Maldito hechizo Capítulo 19
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Capítulo 19

T é para disipar las conspiraciones:

flores de manzanilla, hojas de menta piperita y un pellizco de hinojo seco.

Tomar a pequeños sorbos cuando el pulso tiemble y la complicidad sea el único antídoto contra la torpeza.

Si sus amigos pensaron que era raro o sospechoso que invitara a Hunter a la habitual cena del sábado, ninguno dijo nada al respecto en el chat de grupo ni al llegar al restaurante.

Liam y James se limitaron a darle la bienvenida con palmaditas afectuosas en la espalda, entablando enseguida una conversación fluida entre bromas sobre el periódico local y viejos recuerdos de la infancia.

Por su parte, Bethany no iba a ser tan discreta ni de lejos, y en cuanto tuvo la menor oportunidad de pillar a Tristan a solas junto a la barra antes de sentarse a la mesa, lo sometió a un tercer grado en toda regla, inquisitivo y sin ningún tipo de piedad.

—A ver, Tristan —susurró Bethany, cruzándose de brazos y clavando en él sus ojos inquisidores—: ¿a qué viene este cambio de actitud tan repentino?

Hace apenas dos semanas no podías ni oír hablar de Hunter sin ponerte rígido como una tabla y ahora resulta que le invitas a nuestras cenas de los sábados.

¿Me he perdido algún capítulo importante o es que habéis firmado un tratado de paz secreto que estáis haciendo público hoy?

Tristan intentó poner su mejor cara de póquer mientras pedía una primera ronda de bebidas para la mesa al barman.

—Solo le invité porque surgió la conversación esta semana y me pareció una buena idea. A los dos nos pareció de adultos dejar nuestras diferencias del pasado atrás, Bee, eso es todo. Ya no somos críos.

—Adultos, sí, claro —ironizó Bethany, entornando los ojos con evidente desconfianza—. Y yo soy la reina de Inglaterra. Sé perfectamente cuando me estás ocultando algo gordo, Tris. Te conozco desde los diez años.

Tristan echó una mirada rápida y nerviosa hacia la mesa del fondo, donde Hunter se reía alegremente de alguna ocurrencia disparatada de Liam.

Sintió el frasco de vidrio esmerilado que le había dado su abuela pesándole en el bolsillo de la chaqueta como si fuera de plomo fundido.

Sabía que no podía llevar a cabo su plan en solitario sin que le pillaran, así que decidió que no le quedaba más remedio que reclutar a una aliada de confianza.

Se inclinó hacia Bethany y la arrastró con un tirón suave del brazo hacia el rincón más oscuro y apartado de la barra.

—Bee, voy a necesitar tu ayuda. Es súper importante —murmuró en un susurro desesperado y veloz—. Tengo que meterle estos polvos a Hunter en la bebida y tienes que entretenerle para que no se dé cuenta de que lo hago.

Bethany se le quedó mirando con los ojos desorbitados por la sorpresa más absoluta, dando un pequeño ahogo con la garganta.

—¡Ay, Dios mío! —exclamó en un chillido sordo, llevándose las manos a la boca—. Tristan, ¿te has vuelto loco?, ¿estás intentando envenenar al periodista del pueblo en medio del restaurante?, ¿es alguna broma de mal gusto, un laxante?

—¡Claro que no! —protestó—. Es por su propio bien. Te lo juro por mi vida que no es nada malo. Puede que, accidentalmente le diera una poción de amor hace unos días.

—¿Perdón?

Tristan le contó atropelladamente todo lo que había pasado durante los últimos días: la equivocación con las teteras en la tienda de su familia, la supuesta poción del amor que Hunter se había tomado por error en lugar de un té relajante, sus temores de que la actitud atenta y coqueta de Hunter fuera solo una reacción química involuntaria, y la solución neutralizadora que le había preparado su abuela para eliminar los efectos del té.

Bethany escuchó toda la historia con la boca ligeramente abierta, pasando de la incredulidad absoluta a una mirada que oscilaba entre la diversión y la compasión sincera.

Aunque ella no creía en lo más mínimo que un simple té de hierbas pudiera cambiar los gustos o la orientación de una persona de la noche a la mañana, conocía a Tristan desde hacía años y sabía la de vueltas que le daba a la cabeza por culpa de sus inseguridades y su riguroso esquema científico.

Comprendió que, si no le ayudaba a cerrar ese capítulo estrambótico, su amigo jamás estaría tranquilo.

