Capítulo 2
«El recuerdo es como un ladrón que, escondido entre las matas,
espera el paso del caminante indefenso para sorprenderlo».
No digas que fue un sueño, Terenci Moix
Alicia llegó a Salamanca a media mañana; había quedado con su cuñada, Nieves, aunque a escondidas de su hermana mayor, Sara.
La primogénita de la familia había sido una cabra loca, siempre de flor en flor, hasta el día en que conoció a Nieves y se enamoró de ella como una colegiala: Sara, la que siempre se había reído de los enamoradizos; Sara, la que con un ademán restaba importancia a cualquier mal de amores de su hermanita, iba a casarse.
Nieves quería comprarse un vestido de novia que la hiciera parecer imponente, como si no lo fuera ya vistiendo unos simples vaqueros y una camiseta cualquiera.
Era alta y delgada; el pelo, de color rojizo, le llegaba hasta los hombros.
Aun así, lo que más destacaba en su rostro eran las pestañas, largas y rizadas, que le daban aspecto de muñeca de porcelana, aunque ahí acababa el parecido: Nieves no era frágil, más bien lo contrario.
Era una mujer muy segura de sí misma y con una personalidad firme, que no se amedrentaba ante nada ni nadie.
Sara también era muy guapa, aunque no podía ser más distinta a Nieves.
Era rubia y tenía el pelo rizado; como solía llevarlo suelto, hacía tiempo que le habían puesto el sobrenombre de la Leona .
No era tan alta como su novia, pero era más esbelta.
Los pechos generosos eran el único rasgo que tenían en común; eso y la fuerte personalidad.
Alicia se preguntaba a menudo cómo se las apañaban para convivir dos personas cuyos caracteres chocaban continuamente.
Suponía que ahí residía la magia del amor.
Más allá de eso, formaban la pareja perfecta. Además, se adoraban. ¿Qué más se podía pedir?
Alicia se sentía feliz por ellas; era de las que pensaban que el amor era para siempre, y que eso de tener una pareja diferente cada noche pasaba solo en las películas, y no en la vida real.
Lo único que empañaba la felicidad de la pareja era que la familia de Nieves no aceptaba su relación con otra mujer; eran extremadamente conservadores y la homosexualidad les parecía un acto monstruoso.
Como Nieves no quería que Sara se preocupara, disimulaba lo mejor que podía el malestar que le causaba; no obstante, no siempre lo lograba.
Así como la hermana de Alicia se había declarado lesbiana desde los quince años, o incluso antes, Nieves no se había planteado su homosexualidad hasta que conoció a Sara.
Siempre decía que ella no se sentía diferente al resto de chicas, que incluso había tenido novios, pero que cuando se encontró con Sara, su personalidad arrolladora, su manera de mirarla y su amor desbordante y feroz habían logrado enamorarla.
Hallar todo eso en un cuerpo de mujer y no en uno de hombre era un simple dato al que no se podía dar la menor importancia.
Sin duda, no había heredado la cerrazón mental de sus padres y de sus hermanos.
En cuanto a la familia de Sara, Alicia no tendría más que diez años cuando oyó por primera vez la palabra «lesbiana» de boca de sus padres, que no parecían tristes o enfadados, sino alucinados, como si los hubiera visitado un extraterrestre en su propio patio.
Ella, por no alborotar más el gallinero, intentó averiguar el significado de la dichosa palabrita por sus propios medios, y cuando lo consiguió, no le pareció para nada extraño.
¡Qué buena idea! No tener que liarse jamás con un chico le parecía fantástico, con lo asquerosos e insoportables que le resultaban todos.
Al ir creciendo, se dio cuenta de que la idea solo podía ser perfecta para su hermana, quien, a pesar de no sentirse atraída por los chicos, siempre iba acompañada por uno. El que a Alicia le parecía el más guapo, adorable y perfecto de todos los que podía haber sobre la faz de la Tierra.
No. Alicia había corroborado con quince años que a ella le gustaban los chicos, bueno, un chico en concreto: Pablo, el mejor amigo de su hermana, que por aquel entonces tenía veinte y era bastante tímido y sensible; además, siempre tenía una palabra amable para ella, lo que la empujaba a revolotear en torno a ellos buscando su compañía.
Recordaba con nitidez el día que se había enamorado de él.
Pablo y su hermana habían llegado de la universidad y se habían atrincherado en la habitación de Sara para estudiar; al pasar por su lado, él la había mirado, no como otras veces, sino con una intensidad que la hizo enrojecer hasta la raíz del pelo. Y le había dicho:
—Alicia, cada día estás más mayor y más guapa. Cualquier noche de estas me tendré que poner a espantar moscones para que puedas circular por la calle.
A lo que su hermana había respondido:
—Joder, Pablito, ¡mira que puedes llegar a ser cursi!
