Maldito hechizo Capítulo 8
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Capítulo 8

T é para templar el orgullo:

corteza de canela, flores de manzanilla y unas gotas de miel silvestre.

Tomar a sorbos lentos cuando sientas que la distancia es tu mejor refugio.

Tristan no estaba de humor para ser cortés.

La visión de Hunter y de su acompañante ocupando el espacio que hasta hacía un momento pertenecía a la intimidad de sus amigos le revolvió las entrañas de una forma tan molesta como exagerada.

Sin embargo, no podía levantarse y marcharse tan rápido sin levantar sospechas o hacer un espectáculo ridículo de sí mismo.

De modo que respiró hondo, compuso su mejor máscara de indiferencia y se sentó en su sitio junto a Bethany. Trató con todas sus fuerzas de olvidarse de los invitados no invitados, al menos no invitados por él, que habían invadido su espacio y su noche.

Por suerte, Bethany se percató al instante del cambio de clima en el rostro de su amigo.

Como la excelente aliada que siempre había sido, se apiadó de él y monopolizó su atención, entreteniéndole con preguntas sobre el trabajo y chismes sobre sus alumnos.

Aquello ayudó enormemente a que Tristan no tuviera que interactuar con Hunter ni con su amiga.

Según el propio Hunter había anunciado con voz despreocupada al presentarlos, la chica se llamaba Elowen y era una nueva compañera en el periódico a quien le estaba haciendo de guía por la ciudad durante su primer fin de semana en St. Ives.

¡Seguro! Tristan contuvo una mueca de incredulidad. Como si el mismísimo director del periódico tuviera por obligación que hacer de guía turístico a una redactora recién contratada un sábado por la noche. Ni él mismo se creía semejante trola.

Tal y como era habitual cada vez que salían en grupo, Liam no tardó en hacer de las suyas.

Tras ir a la barra con la excusa de pedir otra ronda de bebidas, entabló conversación con una chica despampanante que esperaba su turno al lado de los tiradores de cerveza.

Apenas tres minutos después, Liam regresó a la mesa únicamente para despedirse de ellos con un guiño descarado para marcharse del pub agarrado del brazo de su nueva conquista.

—Es rápido —se rio Bethany, negando con la cabeza mientras veía desaparecer la cabeza rubia del menor de los Mills entre la multitud.

—Es todo gracias a las chicas de la reunión del té. Le dan información confidencial sobre cómo encandilar a las mujeres — dijo Tristan, medio en broma medio en serio, dándole un sorbo a su copa.

Con una persona menos en la mesa y siendo Liam el más animado del grupo, la dinámica cambió drásticamente.

Bethany, en un intento de no excluir a los recién llegados, amplió la conversación con el resto de los presentes, lo que obligó a que todos acabaran integrándose en un único diálogo.

Tristan se sintió cada vez más incómodo.

Era evidente para cualquiera con un mínimo de vista que Elowen estaba francamente interesada en su jefe.

Cada vez que Hunter hablaba, la chica lo miraba con una atención exagerada, riéndose de sus bromas y buscando el roce sutil de sus hombros en la banqueta.

Tristan observaba la escena de reojo, sintiendo una punzada de fastidio que crecía a pasos agigantados.

A pesar de que era plenamente consciente de que no debería molestarle, después de tantos años y de haber dejado claro mil veces que Hunter no le importaba lo más mínimo, el caso era que lo hacía.

Le molestaba, y se negaba a pensar profundamente en ello.

Aguantó quince minutos más y cuando Hunter finalmente se levantó hacia la barra para conseguir más bebidas, él ya se había negado a tomar nada más, aprovechó la ocasión para poner fin a su noche.

—Se me ha hecho tarde y mañana tengo que madrugar para la comida familiar —mintió, poniéndose de pie al tiempo que se colocaba la chaqueta sobre los hombros.

No les dio tiempo a Bethany o James para que se quejaran. Rápidamente se despidió.

—Encantado de conocerte, Elowen. Buenas noches, chicos.

Salió a toda prisa, eludiendo la mirada de Hunter que regresaba en ese momento de la barra con los vasos en la mano, y salió del local.

Al poner un pie fuera del pub, el aire helado de la noche le golpeó el rostro.

Respiró aire puro con ganas, sintiendo que sus pulmones se liberaban de la presión sofocante del local.

Su noche no había sido precisamente buena, pero estaba convencido de que mejoraría en cuanto llegase a casa, se diera una ducha caliente y se metiera en su cama con un buen libro entre las manos.

¿Hubiese sido mejor si hubiese ligado como Liam? Seguro. Al menos habría entretenido la mente con algo productivo. Pero la realidad era innegable: con Hunter allí presente, Tristan era incapaz de acercarse a nadie. Su sola presencia parecía acaparar toda su atención lo quisiese o no.

Echó a andar unos pasos por la calle empedrada, abrochándose la chaqueta para resguardarse de la brisa marina. Apenas había recorrido una docena de pasos cuando una voz familiar resonó a sus espaldas:

—¡Tristan!

Se detuvo en seco. Al darse la vuelta, se topó con Hunter, que corría hacia él tras haber salido apresuradamente del pub.

El periodista frenó a un metro de él. Tristan lo miró en silencio, manteniendo la barbilla en alto y las manos profundamente metidas en los bolsillos del pantalón.

—¿Ya te vas? —preguntó Hunter.

—Eso parece —contestó Tristan con un tono seco y carente de emoción.

Hunter no respondió de inmediato. Le miró con intensidad, escudriñando su rostro bajo la luz tenue de las farolas como si buscara descifrar lo que pensaba.

El viento nocturno le despeinaba el cabello rubio, y por un segundo la habitual máscara de sarcasmo y confianza que siempre llevaba puesta desapareció por completo.

—Siento que te he fastidiado la noche —dijo Hunter muy serio.

Tristan soltó una sonrisa amarga, sin un ápice de diversión.

—Siempre has sido muy listo, Hunter.

Las palabras de Tristan, cargadas de un resentimiento helado, cayeron como un jarro de agua fría. Hicieron que los hombros de Hunter se desplomaran visiblemente, perdiendo toda su postura erguida. El periodista dejó escapar un suspiro largo y cansado, pasándose una mano por el rostro.

—¿No podemos ser amigos? —pidió Hunter con una voz suave, casi suplicante—. Antes lo éramos.

Tristan apretó la mandíbula. El eco de aquella palabra, amigos, le pareció casi una burla considerando la historia que arrastraban a sus espaldas desde los dieciséis años.

—No lo creo —respondió Tristan con firmeza, sosteniéndole la mirada sin pestañear.

Hunter dio un paso imperceptible hacia él, arrugando el entrecejo con frustración sincera.

—¿Por qué?

Tristan dio un paso atrás, marcando una distancia física infranqueable entre ambos antes de pronunciar la verdad que llevaba guardada en el pecho desde hacía años:

—Porque no confío en ti.