Capítulo 15
T é para disipar las brumas de la duda:
hojas de cardo mariano, raíz de diente de león y flor de pasiflora.
Tomar caliente en momentos de encrucijada para limpiar el juicio y aceptar lo ineludible.
Tristan era plenamente consciente de lo increíblemente bien que lo había pasado el domingo.
La velada en su salón, con el fútbol de fondo, las hamburguesas grasientas traídas por Liam y la calidez contagiosa que había llenado la estancia, se sentían como un pequeño oasis en mitad del caos mental que arrastraba.
Además, no había ninguna señal evidente o alarmante de que Hunter se hubiese visto afectado por la famosa poción; se había comportado de un modo cercano, divertido y perfectamente natural.
No había habido nada de romántico en cómo le habló o se comportó con él.
Aun así, la mente de Tristan, acostumbrada al rigor científico y a la prevención de riesgos, no podía quedarse tranquila sin una certeza absoluta.
Necesitaba asegurarse. No quería vivir con la sospecha de que cada gesto amable de Hunter fuera el resultado de una reacción química o mágica provocada por un despiste con la tetera.
Por lo que, a primera hora de la mañana siguiente, puso rumbo a La bruja de Cornualles con un objetivo muy claro en mente: pedirle ayuda a su madre.
Necesitaba que ella le preparara o le enseñara la receta de otra bebida que anulara los efectos de la anterior.
Un antídoto definitivo para limpiar cualquier interferencia en la voluntad de Hunter.
Ya se había dado por vencido al darse cuenta de que él solo no iba a lograrlo, por lo que su mejor baza fue recurrir al lugar donde todo empezó.
El tintineo de la campana metálica anunció su entrada en la tienda.
El aroma familiar a romero seco, lavanda y madera barnizada le envolvió al instante.
Su madre, armada con un plumero y con las gafas de lectura sobre la punta de la nariz, emergió de entre las estanterías llenas de tarros de cristal.
—Tristan, querido —saludó ella con una sonrisa serena—. No te esperaba tan temprano.
—Hola, mamá —dijo él, cruzando el mostrador hacia la trastienda para buscar un poco de privacidad—. Necesito hablar contigo. Es urgente.
Su madre le observó con la perspicacia de quien le conocía desde el día en que nació.
Dejó el plumero sobre una mesa y le indicó que entrara.
Tristan no dio rodeos; le explicó sin anestesia lo que necesitaba: una infusión, una poción o lo que hiciera falta para revertir el preparado del té del amor que Hunter había consumido días atrás.
Su madre le escuchó en silencio, sirviendo un par de tazas de una infusión humeante, que olía a calma, antes de cruzarse de manos sobre el mantel de ganchillo.
—¿Por qué? —preguntó ella finalmente con voz tranquila—. Hunter te gusta, Tristan. Siempre lo ha hecho.
Dejó escapar un resoplido de frustración y bajó la mirada hacia su taza.
—Porque yo no le gusto a él.
—Eso no es cierto —replicó ella con suavidad, pero con absoluta convicción.
—Mamá, ¿cuántas veces le has visto salir con hombres? —soltó Tristan, alzando los brazos con gesto exasperado—. Hunter ha salido con la mitad de las chicas del pueblo y de los alrededores. El sábado pasado, sin ir más lejos, estaba en el pub con Elowen, la chica nueva del periódico.
—Eso no significa nada —respondió su madre sin perder la compostura, dando un pequeño sorbo a su té.
—Significa que me niego a forzar a un hombre a que esté conmigo —afirmó Tristan con la garganta apretada por la vergüenza—.
Significa que, si Hunter me sonríe o me busca, quiero que sea porque le nace de verdad, no porque se tomó una taza de té que yo preparé por error.
No voy a manipular la voluntad de nadie, y mucho menos la suya.
—Querido —murmuró ella, mirando a su hijo con una mezcla de ternura y compasión—. Estás intentando medir el mundo del corazón con una regla de laboratorio.
—Mamá, ¿hay alguna poción para lo que te pido? ¿Existe un antídoto o no?
La mujer suspiró profundamente, ajustándose las gafas y apoyando los codos sobre la mesa.
—La magia de las plantas y de las intenciones no funciona como un interruptor de luz, Tristan.
No es tan simple como aplicar un ácido para neutralizar una base.
Hay fuerzas que no siempre se pueden controlar mediante una receta estricta.
Las mezclas herbales solo abren puertas o amplifican lo que ya existe en el interior de una persona; no pueden crear sentimientos de la nada donde solo hay cenizas.
—Pero el té —empezó a decir Tristan.
—El té hizo su trabajo, sí, pero el destino y la naturaleza humana son mucho más complejos que una suma de ingredientes, interrumpió ella con firmeza tranquila.
Hay eventos que están destinados a suceder, personas que están destinadas a reencontrarse, independientemente de si la chispa la enciende un té, una coincidencia o un encuentro en el momento adecuado.
Si Hunter está mostrando interés en ti ahora, no puedes asumir tan alegremente que todo es falso.
Tristan negó con la cabeza, aferrándose a su necesidad de lógica y control.
—Necesito neutralizarlo, mamá. Aunque solo sea por mi propia paz mental. Necesito saber que es de verdad.
Su madre le sostuvo la mirada durante unos largos segundos. Al ver la determinación y el ramalazo de culpabilidad en los ojos de su hijo, cedió con un leve gesto de resignación.
—De acuerdo. Deja que mire en los libros antiguos de la familia, ¿te parece? Buscaré si hay alguna combinación de hierbas astringentes y purificadoras que sirva como limpiador energético y físico.
Un peso enorme pareció desaparecer de los hombros de Tristan.
—Gracias, mamá. De verdad.
—Pero te advierto una cosa, Tristan —añadió ella mientras se ponía de pie y caminaba hacia la vieja librería de roble del fondo—: si lo que hay entre Hunter y tú no es fruto de la bebida, sino de lo que ambos lleváis callando durante más de diez años, no habrá poción en este mundo que consiga distanciaros.
La magia no puede deshacer lo que el destino ya ha escrito.
—No te preocupes por eso. No es el caso.
Lyra le miró con fijeza, pero no le refutó. Se dio la vuelta y pasó el dedo por los lomos de los libros, concentrada en ellos.
Tristan observó cómo su madre sacaba un pesado volumen encuadernado en cuero desgastado.
A pesar de sus advertencias, la posibilidad de encontrar una fórmula de neutralización le dio un respiro.
Sin embargo, mientras abandonaba La bruja de Cornualles y caminaba bajo el cielo gris de St. Ives, las palabras de su madre resonaban en su cabeza: Hay eventos que están destinados.
Apretó la chaqueta contra su pecho, temiendo que, por mucho que buscara una respuesta en los libros y en las plantas, la verdadera reacción química ya hubiera comenzado y no hubiera antídoto en el mundo capaz de detenerla.