Maldito hechizo Capítulo 25
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Capítulo 25

T é para serenar la agitación:

flores de pasiflora, hojas de tilo y unas gotas de agua de azahar.

Tomar a pequeños sorbos cuando la medianoche traiga verdades inesperadas y el corazón amenace con desbordar la razón.

Como cada sábado, Tristan había salido con sus amigos de toda la vida.

El grupo había reservado una mesa amplia en su pub habitual, un rincón histórico y muy concurrido de St. Ives que olía a madera vieja, cerveza artesanal tostada, sidra de manzana y el característico salitre que se colaba desde el puerto.

Sin embargo, la velada no siguió para nada el curso habitual de charlas triviales sobre el trabajo o la política del pueblo.

En esta ocasión, Tristan, Bethany y James se habían pasado más de medianoche escuchando atentamente a su mejor amigo, Liam, hablar de manera incansable, soñadora y obsesiva de Hazel, la abogada que le traía de cabeza.

Liam estaba tan ridícula, disparatada y profundamente colgado que ni siquiera había intentado flirtear ni cruzar una sola mirada seductora con ninguna otra chica en todo el tiempo que llevaban allí sentados, algo que constituía un hecho absolutamente insólito, y jamás registrado en los anales del historial social de su amigo.

En lugar de pasear la mirada por la barra con su habitual encanto o desplegar sus aires seductores con las clientas que entraban al local, Liam se había dedicado a analizar minuciosamente cada pequeño detalle de sus encuentros fortuitos con Hazel durante las últimas dos semanas.

Describía el desdén de la mujer y la mirada distante con la que lo congelaba con una devoción casi religiosa y patética.

Bethany estaba tan asombrada como el propio Tristan ante semejante e inesperada transformación.

Miraba a Liam con los ojos como platos, apoyando la barbilla sobre los puños y sacudiendo la cabeza incapaz de dar crédito al cambio tan radical que había sufrido la mentalidad de su jefe y amigo.

James, por su parte, solo sonreía divertido tras su pinta de cerveza negra, siendo el único del grupo que se burlaba abiertamente de la faceta de picaflor caído en desgracia.

Pasaron gran parte de la noche riéndose sin piedad de lo fuerte que había caído Liam en las redes del amor no correspondido y de cómo, al final de la historia, los tipos más libertinos, esquivos y reacios al compromiso terminaban siendo siempre los que se enamoraban de la forma más profunda y dramática cuando aparecía la chica indicada.

—Una pena que a ella no le guste ni un poquito, ¿verdad? —le pinchó Bethany entre risas contenidas, dándole un codazo cómplice a Tristan mientras daba un sorbo a su bebida.

—¿Crees que la conquistará finalmente? —le siguió el juego Tristan.

—No lo sé, sinceramente. Parece una mujer realmente dura, inteligente y con las ideas demasiado claras como para caer en sus trucos habituales —comentó Bethany encogiéndose de hombros con falsa duda.

—Pero ¿cuándo se ha encontrado Liam a una mujer a la que no haya podido conquistar tarde o temprano? —le defendió James alzando su jarra en un brindis improvisado para darle un poco de moral al enamorado.

—Gracias, James. Muchísimas gracias, amigo.

Eres literalmente el único ser humano en esta mesa que es verdaderamente consciente de mi inmenso valor, de mi paciencia y de mis incuestionables capacidades de seducción —agradeció el aludido mirando a James con una mano en el pecho y dirigiéndoles un gesto de fingida indignación dramática a Tristan y a Bethany.

Siguieron entre bromas, risas y consejos para conquistarla durante más de dos horas.

La velada se prolongó bastante más de lo previsto, hasta que el pub comenzó a apagar paulatinamente sus luces principales, el encargado anunció la última ronda y el cansancio acumulado tras una semana intensa empezó a hacer mella en los cuatro amigos.

Se despidieron en la plaza del puerto entre abrazos y promesas de volverse a la siguiente semana, tomando cada uno el camino hacia sus respectivos hogares.

Eran casi las tres y media de la madrugada cuando Tristan regresó finalmente a la tranquilidad de su edificio.

Subió en el ascensor en absoluto silencio, arrastrando los pies, cansado.

Entró en su piso, cerró la puerta con doble vuelta de llave y se dirigió directamente al cuarto de baño.

