Capítulo 7
T é para agudizar el ingenio:
trozos de manzana seca, canela en rama y un toque de clavo.
Tomar caliente cuando intuyas que la noche va a complicarse.
Tristan comía cada domingo en casa de su familia sin excepción.
Era una tradición tan antigua como la propia La bruja de Cornualles, un ritual sagrado de pescado a la brasa, sobremesa larga y conversaciones disparatadas que formaba parte de su rutina.
Por eso, cuando el sábado a mediodía su madre le llamó por teléfono únicamente para confirmar que iba a asistir al día siguiente, Tristan se quedó con la mosca detrás de la oreja.
—Mamá, voy todos los domingos desde que me independicé —le recordó, sujetando el teléfono con el hombro mientras ordenaba unos apuntes sobre la mesa de su despacho en casa—. ¿Por qué iba a faltar mañana?
—No sé, querido, como últimamente estás tan ocupado con tus clases y tus cosas... Solo quería asegurarme de que vendrías —respondió Lyra con ese tono sospechosamente meloso que ponía siempre que escondía algo—. Nos vemos mañana a las dos, entonces. ¡No llegues tarde!
Tristan se quedó mirando la pantalla del móvil unos segundos antes de dejarlo sobre la mesa.
¿Qué demonios le pasaba a su madre que estaba tan rara?
Llevaba tres días actuando como si supiera un secreto de Estado.
¿Acaso su abuela le había leído los posos del té y le había dicho algo sobre él que la tenía preocupada?
Con Demelza Branok nunca se sabía; la anciana tenía una puntería inquietante para ver cosas donde los demás solo veían hojas de camelia húmedas.
Como fuera, decidió no darle más importancia en esos momentos. Ya le preguntaría directamente al día siguiente durante la comida, acorralándola entre el plato principal y el postre.
Además, tenía asuntos más inmediatos de los que ocuparse.
Era sábado por la noche y había quedado para cenar y tomar unas copas con sus amigos.
A pesar de que tenía una montaña de trabajos de investigación que corregir sobre la mesa, Liam se había puesto rematadamente cansino para que saliera con ellos.
Y como Tristan era incapaz de negarle nada a su mejor amigo, una debilidad que arrastraba desde la infancia y que debía de reconocer que era recíproca, terminó cediendo.
Se duchó, se peinó el cabello oscuro con esmero y se vistió cómodo, pero elegante: unos pantalones oscuros bien ajustados, una camisa gris perla que resaltaba sus ojos y una chaqueta de punto azul marino.
Salió de casa andando a paso ligero para llegar al restaurante.
No estaba lejos de su piso y, como tenía previsto beber más de una copa de vino para ahogar el estrés de la semana, lo mejor era caminar y dejar el coche a buen recaudo.
El restaurante elegido estaba ubicado en una antigua casa de pescadores reformada, cerca de la zona del puerto.
Las paredes de piedra, las vigas de madera oscura y las luces cálidas le daban un aire acogedor y bullicioso, impregnado del aroma a marisco fresco, hierbas aromáticas y pan recién horneado.
Allí ya lo esperaban en una mesa rincón: Liam, su mejor amigo de toda la vida y el soltero de oro indiscutible de la ciudad; Bethany, la eficientísima secretaria de Liam y amiga íntima de ambos; y James, el marido de esta, un tipo encantador y paciente que aguantaba con una sonrisa las excentricidades del grupo.
—¡Por fin llega el científico! —lo saludó Liam levantando su pinta de cerveza nada más verlo aparecer—. Ya pensaba que te habías quedado dormido sobre un libro de química.
—Estaba terminando de arreglarme, algo que tú deberías intentar algún día —replicó Tristan con una sonrisa mientras saludaba a Bethany con un beso en la mejilla y le daba la mano a James—. Hola a todos.
—Estás muy guapo, Tristan —lo alabó Bethany repasando su atuendo con mirada aprobatoria—. No le hagas caso a Liam, solo está celoso porque a él esa camisa le quedaría como un saco.
—Oye, que yo soy un galán clásico —protestó el aludido, aunque sin perder la sonrisa descarada que compartía con su hermano Hunter, un parecido físico que a Tristan siempre le removía el estómago si lo miraba demasiado tiempo.
Se acomodaron en la mesa y la cena transcurrió entre risas, platos deliciosos y botellas de vino blanco.
Tristan disfrutó de la velada más de lo que habría imaginado un par de horas antes.
Le hacía falta reírse y desconectar. Sin embargo, mientras miraba a Liam desplegar sus dotes de seducción con la camarera cada vez que esta traía un plato, Tristan supo exactamente cómo iba a terminar la noche: acabaría compartiendo mesa y confidencias únicamente con Bethany y James, porque Liam sin duda encontraría a alguien con quien ligar y desaparecería antes de medianoche. Era el guion habitual de sus salidas.
