Capítulo 26
T é para disipar las brumas:
flores de malva, hojas de romero y una pizca de jengibre rallado.
Tomar a primera hora de la mañana cuando la resaca de las palabras no dichas amenace con nublar el entendimiento.
Al día siguiente de que Hunter se presentara completamente borracho en su casa en mitad de la madrugada, Tristan fue el primero en despertarse.
La luz del sol dominical comenzaba a filtrarse por las rendijas de las persianas de su dormitorio, proyectando finas líneas de luz.
Tristan permaneció unos instantes, inmóvil en la cama, escuchando el silencio de la casa y recordando de golpe la marea de acontecimientos de la noche anterior.
La preocupación al oír el timbre, preocupado porque le hubiese sucedido algo a alguien de su familia, el olor a wiski que envolvía a Hunter, la urgencia de su abrazo y, sobre todo, el inesperado beso.
Cuando Tristan salió en silencio de su dormitorio y caminó despacio por el pasillo, comprobó que este seguía dormido plácidamente en el sofá del salón.
Estaba acurrucado bajo la manta de lana gruesa que le había colocado por encima horas atrás, respirando con un ritmo pausado, regular y profundo.
Su rostro lucía mucho más despejado y tranquilo que durante la madrugada, aunque tenía el cabello ligeramente revuelto sobre el cojín que le había puesto bajo la cabeza para que estuviera más cómodo.
Tristan se quedó observándole en absoluto silencio durante un par de minutos largos, sintiendo cómo el pecho se le oprimía con una mezcla de ternura, duda y una punzada de incertidumbre.
Sin embargo, haciendo acopio de su habitual sentido práctico y de su disciplina, decidió actuar con madurez y cuidar adecuadamente de su invitado.
Caminó de puntillas hacia la cocina para evitar hacer el menor ruido.
Una vez allí, sacó una botella de agua fresca de la nevera, preparó la cafetera italiana con café recién molido y la puso a fuego lento sobre el fogón.
Mientras el aroma tostado e intenso comenzaba a inundar poco a poco el aire del piso, fue hasta su armario principal para buscar ropa limpia y cómoda que ofrecerle a Hunter para cuando despertara.
Aunque Hunter era perceptiblemente más alto y de espaldas ligeramente más anchas que él, Tristan seleccionó una camiseta básica de algodón gris oscuro, un par de calcetines deportivos gruesos y unos calzoncillos.
Tuvo el cuidado deliberado de dejarle un paquete de calzoncillos totalmente sin estrenar, todavía empaquetados en su caja original sobre la mesa de centro del salón, para que Hunter supiera con absoluta certeza que no le estaba entregando ropa interior usada, evitando así de raíz cualquier posible instante de incomodidad o pudor innecesario.
Junto a la ropa limpia, Tristan colocó la botella de agua y una taza humeante de café negro recién hecho.
Se encontraba trasteando tranquilamente en la cocina, recogiendo algunos cubiertos y preparando la encimera para el desayuno, cuando escuchó el crujido suave del parqué y unos pasos lentos y pesados aproximándose por el pasillo.
Unos segundos después, Hunter se paró frente a él.
Tenía la mirada algo cansada, la tez pálida y se masajeaba las sienes con la yema de los dedos en un intento por aplacar el dolor de cabeza de la resaca con una mano mientras con la otra sujetaba la taza de café.
Ya se había bebido casi entera la botella de agua fría que Tristan le había dejado preparada junto al sofá.
—Gracias por esto —dijo Hunter alzando levemente la taza a modo de gesto de gratitud, con la voz profunda, rasgada y áspera por los efectos del alcohol de la noche anterior—, y por lo de ayer. Yo... lo siento mucho, de verdad.
Tristan le miró directamente a los ojos intentando mantener una postura neutra, serena y desprovista de drama.
—¿Qué sientes?, ¿haberte pasado con la bebida? —preguntó Tristan en un tono tranquilo, tratando deliberadamente de no ahondar en el tema principal de la madrugada.
