Capítulo 21
T é para reconfortar el alma:
flores de manzanilla, hojas de melisa y una rama de canela.
Tomar a pequeños sorbos cuando la incertidumbre pese y sea preciso hallar calma en mitad de la tormenta.
El jueves por la tarde llegó envuelto en una suave y fresca brisa marina que soplaba las callejuelas empedradas de St. Ives, trayendo consigo el aroma a salitre y a tierra húmeda.
Tristan llegó a la cafetería del puerto unos diez minutos antes de las seis de la tarde, caminando a paso lento para intentar aplacar el leve manojo de nervios que revoloteaba en su estómago.
El local elegido por Piran era un rincón sumamente acogedor y con personalidad propia: paredes de piedra, vigas de madera en el techo, grandes ventanales orientados directamente hacia el espigón del puerto y una iluminación tenue que invitaba a quedarse horas enteras charlando sin prisas.
Mientras se quitaba la chaqueta y la bufanda junto a la entrada, echó un vistazo al interior y divisó de inmediato a Piran sentado junto a una pequeña mesa redonda de madera cercana al ventanal principal.
Por suerte, era de los que ponían su foto como imagen de perfil en la aplicación de mensajes, por lo que lo reconoció con facilidad.
Piran era, tal y como Laura había proclamado con desbordante orgullo en la reunión del club del té del lunes, un chico indudablemente atractivo y con una naturalidad que facilitaba la conversación.
Tenía el cabello castaño con mechones cobrizos y ligeramente despeinado por el viento de la costa.
Esbozaba una sonrisa amplia y franca, que arrugaba sus expresivos ojos de color avellana.
Vestía un jersey de lana gris de cuello de pico que le sentaba de maravilla y repasaba con un lápiz algunas líneas en su cuaderno de bocetos mientras le esperaba.
—¿Tristan? —preguntó Piran levantándose de golpe en cuanto lo vio acercarse a la mesa, ofreciéndole una mano firme y una sonrisa sincera que le arrugó e la comisura de los ojos—. Un verdadero placer por fin conocerte en persona sin la incómoda mediación de mi tía.
—El placer es mío —respondió Tristan, sintiendo cómo los nervios iniciales comenzaban a disiparse de golpe gracias al tono cálido y cercano del arquitecto—. Y créeme, entiendo perfectamente el peligro de las tías. La mía es igual—, bromeó.
Ambos se rieron de buena gana y se acomodaron en los cómodos sillones de cuero gastado.
A partir de ese primer intercambio, la conversación comenzó a fluir con una naturalidad pasmosa.
Piran resultó ser un conversador brillante, observador, culto y con una agudeza mental que encajaba de forma milimétrica con la de Tristan.
No había en él ni un ápice de arrogancia ni de falsa modestia.
Para sorpresa de Tristan, Piran no solo era educado y atento, sino que compartía con él un sentido del humor sorprendentemente ácido, irónico y negro, ese tipo de comicidad mordaz que normalmente solo se despliega con amigos de muchísima confianza.
—Así que te dedicas a la docencia e investigación en el departamento de química orgánica de la universidad —comentó Piran tras pedir dos cafés negros cargados y un par de pastas de almendra al camarero—.
Debes de pasarte el día entero rodeado de matraces, tubos de ensayo y compuestos bastante volátiles.
Yo me dedico a diseñar estructuras de madera, acero y piedra, lo cual es precioso y poético hasta que te das cuenta de que la gente pretende que sus casas soporten el clima brutal de Cornualles sin gastarse ni un penique en buen aislamiento.
—Bueno, la química orgánica no es tan diferente en el fondo —sonrió Tristan, apoyando los codos sobre la mesa y sintiéndose cada vez más relajado—.
En el laboratorio pasamos la mitad de las horas intentando que los reactivos no exploten en nuestras narices y la otra mitad fingiendo con absoluta profesionalidad que el caos controlado era exactamente el resultado que buscábamos desde el principio.
