Maldito hechizo Capítulo 4
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Capítulo 4

T é para encender los sentidos:

flores de azahar, jazmín y una pizca de canela en rama.

Dejar infusionar en agua hirviendo y servir sin advertencia previa.

Después de la entrevista y de la correspondiente sesión de fotos, las mujeres de la familia invitaron cordialmente a los dos hombres a tomar el té con pastas para celebrar el éxito de la jornada.

El fotógrafo, demostrando una sensatez profesional que Tristan admiró profundamente desde el primer segundo, se excusó alegando que tenía otros compromisos que cubrir esa misma tarde y se marchó a toda prisa por la puerta.

Tristan albergó la sincera esperanza de que Hunter hiciera exactamente lo mismo.

Cruzó los dedos en el bolsillo del pantalón, esperando que el instinto periodístico o cualquier excusa barata lo sacara de allí.

Sin embargo, no tuvo tanta suerte. Hunter aceptó la invitación de inmediato, regalándoles a su madre y a su tía su mejor sonrisa encantadora, esa que ponía a prueba la paciencia de Tristan.

Para colmo de males, cuando Tristan ya masticaba su frustración en silencio, su madre le pidió a él que fuera el encargado de preparar la tetera mientras ellas agasajaban a su invitado.

—Tristan, querido, ¿por qué no nos preparas una de tus infusiones especiales mientras terminamos de ordenar las notas? —pidió Lyra con una dulzura fingida que sonó a orden implícita.

Tristan apretó los dientes, enfadado porque la presencia de su antiguo vecino parecía extenderse de forma molesta en su espacio vital. Sin rechistar demasiado para no dar la nota frente a los demás, se metió en la pequeña cocina del fondo de la tienda refunfuñando entre dientes.

Estaba sumido en su propia irritación, con la cabeza dando vueltas a la sonrisa autosuficiente de Hunter y a lo irritante que le resultaba lo bien que se llevaba con su familia, y sin prestar la más mínima atención a las etiquetas ni a los botes de cristal del armario, tomó un puñado a ciegas de una de las mezclas guardadas en la balda superior y preparó el té a toda prisa.

Ni siquiera se detuvo a oler la mezcla ni a comprobar qué ingredientes contenía; solo quería cumplir con la petición de su madre, servir las tazas lo antes posible y rezar a todos los santos para que Hunter apurara su bebida y se fuera de una vez por todas.

Salió de nuevo al espacio principal de la tienda llevando una elegante bandeja de plata con la tetera humeante y cuatro tazas de porcelana fina.

Tristan, concentrado en no derramar nada y en mantener la mirada fija en la bandeja, ni siquiera notó la extraña manera en que su madre y su tía se miraron en cuanto el vapor de la bebida comenzó a impregnar el ambiente de la tienda.

Un aroma intenso, dulzón y profundamente especiado comenzó a flotar en el aire.

Las dos mujeres olfatearon el ambiente con disimulo y, casi al unísono, abrieron los ojos de par en par antes de cruzar una mirada repleta de pura complicidad y un punto de sobresalto.

Su abuela se mantuvo al margen, aunque ella también olfateó el aire.

Con una sonrisita que pretendía ser inocente pero que resultaba rotundamente culpable, las dos mujeres comenzaron a mostrarse extrañamente esquivas con la bebida.

—Ay, querido, qué buena pinta tiene, pero creo que nos hemos excedido un poco durante el almuerzo —comentó su tía Daisy, llevándose una mano al estómago con un dramatismo digno de una diva de Hollywood—.

Me temo que un té tan cargado nos va a sentar algo pesado.

Una infusión de hinojo nos sentará mucho mejor para la digestión, ¿verdad, Lyra?

—Desde luego que sí, hermana —asintió la madre de Tristan con una rapidez sospechosa—. El hinojo es milagroso para estas cosas.

—Mamá, prepararé un poco para ti también —ofreció sin darle pie a Demelza a responder.

Sin perder un solo segundo, la tía Daisy se levantó de su asiento e impidió de forma sutil pero veloz que la abuela probara siquiera un sorbo de la taza que Tristan acababa de servirle.

En su lugar, la tía agarró la taza caliente y se la plantó directamente a Hunter entre las manos, emocionada y con los ojos brillándole con un chispazo de anticipación maliciosa.

—Toma, Hunter, hijo. Tú que estás lleno de vitalidad sabrás apreciar una buena mezcla artesanal hecha por nuestro querido Tristan.

Tristan contempló la escena, completamente confundido.

La repentina aversión de su familia al té rozaba lo absurdo, pero la presencia constante de Hunter frente a él acaparaba toda su atención y sus nervios, por lo que decidió no darle más vueltas a las raras manías esotéricas de las mujeres Branok.

