Epílogo
«—Volvamos a casa —dice, y la palabra hace que
mi corazón lata con fuerza. Casa. Mi casa también es su casa».
Un beso en París, Stephanie Perkins
El día veintiuno de marzo, aquel año, empezó como cualquier otro día.
Pablo no se despertó de mal humor, porque lo había hecho abrazado a Alicia, como todos los días desde el doce de septiembre.
La boda había sido sonada; les habían robado todo el protagonismo a las novias, pero ninguna de las dos se había quejado por ello. Pablo sospechaba que Sara incluso se había sentido aliviada, porque no solía gustarle demasiado ser el centro de atención.
Cuando la gente se había dado cuenta de que Pablo había conseguido que Alicia lo perdonara, los felicitaron, incluso algunos se atrevieron a preguntar la fecha de la próxima boda.
Se habían escabullido en cuanto consideraron que podían hacerlo sin ser demasiado maleducados, pero, aun así, a Pablo le pareció que habían transcurrido siglos desde que se había separado bruscamente de Alicia cuando Carmen fue a buscarlos.
Si le había costado controlarse cuando había visto a Alicia con el vestidito de marras, casi le da un pasmo cuando la vio sin él.
—¡Ya te había advertido! —le había susurrado ella, insinuante.
Tenía tantas ganas de ella, tantas ganas de demostrarle con su cuerpo cuánto la amaba, que a duras penas había podido contenerse.
Alicia, que lo deseaba tanto como él a ella, al notar el bulto de su miembro en el pantalón, no le había dado margen para que se desvistiera: su primer encuentro de aquella noche había sido rápido, casi violento y cargado de anhelo. No así los siguientes, tiernos y llenos de amor.
El día siguiente lo habían pasado también en la habitación, dormitando a ratos, los menos, y amándose hasta caer exhaustos.
Las pullas que les habían lanzado todos cuando se reunieron para comer dos días más tarde apenas los habían dejado disfrutar de la comida, pero no por eso habían empezado a mostrarse más discretos.
Alicia había pedido varios días de vacaciones, por lo que se trasladaron al piso de Pablo.
Él había preparado la maleta, pues pensaba marcharse con ella a Madrid cuando se fuera.
—He pensado que quizás no necesitarás tantas cosas en Madrid si venimos a pasar los fines de semana a Salamanca.
Pablo se había quedado inmóvil, con una camisa que estaba a punto de meter en la bolsa suspendida en el aire.
—¿Lo dices en serio? Si tú apenas vienes, no has venido en los últimos…
—Bueno —ella le había quitado la camisa de las manos y lo había rodeado por la cintura—, eso era porque no tenía una razón de peso, pero en cambio, ahora…
Había dejado la frase inacabada para besarlo; fue la tercera vez que lo interrumpió. A ese paso nunca habría terminado de preparar la maleta; «tampoco es que me importe mucho», había pensado Pablo, levantándole las piernas y poniéndolas alrededor de su cintura.
—Espera —había dicho ella con el aliento entrecortado—. He pensado algo más, pero no sé si lograré decírtelo.
—Habla ahora o calla para siempre. —Él le había rozado la boca con los labios.
—He pensado que quizás podrías hablarlo con mi hermana y abrir una sucursal de la empresa en Madrid.
—¿Qué pasa?, ¿no quieres que te espere en casa todos los días?
—¿Con solo un delantal puesto, por ejemplo? —La voz de Alicia se había tornado ronca.
A Pablo le brotó una risa desde el fondo del pecho que la había estremecido.
—Por ejemplo.
—Bueno, de hecho, me encantaría, pero pienso que tú llegarías a aburrirte, y me asusta mucho que, en un momento de tedio, decidas que no valgo tanto la pena.
Se le habían llenado los ojos de lágrimas, que él secó con besos suaves.
—Eso es imposible. Nunca podrás librarte de mí.
—Pero…
—Nada de peros. He decidido que me tomaré unos meses de descanso. Llevo trabajando sin apenas vacaciones casi diez años, y ahora lo único que quiero hacer es satisfacerte cada día —Había arqueado las cejas repetidamente con picardía.
Se habían instalado en el piso de Alicia en Madrid, y aunque la mayoría de fines de semana se desplazaban hasta Salamanca, otros se quedaban en la capital para disfrutar de su amor sin interrupciones.
No obstante, Alicia no había podido dejar de exponerle su plan a Sara.
A esta, la idea de abrir una oficina en Madrid le había parecido excelente, y entre las dos ejercieron tanta presión que al pobre hombre no le quedó más remedio que ceder.
La sucursal en Madrid había tenido éxito desde el primer día, porque la fama precedía a Pablo y mucha gente conocía la empresa.
Por eso, aquel día, cuando el teléfono sonó sobre las diez y media con el tono de llamada de Sara, se imaginó que querría algo relacionado con el trabajo.
—¡Acabo de romper aguas! —gritó ella al auricular, sin darle ni tiempo de decir hola.
—¿Estás segura?
—O ha sido eso, o se acaba de romper una pecera invisible en mis bragas —chilló Sara, cerca del histerismo.
—¡Vale! Tú respira, o haz lo que sea que la matrona te haya enseñado. Yo voy a buscar a tu hermana y salimos para allá.
—Si esto empieza a dolerme, no creo que pueda esperaros.
—¿Cómo que esperarnos?, ¿estás loca? Tienes que ir al hospital.
—Tengo miedo, Pablo, tengo mucho miedo.
—¿De qué vas a tener miedo? Si es lo más natural del mundo — terció él, que, no obstante, tenía el corazón acelerado—. ¿Has llamado a Nieves?
—¿A Nieves? Ostras, tengo que llamar a Nieves. —Y colgó sin despedirse.
Pablo, que temblaba de la cabeza a los pies, intentó serenarse. Parecía él quien iba a parir y no su cuñada. Pero es que si antes Sara había sido su mejor amiga, ahora tenían un vínculo todavía más estrecho. Si antes la consideraba una hermana, ahora era su hermana de verdad.
Iba a marcar el número de Alicia cuando volvió a sonar el teléfono. Era Sara de nuevo, y el corazón empezó a palpitarle más deprisa todavía. Pensaba que se le saldría por la boca si no la mantenía bien cerrada.
—Oye, Pablito —dijo ella, mucho más calmada que cinco minutos antes, aunque todavía con un tenue deje de histeria en la voz—. ¿Sabes qué día es hoy?
—El maldito veintiuno de marzo —dijeron los dos, gritando, a la vez.