Maldito hechizo Capítulo 20
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Capítulo 20

T é para revelar secretos:

manzanilla recogida por ti, agua caliente, unas gotitas de limón y azúcar moreno.

Tomar reposadamente cuando la verdad busque abrirse paso y sea el momento de liberarse de los silencios.

Llegó el lunes y, con él, la maravillosa reunión semanal del club del té en la tienda de su familia.

Tristan, sin embargo, arrancó la semana, sumido en un bajón considerable que no era capaz de quitarse de encima por mucho que lo intentara.

No había sabido absolutamente nada de Hunter desde el sábado por la noche, cuando se despidieron tras las copas en la puerta del pub con un simple y cortés «hasta luego».

El silencio absoluto de más de treinta y seis horas por parte del periodista solo podía indicar una cosa: sus peores temores e hipótesis científicas se habían hecho realidad.

Tras haberle suministrado los polvos neutralizadores de su abuela en la copa de gin-tonic, el efecto del té del amor había desaparecido por completo.

Su relación con Hunter había vuelto, de forma instantánea, al estado inicial de distancia e inexistencia.

Intentó disimular su evidente abatimiento mientras rellenaba con parsimonia las teteras de porcelana en la trastienda de La bruja de Cornualles.

A su lado, Liam intentaba animarle dándole pequeños codazos amistosos en las costillas y poniéndole caras divertidas, aunque la tienda ya empezaba a hervir de una actividad desbordante con la llegada gradual del grupo de mujeres más parlanchín, metomentodo y entrañable de todo el pueblo de St. Ives.

El salón principal de la tienda estaba abarrotado.

Entre las asistentes fijas se encontraban la madre y la tía de Tristan, coordinando la preparación de la tetera principal con mezclas de lavanda; Jenna, la madre de Liam, presidiendo uno de los sofás de terciopelo burdeos; y un nutrido grupo de vecinas compuesto por Barbara, Sally, Merryn y Laura, además de cinco mujeres más que conversaban acaloradamente sobre los últimos cotilleos de la comarca, los impredecibles pronósticos del tiempo para las embarcaciones del puerto y las disputas menores del ayuntamiento local.

—¡Tristan, querido! —exclamó Barbara con voz melodiosa nada más verle salir de la trastienda portando una bandeja repleta de galletas caseras de jengibre y canela—.

Te veo un poco pálido y apagado hoy. ¿Es que la universidad te está quitando el sueño con tanto examen o es que te hace falta salir a respirar un poco del aire fresco de la costa?

—Está perfectamente, Barbara —intervino Sally, ajustándose con parsimonia sus vistosas gafas de pasta rosa—.

Lo que le pasa a Tristan es que los académicos le dais demasiadas vueltas a la cabeza con las cosas de la ciencia.

Lo que necesita este chico para despejar la mente es una buena taza de infusión concentrada de tomillo silvestre y tener menos libros pesados entre las manos.

Merryn, que estaba cómodamente sentada en el sillón contiguo junto a Jenna, soltó una carcajada contagiosa mientras servía un generoso chorro de leche tibia en su taza de porcelana decorada.

—¡Por favor, Sally! Lo que necesita Tristan a sus años no es tomillo ni infusiones de abuela, es un poco de movimiento y alegría para el cuerpo.

Míralo, tan serio y formal, como si llevara el peso del mundo sobre los hombros.

Liam, haz el favor de llevarte a tu amigo a bailar a un pub la próxima noche de viernes o se nos va a terminar convirtiendo en un solterón antes de cumplir los treinta.

Liam, que justo pasaba por allí sujetando una jarra de agua caliente con un paño de cocina, no desaprovechó la oportunidad de meter cizaña y soltó una carcajada franca que resonó en todo el local.

—¡Ojalá fuera tan fácil como eso, Merryn!

Yo lo intento con todas mis fuerzas, os lo aseguro, pero este chico está más cerrado a la diversión que el museo marítimo local en un día festivo.

Lo que Tristan necesita con urgencia desesperada no es salir de copas, sino una cita de verdad.

Alguien majo que le desmantele los esquemas, le despeine un poco y le haga sonreír, que lleva desde el sábado con una cara de funeral y de tristeza que no hay quien lo arregle.

—¿Una cita has dicho? —saltó Laura de golpe, irguiéndose en el sillón como un halcón que acaba de divisar una presa fácil.

Apoyó su taza sobre el plato con un tintineo metálico—.

A ver, Liam, explica eso bien y con detalle.

¿Es que Tristan está oficialmente libre y buscando un buen pretendiente en el pueblo?

—¡Totalmente libre y disponible en el mercado! —remató Liam divertido, ignorando por completo la mirada asesina y que Tristan le estaba clavando directamente desde el otro lado del mostrador.

Laura se dio una fuerte palmadita de entusiasmo en la rodilla, radiante de pura satisfacción celestina.

—¡Pero si esto es una clarísima señal del destino, por el amor de Dios!

Mi sobrino Piran acaba de volver a instalarse en St. Ives la semana pasada después de pasar casi tres años trabajando en un estudio de arquitectura en Bristol.

Es un chico absolutamente encantador, educadísimo, trabajador, guapo a rabiar y soltero.

Tristan, no se hable más del asunto: os voy a organizar una cita a ciegas este fin de semana.

Le voy a dar tu número de teléfono móvil ahora mismo en cuanto me tome este sorbo de té.