En lo más profundo de su alma, no creía que fuera capaz de soportar en ese preciso instante que Hunter le dijera abiertamente que sentía lo del beso, que se disculpara por haberle besado como si hubiera sido un terrible error del que se arrepentía amargamente o una simple imprudencia causada por el wiski.
Prefería mil veces mantener aquel recuerdo bajo un velo de ambigüedad que escuchar una retractación dolorosa que terminara por romperlo todo.
Ya había vivido esa experiencia y había hecho que se separara de él durante diez años. No quería repetir la historia.
Hunter bajó la mirada hacia el interior de la taza de café, visiblemente avergonzado por la situación, y dejó escapar un largo y pesado suspiro.
—Siento haberte molestado a esas horas de la madrugada —admitió.
Tristan asintió en silencio con un leve gesto de cabeza, aceptando la disculpa sin añadir reproches.
—Y siento no haberte llamado durante todos estos días —añadió Hunter.
—Sí, yo también lo siento por eso —respondió Tristan mirándole fijamente sin parpadear—. Se suponía que íbamos a ser amigos. Que mantendríamos el contacto.
—Sí, amigos —dijo Hunter repitiendo las palabras en un tono pausado, impregnado de una sutil pero evidente amargura y decepción que no pasó desapercibida para Tristan.
El silencio que se apoderó de la cocina tras esas palabras fue largo y denso, pero no se sintió hostil ni incómodo. Tristan suspiró suavemente, decidiendo cortar la tensión flotante con un gesto cotidiano y reconfortante.
—Siéntate en la mesa y te prepararé unas tostadas con mantequilla y mermelada. Te sentirás mucho mejor en cuanto le metas algo sólido al estómago.
—No tengo hambre, de verdad. No me entra nada ahora mismo —protestó Hunter arrugando el ceño.
Tristan le miró mal, clavándole una mirada severa, seria y autoritaria de científico que no acepta objeciones absurdas cuando se trata de salud elemental.
Al ver la determinación en el rostro de Tristan, Hunter no pudo evitar romper su actitud apesadumbrada: esbozó una pequeña sonrisa de medio lado, rindiéndose con alivio ante la insistencia de esten, y aceptó la comida caminando hacia la mesa de madera para sentarse.
A partir de ese momento, mientras el desayuno se desarrollaba sin prisa sobre la mesa, ambos comenzaron a charlar de manera asombrosamente fluida y natural.
Hablaron de todo: de los compromisos del periódico local donde trabajaba Hunter, de los próximos exámenes que Tristan tenía que evaluar en la facultad de química, de las previsiones del tiempo para el resto de la semana en la costa y de las anécdotas triviales de los vecinos de St. Ives.
Hablaron de absolutamente todo, menos del beso apasionado de la noche anterior.
El recuerdo de los labios presionados, de las manos en la nuca y de las respiraciones entrecortadas quedó suspendido como un secreto implícito que ninguno de los dos se atrevía a nombrar por miedo a alterar el frágil y valioso equilibrio que acababan de recuperar.
Sin embargo, a pesar de ese pacto no escrito de silencio, la atmósfera entre ambos comenzó a transformarse de un modo sutil pero extraordinariamente profundo.
No había entre Tristan y Hunter una tensión coqueta, un flirteo fingido o el nerviosismo propio de dos personas que intentan gustarse a través de juegos de palabras.
Lo que se instaló en la cocina fue algo infinitamente más auténtico, maduro e indestructible: una conexión pura y orgánica.
Había una sincronía perfecta en sus movimientos cotidianos, una forma de entenderse con solo mirarse a los ojos, de pasarle al otro la mermelada antes de que tuviera que pedirla o de prever los pensamientos del compañero antes de que terminara la frase.
Se comportaban de manera instintiva exactamente igual que una pareja sólida que lleva muchísimos años junta, una de esas parejas consolidadas que han atravesado tormentas, malentendidos y ausencias, pero que conservan una complicidad tan profunda que no necesitan nada más que su mutua compañía para sentirse plenamente seguras y conscientes de lo que son.
