Capítulo 7
«No sé dónde, pero envejecimos juntos;
no sé dónde, pero seguimos revolcándonos y riendo».
La palabra más hermosa, Margaret Mazzantini
Sara subió al coche; conducía Nieves. Había tenido que correr tras ella cuando salieron de Cámbrium, porque, de lo contrario, la habría dejado allí tirada.
Estaba muy enfadada; de hecho, ambas estaban muy enfadadas. No se dirigieron la palabra en todo el trayecto. Al bajar del coche en el parking de su casa, Nieves cerró dando un portazo y echó a caminar, taconeando con fuerza hacia el ascensor.
Sara, cuya indignación iba en aumento, no se quedó atrás y, cuando llegó a su altura, la cogió por un brazo, obligándola a volverse y a quedar cara a cara con ella.
—¿Me quieres decir por qué te has enfadado tanto? —gritó.
—¿Que por qué me he enfadado? ¿En serio necesitas preguntar eso?
Un vecino de la finca entró en ese preciso momento en el portal. Lo más probable era que hubiese oído los gritos, así que, tras echarles un vistazo, se lo pensó mejor y decidió subir a pie. Las saludó y siguió su camino sin levantar la mirada, que tenía clavada en el suelo.
—¡Agh! ¡Es que tenemos que dar la nota en todas partes! ¿No puedes esperar siquiera a que lleguemos a casa?
Dio un tirón y se soltó del brazo de Sara para meterse en el ascensor. Ella la siguió, murmurando algo sobre que esa noche no hacía otra cosa más que correr tras su novia.
Una vez en el apartamento, Nieves fue directa a la cocina para servirse un vaso de whisky con hielo.
«Pues sí que está cabreada», pensó Sara. Nieves pocas veces bebía whisky, y mucho menos a palo seco.
La cocina era abierta, moderna, con una isla alta que utilizaban como mesa. Sara se sentó en uno de los taburetes frente a Nieves. Apoyando los brazos en la encimera, dejó caer la cabeza encima.
—Ya sé que no te gusta que me ponga en plan territorial — empezó. Su voz salía apagada—, pero es que ya hacía un rato que os estaba mirando, y el tío sobón ese… No hizo nada que no se viera venir.
—¿Insinúas que yo le estaba dando cancha?
—¿Acaso no lo hacías?
—¡Joder, Sara! —Nieves gritó de nuevo. La otra alzó la cabeza de golpe—. ¿No estábamos de caza? ¿O es que solo puedes cazar tú?
—Mira, Nieves, no te pases. Sabes perfectamente que cuando salgo, la única a la que quiero cazar es a ti. —Todavía se reprimía para no ponerse a chillar, pero no le faltaban ganas.
—No, mira tú, Sara. Como dice Alicia: «Si no sabes perder, mejor no te metas en jueguecitos».
—Por cierto, ¿qué hacía mi hermana en Cámbrium contigo?
―preguntó desconcertada.
—Jugar, lo mismo que pretendíamos los demás, ¿no? —contestó Nieves con toda la desfachatez que pudo mostrar.
—¿Jugar a qué?
—¡A lo mismo que tú! No te joroba.
—Y a ti, ¿quién te dice que mi hermana puede jugar a eso?
—Tu hermana es mayorcita y puede hacer lo que le dé la gana, ¿o es que crees que eres tú la única que puede hacer lo que quiera y encima dirigir la vida de todos los que están a tu alrededor?
—volvió a gritar. Si Sara creía que esta vez se le iba a subir a la chepa, como tantas otras, estaba muy equivocada.
—¿Pero tú estás loca? Ella no es igual que nosotras, ella no va por ahí de ligoteo.
—¡Para el carro, Sara! ¿Qué has querido decir con eso de que no es como nosotras?
¿Que yo soy una facilona y que me meto en la cama de cualquiera?
, ¿o eres tú la que se lleva a la cama a toda la que se le pone delante?