—Laura, de verdad, se lo agradezco mucho pero no hace falta que se moleste —intentó excusarse Tristan, sintiendo cómo las orejas y las mejillas le ardían de pura vergüenza por la repentina y masiva atención de todas las mujeres de la sala.

—¡De eso nada de nada! —sentenció Jenna, la madre de Liam, interviniendo con autoridad maternal y guiñándole un ojo con complicidad—.

Laura tiene toda la razón del mundo, Tristan.

Piran es un muchacho estupendo, sano y con la cabeza bien amueblada.

A ti te vendrá de maravilla conocer a gente nueva de tu edad y salir un poco de esta rutina tan rígida en la que te encierras tú solo.

Nada de negativas ni de timideces absurdas, te lo ordenamos las presentes.

La tarde continuó transcurriendo entre risas generales, teorías disparatadas sobre el amor en la era moderna, anécdotas de juventud y bromas afectuosas dirigidas a los dos chicos. Las locuras de las mujeres hicieron que Tristan olvidara por unas horas el atronador silencio de Hunter.

Al final del día, la tienda cerró sus puertas al público, las mujeres se despidieron entre besos y buenos deseos, y Tristan regresó a su piso agotado mental y físicamente.

Tras darse una ducha rápida con agua muy caliente y prepararse una cena ligera, se acomodó en el sofá de su salón con un pesado libro de ensayo en el regazo, aunque en realidad era totalmente incapaz de concentrarse en la lectura de las líneas.

El teléfono móvil reposaba sobre la mesa de centro de madera, mudo, oscuro y estático.

Ni una sola notificación, ni un mensaje corto, ni una llamada de Hunter Mills.

«Tenías toda la razón del mundo, abuela», pensó Tristan con una amarga mueca de resignación inclinando la cabeza hacia atrás. «El efecto del té se esfumó en cuanto disolví los polvos. Todo lo que Hunter demostró la semana pasada fue solo producto de una alteración química involuntaria».

Justo cuando estaba a punto de rendirse por completo, apagar la luz de la lámpara auxiliar e irse a la cama a dormir, su teléfono vibró de repente sobre la mesa con un zumbido seco, iluminando la pantalla en la penumbra del salón.

Dio un leve brinco en el asiento y agarró el dispositivo con una prisa absurda e involuntaria, albergando la tonta y desesperada esperanza de leer el nombre de Hunter en la pantalla.

Sin embargo, el mensaje procedía de un número de teléfono desconocido.

De: Número desconocido «Hola, Tristan. Soy Piran, el sobrino de Laura.

Mi tía me ha dado tu contacto esta misma tarde tras la famosa reunión del club del té (ha sido bastante insistente y persuasiva, la verdad, me imagino que ya la conocerás bien ja, ja).

Me ha dicho que te vendría bien tomar algo para desconectar y a mí me encantaría enseñarte los nuevos proyectos de restauración del paseo marítimo o simplemente compartir un buen café.

¿Te apetece que quedemos este jueves por la tarde al salir del trabajo? »

Tristan se quedó contemplando fijamente la pantalla iluminada durante unos largos segundos. La educación del mensaje, la falta de pretensiones y el tono desenfadado del chico le sacaron una pequeña y sincera sonrisa de alivio. Tras meditarlo durante un breve instante, decidió responderle.

Para: Piran «Hola, Piran. Sí, tu tía Laura puede llegar a ser una auténtica fuerza de la naturaleza cuando se propone algo ja, ja. Me parece una idea estupenda, la verdad. Me vendría francamente bien despejarme un poco del trabajo. ¿Dónde y a qué hora te vendría bien que nos viéramos?»

A los pocos segundos, el indicador de respuesta se activó y Piran le contestó con una soltura y fluidez muy agradables.

De: Piran «¡Genial! Hay una cafetería pequeñita y nueva cerca del espigón del puerto que tiene unas vistas espectaculares al atardecer.

¿Te va bien si quedamos allí a las seis de la tarde?

Prometo no aburrirte hablando solo de planos y arquitectura si tú me prometes no soltarme un discurso lleno de fórmulas químicas complejas».

Tristan dejó escapar una risita suave en la tranquilidad de su salón, sintiendo un leve e inesperado cosquilleo de entusiasmo renovado en el estómago.

Continuaron intercambiando mensajes durante más de media hora, hablando sobre su regreso al pueblo, sus aficiones, el ritmo de vida en Cornualles y lo divertido e intrincado que resultaba vivir rodeados de una tupida red de vecinas que parecían saber absolutamente todo sobre la vida de los demás antes que uno mismo.

Piran era un chico simpático, atento, directo y con un sentido del humor ágil y muy afín al suyo.

Al apagar finalmente la pantalla del móvil y acomodarse bajo el edredón de su cama, Tristan sintió cómo el pesado lastre de la decepción por el silencio de Hunter empezaba a aligerarse de forma definitiva.

Quizás haber neutralizado el hechizo el sábado había sido la decisión correcta tras todo el enredo del té equivocado.

No había mejor momento que ese para pasar página, dejar atrás los viejos fantasmas del pasado adolescente y permitirse de una vez la oportunidad real de conocer a alguien nuevo sin pociones, sin secretos, sin culpas y sin ninguna historia complicada de por medio.

Sintiéndose reconfortado e ilusionado con la perspectiva de la cita del próximo jueves, cerró los ojos y, por primera vez en muchos días, logró dormirse profundamente con una sonrisa tranquila y serena dibujada en los labios.