Maldito hechizo Capítulo 18
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Capítulo 18

T é para revelar las verdades del corazón:

flores de espino blanco, hojas de salvia y una pizca de pimienta rosa.

Tomar caliente cuando los sueños desafíen a la lógica y la magia busque su verdadero cauce.

A Tristan le costó mucho conciliar el sueño esa noche.

El regreso a casa tras la cena en el restaurante del puerto se había transformado en un bucle mental que no podía detener.

Se pasó horas y horas dando vueltas en la cama, recordando cada detalle del viaje de regreso a su casa: la calidez del perfume de Hunter flotando en el habitáculo del coche y la abrumadora cercanía de sus labios justo antes de soltar el cinturón de seguridad resonaban una y otra vez en su cabeza con una nitidez exasperante.

Cada vez que cerraba los ojos, volvía a recordar ese instante suspendido en el aire donde estuvo absolutamente seguro de que iba a besarle…

Cuando por fin logró quedarse dormido se pasó más de la mitad de la noche, envuelto en sueños nebulosos que eran una mezcla febril, mitad recuerdo distorsionado de su juventud, mitad fantasía explícita y dolorosamente libre.

Su mente reescribió por completo los recuerdos del día de su decimosexto cumpleaños.

En la trama del sueño, tras aquel infausto y desesperado beso a los dieciséis años, Hunter no se echaba hacia atrás horrorizado, ni le miraba con esa mezcla de lástima y distancia que le había destrozado el alma.

En su sueño, Hunter no le decía tajante que no le atraían los hombres y que esperaba que su enorme sacrificio de dejar que le besara le hubiese servido al menos de ayuda para aclararle las ideas sobre su propia identidad.

No. En la fantasía nocturna de Tristan, Hunter le devolvía el beso con una avidez desesperada, sujetándole el rostro entre las manos con una fuerza temblorosa y confesándole con voz ronca que a él también le gustaba, que siempre le había gustado y que por ese motivo se moría de miedo.

Y a ese primer beso soñado, lleno de una necesidad contenida durante años, se le unieron más y más besos, cada uno más profundo y ardiente que el anterior, haciendo que las fronteras de sus cuerpos se desdibujaran por completo.

Cuando el despertador de su mesilla de noche sonó con su pitido estridente habitual a las siete en punto de la mañana, Tristan se despertó de golpe, dando un brinco en el colchón. Estaba sudoroso, con el corazón martilleándole contra las costillas y completamente duro. Tanto que le dolía.

Se quedó tumbado de espaldas durante varios minutos eternos, contemplando el techo blanco de su dormitorio, con la respiración agitada y entrecortada y la cara ardiendo de pura vergüenza.

Se pasó una mano temblorosa por el rostro, profundamente conmocionado e incapaz de asimilar hasta qué punto su propio subconsciente le estaba jugando una mala pasada, exponiendo sus deseos más primitivos e inconfesables en el momento más inoportuno de su vida.

Se levantó a duras penas y se metió en la ducha, dejando que el agua tibia le cayera por la nuca para intentar recomponerse y borrar los rastros de esa noche febril.

Sin embargo, por mucho que se frotó con el jabón de romero, el temblor en sus manos y el nudo de ansiedad en el estómago no desaparecieron del todo.

Ni siquiera se permitió liberarse, se sentía demasiado culpable para hacerlo, sobre todo, porque era consciente de que en cuanto se tocara su mente volaría hacia Hunter y no era justo que, además de drogarlo con tés de amor, lo usara para apaciguar su lujuria.

Tal y como había prometido la noche anterior, Hunter pasó puntual a recogerle a la puerta del portal de su edificio.

Y no solo apareció a la hora exacta, sino que encima le esperaba fuera del vehículo, apoyado casualmente contra la puerta del copiloto, sujetando dos vasos térmicos de café humeante y una bolsa de papel kraft de la mejor cafetería del puerto, de la que emanaba un olor gloriosamente tentador a croissants de mantequilla recién horneados.

—Buenos días, Tris —saludó Hunter nada más verle cruzar el umbral del edificio, regalándole esa sonrisa brillante, que siempre parecía iluminar de golpe el aire grisáceo de la mañana de Cornualles.

Tristan aceptó el vaso de café y la bolsa con una mezcla de gratitud y torpeza, sintiendo el calor reconfortante del recipiente de cartón entre sus dedos aún fríos.

—Podría acostumbrarme a esto —dijo Tristan de forma espontánea, dejando escapar una pequeña y sincera sonrisa de agradecimiento.

Sin embargo, apenas las palabras salieron de su boca, su cerebro procesó lo que acababa de exteriorizar.