—Ahora no gritaba y, como había sucedido en la discoteca, daba más miedo que si estuviera haciéndolo a pleno pulmón.
—Nieves, nos estamos saliendo del tema.
—No nos estamos saliendo de ningún tema; no hay tema, lo has dejado bastante claro. Tú crees que porque a ti te funcionó, porque me cazaste la primera vez sin esfuerzo, a mí se me acerca cualquiera una noche y me voy directa a su cama.
—¡No es verdad! Yo no he dicho eso, ni lo he insinuado. Te lo acabas de inventar tú ahora mismo.
—¿Que no lo has dicho? Pues será que yo no oigo o que entiendo mal las cosas, porque es lo que me ha parecido escuchar.
—Creo que es mejor no empezar con lo que una ha dicho y la otra ha contestado, porque no van a acabarse los reproches hasta mañana.
—Tienes razón. —Nieves salió de la cocina y se encaminó a la habitación. Sin dignarse a darse la vuelta, siguió hablando—: Mejor lo discutes con los cojines del sofá, pero a mí ni te acerques, porque no respondo por lo que te pueda pasar. —Y cerró dando otro portazo.
Sara volvió a esconder la cara entre los brazos.
Menuda discusión de mierda. No tenía ni idea de qué había dicho para que Nieves la interpretara tan mal.
Solo sabía que había empezado a disgustarse en cuanto vio a su hermana en la discoteca.
Cuando aquellos dos gilipollas se habían acercado a ella y a Nieves, comenzó a hiperventilar, y cuando su novia se tuvo que quitar de encima al cretino aquel, había empezado a verlo todo rojo.
La mano de Pablo sujetando su codo no había servido de nada.
Se quitó los zapatos y se tumbó en el sofá. Nieves y ella discutían con frecuencia, pequeñas riñas de las que se reconciliaban después en la cama, pero nunca antes la había echado de su habitación.
Nieves ya se lo había advertido aquel día en que se había abalanzado sobre ella para besarla posesivamente en cuanto la vio hablando con un chico: no toleraría más escenas, pero es que en el momento en que el tío sobón de esa noche le había puesto las manos encima, perdió el control.
Nieves era su mayor debilidad. No podía permanecer enfadada con ella, no quería que estuviera disgustada. En la discoteca se había preocupado porque creía que él la molestaba, y al final había sido ella misma quien la había molestado. Mierda.
Al cabo de un rato, la oyó llorar. No pudo más y se acercó a la puerta de la habitación. Se apoyó en ella sin atreverse a entrar.
Nieves había creído que discutiendo y dando portazos se le pasaría el enfado, pero este no había hecho sino incrementarse.
Se tiró encima de la cama y se puso a llorar bajito para que Sara no la oyera. ¿Por qué era todo tan difícil?
Cuando habían empezado a salir juntas, todo era insospechadamente fácil, pero en los últimos tiempos, entre el distanciamiento que mantenía con sus padres y las continuas riñas, el día a día se le hacía muy cuesta arriba. La boda estaba ya muy cerca. ¿Y si se estaban equivocando?
Nieves había conocido a Sara cuando, en el bufete de abogados del que ella era socia, habían decidido renovar el sistema informático. La empresa de Sara y Pablo era la mejor de la ciudad, y Nieves y sus socios siempre se decantaban por lo mejor.
La primera vez que había visto a Sara y a Pablo juntos pensó que mantenían una relación sentimental además de laboral. Su comunicación, tanto activa como pasiva, era tan fluida que a veces parecían dos personas con un solo cerebro.
Aunque él era muy atractivo y con un cuerpo perfecto, fue ella la que había llamado su atención.
No era solo que fuera hermosísima y que tuviera un físico que ya hubiese deseado para sí misma, sino la manera de comportarse, con movimientos elegantes y elásticos; su voz penetrante y aterciopelada; sus ojos rasgados y de un verde intenso, que parecían sondear el interior de las personas…
Todo en ella le gustó desde el primer momento.