—Eres completamente imposible, lo sabes, ¿no? —suspiró Bethany, negando con la cabeza, pero dejando escapar una sonrisa afectuosa—. De acuerdo. Te ayudaré a que le pongas los polvos en la bebida, pero solo para que te quede claro de una vez por todas que estás siendo un neurótico de manual.

El plan se puso en marcha a mitad de la cena, justo cuando la conversación en la mesa estaba en su punto más animado. La misión requería una precisión casi quirúrgica, pero tratándose de Tristan y Bethany, el proceso estuvo plagado de momentos cómicos y situaciones al borde del desastre absoluto.

El primer intento tuvo lugar cuando el camarero sirvió las jarras de cerveza y las copas de vino.

Tristan, disimulando de forma francamente fatal, sacó el pequeño frasco de su bolsillo con manos temblorosas.

Bethany cumplió su parte del trato creando una distracción escandalosa: fingió que se le caía un tenedor al suelo y montó un verdadero drama al agacharse a buscarlo, arrastrando a Liam y a James en el proceso para que la ayudaran a rastrear el cubierto debajo de la mesa.

Sin embargo, justo cuando Tristan estaba a punto de verter la fina mezcla herbal en la jarra de Hunter, este se giró de improviso hacia él para ofrecerle la cesta del pan, obligando a Tristan a esconder el frasco de golpe en su puño con un movimiento tan brusco y torpe que estuvo a punto de volcar su propia copa de vino tinto sobre el mantel blanco.

—¿Te encuentras bien, Tris? Te noto un poco nervioso esta noche —comentó Hunter con preocupación.

—¡Perfectamente! Es solo la química del aire o el cansancio de la semana, ya sabes... —soltó con una risa nerviosa que sonó falsa.

Bethany le lanzó una mirada fulminante desde el otro lado de la mesa que decía claramente: «Eres un desastre como espía».

El segundo intento fue todavía más caótico.

Aprovechando que Hunter se levantó un momento para ir al baño, Tristan se inclinó rápidamente sobre la mesa para verter el polvo neutralizador de su abuela en el vaso de agua de Hunter.

Pero justo cuando los polvos caían y empezaban a disolverse en el líquido sin dejar rastro, James extendió el brazo distraídamente para coger esa misma jarra de agua y rellenar los vasos de todos.

Tristan tuvo que pegar un manotazo casi acrobático a la botella para evitar que diluyera la mezcla, inventándose una excusa absurda sobre que el agua de esa botella en concreto sabía «rara y tibia» y que era mucho mejor pedir otra helada al camarero.

Liam le miró como si a Tristan le hubieran crecido tres cabezas de repente, pero Bethany intervino con maestría, apoyando la loca teoría de Tristan y pidiendo una ronda nueva de bebidas para disimular el caos.

Al final, tras tres intentos fallidos, dos casi descubrimientos y un despliegue de torpeza digno de comedia romántica de enredos, las cosas salieron bien.

Tristan logró disolver la mezcla neutralizadora de su abuela en el gin-tonic que Hunter pidió tras el postre.

Con la complicidad de Bee reteniendo a Hunter en una conversación hiperactiva y llena de gestos sobre la política municipal, los polvos de flores de saúco, abedul y valeriana se disolvieron por completo sin alterar la transparencia ni el sabor de la copa.

Tristan observó con el corazón saliéndosele por la boca cómo Hunter regresaba a su sitio, cogía la copa y le daba un trago largo y despreocupado mientras continuaba riéndose con Liam.

Ya está hecho, pensó Tristan, dejándose caer pesadamente contra el respaldo de la silla mientras soltaba un suspiro.

La suerte estaba echada de forma definitiva.

El supuesto filtro del amor de su madre había quedado oficialmente neutralizado por la sabiduría medicinal de su abuela.

Si la magia era la única responsable del repentino interés y de los coqueteos de Hunter, en cuestión de minutos el hechizo se rompería, el encanto se disiparía y Hunter volvería a verle con la fría indiferencia o la distante amabilidad del pasado.

Y si eso ocurría, si Hunter ya no quería ser su amigo o si la distancia entre ellos volvía a abrirse como un abismo insalvable, Tristan se prometió a sí mismo que lo asumiría sin ningún tipo de rencor, con la madurez que no tuvo a los dieciséis años y con la paz interior de haber devuelto las cosas a su cauce natural.

Se quedó mirando a Hunter fijamente a los ojos a través de la mesa, aguardando en un tenso silencio el inevitable veredicto de la química.