Maldito hechizo Capítulo 13
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Capítulo 13

T é para fortalecer las alianzas:

hojas de poleo menta, ramitas de tomillo y un toque de jengibre fresco.

Tomar bien caliente cuando las lealtades se pongan a prueba y las sorpresas superen a la razón.

—¿Cómo es eso de que ahora eres amigo de mi hermano? —preguntó Liam en cuanto entró sin llamar en su despacho de la universidad.

Ni siquiera se molestó en saludar. Fue directo al grano, irrumpiendo en la estancia con la energía que le caracterizaba y una cara de desconcierto absoluto, seguramente tan confuso como se sintió el propio Tristan después de haberle lanzado semejante oferta a Hunter en la redacción del periódico.

Tristan, que estaba concentrado anotando observaciones para sus próximas clases, levantó la vista despacio y soltó el bolígrafo sobre la mesa, buscando tiempo para articular una respuesta convincente.

—Ya tenemos una edad. —se excusó, alzando un poco los hombros con fingida indiferencia.

Liam se apoyó sobre el borde del escritorio de madera, cruzándose de brazos y clavándole una mirada suspicaz.

—¿Mi hermano te ha amenazado o algo? Porque si es eso, dímelo y me encargaré de él. Le pongo dos velas negras en La bruja de Cornualles o le pincho las ruedas del coche, lo que prefieras.

Tristan se rio, negando con la cabeza ante el apoyo de su mejor amigo.

—No puedo odiarle toda la vida, Liam.

—Odio suena mal, pero puedes detestarle. Te lo permito —aseguró Liam sin pestañear—. De hecho, lo has hecho brillantemente durante años. Fue un cretino contigo, pero tienes razón en una cosa: ya somos lo suficientemente adultos como para perdonar lo que pasó hace más de una década.

Tristan suspiró y contempló las carpetas apiladas a un lado de su mesa.

—Supongo.

—¿Supones? —se rio Liam, esbozando una sonrisa cálida que le suavizó la mirada.

—¿Sabes por qué te quiero tanto? —preguntó Tristan de repente, cambiando el tema de conversación—. Porque siempre te pones de mi lado. Me entiendes y respetas mis sentimientos mejor que nadie. Eres el mejor amigo del mundo.

Liam volvió a reír con ganas, dándole un golpecito cariñoso en el hombro.

—Yo también te quiero y, siendo sincero, mi hermano no me caía muy bien a los dieciséis. Era evidente que en todo ese drama me iba a poner de tu lado.

Tristan se rio de nuevo, sintiendo cómo el calor de la amistad de Liam le aliviaba el peso que llevaba días arrastrando en el pecho.

—Pero, cuéntame —prosiguió Liam, inclinándose hacia delante con curiosidad desbordante—, ¿qué clase de amigos vais a ser exactamente?

, ¿de los que salen de copas a emborracharse los viernes?

, ¿jugaréis al póquer en algún club secreto?

, ¿veréis películas raras juntos de esas que a ti te gustan?

Porque no creo que tengáis mucho en común.

—Bueno, te tenemos a ti —respondió, esbozando una sonrisa medio irónica.

Liam levantó las manos de inmediato, mostrando las palmas en un claro gesto de desmarque.

—De eso nada. Dejadme fuera. Me niego rotundamente a lidiar con vuestro intento de ser amigos. No pienso hacer de mediador ni de amortiguador entre vosotros.

—¿Por qué? —inquirió Tristan, arqueando una ceja.

La expresión de Liam se volvió seria por un segundo, cargada de una lealtad inquebrantable.

—Porque si mi hermano vuelve a hacerte daño, esta vez no me voy a limitar a consolarte con tazas de chocolate y películas tristes.

Tristan sintió un pellizco de emoción en la garganta ante las palabras de su mejor amigo, pero se apresuró a tranquilizarle con una sonrisa confiada.

—Tu hermano ya no puede hacerme daño porque ahora sé lo que hay —aseguró con firmeza, pensando internamente en el secreto del té que aún guardaba bajo llave.

—Más le vale —murmuró Liam, no del todo convencido—. Por cierto, no me has contado cómo pensáis empezar esta supuesta tregua.

Tristan carraspeó, jugando con el bolígrafo entre los dedos antes de soltar la bomba.

—He quedado con él para ver el fútbol el domingo por la tarde.

Liam se le quedó mirándole con los ojos desorbitados y la boca ligeramente abierta.

—¡Madre mía! —exclamó finalmente, llevándose una mano a la cabeza—. ¿Puede esto empeorar más?

