Maldito hechizo Capítulo 3
11%

Capítulo 3

T é para revelar secretos: manzanilla recogida por uno mismo, agua caliente, unas gotitas de limón y azúcar moreno. Tomar reposadamente cuando la verdad busque abrirse paso y sea el momento de liberarse de los silencios.

Tristan se calló la protesta y le ofreció una sonrisa tranquila a su madre y a su tía. Ambas paseaban frenéticas por La bruja de Cornualles, la tienda que ya estaba impoluta y que, aun así, ellas se empeñaban en limpiar una y otra vez.

—Tristan, no es necesario que estés aquí a esta hora, hijo —dijo su madre mientras pasaba un plumero por el mostrador—. Seguro que tienes clases que dar.

—Sí, querido, tu madre tiene razón —apuntó su tía Daisy, visiblemente inquieta por su presencia en la tienda—. Solo vamos a hablar con Hunter y con el fotógrafo que lo acompaña. No es necesario que faltes al trabajo para vigilarnos, ya somos mayorcitas.

Era evidente que estaban preocupadas porque se estuviese saltando sus obligaciones académicas, pero en realidad tenía permiso para hacerlo.

—No os preocupéis por mi clase. Mi mejor alumno de doctorado va a ocuparse de ella, y es precisamente porque es Hunter el que va a haceros la entrevista por lo que me necesitáis aquí para vigilarle a él, no a vosotras.

—Pero… —intentó protestar su tía.

—No os lo toméis a mal, pero no es lógico que el director del periódico venga en persona a entrevistaros.

—No somos tontas, ¿sabes? —se indignó su madre—.

Que le conozcamos desde que llevaba pañales no significa que vayamos a decirle nada que no queramos decir o que le demos carta blanca para revisar la tienda.

Nos tomamos muy en serio el legado familiar y no vamos a ponerlo en peligro por nada ni por nadie.

—Lo sé, mamá. No digo que vaya a suceder nada, solo pretendo estar aquí para evitar que os incomode o se ponga insistente con sus preguntas. Ni siquiera hablaré mientras él esté aquí —prometió, apartándose un mechón de cabello oscuro de la frente.

Miró su reloj, ansioso por que Hunter apareciera de una vez y acabara la dichosa entrevista.

Cuanto antes sucediera, antes podría volver a sus obligaciones.

De hecho, Tristan estaba seguro de que Arthur, su alumno favorito, estaría pasando un mal rato sustituyéndole.

Sus clases eran las más masificadas de la universidad, y él salía cada año elegido como el profesor mejor valorado por el alumnado.

Que no se hubiera presentado esa mañana supondría que el pobre Arthur perdería sus buenos quince minutos tratando de calmar a la masa y asegurándoles que su titular estaría allí el lunes sin falta.

Mientras que por un lado se sentía mal por él, por el otro esperaba que se lo tomara como un aprendizaje. Una parte muy importante de ser profesor era saber llegar a los alumnos para que el entendimiento entre ambos fuera fluido y fácil.

—No deberías preocuparte tanto. No es una entrevista para The Sun , solo es el periódico local de St. Ives —insistió su tía.

—El periódico local vende más en todo Cornualles que The Sun y el Daily Mirror juntos.

No quería reconocerlo en voz alta, pero desde que su antiguo vecino se había hecho cargo del diario, este se había convertido en un periódico de verdad al que recurrir para estar enterado de lo que sucedía en el mundo y, en especial, en la región.

—Y viene en persona porque nos conoce desde siempre y solo pretende ser amable con nosotras —añadió su madre en un claro tono de regaño que no se le escapó.

Desde niños, Lyra había sido la fiel defensora de Hunter. Era una ilusión vana creer que eso iba a cambiar a estas alturas de la vida.

—Eres demasiado buena.

Su madre le lanzó una mirada de reproche.

—Creo que el problema son tus prejuicios hacia Hunter.

—Yo no…

—No lo niegues —le cortó Daisy—. Nosotras no mentimos.

