Capítulo 23
T é para serenar la mente:
hojas de menta poleo, flor de azahar y un toque de hinojo.
Tomar al atardecer cuando la rutina adormezca los sentidos y sea necesario recobrar el equilibrio interior.
Tristan llevaba varios días funcionando en piloto automático.
Tras el agitado episodio de la cita en la cafetería del puerto y la amarga escena nocturna leyendo los viejos mensajes de Hunter, había decidido refugiarse en la comodidad de una rutina milimétrica, predecible en la que no tuvieran espacio ningún sobresalto emocional.
Sus jornadas se habían convertido en un engranaje perfectamente engrasado: se levantaba temprano, acudía a la universidad a impartir sus clases de química, cruzaba un par de mensajes casuales con Liam, regresaba a casa al caer la tarde, llamaba a su madre para saber cómo estaban, cenaba algo ligero mientras veía las noticias o cualquier programa que atrajera su atención y se acostaba temprano con un libro entre las manos.
La única variación en ese esquema de calma autoimpuesta era Piran.
Mantener el contacto con él resultaba fácil, natural y una desconexión bienvenida.
Se enviaban mensajes con regularidad a lo largo del día compartiendo anécdotas irónicas sobre sus respectivas rutinas, comentarios ácidos sobre las ocurrencias de sus familias y fotografías de rincones del pueblo.
La química entre ambos seguía consolidándose sobre una base sana y sin presiones, hasta el punto de que ya tenían programada una segunda cita: una cena juntos el viernes.
El jueves por la tarde, tras regresar del campus universitario, Tristan se encontraba en el salón de su piso disfrutando de la paz de su hogar.
Había dejado el maletín de trabajo en el despacho, se había cambiado de ropa y estaba a punto de poner la tetera sobre el fuego cuando sonaron un par de golpes apresurados e impacientes contra la madera de la puerta principal.
Tristan frunció el ceño con curiosidad, caminó hacia el recibidor y abrió.
Al otro lado del umbral apareció Liam, quien pareciendo nervioso: con el cabello castaño desordenado y una expresión que oscilaba entre el desconcierto más absoluto, la excitación y el pánico contenido.
Sin esperar a que Tristan le diera paso, entró a la vivienda como un torbellino, quitándose la chaqueta con movimientos torpes y paseándose de un lado a otro del salón como un felino enjaulado.
—Creo que he conocido a alguien —soltó Liama de repente, llevándose una mano a la nuca con gesto alocado.
Tristan, apoyando los brazos sobre el respaldo del sofá, ladeó la cabeza y le dedicó una sonrisa cargada de fingida incredulidad.
—¿Crees?, ¿estabas borracho? —preguntó Tristan socarrón.
En realidad, Tristan solo se estaba haciendo el tonto para aligerar la tensión.
Con solo verle la cara de su amigo sabía perfectamente de lo que hablaba.
Su rostro no reflejaba la típica chulería o el entusiasmo superficial con el que solía hablar de sus conquistas de fin de semana; Liam parecía realmente impactado.
—Ojalá estuviera borracho, amigo mío. Ojalá —suspiró Liam dejando caer los brazos con dramatismo mientras se dejaba caer de golpe en el sofá de Tristan—.
Si pudiera echarle la culpa al alcohol o a una noche de fiesta descontrolada todo sería más fácil.
Pero estoy en pleno uso de mis facultades mentales, lo que hace que todo esto sea infinitamente más preocupante.
—A ver, cálmate un poco y cuéntame todo por orden —le pidió Tristan, caminando hacia la cocina pequeña para traer dos vasos de agua—. ¿Quién es esa persona tan extraordinaria que ha conseguido poner al mismísimo e inquebrantable Liam de los nervios?
Su amigo cogió el vaso de agua que le tendía, le dio un trago largo y se pasó la mano por el rostro antes de empezar a hablar:
Había conocido a una abogada impresionante llamada Hazel.
Una mujer brillante, elegante, con una mirada capaz de congelar el agua del puerto y una actitud profesional impecable que, sencillamente, pasaba de él totalmente.
Coincidió con ella por primera vez hacía unos días en los pasillos de los juzgados del distrito, cuando Liam acompañaba a un colega del trabajo.
En cuanto la vio caminar con su maletín de piel y su traje sobrio, trató de coquetearle utilizando sus mejores frases de seductor, lanzándole un comentario ingenioso y su sonrisa más ensayada.
Pero ella, sin despeinarse ni un solo milímetro, le miró de arriba abajo con un desdén monumental, no dijo ni una palabra y pasó de él dejándole sin miramientos en mitad del pasillo.
En un principio, como era de esperar en alguien como Liam, no le dio mucha importancia al incidente.
Lo achacó a que la mujer tendría un mal día o a que era demasiado estirada para su gusto.
Sin embargo, el verdadero problema había comenzado después: en las últimas dos semanas se la encontraba constantemente por todo St. Ives.
La veía en la cafetería cercana al puerto, en la papelería del centro, cruzando la plaza del ayuntamiento o saliendo de su despacho al atardecer.
Cuanto más la veía, más fascinante le parecía su aura de control absoluto, su inteligencia afilada y esa elegancia distante que no cedía ni un milímetro.
A Liam le preocupaba de sobremanera colgarse de ella de verdad.
