Maldito hechizo Capítulo 5
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Capítulo 5

T é para despejar las dudas:

hojas de menta fresca, ralladura de lima y una pizca de jengibre.

Tomar frío cuando la cabeza amenaza con dar demasiadas vueltas.

Tristan llegó a su casa agotado, con la sensación de que el día había durado más de veinticuatro horas.

Tras el caótico e intenso encuentro en la tienda, lo único que necesitaba era desconectar el cerebro de cualquier cosa que tuviera que ver con frascos de hierbas, tensiones no resueltas y, muy especialmente, con Hunter Mills.

Se dio una ducha caliente sin prisa, dejando que el agua le aliviara la rigidez acumulada en los hombros. Se puso ropa cómoda, unos pantalones de chándal viejos y una camiseta holgada, y se preparó una cena rápida que consumió prácticamente sin darse cuenta.

Poco después de las nueve, ya instalado en el sofá con una manta ligera sobre las piernas, encendió la televisión y puso un documental sobre clasificación botánica en la flora del Atlántico Norte. Era el tipo de contenido pausado y metódico que solía relajarle después de un día estresante.

Estaba empezando a dejarse llevar por el tono acompasado del narrador cuando el teléfono móvil, apoyado sobre la mesa de centro, comenzó a vibrar.

Al principio no le prestó atención. Supuso que sería Liam comentando algo del trabajo o algún correo urgente de la universidad. Sin embargo, el aparato no dejó de iluminarse. Una notificación tras otra rompió el silencio de la sala con una persistencia casi agresiva.

Lanzando un ruidoso resoplido de molestia, Tristan se estiró para alcanzar el teléfono. Desbloqueó la pantalla y se quedó inmóvil.

Tenía más de una docena de notificaciones acumuladas de Instagram. Y todas procedían del mismo usuario: @hunter.mills .

—Pero, ¿qué demonios? —murmuró Tristan en voz alta, incorporándose levemente en el sofá.

Se le hizo un nudo en el estómago por la pura sorpresa.

No solo era desconcertante ver la ráfaga de «me gusta» y comentarios en publicaciones suyas de hacía meses, algunas incluso de años atrás, cuando compartía fotos de sus viajes o de sus estudios de laboratorio, sino que ni siquiera tenía constancia de que Hunter le siguiera.

Ellos no mantenían ese tipo de contacto.

Jamás se enviaban mensajes, jamás reaccionaban a sus publicaciones y, desde luego, nunca hablaban más allá de lo estrictamente necesario cuando el destino o Liam los obligaba a compartir el mismo espacio.

Que Hunter estuviera a esas horas de la noche cotilleando su perfil de arriba abajo era algo completamente inexplicable. Y peligroso para su paz mental.

Pulsó sobre una de las notificaciones por pura inercia.

Hunter había dejado un emoticono de una llama en una foto de Tristan en La bruja de Cornualles, esta preparando una tetera cuando su madre le hizo la fotografía.

Había salido tan favorecido que la había compartido.

Hunter había escrito: «Apuesto a que estabas pensando en qué té prepararme».

A Tristan le dio un vuelco el corazón, sintiendo una mezcla absurda de vergüenza y calor en las mejillas. La provocación seguía activa, incluso a través de una pantalla.

Decidió que lo más sensato era ignorar los comentarios.

Responderle sería darle pie a iniciar una conversación nocturna, y Tristan no estaba dispuesto a regalarle semejante victoria.

No obstante, la curiosidad fue más fuerte que su prudencia científica.

Apoyó la espalda contra los cojines y terminó pulsando sobre el perfil de Hunter.

El muro de Hunter era exactamente lo que cualquiera esperaría del director de un periódico local atractivo y seguro de sí mismo.

No había nada excesivamente preparado ni ostentoso, lo que lo hacía aún más irritante.

Había fotos suyas haciendo running al amanecer por la costa, con el cabello despeinado y la piel brillante; imágenes espectaculares de paisajes de Cornualles bajo la niebla; y varias fotografías familiares entrañables en las que aparecía riéndose con Liam o abrazando a su madre.

Tristan fue pasando las imágenes una a una, despacio, deteniéndose más de lo debido en una foto donde Hunter sonreía a la cámara con una mirada franca y relajada, sin esa coraza de sarcasmo que solía llevar puesta frente a él.

Se descubrió a sí mismo acariciando con el pulgar la pantalla justo sobre el rostro de Hunter y dio un respingo, apartando el dedo como si el teléfono quemara.

Dudó durante unos segundos. El botón azul de «seguir también» destacaba en la parte superior de la pantalla. Parecía lo educado, lo adulto, la respuesta lógica a la repentina invasión de su perfil, pero al final negó con la cabeza y cerró la aplicación de golpe.

Hunter Mills no necesitaba que él le ayudara a aumentar su ego. Ya tenía a medio pueblo pendiente de sus pasos y a las mujeres de la familia Branok adorando el suelo que pisaba. Alimentar su vanidad con seguirle de vuelta sería una imprudencia.

Apoyó el móvil boca abajo sobre la mesa y volvió a fijar la mirada en el documental de la televisión, aunque de repente la floración de los helechos había perdido todo el interés.

A pesar de su intento de mostrarse indiferente, Tristan no podía engañarse a sí mismo. Un poso de amargura y frustración revoloteaba en su pecho. Por mucho que intentara convencerse de que Hunter era solo un pesado irritante, la realidad era que estaba dolido con él. Llevaba años estándolo.

Cada vez que Hunter aparecía en su vida con esa actitud arrolladora y esa sonrisa fácil, a Tristan le resultaba imposible no recordar cómo habían cambiado las cosas entre ellos tras aquella noche de su decimosexto cumpleaños.

Hunter había irrumpido en su mundo, le había puesto la vida del revés con un beso que lo había marcado para siempre y, después, le había herido y se había limitado a actuar como si nada hubiera pasado, volviendo a su papel de hermano mayor responsable y distante.

Tristan no sabía exactamente cuál era el motivo real por el que Hunter lo trataba ahora con esa mezcla exasperante de mofa, cercanía y provocación. No sabía si se trataba de simple diversión, de culpabilidad o de algo mucho más complejo que ninguno de los dos se atrevía a poner en palabras.

Lo único de lo que Tristan estaba completamente seguro, mientras el murmullo de la televisión llenaba el salón, era de que mantener la distancia con Hunter Mills se estaba convirtiendo en la tarea más difícil e inútil de toda su vida.