Maldito hechizo Capítulo 31
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Capítulo 31

T é para encender los sentidos en la penumbra:

hojas de damiana, flores de jazmín nocturno y una raja de canela dulce.

Tomar al cruzar el umbral cuando las palabras queden cortas y la piel exija descubrir la verdad de los cuerpos.

El trayecto en coche desde el restaurante hasta la casa de Hunter transcurrió envuelto en un silencio denso, cargado de una electricidad tangible que parecía hacer vibrar el aire dentro del vehículo.

El motor roncaba suavemente mientras las luces rojas de los faros traseros de los pocos vehículos que circulaban a esa hora por las calles de St. Ives iluminaban por instantes el interior.

Hunter conducía con una mano firme sobre el volante mientras la otra descansaba sobre el muslo de Tristan, dando breves y pausadas caricias con la yema del pulgar que lograban erizarle la piel a través del tejido del pantalón.

Tristan, recostado contra el asiento del copiloto, contemplaba el perfil afilado del periodista bajo la luz de las farolas, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba a medida que la distancia hacia la vivienda se reducía.

Cuando el coche finalmente se adentró en la entrada de gravilla y el motor se apagó, el silencio de la noche los envolvió por completo.

Solo se escuchaba el murmullo lejano del oleaje rompiendo contra las rocas y el crujido de las piedras bajo sus pasos mientras caminaban hacia la entrada principal.

Hunter introdujo la llave en la cerradura, abrió la puerta de roble macizo y le cedió el paso a Tristan.

Al cruzar el umbral, el ambiente de la casa los recibió con una calidez aromática a madera de sándalo y cuero.

Sin encender las luces principales de la planta baja, Hunter activó únicamente una pequeña lámpara de pie en la esquina del salón, proyectando una penumbra íntima y dorada sobre los muebles de madera y el sofá de piel.

Hunter se giró hacia Tristan y le ofreció servirse una bebida para romper el hielo, pero Tristan negó suavemente con la cabeza, declinando la oferta; su garganta estaba demasiado seca y su mente demasiado enfocada en la presencia de Hunter como para pensar en beber nada.

—Voy a por tu ropa —anunció Hunter con voz baja y pausada.

Se dio la vuelta y subió a la planta superior, dirigiéndose a su dormitorio.

Durante los minutos en que Hunter estuvo arriba, Tristan se quedó solo en mitad del salón.

Estaba profundamente nervioso, sentía las palmas de las manos húmedas y un cosquilleo incesante en el estómago, moviéndose sobre el marco del salón de un lado a otro, ajustándose la chaqueta e intentando serenar la respiración acelerada que delataba sus ansias.

Unos instantes después, se escucharon los pasos de Hunter descendiendo por las escaleras de madera.

Al regresar, se plantó justo delante de él en mitad del salón, sosteniendo la bolsa de tela que contenía las que Tristan le había dejado.

Sin embargo, no se la dio. Se quedó inmóvil a solo unos centímetros de distancia, mirándolo fijamente a los ojos con una intensidad que parecía consumir el espacio entre ambos.

—Te he mentido —le dijo con voz grave—. No te he traído para devolverte nada, ni siquiera para invitarte a una copa.

Tristan se rio, el gesto hizo que los nervios que lo atenazaban unos instantes antes, se esfumaran.

—Lo sé —respondió Tristan con absoluta seguridad y una chispa de picardía en la mirada.

Sin dejar de mirarle dio los pocos pasos que los separaban, eliminando cualquier distancia restante, rodeó el cuello de Hunter con los brazos y lo besó.

El contacto de sus labios desencadenó una tormenta contenida durante años.

La bolsa de ropa cayó al suelo de madera con un golpe seco, completamente olvidada, mientras las manos de Hunter se aferraban con fuerza a la cintura de Tristan, atrayendo su cuerpo de forma implacable contra el suyo.

El beso, que comenzó con la voracidad de la necesidad acumulada, se volvió profundo, denso y húmedo.

Las lenguas se encontraron y se entrelazaron con un ritmo febril, explorando cada rincón de sus bocas entre jadeos ahogados que resonaban en la quietud de la planta baja.

Hunter acorraló a Tristan contra la pared más cercana del salón, presionando sus caderas contra las suyas para hacerle sentir la dureza inequívoca de su deseo.

Tristan ahogó un gemido contra la boca de Hunter al sentir el calor de su cuerpo aprisionándolo.

Con dedos impacientes, Tristan se introdujo bajo la chaqueta de Hunter, deslizándola por sus hombros hasta hacerla caer al suelo, para después tirarle de la camisa hasta desabrochar los primeros botones.

Hunter respondió metiendo las manos por debajo de la camiseta de Tristan, acariciando la piel suave y cálida de su espalda, subiendo sus dedos por la columna vertebral hasta arañar suavemente la zona entre sus escápulas, provocándole a Tristan un escalofrío que le hizo arquear el torso.

