Capítulo 6
T é para ahuyentar las sospechas:
tallo de hierbaluisa, flor de saúco y un toque de cardamomo.
Servir bien caliente cuando sientas que te están acorralando.
Tristan estaba empezando a preocuparse seriamente. Y cuando un profesor de química metódico y organizado empieza a preocuparse, la probabilidad de que su vida esté a punto de descarrilar es del cien por cien.
Desde el fatídico día de la entrevista en La bruja de Cornualles, se había encontrado con Hunter exactamente cinco veces en solo tres días.
Cinco. En un pueblo donde, hasta hacía una semana, podía pasar un mes entero sin cruzarse con él, salvo que los dos fueran a ver a sus madres al mismo tiempo o tuviera la mala suerte de coincidir con él cuando iba a recoger a Liam al despacho.
El recuento de su persecución involuntaria era exasperante: se lo había cruzado en el supermercado; mientras salía a correr por su camino habitual a lo largo de la Costa del Sudoeste, una ruta solitaria donde jamás en la vida lo había visto entrenar; en su cafetería favorita de la parte alta de St. Ives; y dos veces más caminando por el centro de la ciudad, como si Hunter no tuviera una redacción que dirigir ni un periódico que publicar.
Por pura agilidad mental y un instinto de supervivencia muy desarrollado, Tristan había logrado esquivarle en cuatro de esas cinco ocasiones.
Dobló esquinas a una velocidad casi olímpica, se había escondido tras un expositor de revistas y hasta había fingido estar profundamente interesado en los carteles publicitarios de una inmobiliaria solo para no tener que cruzar miradas.
Sin embargo, no pudo hacer nada para evitar el encuentro en el supermercado.
El culpable absoluto había sido el carrito de la compra. Una de las ruedas delanteras estaba atascada y producía un chirrido metálico tan insoportable y escandaloso que delató su posición en el pasillo de los lácteos antes de que pudiera dar media vuelta y huir hacia la sección de congelados.
De modo que no le quedó más remedio que darse por vencido, frenar en seco y ser cortés.
Tristan tuvo que soportar con paciencia la molesta inspección que Hunter hizo de su compra, quien se apoyó sin ningún pudor sobre el manillar de su propio carro, observando el contenido del de Tristan con una ceja arqueada y esa sonrisita confiada que a Tristan le provocaba cosas.
—Vaya, vaya, yogures desnatados, avena integral, leche de almendras y tres tipos de manzanas distintas —comentó Hunter evaluando cada producto como si fuera un crítico gastronómico—. Tu vida social debe de ser un torbellino apasionante, profesor.
Tristan se había mordido la lengua con tanta fuerza que casi se hizo sangre, conteniendo las ganas de mandarle a paseo en más de una ocasión.
—Es la compra de un adulto responsable que cuida de su salud, Hunter. Deberías probarlo en lugar de alimentarte de café y titulares sensacionalistas —respondió con una sonrisa falsa que no le llegó a los ojos antes de empujar su carrito ruidoso hacia las cajas.
Aquella pequeña victoria moral, sin embargo, no le devolvió la tranquilidad. Su vida, que normalmente era un remanso de paz, rutina y orden académico, se estaba volviendo rematadamente rara por culpa del hermano mayor de su mejor amigo.
Y, por si la omnipresencia de Hunter fuera poco castigo, tenía que lidiar también con su propia madre.
Lyra Branok no hacía otra cosa desde hacía setenta y dos horas que llamarle a cualquier hora del día.
Daba igual que estuviera preparando el temario de sus clases, almorzando o a punto de meterse en la cama; el teléfono sonaba y la voz de su madre al otro lado de la línea sonaba extrañamente cantarina, inquisitiva y llena de una expectación contenida.
—Hola, querido, ¿qué tal el día? —preguntó esa misma tarde por tercera vez—. Solo llamaba para ver cómo estabas y ver si tenías alguna buena noticia que compartir con tu madre.
—¿Buenas noticias de qué tipo, mamá? —inquirió Tristan sosteniendo el móvil entre el hombro y la oreja mientras corregía un trabajo de grado—. Si te refieres al presupuesto para el invernadero de la facultad, todavía no nos han contestado.
—No, no me refiero a las plantas, cielo —suspiró ella con evidente decepción—. Me refiero a... no sé, novedades personales. Cosas del corazón. ¿No ha pasado nada interesante últimamente?
