Maldito veintiuno de marzo (Colección Mediterráneo 2) Capítulo 1
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Maldito veintiuno de marzo (Colección Mediterráneo 2)

Maldito veintiuno de marzo (Colección Mediterráneo 2)

Por Maria Ferrer Payeras

© inepub.com

Capítulo 1

«La mujer, amigo mío,

es un ser que por más que lo estudies

te resulta siempre nuevo».

L. Tolstoi

El despertador sonó a las siete de la mañana y, como todos los días, Pablo lo apagó con la intención de dormir diez minutos más. De repente, su cerebro adormilado lo situó en el ahora. Estaba en su cama y era veintiuno de marzo.

Maldito veintiuno de marzo.

Se levantó sin esperar a que sonara la segunda alarma y se metió en la ducha, que ni lo calmó ni le mejoró el humor.

Sin siquiera tomar café, se dirigió al garaje, donde subió a su flamante coche nuevo. Era un Audi Q5. Algunos pensaban que era pretencioso; a él no le importaba lo que dijeran. Le encantaba, y había trabajado duro para conseguir no solo un vehículo, sino todo lo que había en su vida.

Poco después de acabar la carrera, había montado una empresa con su mejor amiga.

Eran informáticos recién graduados, estaban entusiasmados y trabajaban mucho y muy bien, así que al poco tiempo obtuvieron una importante cartera de clientes que se había incrementado considerablemente en los últimos diez años.

En esos momentos, su empresa era una de las más destacadas de Salamanca, con más de veinte empleados y con unos ingresos anuales que le permitían un nivel de vida holgado.

De camino al trabajo, recogió a Sara, como venía haciendo desde que se había sacado el carnet de conducir quince años atrás, con los dieciocho recién cumplidos y muchas ganas de olvidar el transporte público.

—Menuda cara traes, chaval —le dijo ella al entrar en el coche—.

Ni que hoy fuera veintiuno de marzo.

Pablo la miró fijamente y elevó el labio superior, enseñándole los dientes.

Sara rompió a reír.

—Vamos, hombre. ¿Cuántos años han pasado desde que te rompieron el corazón? ¿A cuántas tías se lo has roto tú en este tiempo? A cien, o quizás más, y esas son solo la mitad; el resto disfrutó el momento como hiciste tú, sin enamorarse, sin…

—Déjalo, Sara, por favor, y no me toques las narices. Odio el veintiuno de marzo, y eso no va a cambiar. Solo quiero que hoy el tiempo pase lo más rápido posible, irme a dormir y que mañana sea otro día.

—¿Y no te apetece que vayamos de caza? —preguntó ella con un atisbo de burla.

—¿De caza? No sé qué diría tu futura esposa de que fuéramos de caza…

—Nieves lo sabe; se lo he avisado justo antes de salir de casa, así que supongo que se pondrá el disfraz de presa. —Su voz estaba cargada de expectación y excitación.

—Vosotras y vuestros jueguecitos —comentó Pablo sonriendo—. De acuerdo entonces, noche de caza.

Hicieron el resto del trayecto sin hablar; mientras, Pablo se dedicó a recordar cómo había conocido a Sara veinte años antes.

Se habían hecho amigos en primero de ESO.

Cuando ella llegó al colegio, a mediados de curso, él ya llevaba once años en Nuestra Señora de los Ángeles.

Había empezado allí educación infantil, y sus padres pensaban mantenerlo en ese centro de tortura hasta segundo de bachillerato.

Y claro, eso tenía ventajas y desventajas, como todo en la vida.

Pablo, después de tanto tiempo en el mismo colegio, ya había aprendido que no encajaba con sus compañeros, y todavía les quedaban seis años más de soportarse mutuamente.

Para su desgracia, él era un empollón friqui, algo no muy bien visto entre los otros chicos.

Era pésimo para los deportes; siempre lo escogían el último a la hora de formar equipos, y eso si estaban en clase de Educación Física y no les quedaba más remedio, porque en el patio ni lo escogían (considerando que nunca había sido delgado, tampoco era raro).

Para rematar, lloraba por todo: ¿que le daban un pelotazo jugando a balón prisionero?