Pero no la había mirado de una manera romántica o sexual, sino como una mujer lo hace cuando aprecia la belleza de otra aún más bella.
Un día, al salir de una reunión, Javier, que aparte de ser su socio era uno de sus mejores amigos, la había alejado un poco del resto:
—Creo que la Leona quiere algo contigo, ve con cuidado.
—¿Quién es la Leona?
—¿No sabes a quién llaman la Leona?
—No tengo ni idea de qué me hablas, hijo, ¡qué intriga te traes!
—¡Sara! Sara es la Leona. Tiene fama de mujeriega, y parece que tú le gustas mucho por cómo te mira.
—No seas bobo. —Nieves se había echado a reír—. Te crees todo lo que te cuentan. Si se ve a leguas que esos dos son pareja.
—Nieves, ¿en qué mundo vives? Te digo que ella es lesbiana; la he visto varias veces en acción en alguna discoteca y estoy convencido de que ahora su objetivo eres tú.
Ella había seguido riéndose sin creer una palabra de lo que Javier le decía. Sin embargo, a partir de ese momento, se fijó más en la actitud de Sara, en cómo le hablaba y en cómo, con mucha sutileza, la rozaba con la mano cuando estaban cerca la una de la otra.
Lejos de sentirse ofendida, le había agradado la situación.
Le gustaba gustarle a Sara y también empezó a coquetear; no pensaba en qué podría desembocar eso, simplemente se divertía.
Hasta que un sábado por la noche coincidieron en Cámbrium.
Nieves había entendido ese día por qué a Sara la llamaban la Leona.
Llevaba un vestido gris oscuro, corto, que se ceñía por completo a su cuerpo, dejando poco o nada a la imaginación.
La melena, normalmente recogida, le caía en una cascada de rizos dorados sobre la espalda.
Su mirada, más felina que nunca, se había clavado en ella desde el momento en que se encontraron, y ya no la soltó.
Nieves tampoco había podido dejar de mirarla: estaba hipnotizada y no quería dejar de estarlo.
Habían bailado muy juntas casi toda la noche; sus cuerpos rozándose ajenos al resto del mundo.
Solo ellas existían, solo ellas importaban.
Después de lo que le pareció una eternidad, había sentido cómo Sara tiraba de su mano y se había dejado llevar.
Una vez fuera, la guio hasta un portal. Tras apoyarla en la pared, la miró a los ojos y después a los labios, con la respiración entrecortada y como pidiéndole permiso.
Nieves elevó la barbilla para recibirla y Sara la había besado con una suavidad y un deleite que la hicieron temblar.
Había abierto la boca levemente para dejar entrar su lengua y se trabaron en un beso que no acabó hasta el amanecer.
Fueron a casa de Sara y juntas habían explorado sus cuerpos. Nieves no había sentido tanto placer antes y no creía que pudiera volver a sentirlo si no era a su lado. Se había rendido por completo a Sara y ella la recompensó con ternura y lujuria a partes iguales.
Desde aquel día no se habían separado. Ni habían querido, ni habían podido. Faltaba menos de medio año para su boda, y era la primera noche que no dormirían una junto a la otra.
La puerta se entreabrió.
—Te he dicho que quiero estar sola —dijo llorando—. ¿Ves como eres incapaz de hacer lo que yo quiero, por poco que sea?
—No puedo soportar oírte llorar; se me parte el corazón — explicó Sara, sentándose en la cama—. Por favor, déjame estar a tu lado.
Nieves se tumbó de costado; tenía la cara hinchada por las lágrimas. Sara se colocó frente a ella, sin tocarla aún.
No hablaron. Aunque había mucho que decir, ninguna se atrevía a empezar.
—Cuando él te cogió por la cintura, creí que me volvía loca —dijo al fin, muy flojito, Sara.
—¿Y no has pensado que yo sola podía defenderme? —preguntó Nieves también en voz baja.
