Capítulo 5
«¿Cómo es posible que algo pueda parecer una idea brillante un día
y una estupidez al siguiente?».
El cielo está en cualquier lugar, Jandy Nelson
En el piso que compartían Sara y Nieves desde hacía casi dos años, Alicia aguardaba dócilmente a que su cuñada le dijera que había acabado.
La estaba maquillando. Ella no lo hacía nunca, no le gustaba, y por eso no había perfeccionado la técnica lo suficiente como para hacerlo con la pericia y rapidez que requería.
—Ya casi está —dijo Nieves en tono alegre—. Estás guapísima. No sé por qué no te maquillas todos los días. Te aseguro que más de uno caería rendido a tus pies, como suele decir mi madre.
—Cuando te he dicho que estoy mucho mejor sola, iba en serio. De todas maneras, si a alguien le gustara alguna faceta de mí, preferiría que fuera mi inteligencia o mi conversación antes que mi físico.
—¡Uf! No seas tan pedante, que a nadie le amarga un dulce, y los halagos siempre sientan bien.
Además, no todas tenemos tu inteligencia para deslumbrar a la gente —dijo sarcástica, y Alicia elevó las cejas, interrogante―.
Y teniendo en cuenta que en las discotecas resulta bastante difícil hablar, para una noche loca, mejor arreglarse.
—No creo que yo deslumbre a nadie con mi conversación, tampoco soy tan interesante. Y todavía no tengo claro lo de ir a una discoteca esta noche.
—¡Claro que irás! No creas que te vas a escaquear. Además, no he quedado con nadie y no pienso presentarme sola a la cacería.
—Ahora que se me ha pasado el efecto del vino, todo esto me parece una locura; y si, como ha dicho Pablo, mi hermana se lo toma mal… no me apetece nada verla enfadada, se pone insoportable.
—Tu hermana me la dejas a mí, que ya me ocuparé yo de ella. En cuanto a lo demás, solo se trata de darles un poco de coba y después dejarlos plantados.
—¿Ese era el plan? No sé por qué al mediodía me parecía mucho más divertido.
—Porque al mediodía estaba más elaborado. Creo que íbamos piripis.
—¿Piripis? Íbamos más que piripis. Si no se me pasa el dolor de cabeza, no sé cómo podré aguantar la música pasada de decibelios.
—Porque nos vamos a beber otro vinito con la cena y porque el ibuprofeno que nos hemos tomado hace un rato va a surtir efecto.
—No podemos volver a beber —repuso Alicia, tajante. Luego recordó haberle dicho a Pablo que lo harían para llevar a cabo el plan. Madre mía, ¿cómo le había podido decir eso? Sin querer abandonar su postura, añadió—: Nunca he necesitado beber para pasármelo bien.
—¡Jesús, Alicia! Ni que yo fuera alcohólica.
—Nieves agitaba la brocha con la que le estaba aplicando colorete como si fuera a propinarle un golpe con ella—.
Es verdad que al mediodía se nos ha ido un poco la mano.
Si no quieres, no beberemos vino con la cena; solamente lo he sugerido para ver si se nos sube algo el ánimo, porque te estoy viendo muy aguafiestas.
—No soy aguafiestas. Lo que pasa es que, si me das una mesa de despacho, me como el mundo y a todo el que esté sentado al otro lado, pero en una discoteca… Además, ¿no ves que no tengo ninguna posibilidad? Tú eres una pelirroja exuberante y yo no soy más que un tapón bajo y gordito.
—En serio, Alicia, cada vez que hablas, sube el pan. ¿Qué tontería es esa de que eres baja y gorda? Eres una mujer con curvas, preciosa y muy inteligente.
—Pero si has sido tú la que ha sugerido que en una discoteca nadie quiere hablar.
—Basta, no quiero oír ninguna tontería más. Estaremos preciosas, nos lo pasaremos genial y nos iremos a casa acompañadas.
¿Qué más queremos?
Alicia fue a replicar, pero Nieves se lo impidió con una mirada severa. El gesto la hizo pensar.
Después de comer, Nieves había insistido en que fueran de compras.
A Alicia, normalmente, no le gustaba comprarse ropa.
Para trabajar solía utilizar trajes de chaqueta sobrios, ya fueran con falda o con pantalón.
Los consideraba una especie de uniforme que le evitaba la tarea de elegir atuendo por las mañanas.
Nieves la había llevado a diversas tiendas en las que las tallas no pasaban de una cuarenta y dos —y encima pequeña—. Como era de esperar, no encontró nada que pudiera ponerse. Incluso en una, la dependienta le dijo, con cara de asco y la voz nasal típica de haber desayunado limón a secas:
—De su talla no tenemos nada.
«¿Pero qué talla crees que llevo?, ¿una cien?». En lugar de decirlo en voz alta, Alicia había salido de la tienda como un cohete, echando humo por las orejas.