, a llorar; ¿que sacaba una nota baja?, a llorar; ¿que alguien le levantaba un poco la voz?

, a llorar. «Es un chico sensible», lo justificaba su madre.

Total, era un lumpen, un marginado social.

Así que, en primero de ESO, después de las vacaciones de Navidad, cuando llegó una alumna nueva que se llamaba Sara y a la que la señorita Martínez ―tras presentarla al resto de la clase— mandó sentarse al lado de Pablo, este no tenía ni idea de cómo ella cambiaría su vida para siempre.

Era alta, guapa y ya se la veía segura de sí misma con solo doce años. Lo miró desde su altura, sin sonreír, y él le devolvió la mirada sin abrir la boca.

Las dos primeras clases pasaron así, sin hablar. Cuando volvieron del patio, lo miró de nuevo.

—Y a ti, ¿qué te pasa?

—¿A m… m… mí? —tartamudeó el pobre.

—Sí, a ti. ¿Por qué te quedas todo el recreo solo en aquel rincón?

—Es mi rin… rin… rincón —volvió a tartamudear.

—¿Cómo que tu rincón? Parecías un topo, allí escondido, con la cabeza metida en el libro y sin jugar a fútbol, a baloncesto, ¡qué sé yo!

—dijo seca, pero no sin cierta amabilidad.

—Es el sitio donde existen menos posibilidades de que me den un balonazo y me eche a llorar —explicó, un poco más seguro e intentando imprimir cierta dignidad a su voz.

—Ya veo: eres nuevo, como yo.

—No, llevo en el cole desde los tres años; precisamente porque me conoce todo el mundo estoy solo.

—¡Vaya chorrada!

—¡Que sí! Que son todos unos bordes y unos inmaduros. No les gusto porque soy más listo que ellos y…

—Inma… ¿qué?

—Inmaduros. Significa que todavía no han alcanzado el nivel de madurez…

—¡Déjalo! A partir de ahora saldrás al patio conmigo, no quiero verte caminar pegado a la pared.

¿Crees que no me he dado cuenta?—añadió cuando Pablo alzó las cejas, estupefacto—.

Y se acabó el comportarse como si fueras Manolito Gafotas, que mi madre se reirá mogollón cuando lo lee, pero a mí me da mucha pena.

Después de aquella conversación, se volvieron inseparables; a donde iba uno, iba el otro. Estudiaban juntos, iban y venían del colegio juntos; resultó que eran prácticamente vecinos, y les encantaba recorrer el camino a pie y sin prisa.

Era un grupo de dos, nunca dejaban entrar a nadie más, y eso a pesar de que en el colegio empezaron a cambiar las cosas: la chica nueva despertaba curiosidad y, por asociación, empezaron a tratarlo mejor a él.

No obstante, aunque ya no era el chico aislado de antes, no intimó con nadie, y Sara tampoco parecía interesada en estrechar lazos con más gente para que el grupo creciera.

A Pablo le encantaba su nuevo estatus, pero, sobre todo, le gustaba poder hablar con alguien sin que nunca se les acabaran los temas de conversación.

Todo eso hizo que ganara confianza en sí mismo y que su actitud hacia la vida cambiara.

Pero tampoco se convirtió en otra persona: seguía siendo tímido y reservado.

Un día, unos dos años más tarde, Pablo empezó a observar a Sara con cara de perro faldero. Ella, entonces, le habló de aquella manera franca que guardaba para él.

—Mira que has mejorado en muchas cosas, pero sigues enamorándote de cualquiera.

—¿Y ahora qué te pasa? —preguntó él, acostumbrado a sus modos tajantes.

—¿Qué me pasa? ¡Será posible, el tío! Pues me pasa que me estás mirando como si tú fueras un náufrago y yo, un bidón de agua cristalina. ¿Qué digo un bidón? Más bien me miras como si fuera un estanque de cien litros. —Prácticamente lo riñó.

Él comenzó a tartamudear, como todavía hacía cuando estaba nervioso.

