Capítulo 8
«Y ahora, atontado, métete de lleno en el juego.
Encuentra la llave».
Ready player one, Ernest Cline
Alicia y Pablo salieron de Cámbrium sin hablar, casi sin mirarse. Los dos iban concentrados en sus propios pensamientos. Ella rumiaba sobre lo incómodo de la situación.
«Será mejor que busque un taxi —se dijo—.
Esto no nos llevará a ninguna parte. Si él prefiere quedarse, no debería obligarlo a que me acompañe a casa».
Enseguida su pensamiento cambió: «Estos zapatos me están matando.
¿Cómo he podido ser tan boba y hacer caso a Nieves cuando me ha incitado a comprarlos? ».
Mientras, él pensaba:
«Tal vez, si encuentro la manera de que se quede un rato más, no habré desaprovechado del todo la noche. —Pero inmediatamente se recriminó—: Sabes de sobra que si te acercas a ella, Sara te la corta, así que olvídalo».
Alicia se detuvo un momento para reacomodarse los zapatos. Pablo, que no se había dado cuenta, se volvió al oírla suspirar con satisfacción.
Se echó a reír al verla con los zapatos en la mano y cara de alivio genuino. Ella sonrió, roja como un tomate.
—Aún no me explico cómo Nieves ha podido convencerme para que me comprara estos zapatitos —dijo, levantándolos ligeramente para enseñarlos.
El ruido de una motocicleta acercándose a gran velocidad los distrajo. El cerebro de Alicia no tuvo tiempo de procesar lo que estaba pasando cuando, de repente, uno de los ocupantes de la moto le dio un empujón y la tiró al suelo.
Pablo corrió a su lado.
—¿Te encuentras bien?
—¿Qué ha sido eso? —preguntó ella entre aturdida y sorprendida, al tiempo que trataba de incorporarse.
En aquel momento salía un grupo de gente de la discoteca. Al ver a Alicia en el suelo, se acercaron para enterarse de qué había sucedido.
—No debe moverse hasta que llegue una ambulancia —comentó alguien.
—No creo que me haya roto nada —apuntó Alicia—, y mucho menos que sea necesario llamar a una ambulancia.
—De todas formas, deberías moverte despacio. ¿No es eso lo que enseñan en los cursillos de primeros auxilios? —preguntó Pablo mientras la ayudaba a ponerse en pie.
—No, lo que dicen es que no debe moverse a la víctima —volvió a inmiscuirse el espontáneo.
—Lo único que tengo herido es el orgullo —trató de bromear ella.
Al erguirse por completo, soltó un grito. Se llevó una mano a la parte baja de la espalda.
—Si se ha roto una vértebra y se mueve, se puede quedar parapléjica —dijo el supuesto entendido.
—¡Cállate ya, imbécil! —masculló Pablo, ladrando más que hablando.
—Creo que me he roto la rabadilla otra vez —gimió ella.
—¿Otra vez? —Pablo se mostró sorprendido. Su tono se había vuelto preocupado al hablar con ella, pero en cuanto vio por el rabillo del ojo que el espontáneo volvía a abrir la boca, le dirigió una mirada asesina. El pobre no intentó compartir su opinión con ellos de nuevo.
Los curiosos fueron dispersándose a medida que se cercioraban de que no ocurría nada interesante. Cuando volvieron a estar solos, Pablo elevó las cejas en un gesto interrogante.
—No creo que sea necesario ir corriendo al hospital; ahora mismo, el único tratamiento es el reposo —explicó Alicia—.
El año pasado fui a esquiar con unos amigos de Madrid y me caí de culo delante de la cafetería.
Me llevaron al hospital y me hicieron una radiografía; resultó que me había roto la rabadilla.
Nada grave, aunque muy humillante. — Enrojeció de nuevo—.
El dolor es idéntico, aunque, la verdad, no tan fuerte.
Supongo que el hueso no debía de estar soldado del todo y se habrá resentido.
Al darse cuenta de que todo había acabado en un susto, nada más, a Pablo empezó a bailarle una sonrisa en los labios, mezcla de diversión y alivio.
—Adelante, puedes reírte —dijo ella, sonriendo también—. De todas formas, ya he quedado en evidencia.
—Ni se me ocurriría reírme de alguien que sufre dolor en una parte tan delicada ―replicó él reprimiendo una carcajada.
Alicia le sacó la lengua. Al agacharse para recoger los zapatos y el bolso, que aún estaban en el suelo, volvió a soltar otro gritito. Pablo ya no pudo contenerse más.