Tristan asintió de mala gana. Las mujeres de la familia Branok no mentían nunca; era una máxima que su madre, su tía y su abuela le habían inculcado desde niño.

Era algo relacionado con estar en paz con el universo, una filosofía tan arraigada en él que la cumplía casi al cien por cien.

Aunque esperaba sinceramente que ellas nunca descubrieran las pocas ocasiones en las que no mentía, pero callaba, lo que técnicamente solo era encubrir la verdad.

Estaba a punto de abrir la boca para sacar un tema que desviara la atención de las dos mujeres cuando la campanilla de la puerta sonó. Hunter Mills apareció en el umbral llevando a la abuela de Tristan dulcemente asida de su brazo.

—Buenos días, hermosas damas —saludó Hunter con esa sonrisa perfecta que desarmaba a medio St. Ives y desquiciaba a Tristan—. Comienzo el día acompañado por tres generaciones de mujeres Branok —dijo derrochando amabilidad—. Soy un tipo afortunado.

Tanto su madre como su tía corrieron a abrazar a la anciana, que parecía encantada con la compañía.

Demelza Branok se había negado en redondo a adoptar el apellido de su marido cuando se casó, y su hija, la madre de Tristan, había hecho exactamente lo mismo.

Incluso el propio Tristan lucía el apellido materno.

Su padre adoraba a su madre hasta el punto de acceder a todo lo que ella le pidiera.

Demelza entró imponente, como siempre. Tras más de cuarenta años al frente de La bruja de Cornualles, se había retirado dejando la tienda a sus dos hijas.

Y, aunque todavía recibía visitas de sus amigas en casa con la excusa de tomar el té, las clientas seguían tentándola para que les leyera los posos, lo que demostraba que Demelza jamás se retiraría del todo.

Detrás de ellos entró el fotógrafo que había mencionado su tía, uno de los nuevos residentes que había sido contratado por el periódico en cuanto Hunter asumió el control de la redacción.

Tristan apartó la mirada de él en cuanto su antiguo vecino se le plantó delante con decisión.

—¿Como próximo propietario de La bruja vas a participar en la entrevista? —preguntó Hunter con su sonrisita habitual.

—No.

—¿Algún día vas a ser amable conmigo?

—Misma respuesta —contestó Tristan en un tono todavía más gélido.

Hunter soltó una risita baja ante su actitud, provocando que la molestia de Tristan aumentara un par de grados.

—¿Posarás al menos para la foto de familia?

Estaba a punto de volver a negarse cuando su abuela acalló cualquier réplica por su parte.

—Por supuesto que estará —intervino Demelza con voz firme—. Si yo me he tomado la molestia de venir hasta aquí estando jubilada, él se pondrá en la foto con las mujeres de su familia.

—Por supuesto, abuela.

Bajo ningún concepto iba a contradecirla. Ni siquiera para llevarle la contraria al tipo más odioso e irresistible que había conocido en su vida.

—¡Bien! Ahora ven aquí y dale un abrazo a tu abuela —pidió la anciana en el tono cariñoso que le era tan propio.

Durante el tiempo que duró la sesión y la entrevista, Tristan tuvo que admitir a regañadientes que Hunter estuvo encantador con su familia.

Sus preguntas fueron respetuosas, atentas y cargadas de sincero afecto.

Se sintió ligeramente culpable por haber desconfiado de sus intenciones; una cosa era su caótica relación personal y otra muy distinta el modo en que su madre y Hunter siempre se habían apreciado.

Siendo justo, el cariño de Hunter por su familia era evidente, idéntico al que el propio Tristan sentía por los Mills. Hunter era el único de esa familia al que no toleraba, y se lo había ganado a pulso por méritos propios.

Salió de su ensimismamiento cuando el fotógrafo, que mientras duraba la entrevista se había paseado por el local capturando detalles de la tienda, les pidió a todos que se colocaran a la entrada para la última toma.