Cuando terminaron de desayunar y Hunter se levantó para fregar su taza de café de forma automática sin que nadie se lo pidiera, Tristan le observó desde la encimera mientras recogía los restos del pan.
—Oye, hoy es domingo y voy a comer a casa de mi familia —comentó Tristan con total espontaneidad—.
Mi madre y mi tía Daisy han estado preparando un almuerzo especial.
¿Por qué no te vienes a comer con nosotros?
Te prometo que, en cuanto terminemos de comer y de tomar el té, te llevaré en mi coche a recoger el tuyo al lugar donde lo dejaras anoche aparcado.
Hunter se quedó parado un instante, sorprendido por la invitación tan abierta y natural, pero la calidez de las palabras de Tristan era tan real que no encontró ninguna razón para negarse.
—Me encantaría ir, Tris —aceptó con una sonrisa sincera iluminándole el rostro.
Una hora más tarde, tras arreglarse y dejar el piso recogido, ambos salieron juntos a la calle.
El aire de la mañana era fresco y cristalino.
Tristan condujo su vehículo por las calles empedradas hasta llegar a la conocida y acogedora casa familiar.
En cuanto cruzaron el umbral de la entrada, un aroma irresistible a asado tradicional de los domingos, verduras al horno y hierbas aromáticas inundó de inmediato el recibidor.
La madre de Tristan y la tía Daisy salieron al pasillo a recibirles con las manos aún manchadas de harina y una sonrisa amplia.
Aunque al principio se mostraron notablemente sorprendidas de ver aparecer a Hunter junto a Tristan a primera hora del domingo, tardaron apenas un par de segundos en deshacerse en atenciones y darle una calurosa bienvenida al periodista, invitándole a pasar al salón sin el menor miramiento.
Durante toda la comida, reunidos alrededor de la gran mesa de madera maciza del comedor, la dinámica entre Tristan y Hunter se mantuvo impecable, fluida y sumamente acogedora.
Cumpliendo su pacto implícito, no hablaron absolutamente de nada de lo que había ocurrido durante la madrugada, ni de la llegada ebria, ni del beso confuso en el sofá, como tampoco hicieron mención alguna al extraño episodio del sábado anterior en el que la poción de amor había alterado sus vidas.
Mantuvieron la discreción con una elegancia absoluta.
Sin embargo, la sintonía entre ambos era tan evidente que resultaba del todo imposible de disimular ante los ojos de los demás.
La forma en que Hunter le acercaba a Tristan la bandeja de las verduras antes de que este siquiera estirara la mano, la manera en que Tristan servía la bebida a Hunter prestando atención a su dolor de cabeza residual, las miradas cómplices que cruzaban en silencio cuando la tía Daisy lanzaba alguna de sus habituales teorías sobre las infusiones y las risas compartidas a voz baja revelaban un nivel de intimidad tan asentado y maduro que resultaba casi conmovedor.
Se movían, hablaban y compartían el espacio con la serenidad de dos personas que se conocen desde siempre y que han encontrado de nuevo un puerto seguro en la presencia mutua.
La madre de Tristan y su tía, que poseían un instinto infalible y bien entrenado para descifrar las emociones ajenas, no dejaban de intercambiarse miradas significativas y sonrisas disimuladas por encima de sus platos durante toda la comida.
Por mucho que intentaron mantener la compostura y centrar la conversación en el menú o en el clima de la semana, ni la madre ni la tía eran capaces de ocultar el enorme interés, la sorpresa fascinada y la alegría contenida con la que observaban aquella conexión innegable.
Su abuela las miraba con desdén, seguramente molesta porque fueran tan obvias y su padre tan solo parecía desconcertado. Como si no llegara a entender lo que las tenía tan animadas.
Para cuando sirvieron las tazas de té digestivo al finalizar el postre y la tarde comenzó a caer sobre el jardín de la casa, la certeza de que entre Tristan y Hunter existía algo que iba más allá de cualquier malentendido, antídoto o poción era una realidad que flotaba en el ambiente con la fuerza de una verdad incuestionable.