Capítulo 6
«Como una chispa que cae sobre gasolina, algo inevitable».
La huésped, Stephenie Meyer
Cámbrium, el local al que la había llevado Nieves, era un nightclub elegante.
Nada de universitarios con carnets falsos que aún no habían terminado de hacerse mayores.
Se trataba de un lugar repleto de gente de su misma edad, treintañeros que, si querían, podían bailar, pero también pasar el rato tomando unas copas y charlando.
El club era de estilo retro, ambientado en los años ochenta. Una vez traspasado el umbral, uno se sentía transportado en el tiempo. Los muebles y la decoración eran modernos, aunque con un toque ochentero.
La pista de baile estaba presidida por una gran bola recubierta de cientos de espejos que reflejaban la luz y la proyectaban sobre todas las superficies, con su característico efecto visual.
Una moqueta de color azul eléctrico le confería aquel aire decadente de la época de la movida madrileña. Había sillones bajos, de los que en cuanto se sentaban en ellos, se necesitaba una grúa para levantarse, pero que, a pesar de eso, eran cómodos.
Nieves pidió dos gin-tonics mientras el camarero se la comía con la vista y Alicia la miraba con aire reprobador. ¿Acaso no le había dicho que no quería beber más?
Se sentaron en unos taburetes a juego con la moqueta y, al cabo de poco tiempo, se acercaron a ellas dos chicos que, se veía a leguas de distancia, querían ligar.
«Joder —pensó Alicia—, qué poco me gustan los buitres.
¿No podrían cortarse un poquito? Si es que hasta parece que se les caen las babas cuando miran a la pobre Nieves».
Se pusieron a hablar con ellas como si las conocieran de toda la vida. Uno dijo llamarse Tomás y el otro, Miguel. Les explicaron que no eran de la ciudad, que habían venido por trabajo y habían decidido quedarse a pasar el fin de semana.
Nieves coqueteaba con ellos y Alicia, aunque intentaba integrarse en la conversación, se sentía incómoda.
—Veo que todo el tiempo miras en dirección a la puerta.
¿Esperas a alguien? —le preguntó el que había dicho llamarse Miguel.
—Eh… no… ¡Qué va! No espero a nadie. Solamente trato de averiguar hacia dónde tengo que salir corriendo en cuanto toda esta moqueta empiece a arder.
Miguel se echó a reír, no tanto por la frase en sí, sino por el tono en que la había pronunciado.
Alicia se relajó un poco, quizás porque ya se había bebido la mitad del gin-tonic. Recordó que esa noche estaba guapa y pensó que, si llegaban Sara y Pablo y las encontraban tan bien acompañadas, seguramente el plan de Nieves funcionaría mejor.
El chico era mono, aunque le pareció un poco pijo, como el de aquella canción de los Hombres G cuya prima le había hecho escuchar continuamente durante el primer verano que le hizo de niñera.
Alto, rubio y con un jersey amarillo. Le entró la risa tonta al reparar en las coincidencias y él la miró sonriendo con cara de no entender nada.
Se devanó los sesos en busca de un tema de conversación. Eso era lo que peor se le daba: los silencios incómodos que nunca conseguía llenar y que se hacían interminables.
Justo entonces empezó a sonar una canción de Alaska, Ni tú ni nadie , y Nieves le agarró la mano y se dirigieron a la pista seguidas de cerca por aquellos dos.
Nieves tenía una forma muy peculiar de bailar, que no casaba para nada con su aspecto elegante.
Sara se reía muchas veces de ella, aunque no por ello Nieves dejaba de moverse de ese modo.
Le había comentado a Alicia que le encantaba bailar: le suponía una liberación, la ayudaba a deshacerse del estrés acumulado durante la semana de trabajo, y no le importaba ser motivo de guasa, ni en Sara ni en el resto del mundo.
Los chicos tampoco eran grandes bailarines, por lo que Alicia agradeció que hubiera bastante gente en la pista: así evitaban destacar por su poca maña y quedaban integrados en la masa de cuerpos que se movían y cantaban a voz en grito: «Mil campanas suenan en mi corazón…».
Mientras bailaban, Tomás se fue acercando a Nieves hasta que le rodeó la cintura.
Ella al principio no dijo nada, aunque se la veía molesta; casi enseguida, dejó de bailar y lo apartó de un empujón.
