Maldito hechizo Capítulo 32
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Capítulo 32

T é para despertar en brazos de quien se ama:

pétalos de rosa blanca, hojas de hierbabuena fresca y una pizca de vainilla en rama.

Tomar al amanecer cuando los cuerpos compartan la luz del sol y el corazón no guarde un solo secreto.

Tristan se despertó al día siguiente agradablemente dolorido y completamente envuelto en el cálido aroma y los brazos protectores de Hunter. La luz dorada de la mañana se filtraba a través de las cortinas del dormitorio principal.

La noche anterior no solo habían compartido un sexo de una intensidad apabullante y liberadora que llevaba años fraguándose en el silencio de sus corazones; también habían hablado largamente, entre pequeñas siestas reparadoras, caricias perezosas y atronadores orgasmos, sobre la firme decisión de darse por fin una oportunidad real como pareja.

A pesar de que tanto la pasión física como todo lo demás había sido sencillamente increíble, Tristan estaba mil veces más emocionado por el simple, maravilloso y cotidiano hecho de dormirse y despertarse a su lado que por cualquier otra cosa.

Sentir el calor constante del cuerpo de Hunter pegado a su espalda, su respiración contra su piel y la firmeza de su brazo rodeándole la cintura le provocaba una sensación de hogar tan rotunda que sentía que el pecho le iba a estallar de pura dicha. No podía borrar la sonrisa de sus labios.

—Buenos días —murmuró Hunter besando su nuca con ternura, rozando la piel sensible de la base de su cabello con sus labios aún tibios por el sueño.

Tristan se dio la vuelta despacio entre sus brazos, haciendo crujir ligeramente el colchón, y enterró la cara en el hueco de su cuello con un suspiro de satisfacción.

Olía bien, igual que él, recordó con una chispa de picardía cómo, antes de acostarse definitivamente a altas horas de la madrugada, ambos se habían dado una ducha juntos que se alargó más de la cuenta entre el vapor del agua caliente, caricias jabonosas y risas compartidas mientras intentaban no resbalar en el plato de ducha.

Le besó el cuello con suavidad y Hunter lo apretó a su cuerpo con una firmeza cariñosa, pegando sus caderas.

A pesar de todo lo que hicieron hacía tan solo unas horas y del cansancio acumulado en sus músculos, la extrema cercanía de Hunter lo mareaba por completo y lo ponía más duro de lo que ya estaba en cuestión de segundos.

El roce directo de la piel desnuda, el calor natural que emanaba de ambos bajo las mantas pesadas y la intimidad mágica de la mañana volvieron a encender, sin prisa, pero de forma inevitable, la chispa del deseo.

Se besaron. Al principio fue un beso perezoso y dulce, impregnado del sabor del despertar y la ternura matutina.

Pero a medida que el roce de sus lenguas se volvió más profundo y la presión de sus caderas comenzó a buscar un ritmo común, la situación se les fue de las manos y acabaron teniendo sexo de nuevo.

Esta vez el encuentro fue sustancialmente distinto al de la noche anterior: fue lento, calmado, pausado, extremadamente caliente, pero imbuido de una atmósfera profundamente romántica.

Hunter se colocó suavemente sobre Tristan con una devoción pausada, sosteniendo su peso sobre los codos y mirándolo fijamente a los ojos mientras con una mano acariciaba sus mejillas, contorneando sus pómulos con el pulgar.

No había prisa alguna por llegar al final; el tiempo pareció congelarse en la habitación.

Hunter estiró el brazo con naturalidad hacia la mesilla de noche para alcanzar el tubo de lubricante y no olvidaron el preservativo, que Hunter desempaquetó y colocó con soltura y destreza sobre su firme erección.

Con una delicadeza extrema y sin romper en ningún momento el contacto visual ni dejar de besar los tiernos labios de Tristan, Hunter penetró suavemente en su interior.

Cada milímetro ganado fue un viaje pausado y placentero.

El vaivén constante de sus caderas se acomodó al ritmo acompasado de sus respiraciones, buscando prolongar la entrega hasta el infinito.

Se movieron juntos como si sus cuerpos hubiesen sido diseñados por la misma naturaleza para encajar, deslizándose entre roces de piel sudorosa, caricias profundas en la espalda y susurros de afecto al oído.

