Maldito hechizo Capítulo 11
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Capítulo 11

T é para neutralizar los impulsos:

raíz de valeriana, hojas de salvia y un pellizco de eneldo.

Servir frío para aplacar las fiebres de la mente y restaurar la lógica.

Tristan no se atrevió a preguntarle a su madre qué era capaz de hacer el té que había compartido con Hunter.

No quiso saber qué mezcla de alcaloides, aceites esenciales o supuestos influjos mágicos contenía aquel bote de cristal.

La sola idea de que una infusión estuviera forzando a Hunter a interesarse por él, alterando su voluntad y sus gustos de forma artificial, le ponía verdaderamente enfermo.

Salió de la trastienda de La bruja de Cornualles como quien huye de la escena de un crimen. Apenas se despidió de la tía Daisy, de Liam o de las clientas, agarró su chaqueta y caminó a paso veloz de regreso a su piso, con el pecho oprimido por la culpa.

Lo curioso de toda aquella pesadilla era que a él no le había hecho ningún efecto.

Tristan se analizó mentalmente de arriba abajo, buscando cualquier alteración en sus emociones, pero la realidad era aplastante: él seguía sintiendo exactamente él mismo.

Seguía siendo consciente de que Hunter Mills era un imposible.

Un espejismo peligroso. Y que, como tal, lo mejor para su salud mental y emocional era mantenerse lo más lejos posible de él.

No había ninguna fuerza mágica que le empujara a buscarlo ni pensaba en él más de lo que lo hacía antes.

Sus sentimientos hacia Hunter estaban intactos, sepultados bajo años de distancia autoimpuesta y orgullo herido.

Como fuera, la situación no era justa para Hunter. A pesar de lo sucedido entre ellos en el pasado, o quizás precisamente por eso, Tristan no quería forzarlo a nada. Jamás se le ocurriría manipular los afectos de nadie, y mucho menos los del hombre que una vez le rompió el corazón.

De modo que, cuando por fin llegó a la soledad de su casa y se encerró en el salón, su mente se dedicó por entero a darle vueltas a todo lo ocurrido.

Las piezas encajaban con una precisión que daba miedo.

Fue a raíz de que compartieran la bebida que Hunter comenzó a mostrar ese interés repentino y desmesurado por él.

La ráfaga de comentarios en redes sociales a deshoras, las apariciones en sus rutas habituales, las miradas intensas en el pub y esa cercanía abrumadora en la comida del domingo.

Todo, absolutamente todo, era una reacción inducida por la maldita infusión.

Ese pensamiento le trajo un ramalazo de amargura que le escoció en la garganta.

Recordó de golpe la noche de su decimosexto cumpleaños, cuando intentó escaparse a Londres.

Cuando era solo un adolescente confundido, lleno de dudas sobre su propia identidad y muerto de miedo, fue Hunter quien le ayudó a comprenderse.

En medio de la penumbra de aquella calle, Hunter le escuchó, le calmó y le hizo entender que no había nada malo en lo que sentía.

Pero ese mismo día, con una frialdad que Tristan nunca pudo olvidar, Hunter también le dejó absolutamente claro que no sentía nada por él y que jamás lo haría.

Le dejó claro que para él solo era el niño vecino, el amigo de su hermano pequeño y que el beso había sido un favor por lástima.

Que ahora se hubiese equivocado con la bebida y le hubiera servido a Hunter aquel brebaje parecía, visto desde fuera, una venganza poética y retorcida, pero para Tristan no era ninguna victoria ni ninguna broma del destino; no era más que un descuido imperdonable, un error fruto de su propia frustración por tener que preparar la tetera.

Se sentó en el suelo frente a la mesa de centro, apoyando la espalda contra la base del sofá y llevándose las manos a la cabeza.

La culpa le carcomía por dentro. Hunter no se merecía estar atrapado en un hechizo o en un desequilibrio químico que lo arrastrara hacia alguien a quien en condiciones normales jamás miraría de esa manera.

—Tengo que arreglarlo —se dijo en voz alta, rompiendo el silencio del salón—. Tengo que hacer las cosas bien.

Decidió que iba a actuar con la cabeza fría y el rigor científico que le caracterizaba. Lo primero que debía hacer era intentar encontrar otra bebida, una fórmula o un remedio que contrarrestara los efectos de la que ya habían tomado. Una especie de antídoto.

Se incorporó y caminó decidido hacia su despacho, encendiendo la lámpara de la mesa y abriendo sus cuadernos de notas, sus manuales de botánica aplicada y sus libros de química orgánica.

No podía ser tan difícil. Al fin y al cabo, el mundo natural se regía por leyes de equilibrio y compensación. Toda acción generaba una reacción, y la química era, en esencia, la ciencia de la transformación y la neutralización.

—Si hay un componente activo que altera los neurotransmisores, tiene que haber un inhibidor que devuelva el sistema a su estado basal —murmuró para sí mismo mientras hojeaba febrilmente las páginas llenas de diagramas moleculares.

Las reacciones químicas estaban a la orden del día en la naturaleza, recordándose a sí mismo para darse ánimos.

Ocurrían a todas horas, en todos los rincones del planeta y en el interior de cada organismo vivo: la fotosíntesis en las hojas para transformar la luz en energía, la respiración celular para descomponer la materia, la digestión en el estómago, la oxidación de una manzana cortada al contacto con el oxígeno, la fermentación de los azúcares...

Todo eran procesos de causa y efecto. Si la naturaleza era capaz de crear reacciones tan complejas de forma espontánea, él, siendo un profesional de la materia y con el conocimiento de las plantas de su familia a su disposición, tenía que ser capaz de sintetizar una solución.

Cogió un bolígrafo y comenzó a hacer una lista con las propiedades de las plantas que componían el té del amor de La bruja de Cornualles. De momento podía trabajar con las que él mismo había identificado, sin embargo, iba a tener que pedirle a su madre la receta completa.

Debía aislar los principios activos, las flores de azahar, la canela, el clavo, y buscar sus antagonistas naturales.

Plantas con propiedades sedantes, astringentes, depurativas.

Algo que limpiara el organismo de Hunter y le devolviera su libre albedrío antes de que la situación se saliera por completo de control.

Se pasó las horas siguientes sumergido entre fórmulas, esquemas y notas al margen. La culpa le servía de combustible para no rendirse, pero la preocupación por Hunter era lo que verdaderamente le mantenía en vilo.

Porque la idea de que Hunter le mirara, le sonriera o le buscara solo porque estaba bajo los efectos de un filtro accidental le resultaba insoportable.

Tristan prefería mil veces la indiferencia, sus pullas sarcásticas o incluso la distancia, antes que un afecto falso fabricado por un despiste en la cocina.

Tenía que encontrar la fórmula exacta y devolverle a la normalidad, pasase lo que pasase y asumir las consecuencias de su propio error antes de que fuera demasiado tarde.