Capítulo 4
«Hay cosas que la voluntad humana
no es capaz de controlar».
El camino, Miguel Delibes
El teléfono de Pablo sonó, indicando que acababa de entrar un mensaje:
Hola, Pablo. Soy Alicia, la hermana de Sara.
Siento molestarte, pero necesito hablar contigo sin que mi hermana se entere.
¿Podrías ponerte en contacto conmigo? Gracias.
«¡Vaya, la hermana de Sara! ¡Cuánto hace que no sé nada de ella!», pensó tras leer dos veces la nota. Cualquiera se interesaría por Alicia después del rapapolvo que le había dado Sara la única vez que había intentado ligar con ella. ¡Jolín con la Leona !
Solo la había visto ponerse territorial en dos ocasiones. Una había sido aquel día, cuando lo encontró acorralando a su hermanita en el pasillo, y la otra, una noche en la que un tío medio borracho le había entrado a Nieves.
Al pobre hombre se le había pasado la borrachera de golpe cuando vio a Sara besar largo y tendido a su novia, acercándose tanto a ella que parecía querer hacerle el amor allí mismo.
Había querido demostrar a quién pertenecía aquella atractiva mujer, a la que adoraba.
Nieves no se había quedado atrás y le había seguido el rollo, pero en cuanto el chaval se fue con el rabo entre las piernas —nunca mejor dicho—, se plantó ante Sara, brazos en jarras, y la obligó a prometer que no haría una cosa así nunca más.
Sara, que solo se amilanaba ante Nieves, prometió, juró e incluso pidió perdón.
Hasta la fecha, Pablo jamás la había visto repetir la escenita.
Pero él no era Nieves. Sara le había jurado que se la cortaría si se atrevía siquiera a mirar en dirección a su hermana, y él la veía capaz. Más que capaz.
De todas formas, de aquello habían pasado al menos diez años. Alicia ya no era una niña, era una mujer hecha y derecha que vivía su propia vida lejos de su hermana. ¿Qué querría de él?
La única forma de averiguarlo era hablar con ella. Miró fijamente el teléfono un rato más, hasta que al fin se decidió y marcó su número.
—¿Diga? —contestó ella al segundo tono.
—¡Hola, Alicia! Soy Pablo. Me has enviado un mensaje de lo más intrigante —dijo serio. No sabía muy bien por qué, pero intuía que aquella llamada le iba a traer problemas.
—¡Hola, Pablo!, necesito preguntarte algunas cosas sobre la boda.
—Alicia habló rápido, para darse seguridad.
Se le había disparado el pulso y estaba a punto de tartamudear.
Ella, que se había curtido en mil batallas; que había tenido que abrirse hueco en un mundo casi exclusivo de hombres.
Era directora ejecutiva de una multinacional con varios cientos de empleados a su cargo, y le temblaban las piernas solo al hablar por teléfono con un chico al que hacía tiempo que había olvidado y con el que nunca había tenido nada.
Todavía no se le había pasado por completo el efecto del vino que habían tomado Nieves y ella al mediodía. Seguro que el temblor era por eso y no por otra cosa. Los planes descabellados de su cuñada para esa noche no tenían nada que ver. Seguro.
—¿Sobre la boda? —Pablo sonó extrañado.
—Bueno, más que nada, necesito saber cómo piensa ir vestida la loca de mi hermana, porque Nieves y yo hemos salido en busca y captura del vestido ideal y no queremos que desentonen.
—«¿Busca y captura? ¿Desentonen? ¿Pero qué idioma estoy hablando?
Joder, joder, joder. Creerá que soy gilipollas», se recriminó Alicia.
—Pues la verdad es que no tengo la información que me solicita
—respondió él, en un tono profesional que la descolocó. ¿Qué tornillo se le había aflojado?—, pero acaba de entrar mi socia y puedo consultarlo.
—¿Mi hermana está ahí contigo? —preguntó bajando la voz—. ¡Ni se te ocurra decirle nada! —amenazó.
—Como le he dicho, acaba de entrar. En cuanto averigüe lo que desea saber, volveré a ponerme en contacto con usted. —«Joder con la hermanita. Si hace años era tímida, ahora ya no se le nota en absoluto.
¿A ver si resulta que la Leona no le llega a la suela del zapato?».
Cuando colgó el teléfono, Sara lo interrogó con la mirada, los brazos cruzados y una ceja levantada.
Aunque su pelo, rubio, rizado y voluminoso, la había hecho ganarse el sobrenombre de Leona , Pablo no la llamaba así por su melena, sino por las infinitas noches de caza que habían compartido, y porque ella lo había llamado a él «león», precisamente, el día que lo encontró en el pasillo con su hermana.
¿Por qué recordaba ahora con tanta nitidez lo que había ocurrido aquella tarde?
—¿Quién era?
—Nadie, un pesado al que no sabía cómo quitarme de encima.
—¿Qué quería? —insistió ella—. Que hoy sea el Día Internacional de la Mala Leche de Pablo no significa que podamos permitirnos perder clientes.
—¡Mira que te pones gilipollas a veces, Sara! —Él aprovechó para cambiar de tema. No se le ocurría ninguna excusa plausible.
—¡Déjalo! Ya me lo contarás mañana, hoy será mejor no hablarte. Vamos a casa, que son casi las siete y todavía tenemos que arreglarnos.
¿A dónde me llevarás a cenar?
Seguía siendo la misma mandona a la que había conocido hacía tantos años, y la única mujer, aparte de su madre, que se atrevía a darle órdenes.
—¿También tengo que invitarte a cenar?
—No solo a cenar. Nieves me ha dicho que ni me acerque por el piso, que ella ha quedado con una amiga suya y que ya nos veremos por ahí.