En ese preciso instante alguien se acercó muy deprisa, una mancha borrosa abriéndose paso entre la multitud.
Era Sara. En menos de lo que se tarda en contarlo, se había subido a horcajadas sobre la espalda de Tomás y le tiraba del pelo y le arañaba la cara.
El pobre chico, que no sabía por dónde habían venido los tiros, forcejeaba e intentaba sacársela de encima, pero Sara se había pegado a él como una lapa y no iba a soltarlo fácilmente.
Miguel intentó ayudarlo, pero al darse cuenta de que quien estaba atacando a su amigo era una chica, le entró la risa y perdió fuerza, lo que le valió una sarta de improperios por parte de Tomás.
Alicia se había quedado paralizada, alucinando con la fiereza de su hermana. Nieves estaba de brazos cruzados y resoplando.
En ese mismo instante llegó Pablo. La gente ya había dejado un espacio alrededor de los contrincantes, que daban vueltas sobre sí mismos, uno intentando quitarse a su atacante de encima; la otra, bien afianzada sobre la espalda del pobre chico.
Pablo intentó sujetar a Sara, pero recibía codazos y patadas en cuanto se acercaba un poco.
Uno de los gorilas de la puerta apareció con cara de muy pocos amigos y Nieves decidió tomar cartas en el asunto.
Se metió dos dedos en la boca y, después de coger aire, dio un tremendo silbido que logró que todos se girasen.
Tomás dejó de moverse y Sara la miró. «¡Me la he cargado! », leyó Alicia en su expresión.
Nieves se dirigió al de seguridad con una palma en alto.
—No te preocupes, Marcos, que yo me encargo. Ha sido la gilipollas de Sara, que cree que no soy capaz de deshacerme por mí misma de un pesado. Ahora mismo me la llevo.
Alicia puso cara de sorpresa. Cuando entraron al local, nada había delatado ese nivel de confianza entre Nieves y el segurata .
El tal Marcos no comentó nada, pero levantó el dedo índice de una forma que podía interpretarse como admonitoria, o quizás de advertencia. En cualquier caso, dejaba claro que no toleraría más tonterías.
Sara se apeó de la espalda de Tomás, que la miró con rabia. Abandonaron la pista de baile. El chico los siguió y le puso una mano en el hombro a Sara para poder encararse con ella.
—¿Y a ti qué coño te pasa, rubita? —dijo sin perder de vista al de seguridad.
—Me pasa que no me gusta nada que un asqueroso como tú sobe a mi novia ―respondió, todavía recuperando el aliento.
—¿Tu novia? Vaya, así que la calientapollas encima es tortillera.
Sara fue a abalanzarse de nuevo sobre él, pero Pablo se lo impidió agarrándola por un brazo.
Nieves se adelantó un paso y miró a Tomás a los ojos; se llevó las manos a las caderas.
Su expresión no era de ira ni de rabia; se la veía tranquila, sin embargo, al mirarla, uno sentía miedo.
Su pelo era un halo rojo que la envolvía hasta los hombros; parecía un ser venido directamente del infierno, por lo que su serenidad asustaba todavía más que si hubiese estado furiosa.
—¿«Tortillera»? ¿En serio? Tienes millones de palabras para usar.
Veamos —empezó a enumerarlas mientras contaba con los dedos—: «homosexual», «lesbiana», «marimacho», «bollera», «camionera», «invertida»…
Si prefieres un vocablo más anticuado, puedes probar con «safista», y si quieres uno más poético, «tribada»; en México nos llaman «levis»; en Colombia, «pirobas»; en Chile, «camiona» o «maría tres cocos»; en inglés podrías haber dicho « lesbian » o, si preferías ofender, « dike » o bien «butch»; en francés, « gouine »…
—Sin perder ni un ápice la compostura, prosiguió—: ¿Has visto?
, hay montones de palabras que se utilizan para designar lo que somos, pero a nosotras sin duda no nos gusta ninguna de ellas cuando se pronuncian como un insulto.
Todos la miraban con la boca abierta, excepto Tomás, quien la observaba con una mezcla de odio y temor que lo hacía parecer muy cómico.
