Capítulo 14
T é para reconfortar el espíritu:
flores de manzanilla, cáscara de naranja amarga y una pizca de canela en rama.
Tomar en compañía para amansar las tensiones, ahuyentar los fantasmas del pasado y disfrutar del presente.
Estar sentado al lado de Hunter en el estrecho sofá de su, oler su aroma, una mezcla cálida de madera fresca, notas cítricas y ese perfume limpio y elegante que siempre le había caracterizado desde la adolescencia, y fingir con todas sus fuerzas que todo estaba perfectamente bien, estaba haciendo que Tristan se sintiera mareado.
Cada vez que Hunter se movía, la tela de su camiseta rozaba la manga del jersey de Tristan, enviando una descarga eléctrica sutil, pero inconfundible por todo su brazo.
Tristan intentaba mantener la vista fija en el televisor, concentrándose en el verde del césped y el vaivén del balón, pero la presencia de Hunter ocupaba casi todo su campo de percepción.
Era como si su cuerpo tuviera un radar interno calibrado exclusivamente para detectar la cercanía del mayor de los Mills.
Llevaba toda la semana temiendo y ansiando que llegara ese preciso día.
Temiendo porque le aterraba la posibilidad real de que la poción de La bruja de Cornualles hubiese influido de verdad en el comportamiento de Hunter, alterando sus verdaderos sentimientos e impeliéndole a actuar de un modo que jamás habría elegido libremente.
La simple idea de ser el causante involuntario de un hechizo o de un desequilibrio emocional en Hunter le provocaba un nudo en el estómago.
Y, al mismo tiempo, ansiaba que llegara la cita porque, en el fondo más secreto y resguardado de su corazón, albergaba la tenue esperanza de que la bebida no le hubiera afectado, del mismo modo que no le había afectado a él.
Quería creer que la química del té no era más que una sugestión y que Hunter estaba allí simplemente porque le apetecía estarlo.
Además, si lo miraba de manera fría y objetiva, él mismo había tomado la decisión de ir al periódico y de ofrecerle su amistad.
Si amistad era todo lo que podía obtener de Hunter Mills, que así fuera.
Ya no tenía dieciséis años. Ya no era aquel muchacho vulnerable, inseguro y asustado que se rompió por dentro ante el rechazo cruel; ahora era un adulto, un profesor universitario con la madurez suficiente como para encajar lo que se le pusiera por delante sin derrumbarse.
Aun así, tenerle tan cerca era un reto. Su presencia en su espacio personal le alteraba el ritmo cardíaco y ponía a prueba todas sus defensas, de ahí que Tristan siempre le hubiera esquivado cuando el destino hacía que se encontraran.
Sumido en esa tormenta silenciosa y agotadora de pensamientos, dio un bote en el sofá cuando el timbre de la puerta principal sonó con un estrépito inesperado, rompiendo el murmullo de los comentaristas del partido.
Tristan pestañeó, saliendo abruptamente de su trance. No esperaba a nadie, por lo que fuera quien fuera su visitante misterioso, resultaba llegar en un momento de lo más oportuno para romper la densidad del aire en el salón.
Tan solo rezó para que no fueran su madre y su tía, porque no estaba seguro de cómo iba a explicarles la presencia de Hunter antes de que ellas sacaran sus propias conclusiones.
Se levantó a abrir de inmediato, casi aliviado de encontrar una excusa perfecta para poner distancia física entre ellos, ignorando la mirada marcadamente interrogante que el periodista le lanzó desde el mueble.
—Ni idea de quién puede ser a estas horas —comentó Tristan en voz alta, alzando las manos en un gesto de ignorancia mientras caminaba hacia el recibidor—. No he quedado con nadie más.
Se encaminó por el pasillo, quitó el cerrojo con rapidez y abrió la puerta de madera. Al hacerlo, se topó de frente con la sonrisa orgullosa, fresca y complacida de su mejor amigo.
—He venido a darte apoyo moral —bromeó Liam nada más verle aparecer por la abertura, al tiempo que alzaba triunfalmente en el aire una bolsa de papel grasienta con el logotipo de su hamburguesería favorita del pueblo—, y lo mejor de todo es que he traído refuerzos.
Tristan dejó escapar un resoplido de alivio mezclado con una carcajada divertida, echándose a un lado para dejarle pasar al interior del piso.
—Gracias a Dios que no eres quien me temía —murmuró Tristan en voz baja mientras Liam se descalzaba en la entrada.