Nieves la había alcanzado y, agarrándola de un brazo, había intentado animarla:
—A esa lo que le pasa es que tiene envidia, porque estará delgada, pero es más fea que Picio; no como tú, que tienes una cara preciosa. Tranquila, en otro sitio seguro que encontramos algo divino que puedas ponerte.
Terminaron en un centro comercial, y, en una pequeña tienda, Alicia encontró un vestido rojo ajustado que la estilizaba a la vez que resaltaba sus curvas. Era drapeado, largo hasta las rodillas, y le sentaba como un guante.
Con el vestido puesto, se sintió muy bien; sin embargo, no se lo hubiese probado de haber ido sola. Había cedido ante la insistencia de Nieves, que no la dejó en paz hasta cumplir su propósito.
Nieves, por su parte, había comprado un vestido negro con la espalda al aire y muy corto, que le hacía unas piernas kilométricas. A ella todo le sentaba bien, aunque con su físico tampoco era muy difícil.
Al entrar en la sección de zapatería, Alicia fue directa a por unos mocasines cómodos, ante lo cual Nieves volvió a elegir por ella y la animó a probarse unos botines negros de charol con la punta fina y un tacón que a ella le pareció de espanto.
De nuevo, y para su asombro, le sentaban a la perfección y le resultaron mucho más confortables de lo que había esperado.
La verdad es que se habían divertido mucho hasta que Pablo la había llamado y entonces comenzó a venirse abajo.
¡Menuda paranoia le había entrado! Tenía claro que, por mucha coba que le diera a Pablo, este seguiría sin mirarla.
Como también sabía que la única que se iría sola a casa esa noche sería ella.
Probablemente Sara se enfadaría con Nieves, pero no tardaría ni diez minutos en hacer las paces con su novia y se marcharían juntas para celebrar la tregua.
En cuanto a Pablo, según lo que había dicho Nieves, siempre se iba acompañado, pero dudaba mucho de que a ella le dirigiera algo más que un saludo cortés.
—Alicia, que te veo venir. ¿En qué piensas? No puedes echarte atrás.
—No me estoy echando atrás, Nieves, solo estoy pensando en el plan.
Aparte de que no está nada bien organizado, me da que será un fiasco.
Yo tendré que irme a casa sola, lo cual va a molestarme muchísimo, no porque me apetezca tener compañía, sino porque hacía años que no pensaba en Pablo, y como hoy no paro de hacerlo, no me gustaría volver a colgarme por él.
—Olvida el plan, el plan no existe.
—¿En qué quedamos? Me estás volviendo loca.
—Quedamos en que vamos a salir para estrenar los modelitos preciosos que nos hemos comprado, en que vamos a divertirnos, a bailar, porque bailar sí que te gusta, ¿o tampoco? —Esperó a que Alicia moviera afirmativamente la cabeza y prosiguió—: Lo demás ya lo decidiremos sobre la marcha.
Las palabras de su cuñada no la tranquilizaron.
—¿Tú sabes si le sucedió algo a Pablo cuando mi hermana y él estuvieron en Granada? ―preguntó a Nieves.
—Fue algo con unas chicas, pero tu hermana nunca habla de ello.
Lo único que sé es que sucedió en una fiesta que se celebra en Granada el primer día de la primavera.
Por eso salen esta noche, porque es la única idea que se le ocurre a Sara para animarlo en el aniversario de la desgracia —explicó en tono cínico, nada habitual en ella.
Luego se puso seria y añadió—: Por lo visto fue muy traumático para él y juró que no se enamoraría nunca más.
Pero tu hermana tampoco tenía que enamorarse nunca y mírala, a punto de casarse conmigo.
—Tampoco pretendo que se enamore de mí, eso ya se me pasó hace tiempo —concluyó Alicia, aunque no sonaba muy convencida.
Nieves no quería que se hiciera ilusiones vanas; sin embargo, le caían tan bien los dos y le parecía que formaban tan buena pareja… Otra cosa sería lo que diría Sara cuando se enterase de sus maquinaciones, pero prefería no pensar en ello; ya lucharía esa batalla cuando llegase el momento.
Al fin dejó que Alicia se levantase y se mirase en el espejo. Esta se quedó pasmada al observar su reflejo en el cristal.
Nieves la había maquillado tan sutilmente que apenas se notaba. El pelo, habían decidido no retocarlo casi nada: como lo llevaba cortado en capas, un poco más largo por delante, solo se lo había alisado un poco.
Alicia no podía dejar de mirarse: por delante; por detrás; de nuevo la parte delantera. Nieves tenía razón, ¡estaba guapa! De hecho, se sentía guapa.
Por primera vez en mucho tiempo, le gustaba el reflejo que el espejo le devolvía.
Bastante más animada, dio otra vuelta y se examinó de nuevo por detrás. ¿Cómo decía aquella la canción de Los Caracoles? «Al que no le guste que no mire». Ella se veía como una diosa esa noche, y lo pensaba aprovechar.