—Puedes decir lo que quieras, pero no sois más que un par de depravadas que…
No pudo terminar la frase. Mientras él hablaba, Nieves hizo una señal casi imperceptible a Marcos, el gorila, que lo aferró con una mano por el cinturón y con la otra, por la camisa y se lo llevó en volandas hacia la salida.
«¡Como en las pelis!», se dijo Alicia.
Tras Tomás y el segurata , a corta distancia, iba Miguel, que no tuvo tiempo ni de despedirse ni de disculparse.
Los otros cruzaron miradas de asombro, sin acabar de creerse lo que acababa de suceder. Nieves, no. Nieves miraba fijamente a Sara. Cuando esta se percató, quiso acercarse a su novia, quizás con intención de apaciguarla. Nieves le dio el alto mostrando la palma de la mano.
—Nos has fastidiado la noche a todos —expuso con rabia contenida.
—Pero ¿qué dices? Se han llevado al gilipollas ese y nosotros podemos seguir divirtiéndonos e intentando olvidar esta estupidez…
—No —respondió tajante Nieves—. Le he dicho a Marcos que te sacaría de aquí y eso es lo que haré, así que ya puedes empezar a despedirte. Te espero en el coche.
Dicho esto, se giró hacia Alicia, le dio dos besos y le susurró al oído:
—Siento mucho haberte estropeado la noche de marcha. No me lo tengas en cuenta, por favor.
—No seas tonta. Si alguien ha fastidiado la noche, ha sido mi hermana, no tú.
—Tu hermana se va a enterar de quién soy yo —añadió furiosa. Se giró de nuevo y se encaminó hacia la entrada sin comprobar si su novia la seguía.
Sara terminó de hablar con Pablo y miró a su hermana con algo parecido a la vergüenza dibujado en la cara.
—Siento haber dado el espectáculo, pero ¿puede saberse que haces tú aquí, y con Nieves?
—Hermanita, creo que te conviene correr tras ella; ya harás preguntas mañana.
—Vale, puede que tengas razón, pero no creas que vas a librarte. En cuanto nos levantemos, quiero esa explicación. —Lo dijo como si quisiera demostrar que no había perdido del todo la autoridad sobre ella. A continuación, salió corriendo en pos de Nieves.
Cuando Pablo y Alicia se quedaron solos, se echaron a reír. Tardaron un buen rato en conseguir aplacar sus carcajadas; al final, ella logró decir:
—Yo creía que estas cosas solo pasaban en las películas americanas.
—Eso es porque no has salido a menudo de marcha con tu hermana. Es bastante peliculera.
—Creo que Nieves la va a poner a caldo —comentó, secándose una lágrima.
—Sí. Yo solamente la he visto acobardarse ante ella.
Los dos se miraron durante un rato. Hacía mucho que no se veían; de hecho, desde que ella había llegado a la adultez, se trataba, probablemente, de la primera vez que en verdad estaban a solas.
Lo examinó de nuevo a través de los ojos de la quinceañera que lo había venerado.
Estaba casi igual, aunque se lo veía más maduro y bastante más elegante.
Era alto y delgado. Llevaba unos vaqueros y un jersey con cuello de pico azul marino, que le sentaban como si estuviera luciendo un frac.
Era moreno, y el pelo, algo rizado, que en aquel entonces había llevado más largo, le caía ahora hasta cerca de las cejas.
Usaba gafas, que no había necesitado antes, y a ella le seguía pareciendo que podía escrutar en el fondo de su alma con aquellos ojazos negros.
—Bueno, voy a ver si puedo coger un taxi que me lleve a casa —
propuso Alicia, incómoda.
—No hace falta, yo puedo acompañarte. Creo que también me marcho.
—Por mí no es necesario, en serio. Sé que mi hermana y tú estabais de caza; no quiero estropearte la noche.
Él pareció francamente turbado.
—¿Quién te ha dicho eso? —preguntó con sequedad.
—Ha sido Nieves, mientras comíamos.
—Pues sí que estaba Nieves parlanchina hoy al mediodía — comentó con una sonrisa. Sin embargo, no fue una de aquellas que derretían a las chicas por dentro—. Venga, te acompaño. Sé a dónde llevarte, tus padres siguen viviendo muy cerca de los míos.
Ambos rieron, pero el ambiente entre ellos no era distendido, sino más bien tenso.