Se dio cuenta de inmediato de lo íntimo, doméstico y dependiente que sonaba aquello, y su mecanismo de defensa habitual se activó a la velocidad de la luz.

Se puso a la defensiva al instante, dando un paso atrás en la acera.

—Lo siento, lo que quiero decir es que no pretendo... que no hace falta que hagas esto todos los días, claro. Lo que quiero decir es que...

Hunter le cortó soltando una carcajada suave, baja y profundamente divertida, abriéndole la puerta del coche para que subiera antes de rodear el Audi para ponerse al volante.

—Tris, está bien. Respira. Te he entendido.

—No estaba tratando de insinuar nada raro ni de incomodarte, de verdad —se apresuró a aclarar Tristan en cuanto Hunter se sentó tras el volante, sintiéndose repentinamente torpe e infantil mientras retiraba la pestaña del vaso de café para evitar mirarle a los ojos.

—Lo sé de sobra y no pasa nada —respondió Hunter con una calma absoluta, mirándole de reojo con un destello divertido y tierno en sus ojos oscuros mientras ponía el motor en marcha y el coche se deslizaba con suavidad por la calle—. Ya no tengo diecisiete años, Tris. No me asusto por esas cosas.

Tristan frunció levemente el ceño, sujetando el vaso de cartón con bastante más fuerza de la estrictamente necesaria.

—¿Qué significa exactamente eso?

—Significa justo lo que he dicho —contestó sonriendo, pero manteniendo la vista fija en la carretera—. Que los dos hemos madurado y que ya no soy el cretino que era. Por cierto, ¿tienes planes para el finde?

Tristan carraspeó ligeramente, agradeciendo internamente el cambio drástico de tema para salir de aquel terreno tan pantanoso que no estaba preparado para abordar.

—Supongo que saldré a cenar con Liam, Bethany y James, y después iremos a tomar algo al pub de siempre —explicó Tristan, intentando sonar lo más normal posible—. Como la gran mayoría de los sábados, la verdad. Supongo que es nuestra rutina.

Hunter alzó una ceja con evidente curiosidad, lanzándole una mirada rápida mientras se detenían en un paso de peatones.

—¿No tienes citas?

—No desde hace un buen tiempo —admitió Tristan con franqueza antes de darle un sorbo al café caliente.

—¿Y eso por qué? —inquirió Hunter, manteniendo un tono de conversación ligero, pero con una atención de fondo muy marcada.

Tristan se encogió de hombros con fingida indiferencia, girando la cabeza para contemplar a través de la ventanilla el paisaje de las casitas de piedra y el puerto de St. Ives.

—Supongo que porque no he encontrado a nadie lo bastante interesante como para querer verlo más de una vez. La gente suele ser bastante predecible o aburrida cuando intentas profundizar un poco.

Hunter soltó una risita baja, sincera y vibrante que resonó con fuerza en el vehículo.

—Tiene todo el sentido del mundo viniendo de ti —comentó Hunter con humor

—¿Y tú?

Hunter se giró de golpe para escrutar su perfil, confundido por la estructura de la frase.

—¿Que si yo qué? ¿Si tengo citas?

—Que si tienes planes para el fin de semana —corrigió Tristan con diversión.

—No tengo gran cosa pensada —respondió con cautela—, pero diré que sí si me incluyes en los tuyos.

Tristan se le quedó mirando con sorpresa y el café a medio camino de su boca, incapaz de procesar la soltura de la respuesta.

—¿Quieres cenar con nosotros? —inquirió con total incredulidad—. ¿De verdad quieres venir a cenar con los amigos de tu hermano pequeño: Bethany, James y yo?

—Sí, claro, gracias por la oferta —respondió Hunter sin dudarlo un solo segundo, girándose hacia él en un semáforo para dedicarle una sonrisa tan cálida y honesta que a Tristan se le volvió a encoger el estómago de la impresión—. Me apetece mucho salir con vosotros.

Durante todo el día Tristan no pudo dejar de pensar en las palabras de Hunter, su sonrisa tranquila al volante y la surrealista invitación para la cena del sábado.

No podía concentrarse del todo en sus esquemas de laboratorio ni en las tutorías con los alumnos, lo que para él era algo impensable, un mes atrás.

El problema era que la incertidumbre le estaba comiendo por dentro. Necesitaba poner fin a la paranoia del té del amor de una vez por todas antes de que la situación se le fuera por completo de las manos.

Después de pensarlo mucho y de que su madre no encontrara nada en los libros, llegó a la conclusión de que, si había alguien en el mundo que supiera de verdad sobre magia, hierbas, intenciones y la naturaleza humana, esa no era otra que su abuela.