Después de todo, estaba acostumbrado a sus rarezas.

Para demostrar que no había nada malo en la bebida, Tristan sirvió su propia taza y dio un sorbo largo.

El sabor era intenso, con un matiz cálido que le bajó por la garganta dejándole una sensación extraña y vibrante en el pecho.

Hunter hizo lo propio, saboreando la infusión con gesto complacido y los ojos entrecerrados.

—Mmm... tiene un toque picante. Delicioso —comentó, mirando a Tristan sobre el borde de la porcelana.

Apenas dos minutos después, entre sonrisas cómplices, cuchicheos apenas disimulados y disculpas improvisadas sobre inventarios pendientes, las tres mujeres se retiraron hacia la trastienda alegando que tenían asuntos urgentes que organizar.

Y así, sin previo aviso, los dejaron completamente a solas.

Se hizo un silencio espeso, casi palpable, roto únicamente por el suave tintineo de la porcelana cuando Tristan dejó su taza sobre la mesa.

El ambiente en La bruja de Cornualles parecía haber cambiado de temperatura de repente; el aire se sentía más denso, más cálido, cargado de una electricidad difícil de ignorar.

Tristan se obligó a mantener la compostura, cruzando las manos sobre el mostrador con postura rígida.

—Veo que al final has conseguido lo que querías: que mi familia te adore aún más de lo que ya lo hacía —comentó Tristan, rompiendo el hielo con una cortesía tan impecable que sonaba del todo impostada.

Hunter dejó escapar una risita baja, apoyando los codos en la madera y acercándose un par de centímetros hacia él. Le divertía en exceso la actitud exageradamente formal que Tristan adoptaba cada vez que intentaba poner distancia entre los dos.

—No tengo que esforzarme mucho, profesor. Tu familia tiene un criterio excelente —respondió Hunter, mirándolo con diversión—. Aunque diría que el único que sigue resistiéndose a mis encantos en esta casa eres tú.

—Es lo que significa tener criterio propio.

—O un orgullo desmedido —retó el periodista, dando otro sorbo a su té sin apartar los ojos de los suyos—. Sabes, me fascina cuando te pones en modo diplomático y profesional. Es tu manera favorita de construir un muro de tres metros de alto para que nadie se acerque.

—No hay ningún muro —mintió Tristan, sintiendo de pronto que el cuello de su camisa le apretaba un poco más de la cuenta. Un calor difuso comenzaba a extenderse por su piel—. Solo estoy siendo un buen anfitrión y esperando a que termines para poder cerrar la tienda.

—Claro, un anfitrión modélico — Hunter arqueó una ceja y bajó el tono de voz, dejando que las palabras sonaran más graves, más íntimas—. Dime una cosa, profesor, ¿nunca vas a perdonarme?

Tristan se quedó helado durante un segundo. El corazón le dio un vuelco traicionero en el pecho, pero rápidamente puso en marcha su mejor cara de póquer y decidió hacerse el loco.

—¿Perdonarte? No sé de qué me hablas. No hay absolutamente nada que deba perdonarte.

—Sabes perfectamente de qué hablo —insistió Hunter, dando un paso más alrededor del mostrador, acortando la distancia que los separaba—.

Y no me refiero al reportaje del periódico ni a mis visitas a la tienda.

Hablo de lo que pasó hace años. De aquella noche.

Sé que fui un idiota contigo, pero era un crío.

Tristan sintió que la garganta se le secaba por completo. El recuerdo de aquel beso, suave, deseado y devastador, amenazó con inundar su mente. Pero se negó en redondo a mostrar debilidad ante él.

—Te aseguro que te equivocas —zanjó Tristan con firmeza, apurando el resto de su té de un tragón para intentar disimular el temblor involuntario de sus manos—.

Todo lo que sucedió en el pasado se quedó exactamente allí.

No le doy la más mínima importancia. Para mí fue una anécdota sin trascendencia.

Hunter lo examinó durante unos largos y agónicos segundos en silencio.

No parecía convencido en absoluto; al contrario, esa sonrisa enigmática y descarada volvió a dibujarse en sus labios, mientras sus ojos fijos en los de Tristan brillaban con una intensidad renovada.

Un extraño calor, sutil pero innegable, comenzaba a recorrer el cuerpo de ambos, encendiendo una chispa de tensión sexual que ninguno de los dos podía controlar.

—Si tú lo dices, profesor, tendré que creerte. Después de todo, los Branok no mienten —murmuró Hunter, sin sospechar el peligroso efecto que la infusión que Tristan había preparado a ciegas estaba empezando a provocar en sus sentidos.