Capítulo 10
T é para revelar la verdad:
pétalos de rosa roja, raíz de angélica y semillas de cilantro.
Servir con cuidado: despierta sentimientos dormidos y desvela intenciones ocultas.
Como siempre hacía al inicio de la semana, Tristan pasó a recoger a Liam y los dos se plantaron en La bruja de Cornualles para la habitual reunión de té de los lunes.
Era una cita ineludible en el calendario de los chicos, una costumbre arraigada donde el aroma a plantas secas y el murmullo de voces cálidas envolvían cada rincón de la tienda.
Allí se congregaban las mujeres del pueblo que llevaban media vida siendo clientas de las Branok.
La más joven de todo el grupo era su tía Daisy, quien se negaba rotundamente a confesar cuántos años hacía que había dejado atrás la década de los cuarenta.
Todas charlaban amigablemente y se divertían mientras aprendían a mezclar plantas e infusiones para eliminar el dolor de estómago, aliviar la jaqueca o facilitar el tránsito intestinal…
remedios naturales que a la mayoría de ellas consideraban auténtica magia ancestral.
Pero eso no significaba en absoluto que Tristan no creyera en ella.
Tristan era químico y, por supuesto que creía en la magia.
Para él, la magia estaba en cada cambio sutil de la naturaleza, en la lectura precisa de los posos de té que realizaba su abuela Demelza y en las corazonadas certeras de su madre.
Él mismo había experimentado a lo largo de su vida situaciones tan extraordinarias que su mente analítica y metódica simplemente no podía explicar mediante fórmulas convencionales.
Por ello, siempre había seguido su mantra personal: La magia y el amor son pura química. Fue precisamente esa convicción profunda la que le llevó a escoger la química como modo de vida y profesión y la botánica como pasión.
Las mujeres del pueblo eran encantadoras con ellos dos.
Trataban a Tristan y a Liam como a sus propios nietos o sobrinos, encantadas de tenerlos por allí rondando entre frascos y bandejas de tés.
Según el criterio unánime de todas las asistentes a la reunión, ellos eran, sin lugar a duda, los dos chicos más guapos de todo St. Ives.
Sin embargo, Tristan tenía un objetivo prioritario esa tarde.
Intentó hablar a solas con su madre en un par de ocasiones, buscando la conversación pendiente que le había prometido el día anterior durante la comida.
Pero Lyra, con una habilidad pasmosa para ser esquiva, se alejaba entre sonrisas, sirviendo más pastas de té o atendiendo las preguntas de las vecinas cada vez que su hijo se le acercaba con intención de descubrir el secreto de los cuchicheos.
En un momento dado, mientras el grupo reía al fondo del local, Sally, una de las clientas más veteranas de la tienda, levantó la voz por encima del murmullo general y le preguntó a Lyra si ya le había preparado el té especial que le encargó días atrás para su hija, quien estaba a punto de casarse el mes siguiente.
Al escuchar la petición de Sally, las demás mujeres de la sala sonrieron encantadas y cruzaron miradas de pura complicidad.
Todas en St. Ives sabían perfectamente de qué mezcla se trataba.
El té del que hablaba Sally era una receta familiar legendaria en La bruja de Cornualles: un brebaje concebido específicamente para revelar el amor verdadero, avivar la pasión dormida y hacer que el afecto durara para siempre.
Lyra miró a su hijo con una repentina sombra de inquietud reflejada en los ojos. Asintió hacia la clienta con una sonrisa algo tensa y luego se giró hacia Tristan, pidiéndole con voz suave que la acompañara a la trastienda para ir a por él.
Cada vez más confundido por el ambiente enrarecido y la actitud misteriosa de su madre, Tristan hizo lo que le pedían. La siguió hasta la pequeña cocina del fondo, alejándose del bullicio de la tienda a la espera de que la duda se aclarara.
Vio a su madre acercarse al armario de madera de la pared.
Cuando Lyra abrió la puerta de cristal y sacó un bote transparente de la balda superior, el mismo frasco de cristal con tapa de corcho del que él había cogido un puñado a ciegas el día de la entrevista para preparar la tetera, una bandada de pájaros histéricos se le revolvió a Tristan en el estómago.
Un sudor frío le recorrió la nuca cuando reconoció al instante la etiqueta manuscrita del bote, el color de los pétalos secos y el aroma dulzón que aún parecía flotar en el ambiente.
Se acordó perfectamente de ese bote. Rememoró cómo, sumido en la rabia y en la distracción provocada por la presencia de Hunter en la tienda, había cogido aquellas hierbas sin mirar.
Y fue cuando comenzó a entender por qué su madre y su tía se negaron a probar la bebida.
Pero, sobre todo, se llenó del pánico al recordar cómo Hunter y él se habían bebido hasta la última gota de aquella infusión.
Tristan miró a su madre, que se había quedado inmóvil sosteniendo el frasco entre las manos, observándole en un silencio absoluto y revelador.
—No —dijo Tristan con apenas un hilo de voz, dando un paso atrás mientras sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Ella le miró desconcertada, pero con una compasión infinita en el rostro.
—Dime que no es cierto —suplicó Tristan, llevándose una mano a la cabeza, sintiendo que las sienes le palpitaban con fuerza.
—¿Fue sin querer? —preguntó ella finalmente, rompiendo el silencio con una suavidad que a Tristan le sonó a sentencia.
Él enrojeció hasta la raíz del cabello. El rubor le abrasó las mejillas mientras la vergonzosa realidad de los últimos tres días se abría paso en su mente con la claridad de un rayo.
—¡Por supuesto que fue sin querer! —se quejó, alzando los brazos al cielo en un gesto de pura desesperación—. ¡Dios mío! Esto es horrible —murmuró, empezando a encajar todas las piezas del rompecabezas—. Esto... esto empieza dar sentido a los últimos días.
—Cariño, cálmate, por favor —intentó tranquilizarle Lyra, dando un paso hacia él para ponerle una mano en el brazo.
—¡Mamá! No puedo calmarme. ¡No puedo! —exclamó Tristan al borde del colapso nervioso, pasándose las manos por la cara—.
Las miradas en la tienda, las apariciones casuales por todo St. Ives, los comentarios en Instagram a las tres de la mañana, la amabilidad repentina en la comida de ayer.
Había sido todo por culpa del dichoso té.
Se frenó en seco, mirando a su madre con los ojos desorbitados por el pánico mientras la verdad caía sobre sus hombros.
—Mamá... Hunter es hetero. ¿Qué demonios he hecho?