Su madre era una mujer maravillosa, comprensiva y dulce, pero su abuela poseía esa sabiduría antigua, sabia, terrenal y sin rodeos que solo otorgaban las décadas de experiencia al frente de un caldero y el conocimiento profundo de las plantas de Cornualles.

Así que, en cuanto dio por terminada su última clase de la tarde y el aula quedó vacía, recogió sus cosas a toda prisa, se subió a su propio coche en el aparcamiento del campus donde había pasado la noche, y se encaminó directamente hacia la casita su abuela, que se había negado a abandonar por mucho que sus hijas le habían rogado que se mudara con ellas.

Tristan aparcó en la puerta y abrió la verja que delimitaba el jardín, decidido a averiguar cómo contrarrestar el dichoso hechizo de una vez por todas para liberar su conciencia.

Al entrar notó que la casa de su abuela olía exactamente igual que en su infancia: una mezcla reconfortante de tomillo seco, cera de abejas para muebles, leña de roble y tierra húmeda.

Demelza le recibió en la cocina, vistiendo su habitual delantal de lino.

Escuchó en absoluto silencio, con la espalda erguida y los brazos cruzados sobre el pecho, la atropellada, caótica y culpable explicación de Tristan sobre la confusión de las teteras en la tienda de su familia, el té del amor, la inesperada aproximación de Hunter y su miedo atroz a estar manipulando los sentimientos de su antiguo amor de la infancia.

Cuando Tristan terminó por fin de hablar, completamente agotado y casi sin aliento por haber soltado todo lo que había estado mortificándole, la mujer se sirvió con calma una taza de agua caliente con hojas de menta, suspiró con pesadez y negó lentamente con la cabeza ante la angustia desmedida de su nieto.

—La magia que esta familia ha practicado durante generaciones no va jamás contra la naturaleza profunda de las personas, Tristan —le explicó la abuela con una voz firme, grave y pausada que no admitía ni la más mínima réplica—.

Es una cuestión de lógica elemental. No vas a cambiar la orientación sexual de un hombre ni vas a fabricar amor donde no hay nada solo porque se haya tomado una taza de té de hierbas.

La magia no inventa nada que no exista ya en la raíz del corazón de alguien; a lo sumo, despeja el camino, quita el miedo, disipa las dudas o amplifica lo que estaba enterrado bajo el orgullo.

Tristan bajó la mirada hacia el suelo de baldosas de barro, mordiéndose el labio inferior con frustración y sumido en un mar de contradicciones científicas y emocionales.

—Pero, abuela, el té tenía ingredientes activos muy potentes. Si él reaccionó así justo después de beberlo.

—No obstante —interrumpió la anciana, caminando despacio hacia la alacena de madera oscura y sacando de entre los estantes un pequeño frasco de vidrio esmerilado con un polvo finísimo de color verdoso en su interior—, si quieres quedarte tranquilo de una vez por todas y dejar de torturarte con teorías disparatadas, añade estos polvos en su bebida durante esa cena del sábado y cualquier efecto derivado de la mezcla anterior desaparecerá de inmediato.

Tristan contuvo el aliento y tomó el frasco con extrema delicadeza. Su mente de químico analizó el recipiente con una cautela instintiva.

—¿Le hará algún tipo de daño? —preguntó con auténtica preocupación en la voz—. ¿Tiene efectos secundarios o alguna contraindicación?

Su abuela le fulminó con una mirada abrasadora, profundamente indignada por la insinuación de que pudiera darle algo nocivo.

—Por favor, Tristan, por quién me tomas.

Por supuesto que no le hará ningún daño —sentenció su abuela con severidad—.

Son simplemente flores de saúco machacadas con corteza de abedul blanco y un toque de raíz de valeriana.

Es un limpiador suave, un neutralizador biológico y energético.

Si lo que Hunter siente por ti en este momento es una obsesión artificial o un impulso provocado por el brebaje de tu madre, se esfumará como el humo en el aire en cuestión de minutos.

Pero si lo que hay entre vosotros es real, si se ha estado gestando durante diez años, no habrá polvo ni poción en este mundo que consiga apagarlo.

Tristan apretó los dedos alrededor del frasco de vidrio, sintiendo su peso frío y sólido en la palma de la mano.

Lo guardó con extremo cuidado en el bolsillo interior de su chaqueta, sabiendo que la cena del sábado con sus amigos ya no sería una simple salida social más, sino el momento definitivo e inevitable donde tendría que aplicar el neutralizador y descubrir, por fin, la verdad desnuda y sin magia sobre su relación con Hunter Mills.