡Como si ella hubiese tenido muchos! Además, algo malo le tenía que tocar. Ella se quedó con mis granos, pero yo me tuve que conformar con la grasa y los kilos de las dos.
—¡Pero qué boba eres! ¿Cómo puedes valorarte tan poco? —
preguntó. Le colocó un mechón de pelo tras la oreja con ternura.
—No es nada de eso, es solo que yo me veo en el espejo todos los días y soy consciente de lo que hay —contestó, volviendo a ruborizarse intensamente.
—Pues yo creo que ves la realidad bastante distorsionada. —Se acercó a ella hasta que sus cuerpos casi se rozaron.
—¿Qué haces? —preguntó sobresaltada.
—Intento demostrarte lo preciosa que me pareces.
Ella lo miró con los ojos muy abiertos y el corazón palpitándole en el pecho. Tantos años esperando eso y, cuando ya pensaba que no sucedería nunca, «él va y se decide justo ahora que yo debería estar yéndome a casa de mis padres, joder; vaya suerte la mía».
Pablo se aproximó todavía más y la estrechó entre sus brazos sin dejar de mirarla.
Alicia respiraba entrecortadamente; se dio cuenta de que a él también le costaba controlarse.
Se desprendió de su mirada y desvió la vista hacia sus labios.
Ese fue el detonante. Se besaron, con miedo al principio, miedo de romper aquello, fuera lo que fuera, que había entre ellos.
Eran besos cortos para tantearse. Al poco tiempo, se intensificaron.
Las lenguas buscándose, las manos sin poder estar quietas por más tiempo.
Desaparecieron la camiseta y los pantalones. En el frenesí de las prisas, se encontraron con más de una dificultad y les entró la risa. Al contrario de lo que pudiera parecer, esa risa los unió todavía más, los hizo cómplices, los excitó sobremanera.
—Túmbate; quiero mirarte —dijo Pablo, con la voz ronca por la urgencia.
Ella obedeció, pegando los brazos al cuerpo, en un vano esfuerzo por sentirse menos expuesta.
—Eres más que preciosa —dijo, y después de lamerle el ombligo, continuó—: Cada parte de ti es perfecta.
Moviéndose con lentitud, le bordeó un pecho y succionó el pezón. Alicia se estremeció debajo de él.
—Sabes a canela y miel.
Entonces ella se echó a reír, rompiendo, en parte, la atmósfera.
—Será por la crema corporal que me ha prestado Nieves.
Pablo se tumbó sobre su cuerpo y le mordió el labio en un gesto que a ella le pareció muy erótico.
—¡Shhh! —la instó a callar, los labios de ambos rozándose.
Volvió a empezar con besos pequeños y calientes, en el cuello, en los pechos, en el vientre, demorándose de forma intencionada en cada uno hasta que llegó a su sexo.
Ella quiso pararlo, pero no pudo. Cuando él empezó a lamer suavemente sus pliegues, le pasó lo de siempre.
No podía concentrarse en las sensaciones; le venían a la cabeza las veces que había estado con alguien y no había conseguido llegar al orgasmo.
De hecho, nunca tenía orgasmos cuando estaba con un hombre. Solo lo conseguía en casa, ella sola.
«Se supone que eso se debía a que los otros no eran Pablo —se dijo a sí misma—, pero ahora estoy con él y ¿qué pasa?: estamos en las mismas».
Él notó que ella se ponía rígida; algo no iba bien. Debería estar estremeciéndose y, sin embargo, parecía como si le estuviera haciendo daño.
Paró y la miró. La vio concentrada, con los ojos cerrados y conteniendo la respiración. Ausente.
Se tumbó de lado junto a ella y Alicia le correspondió. No se tocaban, solo se miraban.
—No es por tu culpa. Si supieras el tiempo que hace que me muero por estar contigo… —Se cortó en seco; parecía arrepentida de haber hablado de más—. Quiero decir que me suele suceder: no alcanzo el orgasmo. Pero no me importa. No tienes por qué parar.
—Creo que no escuchas lo que dices. ¿Cómo puedes pensar que no te importa?
—Porque es cierto. No me importa; no es algo desagradable, al contrario, lo disfruto mucho. Solo que no soy capaz de llegar al orgasmo.
—¿Siempre te pasa lo mismo?
—No es que tenga en mi haber una lista muy larga de amantes, pero, sí. Me ha pasado con todos sin excepción. —Volvía a estar roja como un tomate.
«Más preciosa que nunca», pensó Pablo.
—Y ellos… quiero decir… los otros —«¿Estoy tartamudeando?
