Capítulo 17
T é para encender las estrellas:
hojas de verbena, flores de jazmín y una cáscara seca de bergamota.
Tomar al anochecer, justo cuando la razón intenta explicar lo que solo el corazón comprende.
Hunter se empeñó con firmeza y una sonrisa cabezota en que Tristan dejara su coche aparcado en el recinto de la universidad, alegando que él mismo le llevaría a trabajar al día siguiente por la mañana.
No hizo falta que insistiera demasiado, la verdad era que a Tristan la idea de estar a solas con él en el interior de su vehículo le despertaba curiosidad, por mucho que intentara negárselo a sí mismo.
Hacía años que no se subía en su coche. Recordaba borrosamente el viejo utilitario de segunda mano que Hunter conducía cuando eran más jóvenes, aquel cacharro ruidoso con asientos de tela desgastada que olía a salitre y a batido de vainilla.
Pero las cosas habían cambiado drásticamente desde entonces.
Hunter conducía ahora un elegante Audi de líneas oscuras, impecable por dentro y por fuera.
En cuanto puso en marcha el motor, las notas envolventes, graves y melancólicas de London Grammar inundaron el vehículo.
Tristan se sorprendió al notar que compartían gustos musicales tan específicos. Se quedó mirando la pantalla táctil del salpicadero durante unos segundos antes de girarse despacio hacia el asiento del conductor.
—No me esperaba para nada esta música —comentó, dejando escapar una pequeña sonrisa de auténtica aprobación mientras se ponía el cinturón.
Hunter soltó una carcajada suave y profunda, sin apartar la mirada de la carretera iluminada por las farolas.
—¿Qué esperabas, profesor? ¿Heavy metal a todo volumen o música comercial de gasolinera? Tenemos bastantes más cosas en común de las que crees, solo que nunca te has parado a descubrirlas.
De alguna manera, todo el trayecto en coche se sintió como un coqueteo sutil, constante y casi natural.
Había una calidez flotando en el aire caliente de la calefacción, una tensión eléctrica y juguetona que se manifestaba en cada palabra, en los silencios cómodos y en las miradas de reojo que Hunter le lanzaba cada vez que el coche se detenía en un semáforo en rojo.
Sin embargo, Tristan se obligaba internamente a frenar en seco cada uno de sus impulsos románticos.
Se repetía a sí mismo como un mantra que no podía ser lo que parecía, porque tal y como el propio Hunter le había dejado dolorosamente claro cuando tenía dieciséis años, a él no le gustaban los hombres.
Hunter eligió para la cena un restaurante de mariscos situado en la zona viva del puerto de St. Ives.
Estaba bastante concurrido para ser solo un jueves por la noche, lleno de parejas cenando a la luz de las velas, familias y grupos de amigos conversando alegremente entre copas de vino blanco.
Tristan se alegró sinceramente de que Hunter no tratara de esconderlo en algún rincón oscuro, reservado o alejado de la vista de todos.
No sería la primera vez que salía a cenar con supuestos amigos que, temerosos de que la gente del pueblo pudiera pensar que eran pareja o especular libremente sobre su orientación sexual, habían preferido llevarle a locales escondidos y poco transitados.
Por supuesto, ese tipo de amistades cobardes y llenas de prejuicios le habían durado poco y nada.
Tristan no escondía quién era, jamás lo había hecho a lo largo de su vida adulta y no pensaba empezar a hacerlo por nadie.
La velada fue perfecta. Hunter estuvo absolutamente encantador y atento durante toda la cena.
Se mostró auténticamente interesado en saber más sobre la vida actual de Tristan, preguntándole con curiosidad por sus años de doctorado, sus viajes académicos, sus proyectos de investigación sobre su afición a la botánica, ya que se había dado cuenta de la cantidad de plantas que había en su casa, y su rutina diaria.
Hablaban con naturalidad, riéndose de viejas anécdotas de la infancia e intercambiando opiniones sobre el pueblo con una complicidad que parecía imposible tras diez años de frialdad y distancia.
Tampoco era que no hubiesen compartido espacio en esos años, lo que había sucedido era que su relación se había enfriado más lo que ya lo estaba en su adolescencia.
Nada que ver con su infancia. En aquella época un año de diferencia no era nada, y los tres: Tristan, Hunter y Liam habían sido inseparables. Fue cuando llegó la pubertad cuando Tristan comenzó a sentirse incómodo alrededor del hermano de su mejor amigo y su amistad se resintió.
Siguieron disfrutando de la charla y la compañía hasta el punto de que Tristan fantaseó con que estaban disfrutando de una cita romántica.
Pero entonces, cuando apuraban el postre y la camarera retiraba los platos, Tristan se acordó de la poción.
El recuerdo del té de La bruja de Cornualles irrumpió en su mente como un jarro de agua fría.
La calidez del momento se evaporó en un segundo, y toda su felicidad decayó de golpe.