En mitad del pausado movimiento, cuando la intensidad del placer comenzaba a nublarles los sentidos, Hunter se inclinó sobre el oído de Tristan, apartándole un mechón de pelo húmedo.

—Te quiero, Tris —susurró con una voz profunda, grave y temblorosa de emoción—. Te quiero tanto que asusta.

Tristan sintió que las lágrimas de felicidad acudían a sus ojos. Envolvió la espalda de Hunter con sus brazos, apretándolo contra su pecho con todas sus fuerzas.

—Y yo a ti. Te quiero con toda mi alma —respondió antes de capturar sus labios en un beso hambriento.

El ritmo de las estocadas se volvió más firme y envolvente, hasta que el clímax los alcanzó a ambos en una ola cálida, simultánea y reconfortante que dejó sus cuerpos temblando en perfecta sintonía sobre el colchón.

Terminaron abrazados en mitad de la cama, descansando hombro con hombro y recuperando el aliento bajo la luz cada vez más clara de la mañana, Tristan se armó de valor para abordar los pensamientos que llevaban rondándole la cabeza desde la noche anterior.

—¿Vendrás a la comida familiar? —empezó Tristan a hablar, con un tono dubitativo mientras jugaba distraídamente con los dedos de la mano izquierda de Hunter—. Me gustaría mucho que vinieras conmigo. Quiero invitarte formalmente como mi novio.

Hunter sonrió de par en par, una sonrisa amplia y encantada. Con una chispa de felicidad absoluta brillando en sus ojos, se inclinó sobre Tristan y lo besó con ternura en los labios.

—Me encantaría —respondió Hunter sin dudar un segundo—. Nada me haría más feliz que ir a esa comida cogido de tu mano.

Sin embargo, a pesar de la alegría del momento, Tristan sintió una leve punzada de inquietud en la conciencia.

Sabiendo que a partir de ese momento estaban construyendo una etapa basada en la sinceridad total y en la transparencia, no podía permitirse el lujo de quedarse con un antiguo secreto guardado en el pecho, por absurdo o lejano que pudiera parecer en esos instantes.

—Tengo algo que confesarte —dijo Tristan notablemente nervioso, tragando saliva con dificultad y desviando la mirada hacia barullo de las sábanas.

Hunter arqueó una ceja con curiosidad, acomodándose de lado sobre el codo para observarlo mejor.

—¿El qué, Tris? ¿Qué misterio es ese?

Armándose de valor, tomo aire y lo soltó de golpe:

—El día que viniste a la tienda para la entrevista del periódico te di una poción amorosa sin querer —habló tan rápido que casi se le trabó la lengua.

Hunter lo miró asombrado, parpadeando un par de veces en absoluto silencio, como si su mente de periodista de investigación estuviera intentando procesar y encajar la información en la realidad.

—¡Pero no te preocupes! —añadió Tristan a toda prisa, sentándose en la cama y agitando las manos en el aire para explicarse frenéticamente—.

Porque justo después, cuando me di cuenta del tremendo error que había cometido, te di el antídoto.

No te he obligado a quererme de forma artificial, te lo juro por mi vida.

Todo lo que sientes por mí es cien por cien tuyo, es real y no hay ningún hechizo de por medio.

Durante tres interminables segundos, Hunter se mantuvo en silencio, manteniendo la cara seria mientras procesaba las palabras de Tristan. Por fin, Hunter reaccionó riendo, soltó una carcajada sonora, limpia y desenfadada que retumbó por las cuatro paredes del dormitorio.

—Por supuesto que me obligaste a quererte —protestó Hunter poniéndose muy serio de repente, aunque con una chispa de diversión bailándole en los ojos—. Eres increíble, cariño. De verdad que no dejas de sorprenderme.

Hunter volvió a atraparlo entre sus brazos con un tirón cariñoso, haciéndolo caer de nuevo sobre la cama y sepultándolo bajo una lluvia interminable de besos en el rostro, mientras Tristan reía abiertamente con el corazón lleno de alivio, sabiendo que ya no quedaba una sola sombra entre ellos y que el futuro comenzaba exactamente en ese instante.