Primero, porque él siempre se había considerado a sí mismo un alma libre, un espíritu independiente al que no le gustaban las ataduras ni los dramas románticos; y segundo, y mucho más grave, porque ella parecía no estar interesada en él podía ofrecerle.
Tristan escuchó toda la retahíla de confesiones manteniendo una expresión seria, aunque por dentro le divertía enormemente ver a su amigo tan descolocado por primera vez en su vida.
—Igual está casada —sugirió Tristan encogiéndose de hombros.
—No —respondió tajante—. Ya lo he averiguado con la gente del juzgado. No lleva anillo ni hay rastro de marido.
—Comprometida.
—Tampoco —negó Liam con vehemencia, cruzándose de brazos—. Su dedo anular está más limpio que mi expediente.
—Tiene novio.
—No, no y no —insistió poniéndose de pie de nuevo y empezando a caminar por la alfombra—. Vive sola en un piso precioso cerca de la bahía y no hay presencia masculina regular a la vista.
Tristan arqueó una ceja con una mezcla de diversión y escepticismo.
—¿No le gustas?
—Eso es completamente imposible —sentenció con absoluta rotundidad—. A ver, ¡soy yo! A todo el mundo le caigo bien tarde o temprano. El problema es que ella ha construido una muralla de contención de tres metros de grosor alrededor de mi encanto y parece ser inmune a mi atractivo natural.
Tristan le lanzó una mirada cansada, inclinando la cabeza con esa paciencia infinita que solo un amigo de la infancia puede desplegar.
—¿Entonces?, ¿vas a rendirte? —preguntó Tristan.
Liam se detuvo en seco en medio del salón, adoptó una postura erguida y miró a Tristan con una solemnidad casi religiosa.
—Por supuesto que no. Tengo a las chicas del club del té de mi lado —sentenció, muy serio—. Ellas sabrán perfectamente lo que tengo que hacer.
Tristan parpadeó un par de veces, procesando las palabras de su amigo antes de dejar escapar un resoplido de incredulidad.
—Es jueves. Tómatelo con calma, amigo. Las chicas no se reúnen hasta el lunes que viene.
—No puedo tomarme esto con calma —protestó agitando los brazos con exageración—.
No tengo tiempo que perder. Estos días que quedan hasta el inicio de la semana tengo que dedicarlos de forma intensiva a recopilar toda la información que encuentre de ella: sus horarios, sus gustos de café, sus rutinas diarias, todo lo necesario para poner al día a las chicas el lunes en la reunión del té y que puedan diseñarme un plan de acción eficaz.
Tristan no pudo evitar esbozar una sonrisa irónica ante el despliegue de locura organizativa de su mejor amigo.
—¿Sabes que tu madre también estará allí? —le recordó Tristan alzando una ceja—. Jenna no se pierde una sola reunión de los lunes. ¿Vas a ventilar tus penas amorosas delante de tu propia madre?
—¿Y? No le oculto nada —respondió Liam con un encogimiento de hombros.
Tristan asintió en silencio. Conocía de sobra la relación que Liam tenía con su madre: no se trataba de ocultarle cosas por miedo o timidez, sino de mostrar un poco de pudor maduro ante los asuntos del corazón, algo que a Liam parecía importarle bastante poco cuando estaba desesperado por obtener respuestas.
Liam cruzó la estancia, se plantó delante de Tristan y le señaló con el índice con un gesto cargado de lógica aplastante.
—Además, piénsalo fríamente, Tristan. Si ellas te han encontrado novio a ti en un abrir y cerrar de ojos, ¿por qué no pueden ayudarme a mí a conquistar a la abogada de mis sueños?
—Piran no es mi novio —puntualizó—. Solo hemos tenido una cita muy agradable en la cafetería del puerto y tenemos una cena programada para mañana viernes. No le pongas etiquetas antes de tiempo.
Liam soltó una carcajada y le guiñó un ojo con descaro.
—Eso espero, porque todavía no le conozco en persona y no le he dado mi visto bueno definitivo como tu mejor amigo. Tengo que someterlo a un tercer grado adecuado antes de concederle el título oficial.
Tristan entornó los ojos, disfrutando a pesar de todo del ambiente distendido que Liam siempre traía consigo.
—Bueno, yo puedo decir exactamente lo mismo de Hazel —atacó Tristan con ironía—. Todavía no la conozco y tampoco sé si me va a caer bien la mujer que ha conseguido volver loco al hombre más ligón de todo St. Ives.
Liam se ajustó el cuello de la camiseta, sonrió de lado con esa chulería recuperada que tan bien le caracterizaba y le dio una palmadita afectuosa a Tristan en el hombro.
—Dame tiempo, amigo —pidió con un guiño cargado de una absoluta y renovada seguridad en sí mismo—. En cuanto las chicas del club del té pongan a trabajar sus teteras y su red de contactos el lunes por la tarde, Hazel no va a saber ni de dónde le han llovido las oportunidades para enamorarse de mí.
Tristan soltó un largo suspiro y sacudió la cabeza riéndose abiertamente.
Aunque la vida de Tristan estuviera sumida en un paréntesis de rutina tranquila tras los enredos con Hunter y la química amarga de las pociones, la irrupción de Liam prometía que las reuniones del club del té iban a seguir siendo el centro neurálgico de todo el caos, las risas y la magia romántica de St. Ives.