Capítulo 30
T é para entrelazar las miradas en la mesa:
flores de azahar, hojas de albahaca fresca y una pizca de ralladura de naranja dulce.
Tomar al anochecer cuando el deseo pida espacio y los secretos se compartan con una sonrisa sobre los labios.
La semana transcurrió en un abrir y cerrar de ojos, entre llamadas de teléfono cada noche que se alargaban inevitablemente hasta altas horas de la madrugada, y cortos, furtivos e intensos encuentros para darse un par de besos rápidos a la hora de comer o al terminar la jornada laboral.
La pareja fue afianzando esa nueva complicidad que crecía día a día entre ellos de una forma tan natural como imparable.
Tristan se encontraba en plena época de exámenes universitarios, por lo que no podía estar tan disponible como le hubiese gustado.
Su rutina diaria se había convertido en un torbellino de responsabilidades académicas: además de preparar minuciosamente las pruebas finales de sus asignaturas para los estudiantes, tenía que corregir decenas de exámenes complejos y hacer exactamente lo mismo con los trabajos de investigación del trimestre, lo que le dejaba exhausto al final del día, con los ojos cansados y la mesa de su escritorio sepultada bajo montañas de folios, manuales de química y anotaciones a lápiz.
A pesar del cansancio físico acumulado y de la frustrante falta de tiempo libre, el recuerdo de la cita que le había prometido Hunter era la meta que mantenía a Tristan de buen humor durante las interminables horas de corrección.
Por fin llegó finalmente la tan esperada noche de la cita.
Hunter pasó a recogerle puntualmente por la puerta de su casa.
Al igual que la primera vez que cenaron juntos, fue este quien escogió el lugar para la velada.
Y lejos de lo que Tristan temía en sus momentos de duda, imaginando que Hunter buscaría un rincón oculto, sombrío o poco concurrido para pasar desapercibidos ante los conocidos, el periodista lo llevó con total orgullo a uno de los restaurantes más concurridos, populares y cotizados de toda la ciudad: un italiano encantador que enamoraba de inmediato a todo aquel que cruzaba su puerta, no solo por la excelencia impecable de su gastronomía tradicional, sino también por lo bonito, cálido y acogedor que resultaba el local en cada uno de sus rincones.
El restaurante ocupaba una antigua casa de piedra cornuallesa exquisitamente restaurada, ubicada a pocos metros del paseo marítimo.
Al entrar, una luz tenue de tonos cálidos y dorados envolvía el ambiente, proveniente de decenas de velas encendidas en palmatorias de latón y de pequeñas bombillas de filamento que colgaban del techo entre viejas vigas de madera rústica.
Las paredes estaban pintadas de un llamativo color rojo y de ellas colgaban macetas con plantas trepadoras que alegraban el ambiente.
Al fondo se encontraba la barra con estanterías repletas de botellas de vino traídas de bodegas históricas.
Del aire emanaba una sinfonía de aromas irresistibles: masa de pan recién horneada en horno de leña, salsa de tomate sazonada con orégano fresco, albahaca recién cortada, ajo suavemente dorado en aceite de oliva virgen extra y el perfume curado del queso parmesano fundido.
Las mesas de madera oscura estaban vestidas con manteles individuales de cuadros rojos y blancos y pequeños floreros con silvestres flores blancas.
Hunter y Tristan fueron acomodados en una mesa íntima y resguardada junto a un gran ventanal de arcos que daba a un patio interior iluminado con guirnaldas de luces y plantas trepadoras.
La cena comenzó con una tabla de focaccia artesanal crujiente por fuera y esponjosa por dentro, acompañada de aceitunas maceradas y un plato de burrata cremosa servida sobre tomates confitados aceite de oliva y vinagre balsámico de Módena.
De plato principal, Hunter eligió unos pappardelle caseros con un sustancioso ragù de ternera cocinado a fuego lento durante horas, mientras que Tristan optó por unos ravioli artesanos rellenos de ricotta y espinacas, bañados en una suave salsa de mantequilla de salvia y nueces tostadas.
Compartieron un vino tinto de la Toscana de notas afrutadas y cuerpo sedoso que parecía potenciar cada sabor y cada mirada.
La velada transcurrió de maravilla, envuelta en una atmósfera romántica, distendida y vibrante.
Hubo coqueteos constantes, roces de manos que se buscaban sin disimulo por encima del mantel, miradas profundas a la luz de las velas y sonrisas de complicidad.
Tristan probó la comida de Hunter directamente del tenedor de este, y Hunter no dudó en acariciarle el dorso de la mano con el pulgar cada vez que terminaba una frase.
Hablaron de todo: de los alumnos de Tristan, del periódico, de los recuerdos de la infancia y del futuro.
En un momento de la velada, sintiéndose cómodo y seguro por la absoluta naturalidad con la que Hunter lo trataba en mitad de un local abarrotado de gente del pueblo, Tristan se atrevió a hacerle la pregunta que le rondaba la mente desde la semana anterior:
—¿Por qué nunca te vi salir con chicos en el pueblo?
Hunter sonrió con tranquilidad, tomó un sorbo de su copa de vino y lo miró fijamente a los ojos sin un solo rastro de incomodidad.
—Nunca me he escondido, aunque también es cierto que nuestra relación en aquellos años no era fluida, por lo que tampoco nos veíamos muy a menudo fuera del instituto o de la casa de mi familia.
—Liam tampoco te ha visto nunca con un chico o seguro me lo habría contado —añadió Tristan con convicción.
—Supongo que no se dio el caso de que me pillara. No obstante, mi madre sí que lo sabe y mi padre también.
Tristan arqueó las cejas, lo había sospechado, no iba a negarlo.
—¿Se lo contaste?
—Coincidí con ellos en un restaurante una noche de cita —confesó Hunter con una mueca divertida de resignación—, fue bastante mortificante.
Los presenté, por supuesto, lo que me avergonzó fue que mi madre se pasó toda la noche mandándome ánimo, guiñándome el ojo desde su mesa y haciendo gestos de apoyo cada vez que mi cita iba al baño.
Tristan se rio abiertamente, imaginando perfectamente la escena en su cabeza.
—Lo veo totalmente. Es exactamente algo que ella haría —comentó Tristan riendo, recordando la personalidad afectuosa e intrusiva de Jenna.
Siguieron hablando y disfrutando enormemente de su tiempo juntos, compartiendo comida, probando los postres, un tiramisú cremoso con un toque de café intenso y licor que comieron a medias con dos cucharas, y sonriendo como dos adolescentes en su primera cita.
Cuando fue la hora de marcharse, tras pedir la cuenta y salir al aire fresco y salado de la noche costera, Hunter le rodeó la cintura a Tristan con el brazo de forma totalmente natural para caminar juntos hacia el coche.
—¿Te apetece que vayamos a mi casa a tomar una copa con tranquilidad, en lugar de meternos en un pub ruidoso? —le propuso Hunter al oído con un tono cálido, grave y sugerente—. Además, así puedo devolverte la ropa que me dejaste el otro día.
Tristan sonrió de lado, dejándose llevar por la corriente eléctrica que recorrió su piel al escuchar la propuesta, pensando para sus adentros que, en lugar de querer su ropa de vuelta, lo que de verdad quería era ver la que Hunter llevaba en esos momentos cayendo sobre el suelo de su dormitorio.
—Me parece un plan perfecto —respondió sin vacilar, mirándole con una chispa de deseo mientras se subían al coche.