—Lo más interesante que me ha pasado hoy ha sido que mis alumnos han entendido a la primera las reglas de Woodward-Hoffmann —zanjó él suspirando.
Las preguntas de su madre eran tan sutiles como un elefante en una cacharrería.
Tristan sabía perfectamente que las mujeres de su familia tramaban algo.
La mirada que cruzaron su madre y su tía Daisy cuando sirvió aquel té en la tienda no había sido normal, como tampoco lo era esa insistencia repentina por conocer los detalles de su inexistente vida amorosa.
Cuando terminaron sus clases, se fue a casa, se duchó y se vistió con ropa cómoda.
Estaba cansado de darle vueltas al asunto, por lo que decidió que la mejor manera de quemar el estrés era salir a dar una caminata nocturna por el puerto.
El aire fresco del mar siempre le ayudaba a poner en orden sus ideas.
Se abrigó con una chaqueta ligera y salió de casa, dejando que sus pasos le guiaran por las callejuelas empedradas de St. Ives. La noche era tranquila, iluminada por las farolas. El murmullo del oleaje rompiendo suavemente contra los espigones solía ser su bálsamo particular.
Sin embargo, en cuanto llegó a la explanada del puerto y vio una silueta conocida frente a la barandilla de madera y su ansiada paz interior se evaporó de repente.
Hunter estaba allí, apoyado de espaldas al mar, con las manos metidas en los bolsillos de su abrigo y la vista fija precisamente en la calle por la que Tristan acababa de aparecer. Como si supiera que iba a pasar por allí y lo estuviera esperando.
Tristan se detuvo en seco. Valoró sus opciones: dar media vuelta y parecer un cobarde, o seguir caminando con la cabeza alta y demostrar que su presencia le daba absolutamente igual.
Optó por la segunda, por lo que avanzó con paso firme, pretendiendo pasar de largo como si Hunter fuera parte del mobiliario urbano.
—Ocultarse detrás de un carrito en el supermercado estuvo bien, pero esto de ignorarme en medio del puerto roza la descortesía, profesor —dijo Hunter con una voz cargada de reproches.
Tristan se detuvo a un par de metros de él y le dedicó una mirada fría.
—No te estaba ignorando. Simplemente estaba disfrutando de mi paseo hasta que he visto que la contaminación acústica del pueblo había aumentado.
Hunter soltó una carcajada que hizo que a Tristan se le erizara la piel de la nuca.
—Eres incorregible. Seis encuentros en tres días, profesor. Si no te conociera, diría que eres tú el que me está persiguiendo a mí.
—¿Yo a ti? —Tristan ahogó una risa incrédula—. Estás delirando. Yo sigo haciendo la misma vida de siempre. Eres tú el que ha decidido aparecer mágicamente en mi ruta de running , en mi cafetería y hasta en mi pasillo de lácteos.
—A lo mejor es que el destino insiste en que nos crucemos —sugirió Hunter, dando un paso hacia él. La luz de la farola iluminaba sus ojos claros, que brillaban con un matiz de diversión y algo mucho más profundo y peligroso que Tristan no supo descifrar.
—El destino no tiene nada que ver con que no sepas hacer la compra a otra hora —replicó Tristan cruzándose de brazos, intentando el hecho de que estaba tan cerca que casi podía oler su perfume—. ¿Se te ha perdido algo por aquí o solo estás buscando material para tu próxima noticia?
Hunter dejó de sonreír por un momento. Su expresión se suavizó, volviéndose extrañamente seria, casi frágil, mientras daba otro paso hasta quedar a solo un paso de distancia.
—Tal vez solo estaba buscando una excusa para hablar contigo sin que haya nada de por medio.
Tristan se quedó sin respuestas irónicas. La cercanía de Hunter trajo de vuelta ese calor que llevaba días intentando reprimir. Su mente le gritaba que diera un paso atrás y se marchara, pero sus pies permanecieron pegados a las piedras del puerto, incapaz de romper el hechizo.
—¿Desde cuando necesitas excusas? —dijo por fin. Su voz sonó firme, a pesar de lo mucho que temblaba internamente—. Siempre has sido un incordio.
Hunter sonrió ante su respuesta.
—Dejémoslo en que ambos disfrutamos de nuestros piques —propuso.
Tristan negó con la cabeza.
—Me sorprende que lo admitas dado que siempre pierdes ante mi ingenio —soltó, y sin darle tiempo a replicar siguió caminando, alejándose de él, mientras a su espalda escuchaba sus risas.