Maldito veintiuno de marzo (Colección Mediterráneo 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

«Me fastidia que vayamos por la vida ciegos y aceptemos

que los huevos revueltos son básicamente para las mañanas».

Bajo la misma estrella, John Green

—¡Te invito a comer! —propuso Nieves en cuanto salieron del atelier .

—¿A comer? —preguntó Alicia sorprendida.

—Sí, voy a llevarte a un restaurante que le gusta mucho a tu hermana; yo no he podido probarlo todavía. Hablaremos de cosas de chicas y nos pondremos al día, que contigo hay que pillar la ocasión al vuelo.

—Por mí, perfecto. Mi madre me comentó que tenía muchas cosas que hacer, así que no la veré hasta la noche, y mi padre no llegará del trabajo hasta la hora de cenar. Aunque te aburrirás enseguida conmigo, no soy nada interesante.

—Me pregunto de dónde habrán salido estas dos hermanas tan enamoradas de su curro —señaló Nieves con un matiz sarcástico.

—No te metas con los Rodríguez —se rio—, que puede ser perjudicial para tu salud.

El local al que iban no quedaba muy lejos, así que se acercaron caminando y charlando animadamente.

El restaurante resultó ser moderno y funcional, con un toque cinéfilo. Había toda una pared empapelada con carteles de películas antiguas formando un collage . Por aquí podías ver la cara de Bette Davis, por allí a Humphrey Bogart con su gabardina y su eterno cigarrillo entre los dedos…

—Por lo visto, este espacio fue un cine hasta hace unos treinta años, y han rescatado los carteles para darle un toque retro a la decoración; la verdad es que les ha quedado divino. Ya entiendo que a Sara le guste tanto —expuso Nieves mientras examinaba el local, encantada.

El maître las acompañó hasta una mesa justo debajo de una foto del coche rojo con llamaradas blancas de la película Grease .

—Espero que no se le ocurra venir hoy. No sé qué excusa le pondríamos por estar aquí tú y yo juntas, sin que ella lo sepa.

—¡Pues eso lo podías haber pensado antes, maja!

—¡Ya lo sé! Pero acabo de darme cuenta ahora. Me apetecía tanto comer aquí que no he pensado en nada más.

—Bueno, a lo hecho… Si viene, ya veremos qué inventamos.

—¿Te vas a quedar en Salamanca hasta el lunes? Podríamos reunirnos el domingo y hacer algo juntas las tres, aunque tu madre haya planeado una comida en su casa mañana; así aprovechamos todo el fin de semana.

—¡Qué va! Me voy mañana por la noche. El domingo por la mañana quiero levantarme pronto, tengo un montón de informes por leer…

—¿Y no te planteas volver a vivir en Salamanca?

—De momento, mi trabajo está allí, así que no.

—Tu trabajo —afirmó rotunda—. ¿Y qué hay de tu vida? Alicia se rio.

—¿Qué es eso?

—En serio, lo que tú haces no puede ser bueno para la salud.

Vives para trabajar, y no está bien, ¡hay que trabajar para vivir!

—Eso ya lo hace mucha gente. A mí me apasiona mi trabajo, tanto que no me importa no tener tiempo para nada más.

—No puedo creer que hables en serio. ¿Qué hay de los chicos?

Alicia rio sin alegría.

—Cuando terminé la carrera, decidí que los hombres eran algo secundario, y no he cambiado de opinión.

—Las carreras, querrás decir.

—Bueno, mucha gente estudia al mismo tiempo Ciencias Empresariales y Derecho.

—Pero no todos terminan ambas en cinco años.

—Muchos más de los que pudieras pensar; la competencia es feroz.

—Bueno, no nos metamos en competencias; sigue con lo de los chicos, me gusta más. ¿O quizás chicas?

—No, me gustan los chicos. Lo sé desde que tenía quince años. — Al pensarlo, Pablo acudió a su mente en un flash . «Tengo que llamarlo, joder; lo había olvidado», se recordó. No le apetecía nada.

—¿Cómo llegaste a esa conclusión? Yo nunca me lo había planteado y, mira, estoy loca por tu hermana. Tanto que voy a casarme con ella en contra de la opinión de toda mi familia. —Los ojos se le empañaron de pena.

—La primera vez que oí a mis padres hablar de que Sara era lesbiana, aparte de que no debería haber estado escuchando (tenía diez años), pensé que era la mejor idea del mundo. A esa edad no sentía ningún apego por los chicos.

Nieves lanzó una carcajada.

—¿Qué te hizo cambiar de opinión con respecto a ellos, entonces?

—¿Qué va a ser? Me enamoré locamente de uno.

—¡Llegamos a lo emocionante! —Nieves se frotó las manos.

—¡Qué va! No hay nada emocionante que contar.

—¿Cómo que no? Siempre hay algo interesante cuando se habla de amor —dijo, levantando repetidamente las cejas, imitando a Groucho Marx.

—Me pasó lo que a la mayoría: me enamoré. Cada vez que miraba en mi dirección, me temblaban las piernas, no podía dormir, comía fatal y… ya está.

—¿Ya está? ¿Qué significa «ya está»?

—Significa que ya está, ¡nunca pasó de ahí! —«Mi hermana juró que se la cortaría si se acercaba a mí y él no me miró nunca más». Pero eso no se lo iba a decir a su cuñada.

—¿Y en la universidad?

—Me dediqué a estudiar.

—Pero si en esa etapa es cuando más se piensa en el amor y en el sexo.

