Capítulo 24
T é para afianzar la amistad:
flores de saúco, hojas de tomillo y una corteza de naranja.
Tomar en compañía sincera cuando las expectativas cedan su lugar a la lealtad y al afecto auténtico.
El viernes por la tarde llegó con un cielo despejado y una brisa que soplaba suavemente sobre las colinas de Cornualles.
El ritmo rápido de la semana parecía haberse ralentizado al llegar el fin de semana.
Tal y como habían planeado el martes por mensaje, Tristan y Piran decidieron alejarse un poco del ambiente habitual y del bullicio de St. Ives para disfrutar de su cena en St. Erth, un pintoresco, antiguo y tranquilo pueblo interior ubicado a apenas unos kilómetros de la costa, encajado entre senderos frondosos, puentes de piedra y vegetación espesa.
El trayecto coche con Piran fue de lo más entretenido. Piran conducía con soltura mientras la música folk sonaba de fondo en la radio del vehículo, mezclándose con sus comentarios irónicos sobre el trazado de las carreteras secundarias de la comarca.
El restaurante elegido era un local con un encanto rural: una antigua casa de campo construida en piedra volcánica y madera que había sido cuidadosamente reconvertida en un acogedor bistró de cocina típica de la zona.
Al cruzar el umbral de entrada, los recibió el aroma de la comida.
El interior estaba iluminado de forma tenue por velas colocadas en cada mesa, con una chimenea de ladrillo encendida en la esquina principal que proyectaba reflejos dorados.
El camarero los condujo hacia una mesa redonda de madera maciza situada junto a un gran ventanal de arcos que daba hacia un jardín interior iluminado por farolillos.
Desde que se sentaron a la mesa y desplegaron las cartas, Piran demostró ser, una vez más, un acompañante encantador, atento y sumamente educado.
La velada transcurrió en un principio entre risas, anécdotas divertidas sobre los años universitarios de Tristan en el laboratorio y reflexiones compartidas sobre lo difícil que resultaba adaptarse al ritmo pausado de la vida en el campo después de haber pasado años en ciudades grandes como Bristol.
Se divirtieron juntos analizando la lista de vinos, comentaron las excentricidades de los clientes de las mesas colindantes con ese humor mordaz que ambos compartían y disfrutaron de una sucesión de platos deliciosos en una atmósfera impregnada de soltura, complicidad y absoluta fluidez.
Sin embargo, a medida que la cena avanzaba hacia sus momentos finales y los platos principales daban paso al postre y a las infusiones calientes, una certidumbre suave, clara y tranquila comenzó a flotar en el aire entre los dos.
La velada estaba siendo objetivamente perfecta; la comida era inmejorable, el ambiente no podía ser más cálido y la conversación no se había detenido ni un solo segundo en silencios pesados.
Pero al mismo tiempo, de forma tácita, innegable y cristalina, ambos empezaron a percatarse de una verdad fundamental: eran perfectos como amigos, pero no había absolutamente nada más allí.
No existía entre ellos esa chispa romántica caracterizada por el nerviosismo, ese cosquilleo de duda antes de un roce de manos ni esa tensión sexual tan necesaria cuando se busca construir una relación de pareja.
La afinidad que los unía era camaradería, sumamente estimulante en el plano intelectual, pero carecía por completo de esa atracción física o emocional instintiva que hace latir el corazón a otro ritmo y que transforma a dos desconocidos en amantes.
Piran dejó la pequeña cuchara del postre sobre el plato de porcelana, apoyó los brazos sobre la mesa, miró a Tristan directamente a los ojos con una sonrisa franca.
—Eres una de las personas más inteligentes, divertidas, cultas y fascinantes que he conocido desde que volví a instalarme en Cornualles, pero no siento que nos vayamos a besar al final de la noche ni al llegar a tu puerta, y lo mejor es que tengo la sensación de que estás de acuerdo conmigo, ¿verdad?
Tristan dejó escapar una risa suave.
—Iba a decirte exactamente lo mismo —admitió con una calidez absoluta en la voz—. Me lo estoy pasando increíblemente bien contigo y me encanta hablar de cualquier tema a tu lado, pero la química que hay en esta mesa es de una amistad, no de un romance apasionado.
Ninguno de los dos sintió la menor decepción, tristeza o incomodidad al poner aquella realidad sobre la mesa.
De una manera asombrosamente natural, decidieron en ese mismo instante que querían ser amigos de verdad.
Pero no amigos de boquilla, de ese tipo de conocidos lejanos que se prometen «a ver si quedamos un día de estos para tomar un café» y luego dejan que el tiempo y las excusas vayan enfriando el contacto hasta desaparecer, sino amigos de verdad: de los que quedaban todas las semanas con ganas, charlaban con total honestidad sin miedo a ser juzgados, se apoyaban mutuamente en los momentos complicados y compartían aficiones, libros y proyectos sin ningún tipo de segunda intención.
Por ello, mientras saboreaban con calma un par de infusiones calientes tras terminar la cena, establecieron el compromiso de verse religiosamente todas las semanas, fijando la tarde de los miércoles como su punto de encuentro oficial.
El plan para esos días sería totalmente flexible y libre de cualquier compromiso estricto: ir a tomar un café en algún rincón tranquilo del puerto, visitar un vivero, perderse durante horas por las estanterías de alguna librería o simplemente dar un paseo por la costa; lo que fuera que les apeteciera hacer ese día según el clima y el humor con el que salieran del trabajo.
—Me hace mucha ilusión quedar contigo los miércoles —comentó Piran sonriendo abiertamente y apoyando la barbilla sobre la palma de su mano.
—A mí también —respondió Tristan devolviéndole la sonrisa.
Piran se recostó contra el acolchado del sillón de cuero del restaurante, mirando a Tristan con una chispita pícara en los ojos.
—Aunque creo que, dado que estamos solteros, podemos quedar algún fin de semana y hacer una escapada a Londres a vivir una aventura.
Tristan se rio abiertamente, negando suavemente con la cabeza ante la oferta de su nuevo amigo.
—En St. Ives también hay gais —recordó Tristan divertido.
—Lo sé, pero... —empezó a decir Piran poniendo una cara de duda exagerada.
—Y bares de ambiente —añadió Tristan adelantándose con rapidez—. No los había cuando éramos críos, pero ahora los hay. De hecho, ¿por qué no vamos el miércoles allí a tomarnos el café?
—No creo que sean ese tipo de bares —protestó Piran arrugando la nariz en un gesto cómico de fingida desconfianza.
—Podemos cambiar el café por una cerveza —propuso Tristan con un guiño.
La cara de Piran se iluminó por completo en un instante, estallando en una amplia y contagiosa carcajada que resonó en el ambiente tranquilo del restaurante.
—¡Hecho! —exclamó inclinándose hacia adelante y extendiendo la mano sobre la mesa para sellar formalmente el pacto de caballeros.
La cena en St. Erth concluyó entre bromas, risas y un profundo sentimiento mutuo de satisfacción personal.
Tristan regresó a su casa esa noche en el coche de Piran con el corazón ligero y la mente en absoluta paz.
Aunque no había encontrado una pareja romántica en el sobrino de Laura, había ganado algo que en la vida real a menudo resultaba infinitamente más valioso, raro y duradero: un amigo auténtico, noble, divertido y leal con quien compartir el camino de la vida, sin expectativas no cumplidas y sin pociones.