Maldito hechizo Capítulo 9
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Capítulo 9

T é para revelar conspiraciones:

flores de lavanda, cáscara de naranja amarga y una ramita de romero.

Tomar caliente cuando sientas que tu propia familia tramó algo a tus espaldas.

El domingo se encontró con Liam llamando al timbre de su casa a las once de la mañana, lo que le sorprendió enormemente.

En primer lugar, porque su mejor amigo se había ido la noche anterior del pub muy bien acompañado por una chica deslumbrante, y, en segundo lugar, porque sabía perfectamente que los domingos eran días sagrados en familia para los Branok.

Aun así, sin hacer preguntas todavía, Tristan preparó café extra en la cafetera italiana para su amigo y esperó pacientemente a que le contara el verdadero motivo que le llevaba a su casa a esas horas tan tempranas para él.

Liam entró en el salón perfectamente arreglado, vestía una camisa impecable y vaqueros limpios, pero lucía unas ojeras oscuras y profundas que delataban la verdadera historia de su madrugada.

Antes siquiera de saludar a Tristan, se lanzó de cabeza a por la taza de café recién hecho cuyo aroma embriagador había olido desde que cruzó la puerta de la entrada.

Le dio un sorbo largo, cerrando los ojos mientras el líquido caliente le devolvía a la vida, y miró a su amigo con pura adoración.

—Eres el mejor. Te quiero, de verdad te quiero —suspiró Liam, abrazando la taza con ambas manos como si fuera un tesoro.

Tristan se rio, negando con la cabeza mientras servía su propia taza.

—¿Qué haces aquí tan temprano?, bueno, temprano para ti —aclaró—. ¿Pasó algo con tu ligue de anoche?

Liam negó con la cabeza, esbozando una sonrisa cansada pero orgullosa.

—Para nada, todo fue sobre ruedas. Pero me he despertado pronto y he pensado que podemos ir juntos a casa.

—¿También vas a comer con tus padres? —preguntó Tristan extrañado, apoyándose contra la encimera.

Su amigo le miró profundamente confundido, arqueando una ceja rubia.

—Pues claro. Vamos a hacer una comida juntos. Tu padre va a asar pescado en el jardín y mi madre ha prometido hacer Cornish Pasty caseros para todos. ¿No lo sabías?

Tristan parpadeó, completamente confundido.

Ni su madre ni su tía le habían dicho absolutamente nada de que hubieran invitado a los Mills a la tradicional comida de los domingos.

De hecho, la insistencia repentina de Lyra el día anterior para asegurarse de que no faltara cobraba ahora un sentido completamente nuevo y bastante preocupante.

Asintió despacio, perdido en sus pensamientos, mientras decidía que en cuanto pusiera un pie en el jardín iba a tener una charla muy seria con su madre.

Algo extraño le pasaba a su progenitora, y fuera lo que fuera lo que estaba tramando con su tía Daisy, necesitaba saberlo desesperadamente antes de que lo metieran en un lío.

Como era de esperar, si los Mills estaban invitados a la comida en casa de sus padres, Hunter entraba automáticamente en el cupo.

Tristan decidió, en cuanto lo vio llegar, que el periodista no debía de haber trasnochado mucho la noche anterior, porque estaba en muchísimo mejor estado que su hermano menor.

Hunter lucía radiante, con un jersey de cuello vuelto claro que resaltaba su bronceado suave y su cabello rubio peinado con descuido estudiado.

A pesar de las palabras heladas que se habían dicho a la salida del pub unas horas atrás, Hunter se mostró exquisitamente amable y cariñoso con su madre y con su padre, a quien saludó con un apretón de manos afectuoso.

A Tristan, por su parte, le saludó por pura obligación, devolviéndole un educado y distante «Buenos días» que no decía nada, pero lo decía todo.

Tristan decidió ignorarle y centró toda su atención inquisitiva en su progenitora, quien no dejaba de cuchichear en esquinas estratégicas con su hermana mientras preparaban la mesa del jardín.

Fuera lo que fuera lo que las Branok se traían entre manos, la abuela Demelza no estaba al tanto en absoluto. La anciana matriarca caminaba entre los invitados observándolo todo con atención, pareciendo tan desconcertada por el repentino despliegue festivo como lo estaba el propio Tristan.

Las sospechas de Tristan se afinaron definitivamente cuando llegó el momento de sentarse a la mesa. Su madre, haciendo gala de unas maniobras dignas de un estratega militar, se las ingenió para que Tristan terminara sentado justo al lado de Hunter.

Hunter, por su parte, parecía hoy una persona completamente diferente.

Atrás habían quedado las pullas sarcásticas, los comentarios mordaces y las miradas desafiantes de los últimos días; ahora todo en él era encanto, buena educación y una amabilidad arrolladora que dejó a Tristan completamente desarmado.

¿Cómo iba a ser irónico y borde con una persona que era todo cortesía?

Tristan sintió que se había colado por error en un universo paralelo. Durante toda la comida, Hunter le pasó los platos con caballerosidad, se rio de las bromas de su padre y conversó sobre botánica con una soltura que a Tristan le pareció sospechosa y peligrosamente atrayente.

Cuando por fin llegó la hora del postre, Tristan no aguantó más. Se ofreció voluntario para ayudar a su madre a recoger las fuentes y se metió en la cocina tras ella, cerrando la puerta con firmeza.

Trató de interrogarla al instante mientras ella colocaba las tazas de café sobre una bandeja.

—Mamá, ¿qué está pasando aquí? —inquirió en un susurro urgente—. ¿Por qué has invitado a los Mills? ¿Y por qué nos has sentado juntos a Hunter y a mí como si fuera una cita a ciegas organizada?

Lyra Branok se mostró exasperadamente esquiva, evitando mirarle directamente a los ojos mientras sonreía con inocencia.

—Tristan, por favor, son nuestros vecinos de toda la vida. Hacía tiempo que no compartíamos una comida —dijo pasando un paño por la encimera—. Además, tenemos invitados. No es momento para interrogatorios. Hablamos mañana después de la reunión del té.

—¿Mañana? ¡Mamá!

—De acuerdo, mañana sin falta, querido. Ahora lleva las cucharillas fuera —zanjó ella con una firmeza que no admitía réplica.

Más tarde esa noche, de vuelta en la tranquilidad de su casa, Tristan se sirvió una copa de agua y se sentó en el sofá, tratando inútilmente de especular sobre lo que estaba sucediendo a su alrededor.

La actitud de su madre y de su tía era un enigma indescifrable, pero le resultaba todavía más incomprensible el drástico cambio de actitud de Hunter durante la comida.

Aquel Hunter atento, educado y encantadoramente suave no encajaba con el hombre que le había arrinconado con preguntas en la tienda o que le había perseguido por el pueblo.

«¿Acaso está intentando que lo acepte como amigo?», se preguntó Tristan, mirando fijamente el techo de su salón mientras recordaba las palabras de Hunter a la salida del pub: «¿No podemos ser amigos? Antes lo éramos».

Tristan suspiró, cerrando los ojos con pesadez.

En realidad, nunca lo habían sido. Secretamente Tristan siempre le había detestado porque hacía aflorar en él sentimientos que no sabía delimitar, lo que lo frustraba y lo llenaba de un desdén que no hacía más que avivar esa distancia inexplicable entre ellos.

En cualquier caso, si eso era lo que pretendía Hunter Mills con toda esa empalagosa atención y amabilidad, que fueran amigos, estaba soñando con un imposible.

Porque entre ellos había demasiada historia, demasiado dolor todavía a flor de piel y demasiada electricidad contenida como para fingir que alguna vez podrían ser solo amigos.