Alicia se había enfadado muchísimo con Sara por hablar de esa manera, pero él no pareció ofenderse ni un poquito. Le dedicó una de sus sonrisas torcidas y siguió sin inmutarse hacia la habitación.
Desde aquel momento, Alicia lo había adorado.
No podía dormir, no podía comer, respiraba solamente para él y esperaba cada una de sus visitas como agua de mayo.
Se obsesionó como solo puede hacerlo una quinceañera.
Pero nunca se lo dijo. Ella sabía que debía esperar a que Pablo dejara de considerarla una hermana pequeña.
Cuando fuera mayor, ya tendría su oportunidad.
Sin embargo, la oportunidad nunca llegó: Pablo y Sara se marcharon a Granada para cursar tercero, y Alicia casi se muere.
Al disgusto de no tener cerca a su hermana, se sumaba otro, quizás mayor: saber que no iba a verlo a él hasta navidades.
Lloró por los rincones y no obtenía consuelo por mucho que sus padres, que ya no sabían qué hacer con ella, se esforzaran por alegrarla.
Durante las vacaciones de Navidad, apenas lo vio; de hecho, tampoco vio a su hermana. Pablo y Sara pasaron la mayor parte de los días con sus compañeros de la facultad de Salamanca, o haciendo vete tú a saber qué.
La separación no fue tan dura esa vez, pero, al mismo tiempo, la dejó deshecha, porque en su ausencia ella se había imaginado unas navidades diferentes, más románticas, y Pablo ni se fijó en que estuviera allí.
Lo peor fue cuando volvieron en abril para las vacaciones de Semana Santa. El chico que llegó con su hermana poco o nada tenía que ver con su adorado Pablo. Se había convertido en un fanfarrón que la miraba como si fuera un pastel apetitoso, como si quisiera comérsela con los ojos.
Un día, se había hecho el encontradizo con ella por el pasillo y, pegándola a la pared, llevó una mano junto a su cabeza.
Se había ido aproximando cada vez más a la pobre Alicia hasta que sus narices prácticamente se tocaron.
En sus ojos despuntaba una mirada de depredador que no le había gustado nada.
Se le llenaron los párpados de lágrimas; no era para nada lo que había imaginado que podría compartir con él algún día.
—No llores, gatita, no te voy a comer —había dicho él con un ronroneo.
—¡Quieto, león! —Sara se había dado cuenta de que algo pasaba y había salido de su habitación—. Deja la caza para la noche.
Pablo se había despegado de Alicia con un movimiento perezoso, sin dejar de mirarla de aquella manera horrible, y había desaparecido en el cuarto de Sara.
Después, su hermana la había abrazado y le había susurrado al oído:
—Pablo está algo cambiado, no te acerques mucho a él de momento, ¿vale?
La había besado, cosa que nunca solía hacer, y se había metido en la habitación con él. Alicia había escuchado cómo Sara le gritaba a Pablo; oyó cómo le exigía mantener la distancia con su hermana pequeña si no quería quedarse sin amiga.
—¡Es que tú o no llegas o te pasas! ¿De qué vas? ¡Atacar a mi hermana en el pasillo!
—Lo siento, es que está muy guapa.
—¡Que ni la mires! Si veo que miras en su dirección siquiera, te la corto, ¡te lo juro!
Después habían bajado el tono de voz y ya no entendió nada más.
Alicia creía conocer a Pablo: al fin y al cabo, ella no tenía más que siete años cuando él había empezado a ir por su casa; además de eso, estaban todas las noches que había soñado con él.
Sin embargo, el chico con quien se había encontrado en el pasillo no era el Pablo que ella recordaba y al que tanto había añorado.
Desde aquel momento, se había alejado cuanto pudo de él; si ellos estaban en casa, ella procuraba no salir de su habitación.
No es que le diese miedo encontrárselo a solas de nuevo (¡buena era su hermana para cumplir promesas!), pero no le gustaba el nuevo Pablo, y prefería conservarlo en su cabeza como había sido, y no como era entonces.
Poco después, ella misma había empezado a la universidad y había conocido a mucha gente; entre ella, muchos chicos que la hicieron, si no olvidar, como mínimo no idolatrar a Pablo. Este había acabado convirtiéndose en una nota tenue, pero persistente, en el fondo de su mente.
Incluso antes de acabar la carrera, ya había recibido varias ofertas de trabajo fuera de Salamanca.
No lo pensó; las ideas románticas ya no formaban parte de su vida.
Tenía claro lo que quería y lo que no. Quería llegar alto, quería ser gerente de una empresa de prestigio, y para eso debía desprenderse de todo lo que la atara a una vida femenina tradicional.
Se deshizo de todo lo que ella pensaba que le podría suponer un lastre, y en esa limpieza eliminó también a Pablo de su cabeza.
Hacía mucho tiempo que no se acordaba de él.
