Capítulo 27
T é para revelar las verdades del corazón:
flores de caléndula, hojas de menta dulce y un toque de canela en rama.
Tomar al atardecer cuando las sombras de la duda se disipen y el amor pida ser nombrado sin miedos ni disfraces.
Después de la agradable comida en casa de sus padres, Tristan cumplió la promesa que le había hecho a Hunter y le acercó en su coche a recoger el vehículo que había dejado abandonado la noche anterior.
El coche de se encontraba aparcado en una pequeña callejuela empedrada, estrecha y sombreada, a escasos metros del pub tradicional donde había estado bebiendo con sus amigos de la infancia antes de perder por completo la cabeza y terminar llamando al telefonillo de Tristan a altas horas de la madrugada.
El trayecto en coche desde la casa familiar hasta la zona del puerto transcurrió en una atmósfera de calma.
La luz anaranjada del atardecer comenzaba a declinar sobre los contornos de las colinas y el mar de St. Ives, tiñendo el horizonte de matices violetas.
Una vez que llegaron al callejón y Hunter comprobó a través de la ventanilla que su vehículo estaba en perfecto estado y sin ninguna multa, se desabrochó el cinturón y se bajó del asiento del copiloto.
Sin embargo, en lugar de despedirse con un simple gesto de la mano o una palabra formal, Hunter se quedó parado en el borde de la acera, se apoyó sobre la ventanilla abierta del coche de Tristan y lo miró con una chispa de expectativa en los ojos.
—Oye, ¿te apetece venir a mi casa a tomar algo con tranquilidad? —invitó Hunter, pasándose una mano por la nuca en un gesto de timidez que Tristan nunca le había visto antes—. Me gustaría mucho enseñártela.
Sorprendido, pero verdaderamente complacido por la propuesta espontánea, aceptó de buen grado con una leve inclinación de cabeza.
Puso en marcha el motor y siguió al coche de Hunter durante unos diez minutos, alejándose progresivamente del centro urbano del pueblo y adentrándose en una zona residencial tranquila, señorial y rodeada de espesos jardines, senderos arbolados de pino y vistas panorámicas hacia los acantilados.
Para profunda sorpresa de Tristan, quien siempre había imaginado que un periodista soltero y volcado en su trabajo viviría en un pequeño apartamento céntrico o en un estudio funcional cerca de la redacción, la vivienda de Hunter era una preciosa casa independiente de dos plantas.
Se trataba de una construcción de arquitectura tradicional cornuallesa, erigida en piedra gris oscura, con ventanales de guillotina pintados en tono crema, un tejado de pizarra inclinado y un pequeño jardín delantero bellamente cuidado donde florecían matas de hortensias y lavanda.
Hunter aparcó en la entrada de gravilla y esperó a que Tristan descendiera de su propio coche.
Ambos caminaron por el sendero de piedra hasta la puerta principal de roble macizo.
En cuanto Hunter introdujo la llave en la cerradura, giró el pomo y le cedió el paso, Tristan cruzó el umbral para encontrarse con un hogar de un estilo masculino y elegante pulcramente ordenado.
La vivienda respiraba una atmósfera de calma y sofisticación atemporal.
No había paredes divisorias agresivas en la planta baja; en su lugar, se desplegaba un espacio amplio de concepto abierto en el que se fusionaban el recibidor, un salón principal de proporciones generosas y una cocina de diseño contemporáneo.
Los tonos predominantes en la decoración eran los grises oscuros, el topo, el azul marino y la madera oscura de nogal, perfectamente equilibrados por los grandes ventanales que dejaban entrar la luz suave del atardecer.
El salón estaba presidido por un majestuoso sofá modular tapizado en piel de color chocolate, dispuesto frente a una chimenea de ladrillo donde descansaban varios troncos de leña apilados con una simetría impresionante.
A un lado de la estancia, ocupando toda la pared principal, se levantaban unas imponentes estanterías de roble macizo construidas a medida.
Tristan, con su instinto curioso de académico, se acercó a observarlas de inmediato: miles de volúmenes descansaban alineados por temáticas y autores.
Había manuales de periodismo de investigación, tratados de historia británica, biografías políticas, atlas antiguos de cartografía y una cuidada colección de literatura clásica universal.
En el centro del salón descansaba una mesa baja de madera rústica sobre una alfombra de lana tupida de color crema.
Sobre la mesa no había desorden alguno, tan solo una bandeja de metal con un par de revistas culturales de edición limitada y un tazón de cerámica donde reposaba una vela aromática apagada.