—Sé perfectamente que no me necesitas para defenderte. ¡Tienes más fuerza que yo! —Nieves sonrió, lo que animó a Sara a continuar—: No era eso, era pensar que te tocaba, que intentaba…
—¿Pensaste que podría gustarme más que cuando me tocas tú?
Sara enrojeció. Sabía que era una tontería estar celosa, pero no podía evitarlo.
—Sí —respondió en un susurro.
—Voy a casarme contigo, en contra de la opinión de mi familia.
—Esa es otra de las cosas que me preocupan —la interrumpió Sara—. Estás renunciando a mucho por mí.
—¿Te estás echando atrás? ―preguntó Nieves.
Hablaban en susurros; así, parecía que las cosas que pesaban entre ellas no resultaban tan trascendentales.
—¡No! —contestó tajante—, pero me asusta mucho que tú puedas hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque no tenerte, no estar contigo, sería lo peor que podría pasarme.
—Te pregunto por qué piensas que yo puedo echarme atrás. Sara sonrió sin alegría.
—Porque todavía no puedo creer que quieras estar conmigo.
Nieves le tomó una mano, la que Sara mantenía sobre su propia cadera, y esta tembló levemente, pero continuó hablando:
—La primera vez que te vi, entendí de lo que hablaba la gente cuando decía que se había enamorado.
Hasta ese momento me reía de las personas que se quedaban colgadas por alguien con tanta facilidad.
Pero ese día me di cuenta de que lo que llaman amor a primera vista existe de verdad.
No sabía qué sucedería, pero no podía dejar de pensar en ti.
¡Cuántas noches pasé buscándote! —Sonrió; esta vez la alegría le llegó a los ojos—.
Volví loco al pobre Pablo, porque no quería contarle lo que me sucedía; de hecho, creo que no lo quería reconocer ni yo misma.
Se detuvo un momento e inspiró profundamente. Luego, siguió:
—Cuando al fin di contigo y me seguiste —volvió a suspirar—, creí que se me rompía el corazón de felicidad.
Nieves habló entonces:
—Cuando salí detrás de ti, tampoco yo podía imaginar qué pasaría, aunque podía hacerme una idea.
—Esto último lo dijo con una nota de picardía—.
No, en serio, quiero decir que no pensaba más allá de esa noche.
No sabía que lo que vendría después sería tan maravilloso.
Quiero casarme contigo porque te amo. Te quiero más que a nada en el mundo y renunciaría a cualquier otra cosa para poder tenerte a ti.
— Sara hizo amago de hablar y ella la acalló—.
Pero si no confías en mí, esto deja de ser algo fantástico para convertirse en una pesadilla.
—Yo también te amo, estoy loca por ti. No puedo prometerte que no seré una imbécil, como lo he sido hoy, nunca más. Pero juro que lo intentaré.
—Creo que tendré que conformarme con eso por el momento.
Sara se acercó a ella, la estrechó entre sus brazos y la besó, primero con ternura y luego con pasión. De repente, paró.
—¡Mi hermana!
—Deja a tu hermana, ahora no la necesitamos —dijo Nieves medio riendo, medio ceñuda.
—La hemos dejado sola.
—¿Pero tú te estás oyendo?
Ambas se habían sentado en la cama y Nieves obligó a Sara a volver a tumbarse.
—Tu hermana vive en Madrid, una ciudad mucho más grande que la nuestra, por si no te acuerdas. Sabrá cuidarse. Además, Pablo estaba allí.
Sara se incorporó de nuevo, como si tuviera un resorte.
—¿Pretendes que me dé un infarto?
Nieves se echó a reír. Tirando del brazo de Sara, la obligó a tumbarse de nuevo.
—Deja de pensar en nadie que no seamos nosotras. Te repito que es mayorcita y que puede arreglárselas sin ti.
Esta vez fue Nieves quien la besó, y no dejó de hacerlo hasta que Sara se olvidó del resto del mundo.