—Perdón, supongo que es el alivio. Te juro que no me gusta nada reírme de los accidentes de los demás. —Recogió él mismo los zapatos y se los tendió como ofrenda de paz.
—¿Y el bolso? —preguntó Alicia, girando sobre sí misma y esperando verlo en el suelo.
—¿Traías bolso? —Él se puso serio de repente. Ojeando también alrededor, añadió—: No creo que lo encontremos. Eso ha sido lo que ha pasado: te lo han robado con un tirón.
Cerca de las cuatro de la mañana, abandonaban el cuartel de la Guardia Civil. Habían tardado casi dos horas en poner la denuncia por robo. Mientras esperaban, Alicia llamó por teléfono al banco para anular las tarjetas de crédito.
—¡Dios! ¿Sabes todo el papeleo que tendré que hacer ahora? Me molesta mucho más eso que el que me hayan robado el dinero que llevaba encima.
—Ya has oído lo que dijo el guardia: a lo mejor tiran el bolso en algún sitio, te lo devuelven, y no tendrás que renovar los carnets.
—Muchas gracias por haberme acompañado. Te lo agradezco mucho, Pablo. Ahora, si pudiera pedirte el último favor…
—No tienes que agradecerme nada. Tú hubieras hecho lo mismo por mí —contestó él mientras abandonaban el cuartelillo—. Dime, ¿qué necesitas?
—Ahora sí tengo que pedirte que me acompañes a casa. —Se paró en seco—. Mierda, las llaves también estaban en el bolso. Menudo susto se van a llevar mis padres cuando oigan el timbre a estas horas.
—Creo que lo mejor será que te quedes en mi piso —atajó Pablo—. Por la mañana irás a casa de tus padres y así no le provocas un infarto a nadie.
Sonrió de esa manera que la había vuelto loca tantos años antes, así que en ese momento no encontró razones para negarse.
El piso de Pablo se hallaba en un barrio que a Alicia siempre le había encantado.
Se dio cuenta en aquel momento de que encajaba muy bien con la idea que ella se había formado de él tiempo atrás, cuando fantaseaba con ser su mujer y vivir allí mismo.
No así el coche, que le parecía muy pretencioso y poco práctico en una ciudad llena de calles estrechas y con graves problemas de aparcamiento.
El edificio donde entraron era una antigua casa señorial reformada. Cada planta se había dividido en dos viviendas independientes, que, aun así, no eran nada pequeñas.
Cuando se habían construido esas casas, hacía un siglo, se consideraba que las plantas nobles eran las situadas en los pisos más bajos, y se destinaban los altos al servicio. Con los techos abuhardillados y las vigas a la vista, estos pisos estaban muy solicitados en la actualidad.
—¡Chez Pablo! —exclamó él en voz baja cuando entraron.
Alicia quedó impactada. La estancia a la que acababan de acceder no tenía paredes, salvo una al fondo, que no llegaba hasta el techo, y otra que encerraba una pequeña pero moderna cocina.
El fuerte contraste entre los —pocos— muebles modernos y las ventanas, los techos y el entarimado antiguos, aunque muy bien reformados, la hacían parecer de revista.
Pero en contra de esa primera impresión, las fotos, los libros y el relativo desorden le daban el aspecto de una casa habitada y muy acogedora.
Se dirigió hacia las ventanas sin balcón, en las que había flores en tiestos colgados de las rejas. Bajo ellas se extendía la ciudad iluminada.
—Puedes abrir —oyó que decía la voz de Pablo a su espalda.
—¡Qué va! Nos vamos a helar. Así veo perfectamente y sin resfriarme.
—Ven, te enseñaré la habitación y el baño. Tú puedes dormir en la cama; yo me quedaré con el sofá.
—De ninguna de las maneras. Bastantes molestias te he ocasionado ya; yo dormiré en el sofá.
—Eres mi invitada, no es una opción discutible.
Alicia miró el sofá con ojo crítico y se dio cuenta enseguida de que Pablo tendría que cortarse las piernas a la altura de las rodillas para caber en él.
La guio hacia la habitación; estaba detrás de la pared del fondo, la que no llegaba hasta el techo y: ¡era enorme! Había una cama muy grande, por lo menos debía de medir cinco metros por cinco; un vestidor y un baño, que, por cierto, también tenía pared. Menos mal, se dijo.
