Capítulo 9
«¿Por qué es que las personas adecuadas
no terminan juntas?».
Felices por siempre jamás, Stephanie Perkins
Estaban tumbados uno a cada lado de la cama, lo más lejos que habían podido situarse del otro, mirando al techo y con las manos en idéntica posición encima del abdomen.
Cualquiera hubiera dicho que eran dos niños avergonzados en su primera vez compartiendo cama con alguien del sexo opuesto, en vez de dos personas adultas acostumbradas a lidiar con situaciones complicadas.
Ambos se daban cuenta de que el otro no dormía, lo que hacía que la situación pasara de incómoda a incomodísima por momentos.
—¿Qué te sucedió? —preguntó al fin Alicia. Hacía un rato que pensaba en un tema sobre el que pudieran conversar y que no fuese muy escamoso. «Y voy y le pregunto esto; menos mal que quería hablar de algo light », se dijo.
—¿Cuándo? —respondió él, intentando ganar tiempo. Sin duda tenía claro a qué se refería.
—Cuando os fuisteis a Granada —respondió ella con timidez. En el momento en que las palabras abandonaron sus labios, se habría dado dos hostias por haberlas dicho. ¿Cómo se había atrevido?
—¿Por qué crees que sucedió algo?
Ella permaneció un rato callada. Pensándolo bien, ya había empezado; total, ¿qué podía perder?
—En aquel entonces yo me fijaba mucho en todo lo que hacíais mi hermana y tú. No me pareció que el chico que se había ido después de navidades fuera el mismo que volvió justo antes de Pascua. —Calló un segundo, tratando de reordenar sus pensamientos—. Y, después, ocurrió lo del pasillo.
—¿Lo recuerdas? Creía que ya no te acordarías de eso.
—No es que ocupe mi mente todos los días de mi vida —dijo ella con cierto cinismo—. Pero es que hoy no ha sido para nada un día como los que llenan habitualmente mi vida.
Él se rio con suavidad.
—No, no ha sido para nada un veintiuno de marzo normal.
Ella se volvió en la cama para mirarlo, con una mano entre la almohada y su cara.
No había más luz que la claridad tenue de las farolas de la calle, que se filtraba por las ventanas; no obstante, no faltaba mucho para que empezara a clarear.
Lo único que podía ver de Pablo era su perfil aguileño e intuir sus ojos cerrados y su sonrisa triste.
—Supongo que este es tan buen o tan mal momento como cualquier otro para contarlo —dijo él. Su voz sonó apesadumbrada.
Lo que iba a contar no lo sabía nadie más que Sara; tampoco nadie se lo había preguntado nunca de forma tan directa.
Lo más probable era que Alicia fuera una de las pocas personas que lo habían notado en su momento.
Pensó con detenimiento en lo que le había pasado hacía más de diez años.
Llegó a la conclusión de que, con una copa en las manos, verbalizarlo seguramente sería más fácil, pero, al mismo tiempo, la oscuridad y el nivel de intimidad eran suficientes para ello.
—Yo era muy enamoradizo cuando nos fuimos a Granada, cosa que, por cierto, tu hermana odiaba. Siempre se metía conmigo por eso.
—«El amor no existe, es una fantasía que nos vende Hollywood»—dijeron los dos al unísono, imitándola, y se echaron a reír.
—Cómo odiaba que me dijera eso —afirmó Alicia.
—Sí, a mí tampoco me gustaba nada, pero no te preocupes, se lo he restregado por la cara cada día desde que está con Nieves.
Rieron de nuevo. Después de un rato, él continuó; volvía a estar muy serio cuando dijo:
—Como era de esperar, en Granada me enamoré de una chica guapísima.
Era amiga de otra compañera de clase y muchas veces venía al bar de la facultad con ella.
Después de las vacaciones de Navidad, Sara consideró que ya estaba bien de hacer el tonto y lanzarle miraditas de cordero degollado, así que me obligó a pasar a la acción.
»Fue Sara la que hizo lo posible por integrarse en su grupo, conmigo pegado a los talones, como siempre.
Al poco tiempo le pareció que Lucrecia, así se llamaba, parecía estar por mí.
Yo no opinaba igual, pero ya conoces a tu hermana.
Al final resultó que tenía razón, pero yo estaba tan cortado que Lucrecia tuvo que tomar la iniciativa.
—De repente, paró—. Todo esto debe de parecerte muy aburrido.
Alicia llevaba un rato escuchando sin interrumpir, por lo que Pablo sospechaba que quizás se había dormido.
—¡No, en absoluto! Sigue —lo animó.
—Empezamos a salir. Al poco, se me ocurrió decirle que la quería, y ella me contestó que yo le parecía muy mono, ¡muy mono! Supongo que eso ya debería haberme puesto sobre aviso, pero yo estaba en una nube. Era mi primera novia y estaba colado por ella.
»El veintiuno de marzo, en Granada, se celebra la fiesta de la primavera. Más que una fiesta, es un macrobotellón; como recordarás, a los universitarios de veinte años es lo que más les mola.
—¿El veintiuno de marzo? ¿Quieres decir que hoy es el aniversario?
—Sí, algo así. Desde ese día no me gusta especialmente esta fecha, más bien la odio. Sara quería subirme el ánimo y por eso salimos esta noche.