Sin romper el beso por más de un par de segundos para tomar aire, Hunter sujetó a Tristan por los muslos, cargándolo de un tirón firme.

Tristan envolvió de inmediato las piernas alrededor de la cintura de Hunter, afianzándose a su torso desnudo mientras Hunter lo transportaba hacia las escaleras, subiendo los escalones a ciegas, guiados únicamente por el tacto, la respiración acelerada y el roce constante de sus labios.

Al cruzar el umbral del dormitorio principal, la luz de la luna que entraba por el gran ventanal iluminó la amplia cama de matrimonio. Hunter depositó a Tristan sobre el colchón con delicadeza a, antes de situarse inmediatamente sobre él, cubriendo su cuerpo con el suyo.

Las prendas restantes comenzaron a estorbar de manera insoportable.

Hunter desabrochó el pantalón de Tristan con dedos rápidos, tirando del tejido hacia abajo junto con su ropa interior para dejar expuestas sus piernas largas y la palidez de su piel desnuda.

Tristan, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en la silueta de Hunter, le ayudó a quitarse los pantalones y los bóxeres, revelando su anatomía viril y completamente erguida.

Quedarse completamente desnudos el uno frente al otro paralizó el tiempo durante un segundo.

Hunter contempló el cuerpo de Tristan con una devoción casi sagrada, pasando las palmas de sus manos, cálidas y ásperas, desde los tobillos de Tristan, subiendo por sus pantorrillas, la parte interna de sus muslos, hasta posarlas sobre las caderas.

Tristan tembló ante el contacto, deleitándose con la visión de los hombros anchos de Hunter, la musculatura definida de su pecho y abdomen, y la firmeza de su sexo que rozaba levemente su cadera.

Hunter se inclinó para bajar un reguero de besos ardientes por el cuello de Tristan, chupando suavemente la piel sensible sobre la clavícula hasta sacarle un gemido.

Bajó su boca hacia sus pezones, rodeando uno con la lengua antes de succionarlo con firmeza, haciéndolo arquear la espalda contra el colchón y clavarle las uñas en los hombros.

Las manos de Hunter se deslizaron hacia abajo hasta envolver el miembro erecto y palpitante de Tristan.

Comenzó a acariciarlo con un movimiento rítmico, firme y ascendente, utilizando la humedad del roce para deslizar la piel con fluidez.

Tristan soltó un suspiro ahogado, echando la cabeza hacia atrás sobre la almohada mientras su sexo reaccionaba al tacto hábil de Hunter, soltando una gota de líquido preseminal que Hunter extendió con el pulgar sobre la cabeza sensible de su miembro.

—Hunter, por favor —suplicó Tristan con la voz entrecortada por la intensidad de las sensaciones.

—Tranquilo, mi amor. Te quiero todo para mí —murmuró Hunter contra su oído, con la respiración agitada.

Hunter metió la mano entre las sábanas para alcanzar el bote de lubricante y un envoltorio de preservativo que guardaba en el cajón de la mesilla de noche.

Derramó una cantidad generosa de lubricante sobre sus dedos y regresó entre las piernas de Tristan.

Con extrema paciencia y un cuidado conmovedor, Hunter apoyó los dedos lubricados contra la entrada estrecha de Tristan.

Presionó suavemente con la yema del primer dedo, abriéndose paso con delicadeza en el interior cálido y apretado.

Tristan jadeó ante la sensación de invasión, abriendo más las piernas para facilitarle el acceso.

Hunter comenzó a mover el dedo de dentro hacia afuera, curvándolo con maestría hasta encontrar el punto exacto de placer de Tristan, quien ahogó un grito en el cuello de Hunter al sentir la descarga eléctrica que recorrió su bajo vientre.

Poco a poco, Hunter introdujo un segundo dedo y luego un tercero, dilatando las paredes internas con movimientos circulares y estiramientos suaves que le preparaban para recibirle por completo.

El sonido de la respiración agitada de ambos y el roce húmedo de la piel resonaban en la habitación.

Cuando Hunter sintió que los músculos de Tristan cedían y se amoldaban a la flexibilidad necesaria, retiró los dedos.

Rompió el envoltorio del preservativo con los dientes y lo desenrolló con destreza a lo largo de su erección firme, embadurnando el látex con un poco más de lubricante.

Hunter se posicionó entre los muslos abiertos de Tristan, guiando la cabeza dura y caliente de su sexo, ya protegido, hasta la entrada preparada.

Apoyó las palmas de las manos a los lados de la cabeza de Tristan, mirándolo fijamente a los ojos a la luz de la luna para asegurarse de que estuviera listo.

—Mírame, Tris. Necesito que me mires —susurró Hunter de forma imperiosa.

Tristan asintió, clavando su mirada azul en la de Hunter, quien empujó hacia adelante de forma lenta, constante y decidida.

