Capítulo 2
T é para avivar el deseo:
Es importante dejarlo reposar al menos diez minutos para que haga su efecto.
Para un resultado óptimo, tomarlo acompañado.
Dos veces en la misma semana. Tristan apretó los dientes contra el borde de su taza de porcelana y concluyó que, de repente, su buena suerte se había esfumado por completo.
Delante de él, a solo unos pasos, en medio del bullicio matutino de la cafetería de la facultad de ciencias, estaba Hunter.
Vestía una chaqueta de cuero oscuro que le sentaba ridículamente bien, unos vaqueros que parecían hechos a medida y sostenía una grabadora en la mano mientras charlaba animadamente con el decano.
Tenía esa sonrisa fácil y encantadora que usaba para embaucar a todo el mundo y que a Tristan, personalmente, le producía alergia.
Apartó la mirada con rapidez, concentrándose en la pantalla de su portátil con la firme determinación de no verse obligado a saludarlo.
Se planteó coger un café para llevar y regresar a la seguridad de su despacho, pero desechó la idea casi tan rápido como le vino a la mente.
Había huido precisamente de allí para darse un respiro.
Arthur, uno de sus alumnos de doctorado, estaba pasando por una crisis existencial por culpa de su tesis y, aunque a Tristan le apasionaba la docencia y adoraba resolver dudas, necesitaba diez minutos de paz mental antes de que le estallara la cabeza con fórmulas moleculares y ataques de inseguridad.
Además, si abandonaba la mesa, parecería una huida en toda regla. Y Tristan Branok no huía de nadie. Jamás.
—Profesor Branok —retumbó de pronto una voz grave y exasperantemente familiar delante de él—. Qué sorpresa encontrarlo tan concentrado en sus estudios.
Tristan suspiró, cerró el portátil con la lentitud calculada de quien intenta mantener la compostura y levantó la vista. Hunter estaba inclinado sobre su mesa, apoyando una mano en el respaldo de la silla vacía de enfrente.
—No son estudios, es química orgánica —corrigió Tristan con tono gélido—. Y estaba intentando disfrutar de mi café en un ambiente pacífico e intelectual.
Hunter soltó una risita baja y, sin pedir permiso, apartó la silla y se sentó frente a él. Tenía los ojos claros brillantes por la diversión, esa expresión de tiburón satisfecho que ponía a Tristan de los nervios y que, muy a su pesar, también le aceleraba el pulso.
—Lo siento, profesor, pero hoy los no intelectuales han invadido tu santuario —dijo Hunter, mostrando la acreditación del periódico local que llevaba colgada al cuello—.
El decano me ha concedido una entrevista sobre la inversión municipal en los nuevos laboratorios. Un reportaje de portada impecable.
—Fascinante. Asegúrate de no confundir el matraz con un florero cuando saques las fotos.
—Tranquilo. Soy capaz de adaptarme a lo que sea necesario —repuso Hunter, bajando apenas el tono de voz y dejando que la frase flotara entre ellos con una carga nada disimulada.
Tristan sintió una punzada caliente recorriéndole la nuca. Aquello era un golpe bajo directo al recuerdo de lo que había pasado años atrás en el parque frente a sus casas. Se obligó a mantener la expresión neutral, aunque por dentro sus neuronas estuvieran organizando un motín.
—Qué lástima que no tengas tanta destreza con la boca —contraatacó Tristan, cruzándose de brazos—. Podrías probar a mantenerla cerrada, por ejemplo.
Hunter sonrió con suficiencia, recostándose en la silla y mirándolo con un interés casi insolente. Recorrió su cara, sus hombros tensos y subió de nuevo para fijar la mirada en la curva de sus labios un instante de volver a fijar la mirada en sus ojos.
—Te pones exageradamente defensivo cuando estás cerca de mí, Tristan. Cualquiera diría que te intimido.
—Lo que me produce tu presencia es molestia, no intimidación.