El resto de la semana pasó volando entre clases, correcciones de exámenes y horas de laboratorio en las que Tristan intentó, de manera infructuosa, avanzar en la fórmula del antídoto.

Sin embargo, cada vez que intentaba aislar los principios activos del té de la trastienda, se topaba con el mismo muro: para neutralizar una reacción promovida por las plantas de La bruja de Cornualles, necesitaba tiempo, precisión y, sobre todo, entender hasta qué punto el comportamiento de Hunter estaba siendo manipulado o si, simplemente, el propio Hunter estaba jugando a su propio juego.

Cuando el domingo por la tarde finalmente llegó, Tristan sentía que el estómago le daba vueltas.

Se había cambiado de ropa tres veces antes de decidirse por algo ridículamente informal: unos vaqueros cómodos y un jersey amplio de lana de color verde oliva.

No quería parecer demasiado arreglado, pero tampoco quería dar la impresión de que no le importaba.

Porque, si se suponía que había aceptado ser su amigo tenía que poner un poco de su parte para lograrlo.

Puntual a las cinco de la tarde, sonó el timbre de su piso.

Respiró hondo, se colocó el jersey y abrió la puerta para encontrarse con Hunter.

Vestía unos pantalones oscuros y una camiseta gris de manga larga que le sentaba ridículamente bien, cargando bajo el brazo portaba un paquete de seis cervezas artesanas y una bolsa de papel que olía gloriosamente a aperitivos salados.

—Hola, profesor —saludó Hunter con una sonrisa inclinada un brillo travieso en los ojos.

—Hola. Pasa, por favor —respondió Tristan, apartándose a un lado para dejarle espacio.

Hunter entró en el salón con la familiaridad de quien conoce la casa, aunque hacía años que no ponía un pie en ella. Dejó las cervezas sobre la encimera de la cocina americana y sacó dos botellas, abriéndolas con soltura antes de ofrecerle una a Tristan.

—Para calentar motores antes del partido —dijo, chocando suavemente su botella contra la de Tristan.

—Gracias.

Se acomodaron en el sofá, guardando una distancia prudencial que Tristan se encargó de marcar colocándose en el extremo opuesto.

Encendieron la televisión y buscaron el canal donde retransmitían el encuentro.

Durante los primeros veinte minutos, la atmósfera estuvo cargada de una tensión latente, disimulada únicamente por los comentarios casuales sobre las jugadas, los pases fallidos y las faltas del equipo rival.

Sin embargo, a medida que avanzaba el partido, Hunter pareció relajarse por completo. Se estiró en el sofá, apoyando un brazo sobre el respaldo, peligrosamente cerca de los hombros de Tristan, y celebrando las buenas jugadas con esa risa contagiosa que siempre había tenido.

Tristan lo observaba de reojo, fascinado y aterrorizado a partes iguales.

Le resultaba imposible no fijarse en la forma en que la luz de la pantalla iluminaba el perfil de Hunter, en la firmeza de su mandíbula o en la amabilidad genuina con la que le preguntaba por sus investigaciones en la universidad cada vez que había un descanso en el juego.

—¿Sabes? —inquirió Hunter en el descanso del ecuador del partido, girándose para mirarle directamente—, echaba de menos esto.

—¿Ver el fútbol? —preguntó Tristan, dando un sorbo a su cerveza para ocultar los nervios.

—No. Hablar contigo sin que parezca que estamos a punto de declarar una guerra mundial —contestó Hunter con voz suave, mirándole con una intensidad que hizo que a Tristan se le acelerara el pulso.

Tristan sintió una punzada de culpa inmediata. Recordó la conversación con su madre en la trastienda, el bote de cristal con la etiqueta manuscrita y la terrible certeza de que toda esa cercanía, toda esa calidez, podía no ser más que el resultado de una poción mal preparado.

«Es el té», se repitió Tristan en un grito sordo para sus adentros, obligándose a mantener la guardia alta. «No es por ti. Es solo la química de la bebida».

—Bueno, dijimos que seríamos amigos, ¿no? —dijo Tristan, intentando sonar desenfadado mientras fijaba de nuevo la vista en la pantalla, donde los jugadores volvían a saltar al terreno de juego—. Aparentemente esto es lo que hacen los amigos.

Hunter le sostuvo la mirada un segundo más, con una expresión indescifrable dibujada en el rostro, antes de sonreír despacio.

—¿Aparentemente?

Tristan se encogió de hombros.

—No veo mucho fútbol con mis amigos.

—Entonces, hagamos que sea algo nuestro.

Asintió, tenía tantos pensamientos bailando en su cabeza que optó por no hablar, sintiéndose incapaz de decir nada que tuviera sentido.