La sonrisa se le congeló en los labios, el nudo en el estómago volvió a apretarse con fuerza.
Se quedó contemplando el fondo de su copa de vino con la mirada completamente perdida, invadido por la culpa.
Nada de esto es real, se dijo a sí mismo.
Es el brebaje de mi madre actuando en su cabeza.
Hunter, siempre atento a cada uno de sus gestos y a sus cambios de postura, notó su cambio de su humor al instante. Apoyó los codos sobre el mantel blanco y le miró a los ojos con una preocupación sincera y desarmante.
—¿Va todo bien, Tris? De pronto te has ido a miles de kilómetros de aquí.
Tristan alzó la mirada despacio, sintiendo el peso aplastante del secreto quemándole en la garganta. Sin pensarlo mucho, incapaz de contener la preocupación, soltó la duda que le obsesionaba:
—¿Crees en la magia, Hunter?
El aludido pestañeó dos veces, pillado completamente por sorpresa ante semejante giro en la conversación. Se tomó unos largos segundos para responder, mirando hacia el techo del restaurante como si estuviera pensando seriamente en su respuesta.
—Sí —dijo al fin con voz pausada, grave y profunda—. Creo que hay cosas en esta vida que son mágicas.
—¿Cómo qué? —inquirió Tristan, inclinándose ligeramente hacia delante y buscando una respuesta lógica o científica a la que poder aferrarse para desacreditarle.
—No sé. —Se encogió de hombros, pensativo—.
Que una mujer geste a otro ser vivo dentro de ella, o mirar al cielo nocturno y verlo completamente lleno de estrellas sobre un mar del mismo color —ejemplificó, señalando con un gesto vago de la mano hacia el ventanal del restaurante que daba al horizonte oscuro del Atlántico.
—Eso es biología y astrofísica, Hunter. Es ciencia pura —repuso Tristan, arrugando levemente la nariz con su habitual e incorregible rigor académico.
Hunter sonrió con ternura, y lo vio encogerse de hombros con una elegancia relajada.
—La ciencia también tiene un poco de magia, Tris. No todo en esta vida se puede reducir a fórmulas matemáticas, explicaciones racionales y números en un cuaderno.
Tristan asintió en silencio, dándole la razón a su pesar. La poesía cotidiana con la que Hunter explicaba sus ideas siempre había tenido la capacidad de desarmarle por completo.
—Y el amor —añadió Hunter de pronto, bajando aún más el tono de voz hasta convertirlo en un murmullo íntimo mientras le miraba fijamente a los ojos—. El amor también es magia. De la buena.
Tristan se rio con una tristeza infinita que le encogió el pecho en un puño.
Aquella frase, pronunciada con semejante devoción, era la prueba que tanto temía.
Cada vez estaba más confundido, asustado y desorientado sobre el verdadero efecto de la poción.
¿Estaba Hunter sintiendo toda esa fascinación por culpa de un filtro vegetal?
¿O era posible que la magia de la que hablaba no tuviera nada que ver con plantas secas e intenciones?
Al terminar la velada y pagar la cuenta, Hunter le llevó de vuelta a casa en su coche.
El viaje de regreso fue mucho más silencioso, envuelto en una atmósfera íntima, serena y cómoda que parecía flotar al ritmo de la música suave.
Cuando aparcó finalmente frente al portal del edificio de Tristan, Hunter apagó el motor principal, pero dejó encendidas las luces cálidas de cortesía del interior.
—Prometo pasar a recogerte mañana temprano para llevarte a la facultad —recordó Hunter, girándose en su asiento hacia él con la mano apoyada en la palanca de cambios.
Tristan se disponía a darle las gracias con torpeza y despedirse para subir a su piso cuando vio a Hunter acortar repentinamente la distancia entre los dos.
El periodista se inclinó sobre él de forma lenta y deliberada, aproximando su rostro tanto que Tristan pudo sentir claramente su respiración cálida rozándole la piel de la mejilla.
Durante unos segundos que se sintieron eternos, a Tristan se le paró el corazón, absolutamente convencido de que Hunter iba a besarle.
Cerró los ojos, nervioso, asustado e indeciso sobre cómo actuar.
Sin embargo, lo único que hizo Hunter fue estirar el brazo con suavidad por encima de su regazo para pulsar el botón metálico que liberaba el anclaje del cinturón de seguridad y abrirle la puerta del coche con un clic limpio.
—Buenas noches, Tris —murmuró Hunter a escasos centímetros de su oreja, con un destello francamente divertido, burlón y tierno en la mirada antes de volverse despacio a su sitio.
Tristan tragó saliva con dificultad, bajó del vehículo como pudo intentando no tropezar con sus propios pies y caminó hacia la entrada de su portal con las piernas temblando, sin saber si sentirse profundamente aliviado porque el beso no hubiese sucedido o completamente desesperado por la misma razón.