—Por supuesto —se burló Hunter—. Por cierto, hablando de temas molestias, el viernes he quedado con tu familia para hacer un reportaje sobre la tienda.
Tristan se quedó helado en el sitio.
—¿Perdona?
—No me digas que te lo han ocultado —preguntó disfrutando de la sorpresa de Tristan.
Como respuesta, este le fulminó con la mirada, deseando tener a mano algún tipo de brebaje familiar para dejarlo mudo temporalmente o quizás convertirlo en estatua de sal.
—Hace semanas que aceptaron la entrevista —siguió pinchándole, apoyando los codos en la mesa e inclinándose hacia él—. Un artículo sobre comercios artesanales y tradiciones locales en Cornualles. La bruja de Cornualles es el plato fuerte.
Era evidente el motivo por el que ni su madre ni su tía se lo habían dicho. Ninguna de las dos era ajena a la tensión que existía entre él y Hunter, una que ninguno de los dos se molestaba en disimular cuando coincidían.
Por suerte todos, a excepción de Liam, desconocían el motivo detrás de su animadversión.
—Puede que se les olvidara —dijo Tristan, sintiéndose un poco estúpido en cuanto las palabras salieron de su boca.
En lugar de soltar una carcajada mofándose de la excusa, Hunter se le quedó mirando con fijeza durante unos segundos. Su mirada se volvió repentinamente más suave, casi intensa, obligando a Tristan a contener el aliento.
—Eso o saben que te ibas a oponer a que sucediera —comentó con voz más pausada.
Tristan se irguió en la silla, molesto porque lo tuviera tan calado y, sobre todo, porque estuviera tan cerca que podía oler perfectamente su perfume.
—No iba a negarme. La tienda es suya. Pueden dejar que las entreviste quien les venga en gana. Incluso tú.
—¡Estupendo! —dijo Hunter recuperando el tono burlón y su retintín habitual—. Entonces no te importará que pase unas cuantas horas allí el viernes por la tarde, sacando fotos, haciendo preguntas y saboreando ese té delicioso que siempre me da tu madre.
—Mi madre es demasiado amable contigo. Le aconsejaré que le añada unas gotas de arsénico para endulzarlo para ti.
—Aceptaría el riesgo con tal de verte revolotear por allí intentando controlar que no rompa nada.
Tristan miró su reloj de pulsera con un gesto exagerado y fingió una prisa repentina. Necesitaba poner distancia entre los dos antes de cometer una locura, como arrojarle el café encima o, peor aún, ceder al impulso absurdo de agarrarlo por la solapa de la chaqueta y besarle solo para desquitarse.
—Tengo que irme —anunció levantándose de golpe—. He de preparar mi clase de esta tarde.
Hunter lo vio recoger sus cosas sin moverse un milímetro, contemplándolo con una sonrisa ladina. Ambos sabían perfectamente que Tristan era un profesor obsesivo y meticuloso, incapaz de dejar la preparación de una clase para un par de horas antes.
—Por supuesto. No hagas esperar a la ciencia —concedió Hunter burlón, dándole un leve toque con dos dedos al borde de la mesa en forma de despedida—. Nos vemos el viernes, profesor. Intenta no ponerte tu bata más atractiva, no querrás distraerme durante el trabajo de campo.
Tristan rodó los ojos, había dejado claro que no le gustaban los hombres, por lo que era evidente que se estaba burlando de él.
Molesto agarró su maletín y el vaso de café medio frío y se alejó a pasos agigantados por el pasillo del bar de la universidad. Por el camino, ignoró el cosquilleo persistente que le recorría la espalda bajo la atenta mirada de Hunter.
Definitivamente, el viernes no iba a dejar a su madre y a su tía a solas con aquel periodista de pacotilla. Tendría que vigilarlo de cerca. Muy de cerca. Aunque eso significara pasar tres horas enteras respirando el mismo aire que Hunter y jugando con fuego en mitad de la tienda.