—El principio fundamental de la civilización moderna: fingir con impecable elegancia que todo está bajo control mientras la estructura entera se desmorona a nuestro alrededor —bromeó Piran guiñándole un ojo de forma cómplice—.
Me encanta esa filosofía de trabajo. Deberíamos aplicarla sin dudarlo al plan de ordenación urbana del ayuntamiento de St. Ives.
Se rieron de las anécdotas del trabajo que compartieron, de las manías de los vecinos ilustres del pueblo, del tráfico imposible en verano y de lo maravillosamente impredecibles que resultaban las tormentas de invierno cuando rompían contra el faro.
Había algo liberador en estar sentado allí con Piran.
No existían silencios incómodos que rellenar con torpeza, no había tensión ni la necesidad constante de medir cada palabra para no meter la pata.
La conexión era real, cómoda, directa y sumamente divertida.
Tristan sintió cómo los hombros se le relajaban por completo tras semanas de estar acumulando malentendidos, dudas y disparatadas hipótesis sobre bebidas mágicas.
Sin embargo, Tristan no estaba seguro de si era únicamente por el reducido tamaño geográfico de St. Ives, por la más pura y amarga mala suerte o por un capricho sádico y retorcido del destino, pero cuando llevaba allí casi una hora disfrutando de una velada maravillosa con Piran, la puerta de la cafetería se abrió de par en par y el aire frío de la calle se coló en la cafetería.
Tristan alzó la mirada de forma distraída mientras Piran le contaba una divertida historia sobre un cliente de Bristol, y el corazón le dio un vuelco cuando en la entrada aparecieron Hunter y Elowen.
Venían riéndose entusiasmados de alguna broma compartida, con las chaquetas bien abrochadas contra el frío atardecer.
Elowen llevaba una elegante bufanda de lana cruzada alrededor del cuello y Hunter sujetaba una libreta de tapas duras y su cámara fotográfica bajo el brazo, probablemente tras haber estado cubriendo algún reportaje local para las páginas del periódico.
Lo que más chocó y desconcertó a Tristan no fue la coincidencia de ver a la pareja entrar al mismo local, sino la reacción inmediata y calculada del periodista.
Tristan se sorprendió enormemente al ver que Hunter, al igual que él mismo hizo, se hizo el loco y fingió que no le había visto.
A pesar de estar a escasos cuatro metros de distancia y de que la mesa de Tristan estuviera ubicada en una línea de visión completamente despejada y directa hacia la puerta, Hunter desvió la mirada en una fracción de segundo hacia la pizarra de menús colgada tras la barra, fingiendo fascinación por la lista de tartas y cafés del día.
Elowen continuó hablando alegremente a su lado sin percatarse de nada en absoluto, mientras Hunter pedía dos consumiciones para llevar sin volver la cabeza ni un solo milímetro hacia el rincón del ventanal donde Tristan estaba sentado frente a Piran.
Tragó saliva con dificultad, sintiendo de pronto que el aire del interior de la cafetería se volvía difícil de respirar.
Trató con todas sus fuerzas de volver a concentrarse en la conversación con Piran, como había estado haciendo hasta hacía solo unos segundos sin problema, pero en ese instante le costaba un mundo entero mantener el hilo.
Su mente científica, esa estructura lógica que creía haber dejado aparcada por completo durante la velada, empezó a girar desbocada en círculos concéntricos y obsesivos.
«¿Por qué actúa así? ¿Por qué disimula de esa forma tan descarada?
», se preguntaba Tristan en un torbellino interno de dudas abrasadoras.
«Si los polvos de mi abuela rompieron el efecto del té el sábado por la noche y Hunter ha vuelto a ser el de siempre, ¿por qué actúa como si verme aquí sentado con alguien le resultase incómodo o molesto?
Si el hechizo se rompió, debería saludarme con total indiferencia o amabilidad casual, no fingir que soy invisible».
A pesar de sus esfuerzos por disimular la repentina rigidez de sus hombros y la mirada perdida, Piran era un chico demasiado observador e inteligente como para no darse cuenta del cambio brusco en la energía de la mesa.