El restaurante estaba abarrotado y el ambiente era animado. Al terminar de cenar y pagar la cuenta, decidieron desplazarse a uno de los pubs más concurridos de la ciudad para pasar lo que quedaba de noche y tomar una última copa.
El pub estaba lleno y la a música sonaba de fondo mezclada con el murmullo constante de la gente y el tintineo de las jarras.
Por suerte, James tiró de altura y reflejos para conseguir una mesa libre en una de las esquinas del local.
Se acomodaron allí y siguieron con sus charlas, hablando sobre las próximas vacaciones y los cotilleos sin importancia del pueblo.
Hasta que, en mitad de una historia absurdamente divertida que contaba James, Bethany se inclinó hacia Tristan y le tocó el antebrazo.
—Tristan —le dijo al oído, bajando la voz para que solo él la oyera—. No mires ahora, pero Hunter acaba de entrar por la puerta. Y no viene solo.
Tristan sintió que la espalda se le ponía rígida al instante. A pesar de la advertencia de Bethany, no pudo evitar buscarle con la mirada.
Y allí estaba. Vestía una chaqueta de cuero negra sobre una camiseta oscura, el cabello rubio ligeramente despeinado y esa sonrisa natural que hacía que la mente de Tristan divagara perdida entre recuerdos los agridulces de aquella noche.
A su lado caminaba una mujer deslumbrante, una morena alta, con un vestido negro, sexy y una sonrisa preciosa.
Tristan los observó en silencio mientras Hunter guiaba a la mujer hacia una mesa libre situándolos a tan solo dos filas de la suya.
Sintió una punzada extraña de algo en lo que se negó a profundizar, seca y molesta justo debajo de las costillas.
Una sensación ridícula que se apresuró a abandonar rápidamente.
«No me importa con quién salga. No es mi problema», se dijo a sí mismo con severidad.
El problema principal no era con quién estuviera, sino que en cuanto Hunter se girara y viera a Liam sentado en la mesa, sería inevitable que se acercara a saludarle.
Y Tristan no tenía la menor intención de someterse a otro duelo verbal cargado de ironía con Hunter delante de sus amigos y de una desconocida.
—Voy al baño —anunció de golpe, levantándose de la banqueta antes de que Liam o James pudieran protestar.
—¿Ahora? Si acabamos de pedir las copas. —empezó a decir su mejor amigo.
—Vuelvo enseguida —lo cortó Tristan, deslizándose entre la gente con la agilidad de alguien que solo quiere huir.
Tomó el camino más largo hacia la zona de los servicios, esquivando cuidadosamente el ángulo de visión de la mesa donde se acababan de sentar Hunter y su acompañante. Mientras caminaba por el pasillo que llevaba a los aseos, la mente de Tristan no pudo evitar dar un par de volteretas involuntarias.
Recordó la sesión de cotilleo nocturno que había hecho en el perfil de Instagram de Hunter apenas unas noches atrás.
En su muro no había ni una sola foto de mujeres en actitud cariñosa ni de citas.
Lo cual era bastante raro, considerando que era el hermano mayor de Liam y que ambos compartían cierta fama de solteros codiciados en St. Ives.
Sonrió para sus adentros, al pensar en su mejor amigo.
Liam, al menos, era transparente: si salía con alguien, lo sabía todo el pueblo en cuestión de horas.
Hunter, en cambio, era una tumba para su vida privada, guardándolo todo bajo una fachada de simpatía pública que no dejaba ver lo que realmente pensaba o sentía.
Tristan se lavó las manos con agua fría en el baño, se miró en el espejo, se colocó el cuello de la camisa y se tomó un par de minutos extra para asegurarse de que el terreno estuviera despejado.
Respiró hondo, convencido de que la pareja estaría ya sumergida en su propia conversación y él podría regresar a su mesa sin llamar la atención.
Sorprendentemente, en un científico tan brillante como él, cometió un error cálculo.
Cuando salió del pasillo del baño y fijó la vista en su mesa, se quedó completamente sorprendido. Se frenó en seco en mitad de la moqueta del pub, incapaz de dar un paso más.
Allí, sentados tan felices en la banqueta redonda junto a Liam, Bethany y James, estaban Hunter y la mujer morena.
Hunter sostenía una bebida en la mano, riéndose de algo que acababa de decir su hermano, mientras su acompañante charlaba animadamente con Bethany como si se conocieran de toda la vida.
Para colmo de males, en cuanto Hunter levantó la mirada y lo vio parado a unos metros con cara de póquer, su sonrisa se amplió.
El periodista alzó su copa en un brindis silencioso hacia él, ofreciéndole esa mirada brillante y desafiante que a Tristan le garantizaba que la noche estaba muy lejos de haber terminado.