—¿Y qué piensas ponerte? No me creo que vayas a salir con lo mismo que has llevado puesto todo el día.
—¡Qué va! De camino a tu casa me compraré algo en esa tienda que me gusta tanto.
—En serio, aunque sigamos siendo amigos cuarenta años más, no llegaré a entenderte nunca.
—Venga, gruñón, camina y hazme de chófer, que te encanta.
Pablo negó con la cabeza, incrédulo. Se suponía que Sara debía animarlo a él; en cambio, era ella la que disfrutaba por anticipado de la noche que, por lo que se veía, ya tenía planeada al detalle.
Le encantaba salir a cazar en su compañía, pero no era lo mismo desde que ella tenía a Nieves, y, si bien él se había prometido no enamorarse nunca más, le provocaba cierta envidia la relación entre ellas.
No eran celos, eso lo tenía claro. Era algo más.
Era ver cómo se habían intercambiado los papeles entre ellos dos: Sara había logrado lo que él había querido antes de aquella fiesta de la primavera de hacía doce años, y Pablo, lo que ella había anhelado siempre.
Su amiga tenía a alguien que la amaba sin restricciones, y él, una cama vacía por las mañanas y chicas de paso.
Maldito veintiuno de marzo.
Esos pensamientos no lo asaltaban durante el resto del año.
Únicamente durante el primer día de la primavera añoraba lo que había sido, sus ilusiones truncadas.
No, él no se iba a enamorar. La última vez que lo hizo lo había pagado muy caro, carísimo, y no estaba dispuesto a pasar por todo ese sufrimiento otra vez, aunque eso significara salir de las casas temprano, como un ladrón, antes del amanecer.
Nunca llevaba a las mujeres a su propia casa; eso le permitía abandonar las camas ajenas cuando quería, sin tener que dar explicaciones.
De todas formas, había llegado a reconocer, solo con verlas, a las que pensaban como él.
Ya casi nunca le preguntaban por qué no se quedaba a desayunar.
Mejor así. Igualmente, nunca incumplía su norma de no llevarlas a su piso.
Aparte de su madre, las únicas que habían estado allí eran Sara y Nieves.
La casa de Pablo era su santuario, y no quería conservar recuerdos de ninguna mujer en ella.
Pararon en la tienda y le dijo a Sara que la esperaría en el coche.
Quería aprovechar para llamar a Alicia de nuevo; la verdad era que lo había dejado muy intrigado.
La recordaba perfectamente, y se preguntaba cuánto habría cambiado desde los ¿diecisiete?
Sí, creía que era esa la edad que tenía cuando había dejado de hacerse el encontradizo con ella y había empezado a evitarla; en algunas ocasiones no había sido fácil, pero, después de lo del pasillo, comenzaron a pasar más tiempo en casa de sus padres y no tanto en la de los padres de Sara.
Alicia no era como Sara, sino más baja y con formas mucho más redondeadas.
¡Que estaba un poco gordita, vamos! Pero tenía una cara preciosa y siempre sonriente, lo que la hacía todavía más agradable.
Quizás, como le había ocurrido a él, se habría estilizado al crecer; en cualquier caso, ya en aquel entonces le había parecido muy hermosa y apetecible.
La recordaba con el pelo castaño, largo, y muy liso, que solía llevar recogido.
Los ojos verdes, de gata, eran lo que más le había atraído siempre de Alicia, y cómo lo miraba.
Las dos hermanas eran como el sol y la luna.
¡Uf! ¿Qué le ocurría? ¿Por qué recordaba todos esos detalles justo hoy? Estaba claro que aquel día tenía demasiada influencia sobre él.
Se decidió a llamarla.
—¡Hola! —contestó Alicia. Esta vez no parecía tan cohibida—.
No se te da mal disimular…
—He aprendido con los años —respondió él en tono jocoso.
—Bueno, ¿sabes lo que se va a poner mi hermana o no lo sabes?
Porque aquí Nieves y yo estamos muy intrigadas.
—¿Estás con Nieves? ¿Tu hermana lo sabe? —dijo él asustado.
No le gustaba nada el cariz que estaba tomando la situación. «¿La amiga de Nieves es Alicia? ¡La que se va a montar cuando se entere Sara!».
—Y dale con lo que sabe y lo que no sabe mi hermana. ¡Soy mayor de edad desde hace diez años! No creo que tenga que estar tan pendiente de lo que hago.
—¿Habéis bebido? —Sonaba bastante alegre, aunque no borracha.
—Un poco —se le escapó una risita—, pero ya se nos está pasando. Creo que tendremos que volver a empezar si queremos que todos los planes de esta noche salgan bien.
—¿Los planes de esta noche? —preguntó él con voz aguda.
—¡Uy! Creo que ya he hablado de más; menos mal que Nieves no me ha oído. ¿Ves?, por eso nunca bebo, ni en los eventos del trabajo. Es contraproducente para mí, se me suelta la lengua que no veas.
Pablo rio por lo bajo. Tanta sinceridad no se podía deber a otra cosa más que al alcohol.
—Y ¿qué planes tenéis, si puede saberse?
—¡A ti te lo voy a contar! Estoy algo bebida, pero no borracha; todavía sé lo que digo, aunque no pueda tener la lengua quieta — comentó con picardía.
—No sé qué habréis planeado Nieves y tú para esta noche, pero no os andéis con jueguecitos con Sara.
—Mira, Pablito, conozco a mi hermana muy bien. Si no le gustan los jueguecitos, que no se meta en ellos. Me parece que ya somos todos mayores como para saber lo que nos conviene y lo que no.
Dicho esto, colgó el teléfono. Pablo se quedó mirándolo sin parpadear por segunda vez ese día. Alicia parecía bastante enfadada, pero estaba claro que no sabía dónde se metía si pretendía jugar con su hermana.