La sonrisa de Tristan se había vuelto forzada y sus respuestas, antes ágiles, rápidas y cargadas de ironía, se habían vuelto de pronto breves, distantes y automáticas.
Piran no hizo preguntas incómodas ni giró la cabeza hacia la barra de forma indiscreta para investigar la causa del malestar de su acompañante. Se limitó a sonreír con una calidez y una elegancia llenas de madurez, dando un último sorbo a su taza de café ya templado.
—Sabes, Tristan —dijo Piran suavemente, inclinándose un poco sobre la madera de la mesa para hablarle en tono bajo—, el ambiente de esta cafetería se ha vuelto un poco caluroso y cargado con tanta gente entrando a última hora.
¿Qué te parece si dejamos la cuenta pagada y vamos a dar un paseo tranquilo por el espigón antes de que el sol se ponga del todo sobre el mar?
El aire helado del Atlántico siempre viene de maravilla para despejar la vista y la cabeza.
Tristan miró a Piran a los ojos, sintiendo un profundo e inmenso sentimiento de gratitud hacia él por su tacto y su enorme inteligencia emocional.
—Me parece una idea fantástica. Vamos —aceptó de inmediato sin dudarlo.
Ambos se levantaron con calma de la mesa, dejaron el importe exacto de los cafés y las pastas sobre la bandeja de la cuenta y caminaron hacia la puerta de salida.
Tristan mantuvo la vista fijada estrictamente al frente, evitando conscientemente girar la cabeza hacia el mostrador donde Hunter permanecía de espaldas esperando sus consumiciones.
Salieron a la calle y se alejaron a paso firme hacia el paseo marítimo, donde la brisa helada de la tarde logró calmar de golpe el latido acelerado del pecho de Tristan.
El paseo con Piran por el puerto resultó ser pacífico, reconfortante y liberador.
Caminaron a lo largo del espigón de piedra mientras las luces amarillas de las farolas comenzaban a encenderse una a una, reflejándose sobre el agua salada.
Hablaron sobre la arquitectura tradicional de Cornualles, sobre viajes a Europa, sobre la tranquilidad invernal del pueblo y sobre sus gustos literarios, devolviendo a la velada ese tono cálido, íntimo y agradable con el que había comenzado un par de horas atrás.
Más tarde esa misma noche, ya de vuelta en la seguridad y la tranquilidad de su propio hogar, Tristan se encontraba en la cocina preparándose una infusión suave para antes de dormir cuando su teléfono móvil comenzó a sonar sobre la encimera.
—¡Por fin te dignas a estar localizable!
—exclamó la voz de Liam al otro lado de la línea en cuanto Tristan presionó el botón de altavoz—.
Llevo toda la santa tarde mordiéndome las uñas de los nervios.
Cuéntame, ¿cómo ha ido la cita? Necesito la crónica completa, sin censura y detallada ahora mismo.
Tristan dejó escapar una pequeña y sincera risa de diversión, apoyándose contra el borde de la encimera de mármol mientras contemplaba cómo el vapor blanco subía de su taza de porcelana.
—Hola a ti también, Liam. La cita ha ido muy bien.
Piran es un chico guapísimo, educado, atento y ridículamente divertido.
Tiene un sentido del humor bastante negro y sarcástico que no me esperaba para nada en un principio, y la verdad es que nos hemos reído muchísimo durante toda la tarde, pero no tengo nada más jugoso que contarte, ha sido una primera cita.
—Eres tan mojigato —bromeó Liam con guasa—. Espero que para la próxima cita tengas información más… divertida que compartir. Porque ¿hay próxima cita, verdad?
—Sí, hemos quedado en mandarnos un mensaje durante el fin de semana para organizar otra salida con más calma —respondió Tristan con sinceridad, sintiendo que realmente le apetecía volver a compartir tiempo y charlas con el joven arquitecto.
Liam siguió con sus bromas y Tristan omitió mencionar que se había cruzado con Hunter y Elowen en la cafetería. Después de todo, ninguno de los dos había visto al otro.