Necesitaba despejarse. Se dio una ducha rápida con agua bien caliente para quitarse de encima el frío nocturno del mar y el olor a tabaco y cerveza del pub, y se puso un pijama cómodo de algodón gris.

Acababa de apagar la luz del baño y se disponía a entrar en su dormitorio cuando, de repente, el timbre de la puerta principal resonó en el pasillo con un zumbido estridente e inesperado.

Tristan se quedó completamente congelado en mitad del corredor, sujetando la toalla con la que se secaba el pelo.

El pulso se le aceleró de forma instantánea.

Preocupado por la posibilidad real de que hubiera sucedido alguna emergencia grave con su madre, con su tía, con la tienda o con alguno de sus amigos a esas horas intempestivas, caminó a prisa hacia el recibidor y contestó el telefonillo con la voz tensa:

—¿Quién es?

Al otro lado del altavoz no hubo una respuesta inmediata, sino solo el sonido de una respiración agitada, pesada, y una voz grave, pausada y rasgada por el alcohol que resonó con torpeza:

—Tristan, por favor, abre. Soy yo.

Se quedó de piedra al comprobar que la voz pertenecía a Hunter.

La sorpresa le paralizó la garganta durante un segundo que se sintió eterno.

Su mente lógica intentó procesar la situación, pero las emociones se adelantaron a la razón.

Sin saber muy bien cómo reaccionar o qué esperar de semejante visita, pulsó el botón del automático para abrirle la puerta del portal de abajo y se quedó esperando en el marco de la puerta de su casa a que el ascensor subiera.

En cuanto las puertas metálicas del ascensor se abrieron en el descansillo de su planta y Hunter salió de él, un intenso y abrumador aroma a wiski le llegó de inmediato, denso y penetrante.

Además, el periodista presentaba un aspecto completamente desordenado: tenía las mejillas marcadamente enrojecidas por la intoxicación y el viento helado, la camisa entreabierta y medio fuera de los pantalones, la chaqueta torcida y caminaba poco derecho, tambaleándose levemente a cada paso que daba sobre el felpudo.

—Tristan —murmuró Hunter con la voz quebrada en cuanto estuvo directamente delante de él.

Antes de que el aludido pudiera articular una sola palabra, Hunter le echó los brazos al cuello con un ímpetu desesperado y torpe, dejándose caer pesadamente sobre su cuerpo.

Sorprendido por el impacto y el peso repentino del periodista, le devolvió el abrazo por puro instinto para evitar que ambos terminaran rodando por el suelo del pasillo.

Con bastante esfuerzo, le sujetó por la espalda y le hizo entrar en su casa, cerrando la puerta principal de un taconazo.

Prácticamente tuvo que cargarle en brazos a lo largo del pasillo, sujetándole con firmeza por la cintura mientras él apenas podía arrastrar los pies, hasta lograr dejarlo sentado sobre el mullido sofá del salón.

Durante todo ese trayecto, Hunter no dejó de apoyar la cabeza en el hombro de Tristan, repitiendo como un mantra susurrado, pegado a su oído y con una voz llena de culpa, lo mucho que le había echado de menos, una y otra vez, sin pausa ni filtro alguno.

Tristan, con el corazón batiéndole desbocado contra las costillas y la mente hecha un auténtico lío, fue a la cocina a toda prisa. Sirvió un vaso grande de agua fresca de la jarra y cogió un par de analgésicos del botiquín para el dolor de cabeza que no iba a tardar en hacer su aparición.

—Bebe esto, Hunter. Venga, despacio, no te lo tragues de golpe —le ordenó con una mezcla de firmeza y suavidad, sentándose a su lado en el borde del sofá.

Le obligó con paciencia a tomarse las pastillas y a beberse el agua trago a trago para estabilizarlo un poco.

En cuanto Hunter dejó el vaso vacío sobre la mesa de centro de madera, volvió a inclinarse torpemente hacia adelante y Tristan le permitió que le abrazara de nuevo.

El periodista enterró el rostro en el hueco del su cuello, rodeándole la cintura con una fuerza casi posesiva y necesitada.

Tristan permanecía completamente desconcertado.

No entendía nada. Si la poción se había neutralizado el sábado anterior cuando disolvió los polvos de su abuela en la copa de gin-tonic, ¿por qué Hunter estaba allí?