En el cuarto también había fotos por todas partes; en muchas de ellas aparecía Sara. Se giró para comentarlo con Pablo y se percató de que parecía cohibido.
Se sintió fatal, una intrusa que fisgoneaba en la casa de alguien nada acostumbrado a ello. Lo entendió con solo una mirada porque a ella tampoco le gustaba nada llevar a extraños a su casa, aunque, ¿se podía considerar que ellos fueran extraños? No lo tenía del todo claro.
—No traes a mucha gente aquí, ¿verdad?
—No. Si quedo con alguien, nunca vengo aquí. De hecho, creo que tu hermana y Nieves son las únicas que han visto este piso, aparte de mi familia, claro.
—Mira, ya sé que me repito, pero creo que debería irme. Ya te he molestado lo suficiente para una vida entera.
—¡No seas tonta! Tu hermana es mi mejor amiga, mi hermana. — Ladeó la cabeza, algo avergonzado—. Eso nos deja a nosotros en, como mínimo, hermanastros.
Ambos se echaron a reír.
—Venga, no quiero oírte más. —Se dirigió hacia el vestidor—. Si la próxima vez que vaya a Madrid me dejas dormir en tu casa, estamos en paz.
Salió del vestidor con una camiseta de manga corta blanca y se la tendió. Alicia la cogió y, por pura inercia, se la llevó a la nariz, inhalando para captar su aroma. La camiseta olía a limpio, pero también a él, a un perfume al que no podría poner nombre, pero que siempre lo había acompañado.
—Si quieres darte una ducha antes de meterte en la cama, estás en tu casa. Después iré yo.
Cuando Alicia salió de la ducha, diez minutos más tarde, estaba relajada, pero no tenía sueño. Se sentó en la cama y esperó a que él saliera del baño. Por la distribución del piso tenía que atravesar obligatoriamente la habitación para ir al salón donde estaba el sofá.
«Pequeñísimo, por cierto», recordó.
Se dedicó a curiosear lo que había sobre la mesita de noche.
Un despertador de La Guerra de las Galaxias , que tenía pinta de ser una reliquia y que hacía un ruido infernal al marcar los segundos; una lámpara que podía enfocarse hacia todos lados, probablemente para poder leer en la cama, y un libro: Ready player one , de un tal Ernest Cline.
No los había oído nombrar nunca: ni el título, ni al autor.
Cogió el ejemplar para hojearlo; por lo visto trataba de un chico que pasaba la mayor parte del tiempo en una realidad virtual, un videojuego llamado Oasis, para huir del mundo real del año 2044, que estaba en ruinas.
—Es un descubrimiento reciente. Me gusta mucho, no solo por el trasfondo informático, que es lo mío, claro, sino porque te sumerge en los años ochenta y su cultura —explicó Pablo desde la puerta del baño.
Solo llevaba puesto un pantalón de pijama, y su visión casi hizo bizquear a Alicia, que soltó el libro como si se hubiese quemado.
¡Cómo estaba Pablo sin camisa, por Dios!
Estuvo a punto de abanicarse con la mano.
Los bíceps y la tableta de chocolate que exhibía le habrían salido carísimos en horas de gimnasio.
Se estiró la camiseta en un intento de tapar sus piernas, que no visitaban uno desde…
¿nunca? Y podían estar de todo, menos torneadas.
—Pablo —empezó, con la garganta seca ante tal visión—, estaba pensando que, ya que somos hermanastros y que en tu cama cabe un piso pequeño de los de Ikea, no necesitas dormir en el sofá; puedes hacerlo aquí si quieres. No creo que nos molestemos el uno al otro.
—¡Sí, claro! —exclamó sarcástico, sacudiendo la cabeza—.
Pretendes que tu hermana… —Frenó en seco.
—¿Que mi hermana te la corte? ¡Uf! Anda que no ha llovido desde aquel día. No creo que se atreva a meterse contigo hoy por hoy. De todas formas, ella ni es quién para decidir cómo dormimos ni tampoco lo sabrá si no se lo contamos.
Él parecía indeciso, pero entre la incomodidad del pequeño sofá y la incomodidad de no poder mover ni un músculo —para no rozarle a ella ni un pelo—, aunque en su propia cama, se decantaba por lo segundo.
—¡De acuerdo! —aceptó, después de meditarlo un rato—. Pero queda claro que Sara no debe saberlo nunca, jamás.
—Mis labios están sellados. —Hizo el gesto de cerrarse la boca y tirar la llave por encima del hombro—. Por la cuenta que me trae.