Capítulo 22
T é para acallar la nostalgia:
hojas de toronjil, flores de azahar y un pellizco de mejorana.
Tomar a sorbos lentos en el silencio de la noche cuando la memoria insista en desenterrar lo que el tiempo intenta calmar.
Tristan apagó la lámpara de noche y se metió entre las sábanas, buscando una postura cómoda.
Apoyó la cabeza en la almohada y cerró los ojos, intentando de forma consciente invocar la imagen de la sonrisa abierta de Piran, sus bromas sobre la arquitectura del pueblo o la facilidad con la que habían conectado desde el primer segundo, pero su mente traicionera volvía una y otra vez a la escena de la cafetería: a la figura de Hunter entrando por la puerta, a su bufanda oscura, a la tensión invisible pero palpable que se había instalado en el aire y, sobre todo, a la forma en la que había desviado la mirada de inmediato, fingiendo no verle.
Incapaz de contener la tentación, Tristan estiró el brazo en la penumbra y cogió el teléfono móvil de la mesilla de noche.
La luz azul de la pantalla le deslumbró levemente los ojos.
Desbloqueó el dispositivo y, en lugar de revisar los últimos mensajes que se había intercambiado con Piran, abrió la aplicación de mensajería instantánea y buscó el chat de Hunter.
Allí estaba la conversación, un historial que se extendía a lo largo de varias semanas de extraña y fascinante proximidad.
Tristan comenzó a deslizar el pulgar hacia arriba, releyendo los textos antiguos que se habían enviado.
Había notas de voz breves, bromas absurdas sobre el clima de Cornualles, recomendaciones de libros, horarios para coincidir en la sección de lácteos del supermercado y comentarios cómplices que, en su momento, le habían hecho latir el corazón con un entusiasmo casi adolescente.
Cada mensaje parecía un vestigio de una realidad alternativa, una prueba real de la cercanía que habían compartido las últimas semanas.
Releer aquellas líneas con el recuerdo de la tarde le resultaba doloroso.
Toda esa complicidad, todos esos detalles que a Tristan había esperado que fueran el inicio de algo profundo y sincero, no habían sido más que el resultado de un desencadenamiento químico involuntario, una ilusión provocada por las plantas de su madre.
Lo único que no lograba entender de toda la situación y, por tanto, lo que le quitaba el sueño, era por qué él mismo no se había visto afectado por el té.
¿Se debía a que en él sí que había sentimientos latentes?
, ¿a que era inmune? Debía de haber alguna explicación lógica que explicara que solo Hunter se había visto afectado por la poción.
De pronto, un pequeño detalle en la parte superior de la pantalla hizo que Tristan se quedara completamente congelado en medio de la penumbra.
Bajo el nombre de Hunter, el indicador de estado acababa de cambiar: En línea .
A Tristan se le aceleró el pulso de inmediato. Se le formó un nudo en la garganta y sintió cómo los dedos se le ponían fríos alrededor del marco metálico del teléfono. Un instante después, las letras verdes se transformaron en un mensaje que le hizo contener la respiración: Escribiendo...
El corazón se le aceleró en el pecho. Durante unos segundos que se sintieron como una eternidad, fijó los ojos en la pantalla, esperando con una mezcla de miedo y esperanza.
Se imaginó mil escenarios en una fracción de segundo: tal vez Hunter le pedía disculpas por haber disimulado en la cafetería o le explicaba el porqué de su silencio desde el sábado.
Pero los segundos transcurrieron en un silencio sepulcral.
El texto Escribiendo... parpadeó un par de veces más en la parte superior del chat y, de repente, desapareció sin dejar rastro.
La pantalla volvió a mostrar simplemente el nombre de Hunter, seguido de nuevo por la etiqueta En línea , hasta que finalmente esa palabra también se esfumó, dejando tras de sí únicamente la hora de su última conexión.
No llegó absolutamente ningún mensaje. Ninguna notificación rompió el silencio de la noche.
Tristan se quedó contemplando la pantalla vacía con una sensación de pérdida en el estómago. Suspiró cansado de sí mismo, de su mente y de sus tontas esperanzas.