¿Por qué se comportaba con semejante nivel de desesperación emocional?

Sin embargo, a pesar del torbellino de dudas que lo mortificaba, Tristan no quería pelearse ni iniciar un enfrentamiento con una persona evidentemente bebida e incapaz de razonar.

De pronto, en un movimiento rápido, Hunter alzó la cabeza, miró a Tristan a los ojos con fijeza y le sujetó el rostro con ambas manos. Sus dedos estaban calientes y temblorosos contra las mejillas de Tristan.

Y, sin darle tiempo a reaccionar, le besó.

Fue un beso abrumador, profundo, húmedo y pasional que pilló a Tristan totalmente con la guardia baja.

Los labios de Hunter estaban calientes y su boca sabía al wiski que le había puesto en tal estado de embriaguez.

Sus labios insistentes se apoderaron de los suyos con ferocidad y pasión, tanta que hizo que a Tristan le diera un vuelco el universo entero.

La presión de las manos de Hunter en sus mejillas era suave pero posesiva, deslizándose lentamente hacia su nuca para enredar los dedos en su pelo aún húmedo por la ducha y profundizar el contacto, mientras sus lenguas se encontraban en un compás lento, apasionado, desordenado y agitado.

Había en ese beso una urgencia contenida durante demasiado tiempo, una mezcla de dolor, de deseo reprimido, de arrepentimiento y de una ternura desgarradora que hizo que todas las defensas de Tristan se desmoronaran en un segundo.

El calor del cuerpo de Hunter pegado al suyo, el sonido de su respiración entrecortada chocando contra su piel y la textura rasposa de su incipiente barba contra su cuello hicieron que Tristan cerrara los ojos por un instante y se dejara llevar por completo, devolviéndole el beso con una entrega involuntaria y ardiente que llevaba semanas enteros queriendo liberar en el silencio de su dormitorio.

Era un choque de sensaciones demasiado intenso, un torbellino donde el olor del alcohol y la calidez del afecto se mezclaban de forma embriagadora.

Tristan se lo permitió durante unos segundos eternos que parecieron detener el tiempo en la estancia, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies, hasta que su mente lógica y analítica reaccionó de golpe, trayéndolo de vuelta a la cruda realidad: Hunter estaba borracho, desorientado, superado por el alcohol y claramente no sabía lo que hacía ni era consciente de ello.

Con un esfuerzo que le desgarró el alma y le dejó un sabor amargo en la boca, Tristan le puso suavemente las manos en los hombros y le empujó con delicadeza, pero con firmeza hacia atrás, rompiendo el beso.

—Hunter, no... Detente —susurró Tristan con la voz temblorosa, el aliento agitado y los labios aún brillantes.

Hunter pestañeó despacio, mirándole con los ojos vidriosos.

Intentó abrir la boca para decir algo más, para formular alguna explicación o continuar con su retahíla de confesiones, pero el peso del alcohol, la tensión liberada y el cansancio acumulado vencieron definitivamente su resistencia física.

Apoyó la cabeza pesadamente sobre el respaldo del sofá, dejó escapar un suspiro profundo, cerró los ojos y, en cuestión de un par de minutos, se quedó completamente dormido en el salón de Tristan.

Tristan se quedó sentado a su lado durante largo rato en la penumbra de la estancia, sin atreverse a moverse, observando el rostro relajado de Hunter, quien dejaba escapar periódicos suspiros y pequeñas quejas incomprensibles entre sueños, moviendo levemente los labios para murmurar de forma casi inaudible lo mucho que lo había echado de menos.

Tras recuperar un poco el aliento, Tristan se levantó en silencio, fue a su dormitorio a buscar una manta gruesa de lana y arropó a Hunter con delicadeza hasta el cuello.

Luego, se pasó la mano por los labios, todavía calientes y sensibles por el beso, y se apoyó contra la pared del salón, atrapado en nueva ráfaga de dudas que invadieron su mente.

Si el hechizo había sido neutralizado con los polvos del antídoto, ¿qué era exactamente lo que había llevado a Hunter a su puerta esa noche?

Y, lo que era más aterrador para Tristan, ¿cuánto de ese apasionado beso era culpa del alcohol y cuánto correspondía a un deseo verdadero?