Capítulo 12
T é para aclarar la mente:
hojas de ginkgo biloba, flor de saúco y unas gotas de limón.
Tomar en ayunas cuando la duda amenace con hacerte perder el rumbo.
El martes comenzó con el agotamiento propio de quien se ha pasado más de medianoche en vela. Tristan pasó horas dando vueltas en la cama, mirando fijamente las sombras y repitiendo en un bucle mental lo horriblemente absurda que era toda la situación.
Sin embargo, a medida que la luz de la mañana empezó a filtrarse por la ventana, su mente lógica y científica necesitó aferrarse a un clavo ardiendo.
Analizó los hechos con la fría cabeza de un científico y concluyó que existía una posibilidad muy real, y de lo más reconfortante, de que a Hunter no le hubiera afectado la bebida en absoluto.
Al fin y al cabo, había dos argumentos irrefutables a su favor.
Primer punto: Hunter seguía saliendo con mujeres, como había quedado más que demostrado el sábado por la noche cuando apareció en el pub agarrado del brazo de Elowen.
Segundo punto: Tristan era un hombre sin lugar a duda, por lo que a Hunter, un tipo rotundamente heterosexual, no le interesaba ni le interesaría jamás en un sentido romántico.
Por todo ello, lo de los últimos días no tenía por qué ser los efectos de un té mágico del amor; probablemente solo era el deseo habitual de Hunter de molestarle.
Con esa idea en mente, Tristan decidió que lo mejor que podía hacer para quedarse tranquilo de una vez por todas era tantear el terreno. Encontrarse con él, hablarle, comprobar con sus propios ojos que Hunter seguía siendo el mismo de siempre y cerrar ese capítulo de paranoias.
Para ello, se saltó la comida del mediodía en la facultad y se dedicó a pasear por los lugares en los que días atrás se había topado con él.
Caminó por el paseo marítimo, pasó por delante de la cafetería de la parte alta y hasta se dio una vuelta absurda por el pasillo de los lácteos del supermercado.
Pero la suerte no estuvo de su lado porque no le encontró por ninguna parte.
El problema era que su empeño rozaba ya la obsesión, lo que le obligaba a plantearse ir directamente a la redacción del periódico.
El único inconveniente era el tiempo: por la tarde todavía tenía clases que impartir en la universidad y no podía permitirse saltárselas si no quería poner de los nervios a su mejor estudiante de doctorado.
En cuanto terminó su última clase del día, recogió sus cosas a toda prisa y se dirigió sin pensarlo dos veces hacia allí.
Durante todo el camino en el coche estuvo dándole vueltas a la cabeza, pensando en una buena excusa que justificara su visita sin parecer un desquiciado, dado que hacía solo unos días había declarado muy digno que nunca serían amigos.
No obstante, antes de dar con una respuesta coherente, se descubrió a sí mismo aparcado a solo dos pasos de la sede del diario que dirigía Hunter.
Se quedó unos segundos en el asiento del conductor, con las manos aferradas al volante, debatiéndose entre bajar del coche y entrar o dar marcha atrás y huir a su hogar y esconderse allí hasta que todo se arreglase solo.
Estaba a punto de meter la marcha atrás para irse cuando sonó un suave golpecito en la ventanilla. Dio un pequeño respingo y, al alzar la mirada, se topó con Elowen, que le miraba con una sonrisa curiosa y amable desde el otro lado del cristal.
Consciente de que le habían pillado con las manos en la masa y de que fingir que no la había visto sería grosero, apagó el motor, bajó del coche y la saludó con un gesto cargado de tensión.
—Hola, Elowen.
—Hola, Tristan —dijo ella, apoyando una mano en el techo del vehículo—. ¿Has venido a ver a Hunter?
—No —respondió Tristan de golpe, por puro reflejo.
Elowen arqueó una ceja, divertida.
—¿No?
Tristan sintió que el cuello le ardía de vergüenza.
—¿Sí?
Ella dejó escapar una risita limpia. Tristan pensó que, si no fuera porque era más que evidente que la chica estaba interesada en Hunter, Elowen le caería francamente bien. Tenía un aire dulce y simpático que resultaba difícil de rechazar.
—De acuerdo —concedió ella, guardando las manos en los bolsillos de su abrigo.
Tristan dejó escapar un suspiro de resignación, pasándose una mano por el cabello.
—Sí, he venido a verle. ¿Está dentro?
—No lo sé con certeza, acaba de terminar la reunión de redacción, pero vamos a comprobarlo —se ofreció ella amablemente, señalando con la cabeza la entrada del edificio.
Él asintió en silencio y la siguió.
Al cruzar la puerta de cristal, Tristan se encontró en un espacio diáfano con varios escritorios llenos de papeles, monitores encendidos, el murmullo de teclados sonando y un ligero olor a tinta y a café recalentado.
Elowen caminó entre las mesas con soltura, indicándole con un gesto dónde quedaba el despacho de la dirección, al fondo del pasillo.
La chica avanzó hasta la puerta de cristal y llamó suavemente con los nudillos antes de abrir.
—Hunter, tienes visita.
Hunter levantó la vista de la pantalla de su ordenador. En cuanto vio a Tristan parado en el umbral, su expresión cambió por completo; la sorpresa se dibujó en su rostro, seguida por ese brillo intenso que a Tristan le aceleraba el corazón.
—Profesor, qué sorpresa tan agradable —dijo Hunter, poniéndose de pie detrás de su escritorio.
Tristan tragó saliva, sintiendo que la garganta se le secaba de incomodidad.
Tenía que pensar desesperadamente en algo justificara su visita, una excusa profesional o un recado familiar creíble.
Pero con Elowen mirando la escena con abierta curiosidad desde la puerta y con Hunter tan atento a cada uno de sus movimientos no se le ocurría absolutamente nada que decir.
Su mente analítica se había quedado en blanco.
Por suerte, Hunter pilló al vuelo la tensión en el ambiente y la mudez repentina de su visitante. Miró a la redactora con una sonrisa cortés y sutilmente la despidió.
—Elowen, ¿podrías revisar los teletipos de última hora para la edición de mañana? Gracias.
—Por supuesto —asintió ella, lanzándole una última mirada intrigada a Tristan antes de cerrar la puerta del despacho al salir.
Se hizo un silencio incómodo en el despacho. Hunter rodeó su mesa de madera y se apoyó contra el borde frontal, cruzándose de brazos y mirando a Tristan con una actitud tranquila, casi divertida.
—Tú dirás a qué debo el honor de tu visita —animó Hunter con voz pausada, bajando el tono.
Tristan se vio completamente acorralado.
La presencia física de Hunter, su postura relajada y esa mirada directa le impedían pensar con claridad.
Sin ninguna excusa preparada y necesitando salir de allí rápidamente antes de volver a meter la pata, decidió improvisar sobre la marcha y dijo lo primero que se le vino a la cabeza:
—He venido para decirte que de acuerdo. Seamos amigos.