—Ya veo. ¡Sigue!
—Menos mal que la mandona es tu hermana…
Alicia bufó y, aunque Pablo rio, cuando volvió a hablar, estaba serio de nuevo.
—Todos estábamos bastante excitados por la proximidad de la celebración, pero lo mío se salía de madre porque, dos días antes, Lucrecia me había anunciado que lo haría conmigo la noche de la fiesta.
»Estaba nerviosísimo, aunque tenía unas ganas enormes de que llegara. ―Sonrió sin ganas—. Tu hermana se reía de mí al mismo tiempo que me daba consejos para «la gran noche del estreno». Joder, cómo le gusta ponerle nombre a todo.
—No sé de dónde ha sacado esa costumbre, pero a veces es realmente molesta.
—¿Molesta, dices? Es para darle un buen par de hostias.
—Definitivamente, no puede saber que hemos estado en la misma cama y, encima, criticándola.
Los dos rieron otra vez. Parecía que Pablo no iba a continuar hablando cuando, de pronto, dijo:
—Llegó la noche y estuvimos bebiendo, como todos los demás; había mucha gente en el paseo de los Tristes, en el Albaicín.
—Espera, ¿estamos hablando del macrobotellón que han prohibido estos últimos años?
—Sí. Cuando nosotros estuvimos en la UGR, la fiesta llevaba poco tiempo celebrándose; aun así, ya había muchísima gente.
Algunos venían por el efecto llamada del botellón, pero parece que ahora el tema se ha desbordado completamente, por eso lo prohíben.
Volvió a pensar en aquella noche; era la primera vez que la compartía con alguien.
Sara no contaba como alguien , claro, y ahora, a medida que lo expresaba en voz alta, todo le parecía muy lejano, pero igualmente patético.
—Cuando Lucrecia me dijo: «Vámonos», yo estaba que me salía de mí.
La habría seguido a donde me hubiera llevado.
Fuimos a su piso, a su habitación, y empezó a desnudarse.
—Volvió a callarse—. Puedes imaginar cómo estaba yo; cuando fui a bajarme el pantalón, casi ni podía.
De repente, cuando yo ya me había quitado toda la ropa, entraron en la habitación cuatro o cinco chicas, entre las que se encontraba mi compañera de clase.
A las demás no las conocía. Empezaron a hacerme fotos y, aunque me tapé como pude, algunas fueron bastante explícitas.
—¿Cómo pudieron hacer algo así? —dijo ella indignada—. Me parece muy cruel. ¿Qué hicieron con las fotos?
—Bueno, al día siguiente algunas circularon por la facultad, pero no fueron las peores, creo.
—¿Por qué hicieron eso? No entiendo cómo la gente puede comportarse de manera tan desalmada.
—Habían hecho una apuesta —explicó él encogiendo los hombros, resignado—. La que primero ligase con un chico virgen y lo pusiera a mil, ganaba. Las otras debían tomar fotos para dar fe de que el chico en cuestión… Bueno, ya te lo puedes imaginar. Fui el campeón de los imbéciles.
—No creo que tú fueras el imbécil —apuntó Alicia suavemente—. En todo caso, lo fueron ellas.
—Tu hermana estuvo de acuerdo conmigo, aunque fue un poco menos cortante que de costumbre y me llamó pardillo en vez de imbécil.
—Mi hermana siempre tiene que meterse en todo, pero eso no implica que lleve razón.
—Me sentí tan humillado que, si no hubiese sido por Sara, creo que habría caído en una depresión; de hecho, poco me faltó. Así que decidí que enamorarse no valía la pena y que a partir de ese momento actuaría como tu hermana; a ella no le iba mal, y en cambio a mí no podía haberme ido peor.
—Y aquel día en el pasillo decidiste que una niñata de diecisiete años era tan buena para practicar como cualquier otra ―añadió Alicia.
—Sí, pensé que era una buena idea. ¿Ves como era un imbécil?
—respondió Pablo, girando apenas la cabeza hacia ella—. Aunque Sara se encargó de hacerme entender que de buena, nada, que aquella era una pésima idea.
—La oí perfectamente cuando te aclaraba ese punto… —Alicia
sonó sarcástica—. Me asustaste mucho. Desde ese momento, te rehuí; cuando veníais a casa, no salía de mi habitación.
—¡Ya! Yo intentaba que fuéramos a la mía, pero no siempre era fácil convencer a tu hermana, aunque en su favor debo decir que colaboró mucho.
—Hizo una larga pausa—. Me alegro de que lo hiciera.
Si yo tuviera una hermana, y un amigo mío la hubiera tratado de la manera en que yo te traté, no creo que me hubiese conformado con advertirle.
Aunque debo admitir que las advertencias de Sara son siempre tan efectivas como si te hubiera roto la nariz.
—Sí, la verdad es que cuando se lo propone, es muy intimidante.
Todavía no me explico cómo Nieves sabe mantenerla bajo control.
Pablo bufó.
—Pues porque, contra todo pronóstico, tu hermana está enamoradísima, y lo que dice Nieves va a misa.
—Si me lo cuentan hace diez años, no me lo creo.
—¡A mí me lo vas a decir!
Los dos se reían. El momento crítico había quedado atrás y ahora, a toro pasado, a Pablo no le parecía que hubiera sido tan difícil confiarse a ella.