Capítulo 16
T é para despejar las brumas del malentendido:
flores de azahar, corteza de melisa y una pizca de menta silvestre.
Tomar a pequeños sorbos cuando las palabras calladas pesen más que las certezas.
Estaba en la universidad dando la última clase de la tarde cuando reparó en la presencia de Hunter entre sus alumnos.
No era, desde luego, la primera persona que se colaba de oyente en su aula.
Las clases de Tristan estaban extraordinariamente bien valoradas en el departamento de ciencias químicas y todos los años se llenaban hasta los topes de alumnos que querían estudiar y aprender con él.
Tristan tenía una forma única de hacer accesibles los conceptos más complejos de química orgánica y sintética, convirtiendo procesos complicados de laboratorio en explicaciones dinámicas y fáciles de asimilar.
Por eso mismo, era muy habitual que algunos estudiantes terminaran matriculándose oficialmente con otros profesores del departamento simplemente porque se quedaban sin plaza en su grupo por cuestiones de cupo administrativo.
Y, aun así, estos mismos alumnos venían a sus horas a sentarse en los escalones o en las gradas superiores del anfiteatro para escuchar sus explicaciones.
Sus compañeros de departamento ya estaban más que acostumbrados a este fenómeno e incluso solían gastarle bromas sugiriendo entre risas que Tristan debería pedir un porcentaje de sus respectivos sueldos por quitarles la carga docente de encima.
No obstante, sí que era la primera vez que Hunter Mills se colaba en una de sus clases.
No le habría sorprendido en absoluto ver a Liam o incluso a Bee aparecer por allí esperando a que terminara, para pedirle las llaves del coche o arrástralo a algún lugar al que Liam quisiera que le acompañara, pero Hunter no era alguien a quien hubiese esperado ver jamás en un entorno estrictamente académico, rodeado libros de química, diapositivas y formulaciones de reactivos químicos.
Tristan respiró hondo, y trató por todos los medios de olvidarse de él.
Se centró al máximo en el temario que estaba impartiendo frente a la gran pizarra verde del aula.
Por suerte, su experiencia y su enorme capacidad de concentración, sumadas al interés contagioso de sus alumnos, lograron que se divirtiera explicando, como hacía siempre en cada una de sus sesiones, y que su mente se centrara de lleno en la fascinante precisión de la química.
Durante más de una hora, Tristan se movió por la tarima con soltura y elegancia natural.
Proyectó esquemas detallados en la pantalla grande, explicó con dinamismo el comportamiento de ciertas moléculas vegetales y respondió a las preguntas planteadas en la sala con esa pasión tranquila y rigurosa que siempre terminaba por fascinar a quienes le escuchaban.
De reojo, sin embargo, podía notar perfectamente la figura erguida de Hunter en las filas superiores del anfiteatro, observando cada uno de sus movimientos.
Cuando terminó la clase y dio por concluida la sesión entre el murmullo general de mochilas cerrándose, más de una docena de alumnos se acercaron apresuradamente a la tarima central para hacerle preguntas concretas sobre el examen parcial de la semana siguiente y la entrega de las prácticas de laboratorio.
Tristan los atendió con su paciencia y sonrisa habituales, mientras miraba de reojo cómo Hunter se esperaba discretamente al fondo de la estancia, apoyado de forma relajada contra la pared junto a la puerta dobles de salida.
Hunter aguardó con una paciencia infinita a que el aula se fuera vaciando poco a poco.
Y cuando por fin el último estudiante recogió sus carpetas y abandonó la sala de conferencias, se encaminó despacio hacia la mesa del profesor con una sonrisa inclinada y las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta de cuero.
—Tengo que decir que estoy bastante impresionado de que te hayas mantenido despierto toda la clase, bromeó Tristan, guardando sus rotuladores de pizarra en el estuche y cerrando la tapa de su ordenador portátil para guardarlo en el maletín de cuero.
—Imposible no hacerlo, estabas imponente ahí arriba —respondió Hunter sin dudarlo un solo segundo, deteniéndose al otro lado de la mesa y mirándole fijamente a los ojos con una intensidad que hizo que el aire en el aula vacía se cargara de tensión.
Tristan se congeló un instante en su sitio, sintiendo cómo el rubor y un calor traicionero pugnaban por subirle a las mejillas de inmediato ante la franqueza del cumplido.
—¿Gracias? —articuló Tristan con un tono dudoso y la ceja ligeramente alzada.
—De nada, era un cumplido sinceramente merecido —aclaró Hunter con una leve e irónica inclinación de cabeza y esa calidez natural en la voz que siempre lograba desarmar cualquier defensa que Tristan intentara construir.
—En ese caso, gracias de nuevo —dijo, carraspeando para recuperar la compostura mientras cerraba la cremallera de su maletín con un chasquido definitivo.
Hunter se apoyó con ligereza contra el borde de la mesa de madera del profesor, acortando la distancia física entre los dos.
—Te invito a cenar esta noche, ¿estás libre?
Tristan se detuvo en seco, sorprendido por la fluidez y la seguridad con la que Hunter lanzaba la propuesta. Su cerebro intentó procesar todas las variables posibles de la situación.
—Lo estoy, pero... —empezó a decir Tristan, dejando la frase en el aire.
—¿Pero? —inquirió Hunter, arqueando una ceja con auténtica curiosidad y aguardando su respuesta sin perder la sonrisa.
Dudó unos segundos. La imagen del sábado pasado en el pub, donde Hunter parecía tan cómodo junto a Elowen, vino a su mente junto con la duda constante de si debía mantener sus precauciones.
—¿No tienes planes con Elowen? —preguntó al fin, intentando sonar casual.
Hunter frunció levemente el entrecejo, claramente descolocado y desconcertado por la mención de su compañera.
—¿Elowen?
Tristan asintió con la cabeza, esforzándose por mantener el tono firme, objetivo e indiferente.
—Sí, tu novia o como sea que la llames hoy en día.
Durante unos largos, pesados y reveladores segundos, Hunter le miró con una fijación absoluta.
En el silencio sepulcral que dominó la estancia, la expresión de Hunter osciló rápidamente entre la confusión más sincera y una repentina, brillante e incontrolable diversión.
La comisura de sus labios se curvó hacia arriba de un modo lento y pausado que a Tristan le pareció francamente exasperante.
—No estoy saliendo con nadie, Tris —afirmó Hunter con una voz tranquila, profunda y rotunda, dando un pequeño paso más hacia él para romper la última barrera entre ambos—.
Elowen es simplemente una de las redactoras más brillantes de la plantilla del periódico y estábamos cerrando las entrevistas para un reportaje especial sobre la historia del comercio local de St. Ives. Nada más que eso.
Tristan sintió que el calor que le subía rápidamente por el cuello ya no era de timidez, sino de pura y absoluta vergüenza ajena por haber sacado el tema a relucir de una forma tan transparente.
La teoría de que Hunter seguía saliendo con mujeres para demostrarse a sí mismo que el té mágico no le había afectado en absoluto se acababa de desmoronar por completo en un instante.
—Ah, ok. Lo siento por haber especulado sin saber —murmuró Tristan, bajando la mirada hacia sus manos y ajustándose de nuevo la correa del maletín al hombro para ocultar el desconcierto.
—No hay nada que sentir —contestó Hunter, recuperando esa sonrisa pausada, cálida y cómplice que parecía leer cada uno de sus pensamientos más íntimos—. Entonces, ¿aceptas esa cena de una vez o vas a seguir poniendo excusas absurdas para huir de mí, profesor?