«¿Qué estás haciendo, Tristan?», se recriminó a sí mismo con severidad interna.
«Probablemente la aplicación ni siquiera funciona bien.
Estaría escribiéndole a cualquier otra persona, a Elowen o a algún compañero del periódico, y la interfaz se habrá actualizado mal.
Es absurdo pensar que estaba escribiéndote a ti».
Era la explicación más lógica y la única que encajaba con la dura realidad de su situación. Hunter no tenía ningún motivo para escribirle, no después de haber pasado casi dos días en silencio absoluto y de haberle ignorado deliberadamente a escasos metros de distancia en la cafetería del puerto.
Con un movimiento firme y decidido, como si quisiera castigarse por su propia debilidad emocional, cerró la aplicación de mensajería, puso el teléfono en modo silencio y lo dejó de boca abajo sobre la mesilla de noche, ocultando la pantalla en la oscuridad.
Buscando una forma desesperada de distraer sus pensamientos y acallar el murmullo de su mente, encendió de nuevo la pequeña lámpara de lectura y cogió el libro de ensayo que descansaba a su lado.
Abrió las páginas por el punto donde lo había dejado horas atrás e intentó concentrarse en la sintaxis de las frases, forzándose a leer párrafo tras párrafo con absoluta disciplina académica.
Pero era una batalla perdida. Las palabras impresas en el papel se desdibujaban ante sus ojos, convirtiéndose en un mero ruido visual incapaz de competir con el torbellino de su propia introspección.
Las líneas de texto no lograban penetrar en su concentración; en su lugar, el peso de lo sucedido durante las últimas semanas se le vino encima con una claridad aplastante.
Dejó el libro abierto sobre su pecho y se quedó mirando fijamente el techo de la habitación, donde las sombras trazadas por la luz de la lámpara dibujaban formas abstractas y cambiantes.
Le resultaba profundamente triste reflexionar sobre cómo se habían desarrollado las cosas entre ellos.
Se sentía invadido por una melancolía pesada al constatar lo irónico y cruel que resultaba su destino compartido.
Habían hecho falta años de distancia, reproches no dichos y un orgullo infantil para mantenerlos alejados el uno del otro desde la adolescencia.
Y luego, cuando por fin los caminos de ambos habían vuelto a cruzar, había hecho falta una poción de amor, un error absurdo y disparatado, para romper el hielo, para derribar las barreras que los separaban y para obligar a Hunter a mirarle de nuevo sin esa actitud mordaz con la que llevaban años tratándose.
«Qué triste es que hiciera falta una poción para unirnos», pensó Tristan, sintiendo una punzada de amargura en el pecho. «Pero es más triste todavía que haya hecho falta un antídoto para separarnos de forma tan rotunda».
Lo que más le dolía a Tristan no era solo la distancia recuperada, sino la confirmación de su propia inseguridad: la idea de que nada de lo que había experimentado durante esos días con Hunter había sido real.
La atención de Hunter, sus miradas cargadas de intención, sus sonrisas directas y su constante empeño por coincidir con él no habían sido el reflejo de un sentimiento genuino nacido del corazón, sino simplemente la consecuencia de un brebaje herbal que alteró temporalmente su conducta.
En cuanto los polvos neutralizadores de su abuela habían hecho su trabajo, el encanto se había roto al instante, devolviendo las cosas a la cruda realidad.
Tristan cerró los ojos y respiró hondo, tratando de digerir la pesadez de esa certeza.
Se prometió a sí mismo que no volvería a abrir aquel chat de mensajes, que no buscaría explicaciones donde solo había química y azar, y que concentraría toda su energía en avanzar de forma madura.
Piran era una oportunidad real, una persona de carne y hueso que estaba allí sin magia ni trucos, dispuesto a conocerle por lo que Tristan era.
Con ese firme propósito grabado en la mente, aunque con el corazón todavía apesadumbrado, apagó finalmente la luz de la mesita de noche y se entregó a la oscuridad, esperando que el sueño llegara para traerle la calma que tanto buscaba.