La cabeza de su miembro forzó la entrada, abriéndose paso en su estrechez ardiente.

Tristan dejó escapar un gemido agudo y hondo, cerrando los ojos por un instante ante la plenitud abrumadora de sentirse lleno.

Hunter se detuvo a mitad de camino, dejando que el cuerpo de Tristan se acostumbrara a la invasión, antes de terminar de empujar hasta que sus pelvis chocaron con un sonido sordo.

Se quedaron inmóviles durante unos segundos, unidos, sintiendo cómo sus corazones latían al mismo ritmo frenético. Hunter se inclinó para besar con ternura las lágrimas de placer que se agolpaban en las pestañas de Tristan, dándole tiempo para adaptarse.

—¿Estás bien? —murmuró Hunter contra sus labios.

—Sí. Dios, Hunter, es perfecto. Muévete —pidió Tristan, envolviendo la cintura de Hunter con sus piernas para incitarlo a iniciar el movimiento.

Hunter comenzó a retirarse lentamente, dejando salir casi todo su miembro antes de volver a embestir de forma profunda y pausada.

El calor apretado del interior de Tristan envolvía la erección de Hunter con una fricción deliciosa que amenazaba con hacerle perder el control.

Con cada estocada, Hunter aumentaba el ritmo, pasando de embestidas lentas y profundas a un ritmo más rápido, firme y constante.

El choque de sus cuerpos resonaba en la habitación.

Tristan se aferraba a la espalda sudorosa de Hunter, dejando brotar gemidos continuos, desinhibidos y rotos por la intensidad de la penetración.

Hunter embestía con fuerza, rozando con el extremo de su sexo el punto de máximo placer en el interior de Tristan con cada embestida.

Las sensaciones se multiplicaban: la firmeza del cuerpo de Hunter sobre el suyo, la fricción húmeda entre sus vientres y el impacto delicioso de cada golpe de caderas.

Hunter tomó una de las piernas de Tristan y la apoyó sobre su propio hombro, cambiando el ángulo de penetración para entrar aún más profundo.

Tristan soltó un grito de puro éxtasis, sintiendo cómo una ola de placer insoportable comenzaba a formarse en su bajo vientre.

Hunter intensificó las embestidas, moviéndose con una cadencia salvaje pero rítmica, llevando a ambos al límite de la resistencia física.

Con la mano libre, Hunter envolvió el miembro rígido de Tristan, que se mecía entre sus vientres con cada estocada, y comenzó a pautar las caricias al mismo compás de sus embestidas.

El estímulo doble fue devastador para Tristan.

El placer era tan intenso que la vista se le nubló por momentos y las sábanas se arrugaban bajo el agarre desesperado de sus dedos.

—Me voy a correr —gritó Tristan, perdiendo el control de la voz.

—Hazlo conmigo, cariño. Córrete para mí —ordenó Hunter en un gruñido bajo, acelerando sus embestidas hasta un ritmo frenético y desesperado.

Con tres estocadas finales y profundas que alcanzaron las entrañas de Tristan, el cuerpo de este se convulsionó en un espasmo violento.

Corriéndose con fuerza, derramando chorros de semen blanco y caliente sobre su propio abdomen y la mano de Hunter, mientras soltaba un alarido de liberación absoluta.

El apretón convulsivo de las paredes internas de Tristan al alcanzar el orgasmo fue el detonante final para Hunter que dejó escapar un gruñido gutural, enterró su sexo hasta el fondo y se vació dentro del preservativo en el interior de Tristan con varias pulsaciones cálidas e intensas.

Hunter se desplomó sobre el pecho de Tristan, respirando con dificultad, manteniendo sus cuerpos unidos mientras las últimas olas de placer se disipaban en pequeños temblores por sus miembros.

Durante largos minutos, ninguno de los dos dijo una sola palabra.

El único sonido en la estancia era el choque de sus respiraciones agitadas buscando recuperar el aliento y el latido desbocado de sus corazones apretados el uno contra el otro.

Hunter besó suavemente la sien húmeda de Tristan, antes de deslizarse con lentitud fuera de su cuerpo, retirando el preservativo con cuidado y anudándolo antes de deshacerse de él, arrancando un leve suspiro de vacío en Tristan.

Hunter se acomodó a su lado, atrayendo a Tristan contra su costado y cubriéndolos a ambos con la sábana.

Tristan apoyó la cabeza sobre el pecho desnudo de su amante, sintiendo el sudor compartido enfriarse lentamente sobre la piel y escuchando el ritmo sereno de su corazón estabilizándose bajo su oreja mientras este le acariciaba el brazo con lentitud, entrelazando finalmente sus dedos con los de Tristan.

Rodeados por el silencio de la madrugada y la luz plateada que bañaba la habitación, se entregaron por fin a un descanso profundo, unidos en cuerpo y alma, sabiendo que ya no había marcha atrás en el camino que habían decidido recorrer juntos.