En la esquina posterior, la cocina americana destacaba por sus encimeras de granito pulido de color negro, sus electrodomésticos de acero inoxidable impolutos y una isla central con tres taburetes altos de cuero.
No había ni un solo objeto fuera de lugar en toda la casa.
Los cojines estaban perfectamente mullidos y alineados, la vajilla permanecía recogida tras las vitrinas de cristal y un aroma sutil, cálido y envolvente a madera de sándalo, cuero y notas herbales flotaba en la atmósfera, reflejando la personalidad de un hombre observador, metodológico, de gustos refinados y con una profunda necesidad de control sobre su entorno personal.
Sin embargo, a pesar de la impecable armonía y pulcritud de su hogar, Hunter parecía extraordinariamente nervioso a medida que le mostraba a Tristan las distintas estancias.
El periodista, que habitualmente se movía con la seguridad aplastante de un reportero curtido en mil batallas, caminaba de un lado a otro del salón con una rigidez visible en los hombros.
Se retorcía las manos con inquietud, se ajustaba el cuello de la camisa sin necesidad, colocaba un cojín que ya estaba perfectamente puesto y abría la boca como si fuera a pronunciar una frase trascendental, solo para cerrarla en el último segundo, incapaz de dar el paso definitivo.
Tristan se quedó de pie en mitad del salón, apoyando suavemente una mano sobre el respaldo del sofá de piel, observando todos y cada uno de sus movimientos dubitativos con una sonrisa contenida, serena y profundamente paciente, esperando a que Hunter dijera lo que fuera que tanto le estaba costando.
Finalmente, tras dar tres vueltas sobre sí mismo junto a la isla de la cocina y servir dos vasos de agua que ni siquiera llegaron a rozar la mesa, Hunter se detuvo de golpe.
Se giró hacia él, respiró hondo para llenar los pulmones, miró a Tristan fijamente a los ojos sin parpadear y se lo soltó a bocajarro, rompiendo la tensión del ambiente:
—Creo que me gustas.
Tristan parpadeó despacio, procesando la declaración mientras mantenía una calma estudiada.
—Soy un hombre —aclaró Tristan con un tono pausado, aunque la afirmación fuera del todo evidente entre ambos.
—Lo sé perfectamente —respondió Hunter sin vacilar un solo segundo.
—De acuerdo —asintió, cruzándose de brazos con tranquilidad.
Hunter dejó escapar un largo, pesado y profundo suspiro, una mezcla casi cómica entre la vergüenza más absoluta, la vulnerabilidad expuesta y la culpa acumulada que llevaba semanas enteras quitándole el sueño.
Se pasó ambas manos por el rostro, frotándose los ojos con fuerza antes de volver a clavar su mirada en Tristan.
—Te mentí, Tristan. Te mentí de la forma más cobarde posible.
Me gustó el beso aquella noche cuando éramos solo dos adolescentes...
me gustabas tú. Por eso te obligué en cierto modo a que hicieras la prueba conmigo, porque necesitaba una excusa razonable para tocarte, y por eso te pedí después con tanta desesperación que no se lo contaras jamás a nadie.
—No me obligaste a nada, Hunter —le corrigió Tristan con una voz desprovista de cualquier matiz de reproche—. Yo también quise hacerlo.
—Te fastidié el plan que tenías de ir a Londres —insistió Hunter con una mueca sincera de pesar en los labios.
—Bueno, eso sí que es verdad —bromeó Tristan para aligerar la carga dramática del ambiente, arrancándole una pequeña y contenida sonrisa de alivio—. Pero tenías razón en que era una locura escaparse.
Hunter asintió.
—Sea como sea, me gustas, Tris. De verdad. Me gustas muchísimo.
—Creía que no estabas seguro. Has dicho creo —apuntó, muy serio.
—Lo estoy. Me gustas —reiteró Hunter dando un paso firme e decidido hacia él.
Tristan sintió cómo el que llevaba años instalado en su pecho se deshacía, dejando una sensación de paz.
—Tú también me gustas, Hunter —confesó Tristan con absoluta sinceridad, dejando caer los brazos a los lados.
—¡Bien! —exclamó Hunter dejando escapar una exhalación limpia de alivio, mientras una sonrisa amplia y brillante se dibujaba en su rostro—. Me alejé estos días porque no estaba seguro de que sintieras lo mismo.
—¿Podrías haber preguntad?
—Estaba acojonado.
Tristan sonrió ante su confesión. La duda del motivo de su temor y su curiosidad científica habitual le llevó a formular la pregunta que llevaba rondándole la mente desde siempre.