Hacía años que no me pasaba»—, ¿qué te dijeron?
—No es que se lo haya explicado nunca a ninguno. —Alicia trató de esconder la cabeza entre los hombros y que el pelo le tapara la cara—. De todas formas, ya te he dicho que han sido pocos. No me parecía que valiera la pena seguir intentándolo, dados los resultados.
—Hasta que te has puesto rígida, pensaba que te gustaba. —Le recorrió el brazo con un dedo mientras lo decía. A ella se le puso la piel de gallina.
—Sí, me gustaba mucho. Es que he comenzado a pensar.
—¿A pensar? ¿En qué?
—En que otra vez me iría mal, en que no quería que te dieras
cuenta, en que no estaría a la altura… ¡Yo qué sé!
—¡Vale! —El cerebro de Pablo se puso a trabajar a toda velocidad, maquinando qué hacer para que ella se sintiera cómoda, para que pudieran volver a empezar más o menos donde lo habían dejado sin que resultara embarazoso para ninguno de los dos.
La notaba asustada, y decirle que no se preocupara, que todo iría bien, le parecía un tópico muy manido y poco realista―. Te voy a dar un masaje —concluyó.
Desapareció en el baño y regresó con una botella de aceite de romero que, según le explicó, Sara le había hecho comprar aduciendo sus maravillosas cualidades si se aplicaba después de hacer deporte.
—Vete tú a saber de dónde había sacado ella la información y si era cierta.
Hizo que Alicia se tumbara boca abajo; ella lo miraba entre extrañada, divertida y algo recelosa, pero obedeció. Pabló se sentó sobre ella, encima de sus nalgas, lo que provocó que se volviera a excitar casi de inmediato.
Empezó masajeándole los hombros; la piel aceitada estaba resbaladiza y sus manos iban recorriendo una zona más amplia cada vez.
La tensión parecía abandonar el cuerpo de Alicia, lo que él aprovechó para que sus caricias fueran tornándose más sutiles, más eróticas.
Le tocó los generosos pechos con delicadeza, atrapando el pezón y rozándolo suavemente con los dedos primero, y la sábana, después.
Lentamente, se tumbó sobre ella, su miembro duro entre las nalgas. Alicia dio un leve respingo al notar el calor que él emanaba, pero Pablo no la dejó asustarse. Le mordió suavemente el lóbulo de la oreja; ella se estremeció y suspiró pidiendo más. Entonces empezó a susurrarle al oído:
—Vas a quedarte aquí conmigo, no voy a dejar que te vayas de mi lado. Si hace falta, ataré tus pensamientos para que yo sea lo único que quepa en tu cabeza.
El cuerpo de Alicia vibró como un diapasón y Pablo redobló su ataque.
Se apartó de ella y la hizo doblar las rodillas. Alicia quedó
expuesta, con la cabeza entre los brazos y las nalgas en alto; volvió a ruborizarse intensamente, agradeciendo que él no pudiera verlo.
Él empezó a lamer su centro de nuevo, pero esta vez sin dejar de hablar de forma entrecortada mientras lo hacía, hasta que, como había predicho, ella no pudo pensar en otra cosa que no fuera su lengua y su aliento cálido entre los pliegues de su sexo.
Sin embargo, el orgasmo seguía resistiéndose a aparecer.
Volvieron a tumbarse uno al lado del otro, muy cerca esta vez, de manera que no quedaba casi ni un centímetro de uno que no rozara al otro.
Con la respiración acelerada por la excitación y perdida toda la vergüenza, Alicia susurró:
—A veces, si quiero excitarme mucho, pienso en aquella escena de Oficial y caballero donde Richard Gere está tumbado y Debra Winger se sienta a horcajadas encima de él.
—Dejó de hablar, calibrando cómo decir lo que venía a continuación.
Juntando todo el coraje que pudo, continuó—: Nunca lo he hecho así.
—¿Quieres que probemos?
Alicia asintió, mordiéndose el labio inferior con anticipación.
En vez de tumbarse, Pablo se sentó en la cama con la espalda apoyada en el cabecero.
Alicia, sin dejar de mirarlo, se colocó sobre él, poniendo los ojos en blanco a medida que su miembro duro y caliente la penetraba.
Lo sentía tan adentro que pensó que no podría moverse, pero, al hacerlo, la sensación fue tan intensa que ya no pudo parar hasta que, al fin, en una explosión tan potente que jamás hubiera creído posible, el esperado orgasmo llegó y la hizo convulsionar de placer como nunca antes.
Pablo sonrió pícaro. La miró con vehemencia y dijo:
—¿Quieres más?