—Es q… q… que creo que pasamos tanto tiempo juntos… y yo nunca había tenido una amiga. No sé si te quiero porque somos amigos o porque me gustas y me estoy enamorando.

—Para el caso, tampoco habías tenido amigos antes, y no veo que te estés enamorando de Juan ni de Tomás.

—¡Ya! Pero es que ellos son chicos.

—Sí, lo son, y tú sabes que las personas pueden enamorarse de gente de su mismo sexo, ¿verdad?

—Puedo ser un friqui, pero no soy gilipollas, ¿sabes? —le contestó, enfadado, ante el tono maternal que ella había usado.

—Ya sé que no eres gilipollas, eres mi mejor amigo; yo no podría ser amiga de un gilipollas. Como tampoco podría enamorarme de un chico —le contestó, bajando el volumen de su voz.

—¿Quieres decir…? —volvió a tartamudear Pablo.

—Quiero decir que soy lesbiana y que soy tu mejor y única amiga; que eres la persona que mejor me cae del mundo y con la que prefiero estar, pero que no puedes enamorarte de mí.

—Todo eso lo dijo de corrido, casi sin respirar; no a la manera habitual, sino con algo parecido a la dulzura de la que tan pocas veces hacía gala.

Él, que al principio se quedó totalmente descolocado, también supo reaccionar rápido. Sara tenía razón, era su mejor amiga, su única amiga, y la quería, ¡claro que la quería! De un plumazo, sus dudas desaparecieron. Su amor por ella era incondicional. Y fraternal.

—Pues sí que estoy apañado —comentó él, y esbozó esa sonrisa torcida que lo caracterizaría y que volvería locas a las mujeres en cuanto terminara de hacerse adulto—. Con lo buena que estás, ahora sí que no voy a comerme ni un colín.

Se abrazaron entre risas y afianzaron así una amistad que duraría para siempre.

Al empezar la universidad, si él había sido un niño obeso, ya no se notaba.

Fue adelgazando y dejando atrás los michelines a medida que crecía hasta rebasar el metro ochenta.

Ella se convirtió en la mujer escultural que ya se había intuido cuando tenía trece o catorce años; todos se giraban al verla pasar, lo mismo los chicos que las chicas.

Pero si Pablo era un enamoradizo que todavía no se valoraba suficientemente a sí mismo, Sara tenía claro que no quería pasar más de una semana con nadie. No quería oír hablar de amor ni, por supuesto, de compromisos.

Eligieron la misma carrera, porque les gustaban las mismas cosas y porque no pensaban separarse por algo tan nimio como unos estudios universitarios.

Si se decidieron por Tecnología y Ciencias de la Computación ―Informática de toda la vida, vamos— fue porque Pablo insistió en que sería la mejor opción en un mundo que avanzaba a tal velocidad que cada día dejaba obsoletos los descubrimientos del anterior, y porque Sara, en materia de estudios, seguía a pies juntillas todo lo que decía él.

La primavera del segundo curso, y habiendo obtenido ambos unas notas muy buenas, les surgió la posibilidad de cursar tercero en otra universidad del país, la que ellos quisieran.

Ahí el peso de la decisión recayó en Sara, que se volcó en la elección no solamente de una facultad que tuviera un cierto prestigio, sino que se hallara en «una ciudad donde pudieran librarse un poco de la vigilancia familiar, emborracharse y hartarse de salir de caza», según sus palabras textuales.

Salir de caza era como habían bautizado a sus planes de los fines de semana, en los que normalmente Sara bailaba, se desmadraba y se iba con alguna chica, mientras Pablo bebía, observaba a las que le gustaban y no se atrevía a entrarle a ninguna.

Así, en septiembre de 2002, se mudaron juntos a un piso en Granada para empezar tercero de Informática en la UGR.

Luego, el veintiuno de marzo de 2003, el corazón de Pablo se rompió en mil pedazos y, poco después, dejó de ser el chico sensible y enamoradizo que había sido hasta ese momento para convertirse en un depredador que no dejaba de cobrarse cualquier presa que se le pusiera a tiro, con la que no permanecía más de una noche; la mayoría de las veces, ni siquiera se quedaba con ellas hasta que salía el sol.