—Creo que el sexo está sobrevalorado. Es una necesidad fisiológica más. La cubres, y punto —dijo con seriedad, como si estuviera sentando cátedra.

—¿No me estarás diciendo que no lo has hecho nunca?

—No, no —se rio—. Claro que lo he hecho; las ganas de experimentar y la curiosidad están ahí.

Lo que intento decirte es que muy pronto me di cuenta de que yo solita conseguía la misma satisfacción o incluso más que la que me proporcionaba cualquier hombre; desde entonces, me he limitado a no seguir buscando.

Cuando lo necesito, me doy el gusto, y así no dependo de nadie.

Nieves la miró horrorizada.

—Espero que todo eso lo digas solo para escandalizarme o tomarme el pelo.

—No, hablo completamente en serio. Además, no me sobra el tiempo; como ya te he dicho, tengo mucho trabajo.

—Vale, esta noche nos vamos de fiesta. Sara y Pablo piensan salir de caza, así que nosotras también iremos.

—¿Cómo os las arregláis mi hermana y tú?

—¿A qué te refieres?

—A que, con lo mandonas que sois las dos, me parece inconcebible que no os hayáis tirado los trastos a la cabeza.

—Sí que nos peleamos, pero las reconciliaciones son lo mejor. —La miró fijamente—. No me puedo creer que pienses realmente lo que has dicho sobre las relaciones sexuales. ¿Sara lo sabe?

—¡Espero que no! Y también espero que tú contribuyas a que siga sin saberlo. Todavía no me explico cómo te lo he contado a ti.

—Será porque nos hemos pimplado una botella de vino sin comer más que unas aceitunas; muy ricas, por cierto.

—¡No me lo puedo creer!

—Y pienso pedir otra.

—Ni se te ocurra.

—¿Ahora que se te ha soltado la lengua? —Levantó la mano para llamar la atención del camarero.

Alicia la miró de hito en hito. No quería hablar demasiado, pero quería saber más.

Nieves acababa de decir que Sara y Pablo pensaban salir de caza.

¿Qué era lo que su hermana le había dicho a él aquel día en el pasillo?

«Deja la caza para la noche». La curiosidad y el vino pudieron más de lo que dictaba la razón.

—¿Qué significa lo de la caza? —preguntó Alicia después de que el camarero hubiese colocado ante cada una de ellas un plato de rape en salsa verde que tenía una pinta deliciosa.

—Bueno, es su manera de decir que salen a ligar.

—¿A ligar?

—Sí, aunque yo los he visto en acción y la verdad es que lo que hacen es algo más agresivo que ligar.

—¿Y no te molesta?

—No, en absoluto. Desde que nos conocimos, tu hermana sale a cazar, como les gusta decir a ellos, pero siempre vuelve a casa con la misma presa —apuntó con los ojos brillantes de excitación.

Alicia, incómoda, se dijo que lo mejor sería parar de beber. No le apetecía conocer más intimidades sobre su hermana y Nieves.

—Y tú, ¿por qué te prestas a ese juego?

—Porque es divertido y excitante —respondió Nieves con una sonrisa traviesa.

—No me gustaría que alguien me entrara en un bar en plan buitre, la verdad. —Pensó en la mirada ávida que Pablo le había dedicado; aunque aquel día quedaba tan lejano, no la había olvidado. «Joder, ¿por qué hoy no puedo dejar de pensar en él?».

Nieves resopló.

—Te aseguro que tu hermana se parece más a una leona que a un buitre, y Pablo… él es la elegancia personificada. No creo que sus presas se sientan intimidadas, para nada.

—Pues a mí no me pareció para nada elegante —bufó.

—¿Intentó cazarte a ti? ¿Y lograste resistirte? Todas caen rendidas a sus pies —preguntó sorprendida.

—¿Tú te das cuenta de que todo lo que dices suena denigrante? —

Alicia empezaba a picarse.

—Pues no lo es, hay que tomarlo como un juego.

—A mí no me lo parece, y creo que, si no conocen las reglas todos los participantes, más que de un juego se trata de una humillación.

—¿Qué pasó?

—¿Cuándo? —Alicia se sobresaltó. ¿Acaso había hablado de más?

—Cuando lo intentó contigo.

¡Mierda!

—Nada. Mi hermana le juró que se la cortaría si se acercaba otra vez a mí. —Intentó sonar lo más desapasionada posible. «¡Mira por dónde, al final sí que se lo he contado! Maldito vino».

—¡Era el chico del que estabas enamorada! —gritó Nieves.

Definitivamente, estaban borrachas.

—Dilo un poco más alto, creo que en el local de aquí al lado no te han oído —susurró.

—¡Uy! ¡Uy! ¡Uy! ¡Ahora sí que tengo ganas de que salgamos esta noche! ¡Madre mía, lo que se me acaba de ocurrir! ¡Las cazadoras seremos nosotras! —Arrastraba un poco las palabras, pero se notaba que lo estaba pasando teta solo de imaginarlo.

—Podría ser buena idea. —Era el vino el que hablaba por su boca; si no fuera por eso, jamás se le hubiese ocurrido tal estupidez.

—¡Te diré lo que haremos!

Nieves empezó a contar lo que se le acababa de ocurrir. Cualquiera de los amigos de Alicia, que no eran demasiados, habría jurado que ella no se prestaría a tales maquinaciones, pero a medida que su cuñada desgranaba el plan, su entusiasmo iba en aumento.