—¿Quién creías que era?
—Mi madre y mi tía.
Liam se echó a reír de buena gana.
—Eso hubiese sido un problemilla.
—¿Problemilla? Habría sido un problemón. No lo suavices —bromeó.
Hunter, que se había incorporado en el sofá para ver quién cruzaba el pasillo, sonrió al ver aparecer a su hermano, aunque no parecía estar especialmente contento con la interrupción, por mucho que trató de disimularlo tras una fachada impecable de cortesía fraterna.
Había algo en su mirada, un ligero fruncimiento en el entrecejo y una rigidez imperceptible en la postura de sus hombros, que delataba a la perfección que habría preferido continuar la tarde a solas con Tristan, disfrutando de la tregua que habían establecido.
Solo le cambió la expresión y pareció animarse de verdad cuando vio el tamaño de la bolsa de comida.
—Veo que has traído la cena para un ejército, hermanito —comentó Hunter con ironía, poniéndose de pie y acercándose a la mesa auxiliar del centro.
—No iba a dejar que vosotros dos sobrevivierais a base de cervecitas finas y frutos secos rancios —replicó Liam con su habitual sorna, vaciando el contenido de la bolsa sobre la mesa de centro con un entusiasmo contagioso—.
Las hamburguesas dobles de The Big Wave salvan vidas, restauran la paz entre los pueblos y salvan conversaciones incómodas que amenazan con ponerse demasiado profundas.
Tristan no pudo evitar sonreír ante el descaro de su mejor amigo. La llegada de Liam era el soplo de aire fresco que el salón necesitaba.
Pasaron el resto de la tarde entre gritos dirigidos a la pantalla de la televisión criticando con vehemencia las decisiones del árbitro en cada jugada polémica, comida grasienta y deliciosa repartida en servilletas de papel, y bromas cruzadas que desempolvaban anécdotas hilarantes de cuando los tres eran niños y jugaban en las calas de Cornualles.
La presencia de Liam, con su energía inagotable y su capacidad para restar solemnidad a cualquier situación, actuó como el amortiguador perfecto.
Consiguió desactivar cualquier tensión que quedara flotando entre Tristan y Hunter, transformando lo que amenazaba con ser un desastre tenso en una reunión ruidosa y divertida donde las risas no tardaron en contagiarse de uno a otro.
Tristan se descubrió a sí mismo riéndose de los chistes absurdos de Hunter, observando cómo este bromeaba con su hermano menor. Por primera vez en años, la sombra del pasado no parecía pesar un quintal sobre sus cabezas.
En un momento de la noche, cuando el encuentro deportivo ya había terminado y la televisión emitía resúmenes en silencio, Liam se levantó hacia la cocina para buscar más servilletas y agua fría.
Hunter se inclinó hacia delante, cogió una lata de refresco de la mesa y se la pasó a Tristan con una sonrisa amable, suave y relajada que no tenía nada de sarcástica ni de desafiante.
Era la sonrisa del Hunter que Tristan recordaba haber admirado tanto tiempo atrás.
Cogió la lata, sintiendo el roce breve de los dedos de Hunter contra los suyos, y se le quedó mirando fijamente durante un breve e intenso segundo.
El calor de la calefacción del salón, el olor reconfortante a comida casera y la camaradería sincera flotando en la estancia hicieron que una duda profundamente reconfortante se instalara en su mente analítica.
Tristan se preguntó en silencio si, después de todo, no se habría preocupado demasiado sin motivo.
Se preguntó si el famoso té de La bruja de Cornualles no habría sido más que un detonante inocuo, una excusa del destino para obligarles a romper el hielo, o si simplemente toda la teoría de la magia no era más que una sugestión disparatada creada por su propia cabeza para justificar que Hunter volviera a mirarlo.
Quizás Hunter simplemente había madurado, quizás los años le habían hecho valorar los viejos tiempos, o quizás el cariño siempre había estado ahí, sepultado bajo el orgullo de ambos.
Mientras Liam regresaba de la cocina haciendo bromas sobre la nevera de Tristan y Hunter le respondía con una carcajada limpia que llenó todo el salón, Tristan soltó un largo suspiro y se apoyó contra los cojines.
Por primera vez en los últimos días, la culpa y la paranoia dieron un paso atrás.
Se preguntó si, después de todo lo sufrido y pensado, iba a ser verdaderamente tan fácil y natural ser amigo de Hunter Mills.