—¿Eres bisexual?
Hunter asintió con la cabeza de inmediato, sin la menor duda o vacilación en su gesto.
—¿Por qué mentiste entonces el día me mi cumpleaños? ¿Por qué me dijiste con tanta frialdad que no habías sentido absolutamente nada y que solo había sido un experimento absurdo?
Hunter bajó levemente la mirada hacia el suelo de madera, encogiéndose de hombros con una honestidad desarmante y transparente.
—Estaba completamente acojonado, Tris. Asustado de verdad por lo que significaba.
Nunca en mi vida había sentido lo que sentí contigo con ninguna chica con las que había salido antes.
Y ya te lo había dicho, tenía apenas diecisiete años, era un chaval inexperto e incapaz de asimilar lo que semejante sentimiento significaba para mi identidad, para mi familia o para mi futuro en este pueblo —hizo una breve pausa, alzó los ojos y miró a Tristan con una chispa de ternura—.
Además, también fue mi primer beso. De verdad.
Tristan sonrió encantado al escuchar la confesión, sintiendo cómo los últimos vestigios de dolor, duda o resentimiento del pasado se evaporaban de su memoria como la niebla matutina.
Hunter dio otro paso hacia adelante, acortando la distancia física que los separaba hasta quedar a solo unos pocos centímetros de su rostro.
—Me gustaría mucho que tuviéramos una cita. Una cita de verdad, formal, como es debido, si es que no estás saliendo con nadie más ahora mismo.
—Sigo soltero —respondió Tristan con picardía en la mirada.
Hunter arqueó una ceja, entornó los ojos y esbozó una sonrisa astuta.
—¿Y el chico alto de la cafetería del puerto con el que estuviste tomando algo el otro día?
Tristan soltó una risita al darse cuenta de que Hunter efectivamente le había estado observando a través del cristal del local aquel día.
—Solo es un amigo —aclaró con absoluta soltura y tranquilidad—. Un muy buen amigo.
Hunter asintió despacio, tratando en vano de esconder una sonrisa victoriosa de satisfacción que se le escapaba por las comisuras de los labios.
—¿Tienes planes para lo que queda de esta tarde? —preguntó el periodista en un tono casual, dando medio paso más hacia él.
—Ver el fútbol —dijo Tristan con una sonrisa traviesa, sabiendo perfectamente que el deporte jamás había sido uno de sus pasatiempos habituales.
—Bien, veamos el fútbol —susurró Hunter con una voz profunda, ardiente y rasgada antes de lanzarse a besarle.
Hunter no esperó un solo segundo más. Rodeó la cintura de Tristan con firmeza atrayendo el cuerpo de Tristan hacia el suyo hasta borrar cualquier espacio intermedio.
Sus labios se encontraron en un choque eléctrico, profundamente sexy, romántico y cargado de una pasión contenida que estalló en el ambiente con una belleza deslumbrante.
Fue un beso lento, pero extraordinariamente sensual y febril: las manos de Hunter subieron con avidez por la espalda de Tristan hasta enredarse en su cabello, sujetándole la nuca con una caricia posesiva y cálida, mientras Tristan rodeaba el cuello de Hunter con los brazos, pegándose por completo a la firmeza de su pecho.
Las lenguas se buscaron y se encontraron en un compás ágil, caliente, rítmico y lleno de matices, saboreándose mutuamente sin las prisas ni la niebla alcohólica de la noche anterior, sino con la lucidez plena, madura y consciente de dos adultos que se desean con cada fibra de su ser.
Había en ese contacto un fuego envolvente, una promesa implícita de noches compartidas, de tardes tranquilas frente a la chimenea y de un entendimiento físico tan perfecto que a Tristan se le escapó un leve y ahogado gemido contra la boca de Hunter.
Él respondió a la caricia estrechándolo aún más fuerte contra su cuerpo, profundizando el beso con una intensidad romántica y devota que dejó a ambos completamente sin aliento en mitad del salón bañado por la última luz dorada del sol.
Cuando finalmente se separaron apenas un par de milímetros, manteniendo las frentes apoyadas la una contra la otra y escuchando el ritmo acelerado de sus respectivas respiraciones, ambos supieron con absoluta certeza que los secretos del pasado habían quedado atrás y que la verdadera historia entre ellos solo acababa de comenzar.
—Retiro lo que dije de que no era hábil con la boca —bromeó Tristan.
—¿Estás seguro? Porque si necesitas hacer más experimentos que avalen tu hipótesis estoy dispuesto.
Tristan se rio sobre su boca, aceptando la oferta.