No le parecía raro hacerlo en ese momento, puesto que siempre que regresaba a Salamanca se ponía melancólica.
Por eso iba tan poco. No era que no quisiera a sus padres o a su hermana; de hecho, los extrañaba muchísimo, pero adormecía ese sentimiento trabajando.
El trabajo ocupaba toda su mente y no dejaba espacio para recuerdos ni añoranzas.
Mientras todos esos pensamientos daban vueltas en su cabeza, vio aparecer a Nieves. Caminaba deprisa a causa del frío; a pesar de que se encontraban a finales de marzo, el airecillo era helado. Se le dibujó en la cara una sonrisa genuina al localizar a Alicia.
—Hola, cariño, ¿te has cansado de esperar? Me temo que la puntualidad no es mi fuerte —le dijo al tiempo que le daba dos besos.
—¡Qué va! Apenas hace diez minutos que estoy aquí.
—¡Te agradezco tanto que me acompañes a ver vestidos!
—Se la veía emocionada, pero se podía intuir una ligera tristeza en el fondo de sus ojos—.
No tengo ni idea de qué querrá ponerse tu hermana para el evento, pero yo quiero estar espectacular, quiero que se desmaye al verme.
—La tristeza se esfumó de repente y en sus ojos bailaba una sonrisa pícara que despertó en Alicia una sensación muy similar a la envidia.
—Pues tenemos dos objetivos: el primero, buscar vestidos espectaculares, y, mientras tú te los pruebas, yo intentaré averiguar qué piensa comprarse la loca de Sara.
Nieves le contó que había estado mirando algunos.
Le dijo que los que más le llamaban la atención los vendían en una tienda pequeña, nada que ver con las tan conocidas boutiques de vestidos de novia.
Estaba situada en una callecita estrecha, cerca del centro.
Para acceder a ella había que bajar varios escalones, y Alicia se preguntó cómo habría encontrado su cuñada aquel lugar.
Al entrar, quedó maravillada; había vestidos de todos los estilos, no solo para novia, sino también para las invitadas; algunos, más sencillos; otros, más extravagantes, pero todos preciosos.
Resultó que era una tienda de modelos únicos en la que la diseñadora, la dependienta y la modista eran la misma persona.
Esta sonrió ampliamente al ver a Nieves.
Nada más recibirlas, le explicó que, desde que había visitado la tienda la última vez, había estado meditando sobre el diseño que quería, y se le habían ocurrido varias opciones interesantes.
Sacó varios modelos que Nieves se probó diligentemente y que, a pesar de sentarle todos de maravilla, no la convencieron.
Alicia aprovechó para llamar a su madre:
—¡Que te digo que no tengo ni idea, hija!
Vete tú a saber qué querrá ponerse esa hermana tuya.
No creo que lo sepa ni ella, y si por casualidad lo supiera, la única persona del mundo que puede estar informada es Pablo.
—Ante la sola mención del nombre, algo se agitó en el interior de Alicia, aunque se negaba a rescatar lo que fuera aquello de entre las cenizas de sus pensamientos adolescentes—.
Llámalo, estoy segura de que él sabrá algo.
—¿Llamarlo? Pero, mamá, si no tengo su número y, además, no he hablado con él en más de diez años. ¿No sería mejor que lo llamaras tú y luego me lo cuentas?
—¡Ay! Alicia, tengo un montón de cosas que hacer. Si quieres que sea hoy, tendrás que llamarlo tú. Ahora te paso su teléfono por el whats —le dijo, y colgó.
Alicia suspiró mientras se volvía para contemplar a Nieves, que ya salía del probador con el último de los modelos elegidos. Su corazón se saltó un latido y la respiración se le quedó retenida en el pecho; no pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas.
Nieves lucía un vestido de estilo sirena que le sentaba como un guante. Tenía un escote de vértigo que se abría en V; era insinuante y muy sensual, pero al ser de guipur y encaje, irradiaba un aire romántico.
—¿Qué tal estoy? —preguntó, un tanto avergonzada.
—Vamos a tener mucha suerte si mi hermana es la única que se desmaya cuando te vea ―consiguió decir—. Estás guapísima, parece como si lo hubiesen cosido sobre ti.
—Sí, creo que a mí también me gusta. —Una gran sonrisa le iluminaba el rostro.
Se dio la vuelta para observarse en el espejo de cuerpo entero.
—Alicia, creo que me has traído suerte. Este es el vestido que imaginaba para casarme con Sara, y he dado con él a la primera porque tú estás conmigo.
—Pero si yo no he hecho nada —protestó—. Ni siquiera he sido capaz de averiguar qué piensa ponerse ella.
Permanecieron un buen rato decidiendo los complementos y zapatos que debía llevar la futura novia. A Alicia todos aquellos zancos de tacón imposible le parecían una locura, pero la verdad es que quedaban de miedo con el precioso vestido.